Capítulo 8 de 20
Antes de la firma
El domingo, Octavio la recibió en una casa que Scarlett no conocía.
No era la residencia familiar. Tampoco alguno de los departamentos donde acostumbraba alojar a sus visitantes. Estaba al final de una calle cerrada, detrás de una verja que se abrió antes de que el conductor bajara la ventanilla.
Octavio esperaba en el comedor.
Sobre la mesa había tres carpetas y una bandeja con café.
Scarlett miró alrededor.
—¿De quién es esta casa?
—De una sociedad.
—No pregunté cómo la compraste.
Él indicó una silla.
—Tenemos poco tiempo.
Scarlett permaneció de pie hasta que Octavio abrió la primera carpeta.
Era el documento del departamento.
Su nombre aparecía completo.
Lo leyó desde el principio, aunque tuvo que volver varias veces sobre algunos párrafos. Octavio no la interrumpió. Cuando llegó a las condiciones que había señalado al abogado, encontró las frases tachadas y una nueva redacción.
—Quiero que alguien mío lo revise.
—Hazlo.
La facilidad de la respuesta le produjo desconfianza.
—¿Y los dos millones?
Octavio abrió otra carpeta.
Había una propuesta de depósito condicionado a la entrega de determinados materiales. Un intermediario conservaría los fondos hasta verificar el cumplimiento.
Scarlett buscó la lista.
No bastaban los registros de autoría.
Se exigían el protocolo completo de ajuste individual, sus archivos de validación y las autorizaciones necesarias para explotarlo comercialmente.
Levantó la cara.
—Esto es todo.
—Es lo que te pedí desde el principio.
—Desde el principio me has pedido una cosa distinta cada semana.
Octavio juntó las manos.
—Porque vamos descubriendo dónde guarda cada parte.
Scarlett volvió a mirar las hojas.
—Aunque consiga la carpeta, no tendrás su consentimiento.
Octavio abrió la tercera.
—Por eso necesito que firme.
⁂
Scarlett leyó el documento con una atención que le dolía detrás de los ojos.
Las primeras páginas parecían corresponder a una declaración sobre la procedencia de la investigación. Después aparecían autorizaciones, referencias a anexos y facultades que no comprendió del todo.
Había espacios para varias firmas.
—¿Quieres que le diga que firme esto?
—Quiero que deje de tratarme como si fuera a quitarle algo.
Scarlett alzó las hojas.
—Vas a quitarle algo.
Octavio apoyó la espalda en la silla.
Por primera vez desde que llegó, parecía molesto.
—He financiado instalaciones, personal, pruebas que no podían hacerse en una universidad. Si mañana él publica el método, cualquiera aprovechará lo que pagué.
—Entonces convéncelo.
—Lo he intentado.
—No. Has intentado que firme delante de inversionistas.
Él la observó en silencio.
Scarlett comprendió que estaba defendiendo a Julián y se enfadó consigo misma.
Dejó los papeles sobre la mesa.
—No voy a llevarle un contrato tuyo como si fuera un regalo.
—No tienes que hacerlo mañana.
—Mañana entrega los originales.
—Y tú puedes conseguir que lo posponga.
Scarlett miró el jardín a través del cristal.
Había un hombre recogiendo hojas junto a una alberca vacía.
—¿Qué le digo?
—Eso es lo que tú haces bien.
Ella volvió el rostro.
Octavio se dio cuenta demasiado tarde.
—No quise…
—Sí quisiste.
Scarlett reunió las copias del departamento y las guardó en el bolso.
El otro documento permaneció sobre la mesa.
—Hoy quiero que ordenes el primer pago —dijo.
—El acuerdo dice…
—Quiero una parte que no puedas retirar si mañana decides que todavía falta algo.
Octavio entrecerró los ojos.
Ella sostuvo la mirada.
Al cabo de unos segundos, él tomó el teléfono.
⁂
Julián estaba comprando fruta cuando Scarlett lo llamó.
Se oían voces, bolsas, una mujer diciendo el precio de unas peras.
—¿Te encuentro en mal momento?
—Estoy intentando recordar qué vine a comprar.
Scarlett buscó un lugar donde sentarse.
—¿Puedo verte?
—Claro. ¿Pasa algo?
Ella miró la pantalla de su banca.
La transferencia acababa de entrar.
Era un anticipo pequeño frente a lo prometido, pero mayor que todo lo que había reunido trabajando antes de conocer a Octavio.
—Necesito hablar contigo —dijo.
⁂
Julián dejó las bolsas en el suelo y abrió los brazos al verla.
Scarlett apoyó la cara en su cuello.
No era necesario. Podría haber empezado desde la puerta.
Se quedó allí unos segundos más.
—¿Qué ocurrió?
Ella se apartó y se quitó el abrigo.
—Estuve con Octavio.
Julián bajó las manos.
—Bien.
La palabra no significaba que estuviera bien.
Scarlett dejó el bolso sobre una silla.
—Quiere que siga colaborando con la fundación.
—Pensé que no te interesaba.
—No me interesa.
Él esperó.
Ella había preparado una discusión, una amenaza de Octavio, algo que justificara necesitarlo durante el día siguiente. Pero, frente a él, aquella escena imaginada empezó a parecer poco sólida.
Eligió una verdad que pudiera utilizar.
—Mi madre tiene problemas en su casa. Una tubería rota. Trabaja ahí y, si se moja la ropa, tiene que pagarla.
Julián frunció el ceño.
—¿Ya lo arreglaron?
—Empiezan mañana.
—¿Necesitas ayuda?
Scarlett se sentó.
Él arrastró otra silla hasta quedar frente a ella.
—No con la tubería —respondió—. Conmigo.
Julián la miró sin hablar.
Scarlett se obligó a continuar.
—Llevo años creyendo que, si espero lo suficiente, Octavio va a elegirme. Ahora tengo dinero para arreglar el techo de mi madre y no sé si sentir alivio o vergüenza.
La voz le cambió de manera imprevista.
Julián se inclinó hacia ella.
—No tienes que avergonzarte de ayudarla.
—Tú no aceptarías ese dinero.
Él tardó en responder.
—No estoy en tu lugar.
Scarlett bajó la cabeza.
Había algo insoportable en que no quisiera condenarla cuando ella necesitaba una razón para seguir engañándolo.
—¿Mañana puedes acompañarme? —preguntó.
Julián miró hacia el estudio.
—Tengo una cita temprano.
—Lo sé. Lo de los papeles.
Él volvió a observarla.
Scarlett apretó las manos entre las rodillas.
—No importa. No debí pedirte que cambiaras tus cosas.
—Scarlett…
—De verdad.
Él se levantó para buscar el teléfono.
Ella lo vio entrar al estudio.
Oyó una llamada, un saludo.
Después:
—Amalia, disculpa que te escriba en domingo…
Scarlett miró las bolsas de fruta que seguían junto a la puerta.
No sintió alivio.
Había utilizado un problema verdadero para alterar una decisión que no le pertenecía. La tubería se arreglaría aunque Julián mantuviera su cita. Scarlett lo sabía y siguió sentada.
Lo sintió cuando escuchó que podían mover la cita al miércoles.
Eso fue peor.
⁂
El lunes, Julián conoció a su madre.
Scarlett pasó todo el trayecto imaginando preguntas que podían arruinarlo.
Su madre no preguntó quién pagaba el automóvil porque fueron en un taxi. Tampoco preguntó por Octavio.
Abrió la puerta con un metro de costura alrededor del cuello.
—Usted debe de ser Julián.
Scarlett volvió la cabeza.
Él sonrió.
—Espero que no le hayan contado nada demasiado malo.
—Solo que trabaja mucho.
Su madre los hizo pasar.
El hombre de mantenimiento había levantado parte del suelo de la azotea. Dentro del departamento, los muebles estaban arrimados a una pared y la máquina de coser cubierta con una sábana.
Julián preguntó dónde podía ayudar.
Terminó moviendo una mesa y sujetando una lámpara mientras el trabajador revisaba una mancha cerca de la instalación eléctrica.
Scarlett lo miró desde la puerta.
Tenía polvo en una manga.
Aquel hombre había cancelado una cita importante para estar allí, y ella había conseguido exactamente lo que quería.
Su madre se acercó.
—¿Es él?
Scarlett fingió no entender.
—¿Quién?
La mujer miró hacia la otra habitación.
—El del mensaje.
Scarlett no respondió.
Su madre le acomodó el cuello de la blusa, un gesto que conservaba desde que era niña.
—No lo traigas si no sabes para qué.
⁂
Comieron los tres entre muebles cubiertos.
Julián aceptó repetir y escuchó una historia sobre una clienta que había encargado reducir tres tallas de un vestido sin admitir que había comprado la talla equivocada.
Scarlett rio.
Durante unos minutos pudo fingir que aquel día no existía para retrasar una entrega.
Al despedirse, su madre le dio a Julián una bolsa con pan.
—Para que no pase por aquí solo cuando se rompa algo.
Él la recibió con una seriedad amable.
Scarlett bajó las escaleras delante de ambos.
No quería que le vieran la cara.
⁂
Esa tarde, Julián volvió al laboratorio.
Scarlett lo acompañó hasta la entrada.
Antes de bajar del taxi, él le tomó la mano.
—Gracias por presentármela.
Ella miró sus dedos.
—No tienes que agradecerme eso.
—Quería hacerlo.
La besó y cerró la puerta.
Scarlett esperó a que entrara en el edificio.
Luego le dio al conductor otra dirección.
La de Julián.
⁂
Esta vez no tuvo que buscar.
El archivador seguía cerrado, pero la carpeta de plástico estaba en el escritorio, preparada para una cita que ya no se celebraría aquel día.
Scarlett dejó el bolso en el suelo.
Abrió el inventario.
Los originales estaban agrupados según la lista. Había un sobre sellado, un cuaderno de tapas oscuras y varias hojas con anotaciones firmadas. Entre los documentos encontró una caja pequeña con un soporte de almacenamiento.
No sabía si allí estaba lo que Octavio necesitaba.
Lo fotografió todo.
Después llamó.
—La cita cambió al miércoles —dijo en cuanto él respondió—. Tengo delante lo que iba a entregar.
Octavio dejó de hablar con alguien al fondo.
—Descríbemelo.
Scarlett lo hizo.
Él pidió ver las imágenes.
Ella las envió.
Pasó casi un minuto.
—No te lleves nada todavía —dijo él.
Scarlett apoyó una mano en la mesa.
—¿Entonces para qué…?
—Porque va a notarlo. Necesitamos que lo abra él y prepare la copia correcta.
Ella miró el sobre sellado.
Julián había escrito su nombre en la solapa.
—No voy a poder pedirle eso sin una razón.
Octavio bajó la voz.
—Dile que quieres entender qué perdería si lo pierde todo.
Era casi la misma pregunta que ella había hecho durante la comida.
—Mándame el acuerdo corregido del departamento —respondió.
Colgó.
⁂
Antes de marcharse, volvió a colocar cada cosa.
El cuaderno.
El sobre.
La caja.
Una hoja había quedado fuera de la carpeta. La levantó y vio que no pertenecía al inventario.
Era un formulario de contacto para emergencias.
Debajo del nombre de Vera había otro renglón, escrito recientemente.
Scarlett.
Su número estaba completo.
Ella sostuvo la hoja unos segundos.
Después la dejó exactamente donde la había encontrado.
En el pasillo, antes de cerrar, recibió un mensaje de Julián.
¿Cómo sigue tu madre?
Scarlett escribió:
Mejor. Le gustaste.
Él respondió enseguida.
Me alegro. A mí también me gusta su hija.
Scarlett guardó el teléfono sin contestar.
Tuvo que intentar dos veces introducir la llave en la cerradura.