Capítulo 19 de 20
La vida que había comprado
Julián supo que Scarlett había salido del centro porque ella llamó a su puerta.
No había avisado.
Llevaba un vestido claro, zapatos bajos y el cabello rojo todavía demasiado corto para recogérselo como antes. Detrás, en el descanso de la escalera, un hombre sostenía una maleta.
Julián la miró sin hablar.
Scarlett sonrió.
—Puedo subir dos pisos sin sentarme.
Él dejó escapar el aire y la abrazó.
Durante unos segundos ella olvidó al conductor, la maleta y la carpeta que llevaba contra el costado.
Julián le tocó la espalda con cautela.
—¿Te dieron el alta?
—Con revisiones. Muchas.
Él se apartó para mirarla mejor.
Scarlett reconoció aquella atención. Había pasado semanas respondiendo preguntas para demostrar que recordaba una vida que todos parecían observar desde fuera.
Con Julián no quería someterse a otra prueba.
—Tengo hambre —dijo—. Y no quiero que me preguntes en qué año nos conocimos.
Él sonrió.
—No pensaba hacerlo.
Scarlett alzó la vista hacia su frente.
—Sigues frunciendo aquí cuando te preocupas.
Julián le besó la mano.
Después la dejó entrar.
⁂
El departamento olía a café.
La planta junto a la ventana había crecido hacia un lado. En la mesa había exámenes por corregir, una calculadora y un sobre de Amalia.
Scarlett dejó la carpeta encima.
Julián cerró después de recibir la maleta.
—¿Vas a quedarte?
Ella lo miró.
—Quiero.
Él sostuvo el asa unos segundos antes de dejarla junto al sofá.
Scarlett se acercó a la cocina.
La silla seguía teniendo una pata ligeramente más corta. Sobre el refrigerador estaba el frasco donde Julián guardaba recibos que nunca ordenaba.
Nada había esperado por ella de manera deliberada.
Aun así, reconocía su lugar.
—Puedo preparar algo —dijo él.
—Primero siéntate.
Julián miró la carpeta.
—¿Es del centro?
Scarlett apoyó las manos sobre la cubierta.
Había imaginado aquel momento durante la recuperación. Él abriría los documentos, comprendería y volvería a entrar en su laboratorio sin pedir permiso a nadie.
Entonces todo lo demás encontraría su sitio.
—Recuperé tu trabajo —dijo.
—Puedo retirar la oposición de Helix y someter el acuerdo al consejo. No puedo fingir que las otras partes del litigio desaparecen por decirlo yo.
Julián abrió la carpeta. Scarlett había ensayado una entrada más triunfal; aquella precisión le dejó la boca seca.
⁂
Julián leyó sin interrumpirla.
Scarlett le explicó la sociedad cabecera, las participaciones y las facultades sobre Helix. También los registros, las instalaciones y las patentes del grupo. Señaló por separado las aportaciones de Julián: la empresa debía reconocerlas y dejar de reclamar derechos que no tenía.
Él pasó una página.
Después volvió atrás.
—¿Cuándo firmó esto?
—Antes del procedimiento.
—¿Y yo no lo sabía?
Scarlett se sentó frente a él.
—No quería hablarte de algo que todavía podía salir mal.
Julián levantó los ojos.
Ella reconoció la frase antes de que él respondiera.
Otra explicación que empezaba por lo que había decidido ahorrarle.
—Lo hice para que pudiéramos tener una vida —añadió.
Julián dejó las hojas.
—¿Qué creyó Octavio que estaba recibiendo?
Scarlett miró la mesa.
—Creyó que iba a volver con él.
—¿Y se lo prometiste?
—Lo dejé creerlo.
Julián se echó hacia atrás.
Ella sintió impaciencia.
—Sabía lo que firmaba. Sus abogados lo revisaron.
—Te pregunté otra cosa.
Scarlett se levantó.
Fue hasta la ventana y regresó.
Podía caminar sin dolor. Había deseado tanto hacerlo que le pareció absurdo utilizar aquella libertad para discutir.
—Sí —dijo—. Le hice creer que volvería. Que todo esto era una garantía entre nosotros y que después podríamos arreglarlo.
Julián bajó la vista hacia la carpeta.
—Como él hizo conmigo.
Scarlett lo miró.
—Sí. Como él hizo contigo.
Había esperado que esa fuera la parte que lo convenciera.
No lo fue.
⁂
—No te estoy pidiendo que lo defiendas —dijo ella.
Julián se levantó para recoger las tazas de la mañana.
Llevó una al fregadero.
Dejó la otra en la mesa, como si hubiera olvidado por qué la tomó.
—Estoy intentando entender qué viniste a ofrecerme.
Scarlett abrió las manos.
—Tu laboratorio. El dinero para trabajar. La posibilidad de decidir lo que pasa con lo que descubriste.
Él miró la carpeta.
—Podrías reconocer mis derechos y terminar el litigio sin ofrecerme una empresa.
—Lo haré.
—Hazlo.
Scarlett asintió rápidamente.
Aquello sí podía resolverse.
—Y podemos abrir líneas de atención para quienes no puedan pagar —continuó—. Contratar gente. Mejorar el procedimiento.
Julián la observó.
—¿Podemos?
Ella se quedó quieta.
—Quiero hacerlo contigo.
Él apartó una silla y se sentó otra vez.
—No voy a dirigir algo que conseguiste prometiendo una relación que no pensabas tener.
Scarlett se apartó el cabello de la cara y volvió a abrir la carpeta.
—Ese hombre me negó el tratamiento porque dejé de acostarme con él.
Julián cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—Entonces no hables como si yo hubiera engañado a alguien indefenso.
—No he dicho eso.
—Pero estás más preocupado por cómo perdió sus empresas que por cómo las consiguió.
Él abrió la boca.
Después la cerró.
Scarlett apoyó una mano en la mesa.
Le temblaba.
⁂
Julián había visto el correo de admisión.
También la cifra.
Había hecho llamadas hasta quedarse sin personas a quienes pedir ayuda. Sabía cuánto de su impotencia se debía a decisiones que otros podían tomar desde una oficina.
Miró a Scarlett.
Estaba viva.
A veces necesitaba detenerse en ese hecho antes de poder pensar en cualquier otro.
—No voy a pedirte que te arrepientas de haber sobrevivido —dijo.
Ella se sentó lentamente.
—Parece que sí.
—Quiero que dejemos de hacer esto.
—Tu cobertura ya está pagada fuera de la empresa. La leí. No quiero que vuelvas a tener que suplicarle a nadie un tratamiento.
Scarlett apartó la vista.
—Entonces sabes por qué necesito conservarla.
—Sé por qué la querías para entrar al centro. Lo que no entiendo es por qué ahora mi trabajo, los pacientes y nuestra vida tienen que quedar bajo tu decisión personal.
—Hay un consejo.
—Que puedes cambiar con tus votos dentro de los límites del acuerdo. Y sabes lo que yo opino porque te lo dije antes de que llevaras la primera carpeta a mi casa.
Scarlett quiso responder que ella sería distinta. Se oyó pensar en la forma de convencerlo y comprendió por qué él estaba agotado.
Scarlett miró sus manos.
Julián se inclinó hacia ella.
—Podemos encontrar una forma de que el centro siga funcionando sin que tú tengas que conservar ese poder. Una institución pública, una fundación independiente. Hay gente que sabe organizarlo.
Ella levantó la cabeza.
Él continuó:
—Que reciba la empresa, los recursos y los derechos que correspondan. Que los pacientes no dependan de ti ni de Octavio. Podemos buscar cómo hacerlo sin abandonar a quienes ya están dentro.
—No mañana —añadió—. Con una transición, reservas para los tratamientos en curso y gente que sepa administrarla. Podrías conservar dinero suficiente para vivir y tu cobertura seguiría fuera de la discusión. Pero no el poder de decidir sobre el acceso al procedimiento.
Scarlett frotó el borde de la carpeta.
—Quieres que acepte otra vez que la buena voluntad de los demás va a protegerme.
—Quiero que la protección no dependa de la buena voluntad de un dueño. Ni siquiera de la tuya.
Ella lo miró. Había llegado a devolverle el laboratorio y estaba escuchando que debía renunciar al lugar desde el que podía hacerlo.
Scarlett tardó en responder.
—Quieres que lo regale.
Julián sostuvo su mirada.
—Sí.
La palabra quedó sobre la mesa.
⁂
Scarlett se levantó y comenzó a cerrar la carpeta.
Julián le tocó la muñeca.
Ella la retiró.
—Ya devolví una fortuna una vez —dijo—. Firmé todo lo que me pidieron. Me fui a trabajar. Pagué renta, hice cuentas y vendí mis cosas.
—Lo sé.
—No. Sabes que pasó. Yo estaba ahí.
Julián permaneció callado.
Ella señaló su propio cuerpo.
—Cuando me enfermé, no apareció una recompensa por haber hecho lo correcto. Apareció una factura.
Él bajó los ojos.
Scarlett respiró hondo.
—Tú viniste. Te quedaste. No voy a quitarte eso. Pero los dos sabemos que, si todo hubiera seguido dependiendo de lo que podíamos pagar, ahora no estaríamos discutiendo.
Julián apretó las manos.
Ella lo vio y quiso abrazarlo.
No lo hizo.
—Estaría muerta —añadió.
Él levantó la cara.
—No lo digas como si hubiera elegido no salvarte.
Scarlett sintió el golpe de sus palabras.
Se acercó.
—No digo eso.
—Entonces no conviertas mi falta de dinero en una falta de amor.
Ella le tomó la cara.
Julián cerró los ojos bajo sus manos.
—Te amo —dijo Scarlett—. Precisamente por eso quise salir de aquella cama.
Él apoyó una mano sobre la suya.
Durante unos segundos volvieron a estar cerca.
Después Julián miró la carpeta.
La distancia regresó antes de que ninguno se moviera.
⁂
La conversación duró toda la tarde.
No siempre hablaron.
Hubo un momento en que Julián calentó sopa porque ella todavía tenía que comer a ciertas horas. Scarlett recibió el plato y lo terminó entre silencios.
Después discutieron otra vez.
Él habló de dinero suficiente para vivir, de trabajo, de no repetir la estructura que casi la había dejado morir.
Ella habló de no volver a pedir permiso.
Podía financiar tratamientos y conservar la empresa.
Podía reconocer sus aportaciones y seguir siendo rica.
Podía hacer cosas distintas de las que hizo Octavio.
Julián no negó esas posibilidades.
Lo que no aceptaba era quedarse dentro de una fortuna levantada sobre otra promesa falsa.
Al anochecer, Scarlett se acercó al sofá donde él estaba sentado.
—Dime qué necesitas para creerme.
Julián la miró con una tristeza que ella conocía demasiado.
—No quiero otro documento.
—Entonces dime.
Él tardó en hablar.
—Que esto no tenga que decidir nuestra vida.
Scarlett miró hacia la mesa.
La carpeta estaba cerrada.
No por eso ocupaba menos espacio.
⁂
—No puedo quedarme si eliges conservarlo —dijo Julián.
Se frotó la cara antes de continuar.
—No tengo derecho a obligarte. Y no quiero vivir vigilando qué decides o pidiéndote cada día que seas otra persona. Si yo me quedo esperando a que cambies y tú esperas que me acostumbre, vamos a convertir esto en otra negociación.
Scarlett sintió que aquella frase cerraba más puertas que la discusión sobre el dinero.
Ella permaneció de pie.
—¿La empresa o tú?
Él bajó la cabeza.
No intentó mejorar la frase.
Scarlett se sentó a su lado.
Le tocó los dedos.
—No me pidas esto hoy.
—Llevamos horas evitando decirlo.
Ella miró la ventana oscura.
Vio el reflejo de ambos en el cristal.
Había imaginado aquel departamento lleno de cosas nuevas. Un escritorio mejor para él. Una cocina donde no chocaran al moverse. Viajes que no dependieran de vacaciones escolares ni de cuentas pendientes.
Pero también recordaba la orden de estudios doblada en su bolso.
La llamada en que una asistente le explicó que no cumplía las condiciones económicas.
El alivio de Octavio al creer que volvía a pertenecerle.
Scarlett soltó la mano de Julián.
—No voy a entregarlo.
Él no se movió.
Ella continuó, con la voz cada vez más baja:
—Puedo vivir sin muchas cosas. Ya lo hice. Pero no voy a volver a quedarme sin la posibilidad de defenderme.
Julián se levantó.
Scarlett le sujetó la manga.
—No significa que no te ame.
Él miró sus dedos aferrados a la tela.
—Lo sé.
Aquella respuesta le dolió más que si hubiera vuelto a llamarla mentirosa.
⁂
Cuando Julián se encerró un momento en la cocina, Scarlett abrió la maleta.
No deshizo nada.
Sacó el cepillo de dientes y lo sostuvo entre las manos.
Luego fue al baño.
El vaso seguía en la repisa.
Él no lo había retirado.
Scarlett dejó el cepillo dentro y comenzó a llorar.
No podía culpar a la enfermedad.
No podía culpar a Octavio.
Tampoco podía decir que Julián no la amaba.
Lo tenía todo delante y estaba eligiendo.
Al regresar al salón, él esperaba junto a la puerta.
Scarlett tomó la carpeta y el asa de la maleta.
—Si cambias de opinión… —empezó.
Julián negó suavemente con la cabeza.
Ella dejó de hablar.
Bajó sola los dos pisos.
Esta vez no tuvo que detenerse.
El conductor abrió el automóvil y preguntó adónde iban.
Scarlett miró una última vez la ventana de Julián.
—A casa —respondió.
Tardó unos segundos en darle la dirección.