Capítulo 20 de 20

Un solo plato

Octavio tardó siete meses en pedir verla sin un abogado.

Durante ese tiempo había intentado detener transmisiones, recuperar facultades y convencer a antiguos socios de que Scarlett no podría sostener el grupo. Sus representantes enviaron cartas. Los de ella respondieron.

El primer intento de suspender la transmisión fue rechazado: los documentos acreditaban que Octavio había recibido asesoramiento y conocido la pérdida de control. El tribunal no daba por resueltas todas sus reclamaciones, pero no le devolvía los votos mientras se discutían.

Nadir había desembolsado la financiación después de la inscripción. Los consejeros externos siguieron revisando las cuentas; Scarlett no podía cancelar esa auditoría ni disponer a voluntad del dinero destinado a pacientes. Había ganado el control, con obligaciones que ninguno de los dos podía borrar mediante una conversación privada.

La disputa no destruyó las empresas.

Destruyó lo que le quedaba a él fuera de ellas.

Los acreedores ejecutaron garantías personales que Octavio había firmado cuando todavía podía disponer de todo. Vendió propiedades que no había transmitido. Después vendió otras que había prometido no tocar.

La refinanciación había evitado el cierre del grupo, pero no cubría los préstamos personales con los que Octavio había financiado otras operaciones. Tampoco le aseguraba dividendos: el acuerdo exigía conservar reservas y pagar primero los compromisos del centro.

Cuando incumplió esos préstamos, los acreedores ejecutaron también su participación del cuarenta y nueve por ciento. El comprador aceptó una posición minoritaria bajo los acuerdos de Nadir. Octavio perdió el derecho a los ingresos futuros con los que había contado para recuperarse.

Scarlett se enteraba a través de informes.

Al principio los leía buscando una amenaza.

Más adelante comenzó a reconocer un inventario.

La casa de descanso.

Dos automóviles.

Una colección de relojes.

El departamento que ella devolvió.

Cada cosa tenía un valor y una fecha de salida.

También una ausencia.

⁂

Inés pidió el divorcio antes de que terminara el primer mes.

No lo hizo por Scarlett.

Al menos eso dijo cuando fue a verla.

Se reunieron en una oficina de Helix. Inés llegó sin joyas y con la misma carpeta demasiado llena que Scarlett recordaba de su primer encuentro.

—No voy a discutir contigo lo que pasó entre ustedes —dijo.

Scarlett permaneció sentada.

—Entonces dime qué necesitas.

Inés colocó varios documentos sobre el escritorio.

Había compromisos de la fundación pendientes de cumplir. Becas aprobadas, aportaciones anunciadas y programas que dependían de dinero que Octavio había utilizado en otra parte.

Scarlett llamó al responsable financiero.

Revisaron las cantidades.

Inés no le dio las gracias hasta que hubo una fecha.

Al levantarse, miró un momento el despacho.

Era el que Octavio utilizaba.

Scarlett todavía no había cambiado los muebles.

—¿Vas a quedarte con todo? —preguntó.

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

Inés asintió, como si confirmara un dato.

—Entonces aprende dónde está.

Se marchó sin añadir nada.

Scarlett siguió trabajando hasta tarde aquella noche.

En el expediente de sus primeros meses encontró el saldo de lo que todavía debía por el pago devuelto. Ordenó liquidarlo con su patrimonio personal, separado de las cuentas de Helix. El comprobante quedó en el mismo archivo que las cuotas anteriores. Nadie lo presentó como una reparación para Julián.

⁂

Julián recibió una propuesta de acuerdo a través de Amalia.

Scarlett reconocía formalmente su autoría sobre las aportaciones que le habían sustraído y retiraba las pretensiones de Helix que la contradecían. Ofrecía además una cantidad por los daños y el uso del material.

Él aceptó la restitución documentada de sus archivos y el reconocimiento de su autoría.

Rechazó la suma.

El acuerdo separaba el reconocimiento y la restitución de los archivos de cualquier indemnización. El consejo había encargado calcularla a especialistas externos, sin intervención de Scarlett, y no exigía renunciar a nuevas reclamaciones que todavía no podían cuantificarse.

Amalia se aseguró de explicárselo. No quería que confundiera una reparación con un favor.

Amalia dejó el expediente sobre la mesa.

—Aceptar una reparación no te obliga a volver con ella.

Julián miró la cifra.

Podía pagar las cuentas pendientes.

Podía evitar vender el departamento.

Aun sabiendo cómo se había calculado, temía quedar ligado durante años a los pagos de la empresa. Le costaba distinguir esa inquietud de su deseo de no deberle nada a Scarlett.

—No quiero dinero de ese grupo —dijo.

La abogada le pidió que lo pensara.

Él lo hizo.

Al final mantuvo la decisión.

Amalia dejó constancia de que era una negativa suya y de que no lo consideraba necesario para proteger sus derechos. Julián no intentó convencerla de que perder dinero lo volvía mejor. Solo sabía que todavía no podía recibirlo sin volver a la misma discusión.

Aceptó, en cambio, que la empresa pagara directamente las costas reconocidas en el acuerdo. Quedaban préstamos y gastos personales que había contraído para mantenerse mientras duró la suspensión. Esos tendría que resolverlos él.

Vendió el departamento dos meses después.

Pagó lo que debía y alquiló una habitación cerca del instituto donde enseñaba.

No hubo nada solemne en la mudanza.

Una caja se abrió en la escalera y dejó varios libros en el suelo. Julián los recogió mientras el conductor miraba la hora.

Entre ellos estaba el que Scarlett había devuelto.

Lo guardó con los demás.

Había recuperado los registros y la libertad de compartir la parte de su investigación que le pertenecía. Con Vera y un laboratorio universitario preparó una publicación abierta. Dejaron fuera los datos identificables de pacientes y separaron las aportaciones de terceros antes de enviarla a revisión.

No recuperó el edificio ni el equipo que había formado. El nuevo convenio les daba horas de laboratorio, dos becas y un lugar donde empezar. Algunas mañanas aquello le parecía suficiente; otras tenía que obligarse a ir.

⁂

La declaración de Scarlett tampoco se quedó en el despacho de Amalia. Con los mensajes y los registros de apertura se había presentado una denuncia que seguía en investigación. Scarlett declaró acompañada de Beatriz y reconoció que había entregado la tarjeta a cambio de dinero.

El reconocimiento de autoría y los acuerdos civiles no cerraban esa investigación. Octavio y Scarlett habían sido citados por separado. Beatriz le avisó que no podía prometerle un resultado ni hacer desaparecer su participación por haber devuelto el primer pago.

Scarlett conservó cada citación. Había aprendido a leer un sobre antes de decidir dónde guardarlo.

⁂

Cuando Octavio llegó a la oficina, la recepcionista le pidió que esperara.

Scarlett observó desde dentro cómo él reaccionaba.

Primero miró hacia el ascensor privado.

Después a la mujer detrás del mostrador.

Terminó sentándose.

Llevaba un traje conocido. La tela seguía siendo buena, aunque el cuello de la camisa había perdido firmeza.

Scarlett lo hizo pasar diez minutos después.

No por crueldad.

Estaba terminando una llamada.

Sin embargo, supo que él nunca creería aquello.

Octavio cerró la puerta.

Miró el escritorio.

Su antiguo escritorio.

—Has cambiado el cuadro.

Scarlett asintió.

En la pared había una pintura de una mesa con una sola silla.

La había comprado al precio anunciado.

No pidió descuento.

⁂

Octavio no se sentó hasta que ella se lo indicó.

—Quiero que dejemos de hacernos daño —dijo.

Scarlett mantuvo las manos sobre el escritorio.

—Mis abogados pueden hablar con los tuyos.

Él soltó una risa sin humor.

—Ya no puedo seguir pagando a los míos.

Ella no respondió.

Octavio se inclinó hacia delante.

—No vengo a amenazarte.

—Te escucho.

Él miró sus manos, como si necesitara encontrar en ellas un gesto antiguo.

—Estoy dispuesto a dejar a Inés.

Scarlett permaneció inmóvil.

Durante años aquella frase habría bastado para hacerla levantarse.

Ahora tuvo que recordar cómo se suponía que debía sentirse.

—Inés ya te dejó —dijo.

Octavio apretó la mandíbula.

—Podemos intentarlo de verdad.

Ella bajó la mirada hacia la mesa.

Él continuó:

—Sin escondernos. Sin horarios. Tú y yo.

Scarlett pensó en las cenas guardadas, en los domingos sin llamadas y en el cumpleaños de una esposa que ocupaba el lugar del que ella había intentado desalojarla.

No sintió satisfacción.

Sintió cansancio.

—No te amo, Octavio.

Él cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su voz era más dura.

—A Ferrer tampoco lo tienes.

Scarlett recibió la frase sin apartar la cara.

—Lo sé.

Octavio se recostó.

Ya no quedaba ninguna oferta sentimental que pudiera presentar sin hablar de lo otro.

—Devuélveme el control —dijo—. Podemos dejarte una parte importante. Mucho más de lo que vas a necesitar nunca.

Scarlett negó con la cabeza.

Él la miró fijamente.

—Me estás dejando sin nada.

Ella recordó el mensaje.

Elegiste que ya no me ocupara de ti.

—No voy a devolverte la empresa.

Octavio esperó.

Scarlett no añadió una explicación.

Al final él se levantó.

Esta vez nadie le abrió la puerta.

⁂

Su madre se mudó a un departamento cómodo, cerca de un parque.

Scarlett había querido comprarle una casa enorme.

La mujer aceptó dos habitaciones y espacio suficiente para la máquina de coser.

—No necesito perderme para ir a preparar café —dijo.

Continuó trabajando, aunque menos.

Los domingos comían juntas.

Su madre preguntaba por las revisiones médicas, por el sueño y por los viajes. Nunca preguntaba cuánto había ganado el grupo durante la semana.

Una tarde, mientras Scarlett secaba los platos, la mujer dijo:

—Podrías llamar a Julián.

Scarlett dejó un vaso sobre el paño.

—No quiere lo que puedo ofrecerle.

Su madre cerró el grifo.

—No te pregunté qué podías ofrecerle.

Scarlett miró el agua que quedaba en el fregadero.

No llamó.

⁂

Helix continuó cobrando.

Scarlett autorizó más recursos para investigación, revisó contratos y abrió un programa limitado de tratamientos sin costo. También conservó las tarifas privadas que sostenían los beneficios del grupo.

Cada mes recibía solicitudes que superaban las plazas disponibles.

Algunas llegaban acompañadas de fotografías.

Aprendió a no abrirlas durante las reuniones.

No porque hubiera dejado de importarle.

Porque, si las miraba, le costaba regresar a las cifras.

Una tarde encontró un expediente con anotaciones semejantes a las suyas: una mujer que había vendido cosas, pedido ayuda y calculado cuánto podía reunir.

Scarlett ordenó que la incorporaran al programa.

Al día siguiente llegaron otros expedientes.

No podía resolverlos todos con excepciones.

Tampoco quiso desprenderse del sistema que le permitía decidirlas.

⁂

Vio a Julián por última vez frente al instituto.

Había acudido a una revisión cerca de allí y pidió al conductor que se detuviera al reconocerlo.

Él caminaba con una bolsa de libros.

Scarlett bajó del automóvil.

Julián se detuvo al verla.

El cabello rojo volvía a caerle por la espalda. Estaba sana, tenía color en las mejillas y llevaba un abrigo que él no quiso mirar demasiado.

—Hola —dijo ella.

—Hola.

Permanecieron junto a la reja mientras los alumnos salían.

Scarlett señaló la bolsa.

—¿Todavía les dejas demasiada tarea?

Él sonrió apenas.

—Ellos dicen que sí.

Ella también sonrió.

Durante un instante encontraron una conversación que no necesitaba defender nada.

Después quedaron callados.

—¿Estás bien? —preguntó Julián.

Scarlett entendió que hablaba del procedimiento.

—Sí. Las revisiones salen bien.

Él asintió.

La alegría que vio en su cara fue breve y verdadera.

Eso casi la hizo pedirle que subiera al automóvil.

—Podríamos tomar un café —dijo.

Julián miró hacia la calle.

Después volvió a ella.

—Hoy no.

Scarlett no preguntó por mañana.

Él acomodó la bolsa en el hombro.

—Me alegra que estés aquí, Scarlett.

Ella tragó saliva.

—A mí también.

Lo vio alejarse hasta que otros peatones se interpusieron.

El conductor esperó junto a la puerta abierta.

⁂

Aquella noche llegó temprano.

Había comprado una casa con ventanas grandes y una cocina donde cuatro personas podían trabajar sin tocarse. El personal había dejado la cena preparada.

Scarlett pidió quedarse sola.

Se quitó los zapatos y caminó hasta el comedor.

Sobre la mesa había flores frescas.

Un plato.

Una copa.

El teléfono recibió un informe financiero y un recordatorio de su siguiente revisión.

Abrió ambos.

Los resultados del grupo eran buenos.

Su cuerpo seguía respondiendo.

Dejó el aparato junto a los cubiertos.

Durante un momento pensó en poner otro plato. No para una visita concreta, sino por la antigua costumbre de preparar un lugar y esperar que alguien decidiera ocuparlo.

Abrió el aparador.

Tenía vajilla para veinticuatro personas.

Scarlett sacó un plato limpio.

Después lo devolvió al estante.

Se sentó y comenzó a cenar.

Aquella casa y su atención médica ya no dependían de conservar una relación. Seguía teniendo obligaciones, revisiones y una investigación pendiente. Podía afrontarlas sin esperar a que un hombre respondiera una llamada.

Cuando quiso contarle a Julián que ya podía volver a correr, tomó el teléfono.

Lo desbloqueó.

Buscó su nombre.

Permaneció así hasta que la pantalla se apagó.

Entonces lo dejó boca abajo y siguió comiendo.


FIN