Capítulo 1 de 13

La mujer que miraba las montañas

La primera vez que Iztaccíhuatl vio a Popocatépetl, él llevaba sangre en las manos.

No era suya.

El guerrero avanzaba por el patio del palacio con un niño entre los brazos, mientras dos guardias intentaban detenerlo. El pequeño tenía una pierna envuelta en un pedazo de manta y la cara hundida contra el pecho de quien lo cargaba. A cada paso, una gota oscura caía sobre las piedras.

Iztaccíhuatl dejó el huso sobre su regazo.

Desde el corredor donde trabajaba con las mujeres de la casa podía ver la entrada del patio. La mañana olía a maíz cocido, tierra húmeda y humo de los fogones. Detrás de los muros, el mercado comenzaba a llenarse de voces.

—He dicho que esperes afuera —ordenó uno de los guardias.

—Y yo he dicho que necesita un curandero.

Popocatépetl no levantó la voz. Eso llamó la atención de Iztaccíhuatl. Había hombres que gritaban para hacerse obedecer; aquel parecía contenerse para no perder tiempo.

—No puedes entrar con cualquiera.

El niño soltó un gemido. Iztaccíhuatl se puso de pie.

—Déjenlo pasar.

Los guardias volvieron el rostro. Ambos inclinaron la cabeza, pero ninguno se apartó de inmediato.

—Tu padre está reunido con el consejo —dijo el mayor.

—Entonces no lo molestaremos. Llamen a Yólotl.

El guerrero la miró por primera vez.

Tenía polvo en las pestañas, una herida pequeña junto al labio y la manta del hombro rasgada. Su mirada se detuvo en ella apenas un instante antes de volver al niño.

—¿Dónde puedo acostarlo?

Iztaccíhuatl señaló el corredor.

—Aquí. Sobre el petate.

Una de las mujeres que la acompañaban se apresuró a recoger las madejas de algodón. La otra salió en busca de agua. Popocatépetl se arrodilló y depositó al pequeño con una delicadeza que parecía extraña en unos brazos acostumbrados a sostener armas.

—¿Qué sucedió? —preguntó ella.

—Se derrumbó parte de un muro junto al camino.

—¿Venía contigo?

—Lo encontré.

El niño abrió los ojos.

—Mi madre…

—La están buscando —le aseguró Popocatépetl.

Iztaccíhuatl advirtió la vacilación que siguió a esas palabras.

—¿Estaba cerca del muro?

El guerrero asintió.

No hizo falta preguntar más.

La curandera llegó con un pequeño envoltorio de telas y hierbas. Era una mujer de cabello gris, manos firmes y una paciencia que reservaba para los enfermos; a los demás les hablaba con la brusquedad de quien llevaba demasiados años viendo heridas evitables.

—Apártense. Tú, trae más agua. Tú, sostén su hombro.

Popocatépetl obedeció.

Iztaccíhuatl se sentó junto a la cabeza del niño y tomó su mano.

—¿Cómo te llamas?

—Cuauhtli.

—Yo soy Iztaccíhuatl.

El pequeño la observó, agotado.

—Ya sé.

Ella sonrió.

—Entonces sabes que debes escucharme. Mira hacia acá mientras Yólotl te ayuda.

Cuauhtli apretó los dedos cuando la curandera retiró la manta ensangrentada. Iztaccíhuatl sintió que las uñas se le clavaban en la piel, pero no soltó su mano.

—En el jardín hay un pájaro que roba semillas —le dijo—. Siempre escoge las mejores. Las mujeres del palacio creen que yo le doy permiso.

—¿Se lo das?

—A veces.

El niño intentó sonreír.

Frente a ellos, Popocatépetl bajó la mirada para ocultar la suya.


Su padre la mandó llamar antes del mediodía.

Iztaccíhuatl lo encontró en la sala donde recibía a los emisarios. Había mapas trazados sobre telas, recipientes con agua y restos de comida que nadie parecía haber tocado. Dos consejeros hablaban en voz baja cerca de la entrada.

El señor de aquella casa aguardó a que se marcharan.

—Me han dicho que abriste el palacio a un herido del mercado.

—Era un niño.

—También me han dicho que diste órdenes a mis guardias.

—El niño estaba perdiendo sangre.

Su padre apoyó ambas manos sobre las rodillas.

Iztaccíhuatl conocía aquella postura. Significaba que intentaba dominar el enojo antes de convertirlo en una decisión.

—No discuto que necesitara ayuda. Discuto que olvides quién eres.

Ella miró las telas extendidas en el suelo. Sobre una de ellas había pequeñas piedras colocadas junto a los caminos.

—No lo olvidé.

—Algún día tus actos comprometerán algo más que tu propia voluntad.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Desde que su madre había muerto, su padre hablaba del futuro como si fuese una habitación en la que ella debía entrar con los ojos cerrados. Un matrimonio conveniente. Una alianza segura. Hijos que continuaran el linaje.

Nunca le preguntaba qué imaginaba cuando pensaba en su vida.

—¿El consejo se reunió por los caminos del sur? —preguntó.

Él frunció el ceño.

—¿Quién te lo dijo?

—Han llegado tres emisarios esta semana. Los mercaderes hablan de cargamentos detenidos. Y anoche oí discutir a los capitanes.

—Oyes demasiado.

—Las paredes no guardan todo lo que ustedes quieren.

Su padre se levantó.

Por un momento, Iztaccíhuatl vio el cansancio bajo su autoridad. Tenía los ojos irritados y una mancha de tinta cerca del pulgar. Debía de haber pasado buena parte de la noche examinando tributos y rutas.

—Hay poblaciones que han dejado de reconocer nuestros acuerdos —dijo finalmente—. Si otras siguen su ejemplo, faltarán alimentos antes de la próxima cosecha.

—¿Habrá guerra?

—Habrá una respuesta.

Ella conocía esa manera de nombrar las cosas.

—¿El guerrero que trajo al niño irá?

Su padre la observó con atención.

—¿Popocatépetl?

Hasta entonces no había oído su nombre.

—No lo sé —contestó ella.

—Ha regresado de vigilar los pasos del este. Es uno de los hombres del capitán.

Iztaccíhuatl repitió el nombre en silencio.

Su padre debió de advertir algo en su rostro, porque endureció el gesto.

—No te corresponde preocuparte por él.

—Me preocupaba por el niño.

—Entonces procura que esa preocupación termine donde debe.


La madre de Cuauhtli apareció al caer la tarde.

Entró casi sin aliento, cubierta de polvo, con una cesta rota colgándole de la muñeca. Cuando vio a su hijo, se arrodilló junto al petate y comenzó a tocarle la frente, los brazos, el pecho, como si necesitara comprobar cada parte de su cuerpo.

Iztaccíhuatl se apartó para dejarlos solos.

Popocatépetl estaba junto a una columna. Se había lavado las manos, aunque conservaba sangre seca en el borde de las uñas.

—La encontraron buscando entre los escombros —explicó—. Creyó que lo habían llevado a otra casa.

—Y tú creíste que había muerto.

Él tardó en responder.

—No quise decírselo hasta estar seguro.

Iztaccíhuatl miró a la madre, que ahora besaba los dedos del niño.

—Hiciste bien.

—A veces una esperanza también puede herir.

Ella volvió el rostro hacia él.

No esperaba escuchar aquello de un guerrero.

—¿Hablas por experiencia?

Popocatépetl desvió la mirada hacia el patio.

—Mi hermano no regresó de una expedición. Mi madre esperó tres cosechas antes de aceptar que no volvería.

Iztaccíhuatl no supo qué decir.

Por primera vez aquel hombre dejó de parecerle una figura llegada del camino. Tuvo una madre. Un hermano. Una casa donde alguien había aguardado pasos que nunca se oyeron.

—Lo siento.

Él inclinó la cabeza.

Un guardia apareció al otro lado del patio y pronunció su nombre.

Popocatépetl se enderezó.

—Debo irme.

Iztaccíhuatl bajó la vista a su propia mano. Tenía cuatro pequeñas marcas donde Cuauhtli la había arañado.

El guerrero señaló las marcas.

—Te lastimó.

—Tenía miedo.

Popocatépetl pareció considerar esa respuesta.

Luego se despidió sin añadir nada.

Ella lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de la entrada.


Aquella noche, Acamapichtli cenó con el padre de Iztaccíhuatl.

Iztaccíhuatl supo que estaba en el palacio antes de verlo. Reconoció su voz en el corredor: pausada, segura, acostumbrada a prolongar las frases hasta conseguir que todos lo escucharan.

Pertenecía a una familia poderosa y llevaba años entrando en aquella casa con una familiaridad que a ella le resultaba cada vez más incómoda.

De niños habían compartido juegos durante las celebraciones. Él siempre quería decidir quién ganaba.

De adultos, su costumbre apenas había cambiado.

—Me han contado lo del pequeño —dijo cuando ella entró—. Tu generosidad será recordada.

Iztaccíhuatl tomó asiento.

—Preferiría que recordaran reparar el muro.

Su padre lanzó una mirada de advertencia.

Acamapichtli sonrió.

—También eso puede hacerse.

Durante la cena hablaron de tributos, lluvias y familias que habían enviado presentes al palacio. Iztaccíhuatl escuchó hasta comprender que aquella reunión no había sido improvisada.

Su padre preguntó por las tierras de Acamapichtli.

Acamapichtli preguntó por las mujeres de la casa.

Después habló de la conveniencia de unir propiedades que compartían límites.

Ella dejó de comer.

No habían pronunciado su nombre, pero comenzaba a sentirse puesta sobre la mesa junto a los demás bienes.

—¿Qué piensas, Iztaccíhuatl? —preguntó su padre.

—Que las tierras no se levantan y se marchan cuando no están de acuerdo.

El silencio fue inmediato.

Acamapichtli soltó una risa breve.

—Siempre has tenido una lengua difícil.

—Solo cuando quieren hablar por mí.

Su padre dio por terminada la cena poco después.

Cuando ella salió al corredor, Acamapichtli la siguió.

—No pretendía ofenderte.

—Entonces deja de discutir mi futuro como si yo no estuviera presente.

Él se acercó un paso.

—Tu futuro no puede depender únicamente de lo que deseas.

Iztaccíhuatl sostuvo su mirada.

—Eso mismo dicen todos los que desean decidirlo.


Antes del amanecer, ella subió a la azotea.

Era el único lugar del palacio donde podía mirar más allá de los muros. Los techos permanecían oscuros, y en algunas casas el humo comenzaba a salir por las aberturas. A lo lejos, las montañas aparecían bajo una franja de luz.

El asentamiento ocupaba el borde occidental del valle de Puebla. Desde aquella azotea, las primeras laderas se levantaban hacia el poniente; detrás de ellas estaban los caminos que cruzaban al valle de México. Las caravanas del sur llegaban por rutas más bajas antes de buscar los pasos de la sierra. Iztaccíhuatl conocía sus nombres en los mapas, pero nunca había seguido ninguna hasta el final.

Iztaccíhuatl había subido allí con su madre muchas veces.

Cuando era pequeña, creía que las cumbres se desplazaban durante la noche. Su madre le pedía que escogiera un punto y lo recordara para compararlo al día siguiente.

Nunca se habían movido.

Su madre también le había contado una historia que no figuraba en los mapas. Decía que la tierra guardaba memoria de quienes habían cuidado a otros y que, en ocasiones que nadie podía ordenar ni anunciar, les daba un lugar donde seguir haciéndolo. Iztaccíhuatl le preguntaba si las montañas recordaban. Su madre contestaba que habría que escucharlas mucho tiempo para saberlo. Con los años, la joven dejó de esperar una respuesta y conservó el gusto de mirarlas.

Aun así, ella continuaba observándolas.

Un ruido en el patio la hizo acercarse al borde.

Abajo se reunía un grupo de guerreros. Algunos ajustaban sus mantas; otros revisaban correas y provisiones. Reconoció a Popocatépetl antes de distinguirle el rostro.

Él levantó la cabeza.

Durante un instante se miraron sin hablar.

—¿Se marchan? —preguntó ella en voz baja.

—A reconocer el camino.

—¿Volverás hoy?

—Si el camino lo permite.

La respuesta le produjo una inquietud inesperada.

Popocatépetl dio un paso hacia el muro para que los demás no escucharan.

—Cuauhtli dormía cuando fui a despedirme.

—Su madre se quedará hasta que pueda llevarlo a casa.

—Gracias.

Iztaccíhuatl apoyó las manos sobre el borde de piedra.

Quiso preguntarle si tenía miedo, pero no encontró una forma de hacerlo sin que pareciera una ofensa.

—Ten cuidado —dijo.

Él la miró con una atención distinta.

—Lo tendré.

Un capitán llamó al grupo. Popocatépetl retrocedió y se unió a los hombres que atravesaban la puerta.

Iztaccíhuatl permaneció en la azotea hasta que dejaron de oírse sus pasos.

No vio a Acamapichtli en el corredor inferior.

Él había llegado temprano para hablar con su padre y había escuchado el breve intercambio. Esperó a que ella se apartara del borde antes de entrar en la sala del consejo.

El señor del palacio alzó la vista.

—¿Qué sucede?

Acamapichtli se sentó frente a él.

—Debemos hablar de tu hija.

Sobre los tejados, la luz alcanzó lentamente las montañas.

Iztaccíhuatl todavía las contemplaba, sin saber que alguien acababa de convertir aquella despedida en una amenaza.