Capítulo 7 de 20

El precio de entrar

Scarlett pasó el sábado por la mañana con su madre.

No lo había planeado. A las nueve, cuando ya tenía sobre la cama la ropa que pensaba ponerse para entrar en casa de Julián, recibió una fotografía de un techo manchado.

Debajo, su madre había escrito:

Volvió a gotear.

Scarlett llamó.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche.

—¿Por qué no me dijiste?

—Te estoy diciendo.

Llegó cuarenta minutos después con un hombre de mantenimiento que aceptó ir a cambio de cobrar el doble.

Su madre había puesto una olla sobre una silla. El agua caía con intervalos tan largos que Scarlett se quedaba esperando la siguiente gota.

En una esquina estaban cubiertas con plástico la máquina de coser y dos bolsas de ropa ajena.

—¿Se mojó algo?

—Todavía no.

El hombre subió a revisar la azotea.

Scarlett dejó el bolso sobre la mesa y miró alrededor. Todo estaba limpio. Nada ocultaba la antigüedad de las paredes, la puerta hinchada del baño ni el cable que su madre había sujetado con cinta para que no rozara el suelo.

Sacó el teléfono.

Julián había escrito:

Entraré al laboratorio después de comer. Creo que saldré tarde.

Ella respondió:

No trabajes demasiado.

Luego guardó el aparato.

Su madre observó el movimiento.

—¿Era Octavio?

—No.

No preguntó más.

Aquello irritó a Scarlett.

—Puedes decir lo que piensas.

Su madre acomodó el plástico que cubría la máquina.

—Estoy pensando que, si no arreglan la tubería, tendré que mover todo al comedor.

Scarlett se quedó callada.

Había venido preparada para defender una vida que nadie estaba juzgando.

El hombre bajó con fotografías de una unión rota. Habló de materiales, de levantar una parte del recubrimiento y de volver el lunes.

Scarlett pidió el total.

Él se lo dijo.

Ella pagó un anticipo sin discutir.

Cuando se marchó, su madre le tomó la mano.

—Gracias.

Scarlett miró la olla.

Recordó las veces que habían esperado juntas a que alguien cobrara, prestara o aceptara hacer un arreglo por menos.

—Voy a sacarte de aquí —dijo.

—Esta es mi casa.

—Voy a conseguirte una mejor.

Su madre no respondió inmediatamente.

—Que sea algo que puedas sostener, hija.

Scarlett retiró la mano para buscar las llaves.

⁂

A las dos y veinte estaba frente al edificio de Julián.

Había comprobado dos veces su mensaje.

Entraría al laboratorio después de comer.

Saldría tarde.

El portero la reconoció.

—Buenas tardes.

Scarlett le devolvió el saludo y caminó hasta el ascensor sin explicar nada.

La llave giró con facilidad.

Dentro olía a café.

Había una taza en el fregadero y un libro abierto boca abajo sobre el sofá. Julián había dejado una ventana entreabierta. La cortina se movía hacia dentro y rozaba una planta.

Scarlett cerró la puerta con cuidado.

No encendió ninguna luz.

En el estudio, la carpeta gris seguía en su cajón. La sacó y revisó el fondo.

Debajo encontró sobres antiguos, recibos y una caja vacía de gafas.

El segundo cajón estaba cerrado.

Scarlett se quedó mirándolo.

Buscó sobre la mesa sin mover demasiado las cosas. Un vaso con bolígrafos. Monedas. Dos clips. Una pieza de plástico que no reconoció.

No había ninguna llave.

Se sentó.

En la bandeja de entrada descansaban unas hojas sujetas con una pinza. La primera llevaba por título Relación de materiales para resguardo.

Había números, fechas y descripciones.

Scarlett sacó el teléfono.

Fotografió la hoja completa.

Luego leyó con más atención.

Una de las entradas mencionaba un depósito anterior a Helix. Otra, un soporte cifrado con archivos de calibración. La entrega estaba prevista para el lunes en el despacho de una representante legal.

No iban a recoger los documentos en su casa.

Julián iba a sacarlos de allí.

Scarlett pasó la página.

Encontró una dirección y un nombre: licenciada Amalia Ríos.

Tomó otra fotografía.

Estaba devolviendo las hojas a su lugar cuando oyó que alguien introducía una llave en la puerta.

Se levantó demasiado deprisa.

La silla golpeó el borde del escritorio.

Julián entró con una bolsa de supermercado.

La vio en el pasillo, todavía con el teléfono en la mano.

—Hola.

Scarlett sintió el latido en la garganta.

—Hola.

Él cerró.

—¿Hace mucho que llegaste?

—Un momento.

Julián miró hacia el estudio.

Ella necesitaba hablar antes de que él preguntara.

—Iba a dejarte algo de comer.

Julián levantó la bolsa.

Había pan, tomates y una caja de huevos.

Scarlett no llevaba nada.

El silencio se extendió.

Entonces ella dejó el teléfono sobre una mesa.

—No. Eso no es verdad.

Julián siguió mirándola.

Scarlett se quitó el bolso.

—Quería verte. Pensé que quizá todavía estabas aquí. Cuando no te encontré, me dio vergüenza haberte usado la llave tan pronto.

Él apoyó la bolsa en el suelo.

—¿Por qué te daría vergüenza?

Ella bajó los ojos.

—Porque no sé hacer esto sin sentir que estoy molestando.

Julián se acercó.

Scarlett tuvo que obligarse a no retroceder.

—Te di la llave para que entraras.

Le tocó el brazo.

Ella dejó salir el aire lentamente.

—Dijiste que ibas al laboratorio.

—Olvidé unos papeles.

La frase le tensó otra vez el cuerpo.

Julián pasó junto a ella y entró al estudio.

Scarlett lo siguió hasta la puerta.

Él revisó la bandeja, tomó las hojas sujetas con la pinza y las metió en una carpeta de plástico.

No comentó el lugar que ocupaban las hojas.

O no lo mostró.

—¿Tienes que irte enseguida? —preguntó ella.

Julián consultó la hora.

—Puedo quedarme a comer.

Scarlett miró la bolsa abandonada en la entrada.

—Cocino yo.

⁂

Preparó huevos con tomate y tostó pan.

Julián se sentó junto a la encimera, leyendo las hojas que acababa de recoger. Scarlett procuró no mirarlas.

—¿Trámites? —preguntó al cabo de unos minutos.

—Sí.

—Parecen muchos.

Él dejó la carpeta cerrada.

—Amalia dice que debería haber hecho esto hace años.

—¿Amalia es la abogada que mencionaste el lunes?

Julián alzó la vista.

—Sí.

Scarlett se volvió hacia la sartén. Había estado a punto de preguntarle por la dirección del despacho, como si no acabara de fotografiarla.

Él cerró la carpeta y la dejó fuera del alcance de las salpicaduras.

Scarlett sirvió la comida.

Se sentaron en la mesa redonda.

—¿Octavio puede quitarte el trabajo? —preguntó.

Julián dejó el tenedor.

—Puede despedirme de Helix.

—No me refiero al empleo.

Él comprendió.

—Por eso estoy ordenando los registros. No basta con saber lo que desarrollaste. Debes poder demostrar cuándo y bajo qué condiciones.

Scarlett pensó en las fotografías guardadas en su teléfono.

—¿Y el procedimiento?

—La parte que existía antes de Helix me pertenece. Lo demás requiere distinguir aportaciones, contratos, recursos. No es sencillo.

—Entonces podrías perder.

Julián no intentó tranquilizarla.

—Podría pasar años discutiéndolo.

Ella se quedó mirando su plato.

Octavio había reducido todo a una carpeta que necesitaba conseguir.

Julián hablaba de años.

—¿Te quedarías sin nada? —preguntó.

Él buscó sus ojos.

—¿Eso te preocupa?

Scarlett levantó el rostro.

—A mí me preocupa quedarme sin nada. No sé por qué tendría que parecerte raro.

La respuesta salió con más dureza de la prevista.

Julián se recostó en la silla.

—No me parece raro.

Ella tomó el vaso.

—A veces hablas como si perder dinero fuera una molestia y perder una idea fuera una tragedia.

Él permaneció callado.

Scarlett pensó en su madre cubriendo la máquina de coser con una bolsa.

—Hay personas que no pueden permitirse perder ni una semana de trabajo —añadió.

—Lo sé.

—Saberlo no siempre es lo mismo.

Julián bajó la vista.

Ella esperó una defensa, alguna mención a su propia infancia.

No llegó.

—Tienes razón —dijo él al fin—. A veces dejo de hacer esas cuentas porque estoy ocupado con otras.

Scarlett sintió que algo se le aflojaba por dentro.

No quería que le diera la razón.

Le resultaba más sencillo engañarlo cuando podía enfadarse con él.

⁂

Cuando Julián se marchó, le pidió que cerrara al salir.

Scarlett permaneció sola otros cinco minutos.

Volvió a mirar la puerta del estudio.

Después abrió el teléfono y envió a Octavio las fotografías del inventario.

El lunes entregará esto a su abogada. Los originales salen de su casa.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Necesito que no lleguen.

Scarlett se sentó en el sofá.

Leyó otra vez.

No preguntó qué quería decir. Lo sabía.

Escribió:

No voy a robarle una carpeta para que después resulte que aún falta otra cosa.

Octavio llamó.

Ella dejó que sonara.

Llegó un mensaje nuevo.

Mañana a las seis. Hablaremos de tus garantías.

Scarlett miró hacia la cocina.

Había lavado los platos. Julián había dejado el paño extendido sobre una silla, tal como ella le pidió.

Abrió su conversación con él.

Tenía una fotografía recién enviada: dos cafés sobre una mesa del laboratorio.

Vera dice que el tuyo se lo toma ella por abandonarnos.

Scarlett sonrió antes de poder evitarlo.

Luego borró las fotografías del inventario de la galería del teléfono.

No podía retirarlas del de Octavio.

⁂

Al salir del edificio, encontró al portero acomodando paquetes.

—¿Se va, señorita?

Ella asintió.

El hombre buscó algo en un cajón.

—El doctor me dejó esto ayer, por si venía y no lo encontraba.

Le entregó un sobre pequeño.

Scarlett lo abrió dentro del automóvil.

Había una tarjeta para acceder por la entrada lateral cuando cerraran el portal principal.

En el papel, Julián había escrito:

Así no tienes que esperar afuera.

Scarlett pasó el pulgar por las letras.

Después guardó la tarjeta junto a la llave.

A la mañana siguiente tendría que decidir cuánto podía cobrar por usarlas.