Capítulo 2 de 13
El precio de una alianza
El padre de Iztaccíhuatl dejó sobre la mesa el cordón con el que había empezado a enrollar uno de los mapas.
Acamapichtli había llegado antes que los consejeros. Todavía llevaba humedad en el borde de la manta y una hoja de pino prendida a la sandalia, pero su expresión era la de un hombre que había preparado cada palabra durante el camino.
—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó el señor del palacio.
—Nada que no pueda corregirse.
La respuesta lo hizo levantar la mirada.
—Ten cuidado con lo que vienes a decir.
—La escuché despedirse del guerrero que trajo al niño. Le preguntó cuándo regresaría.
—El pequeño sigue en mi casa. Es natural que hablen de él.
—Por supuesto.
Aquella aceptación demasiado rápida irritó al señor.
—Entonces, ¿qué buscas?
Acamapichtli tomó asiento frente a él.
—Evitar que otros interpreten esa cercanía de una manera que perjudique los acuerdos entre nuestras familias.
Afuera, una mujer barría el corredor. El roce de las ramas sobre la piedra llenó el silencio.
—No hay ningún acuerdo concluido —dijo el padre de Iztaccíhuatl.
—Pero lo habrá. Mis depósitos pueden abastecer a tus hombres si el conflicto del sur se prolonga. Mi familia controla dos pasos por los que todavía circulan las caravanas. Una alianza nos permitiría proteger ambos territorios.
El señor miró las piedras colocadas sobre el mapa.
Había una junto al camino oriental, otra cerca de los campos que alimentaban a las poblaciones del valle. En las últimas semanas, aquellas pequeñas marcas habían comenzado a parecerle heridas.
—Hablaré con ella.
Acamapichtli sonrió apenas.
—Eso esperaba.
Iztaccíhuatl bajó de la azotea cuando comenzaron las labores de la mañana.
En el corredor, Yólotl examinaba la pierna de Cuauhtli. La madre del niño sostenía una vasija y procuraba no mirar la herida.
—Pasará unos días sin caminar —dijo la curandera—. Y después habrá que impedir que corra antes de tiempo.
—Yo puedo impedirlo —aseguró la mujer.
Cuauhtli frunció el rostro.
—Pero tengo que ayudarla.
—Podrás ayudarme sentado.
Iztaccíhuatl se arrodilló junto al petate.
—¿En qué trabajas?
—Vendo frijol y chile —contestó la madre—. A veces consigo semillas de calabaza.
Se llamaba Xóchitl. Tenía los dedos curtidos por el trabajo y un cansancio que ni siquiera el alivio de encontrar a su hijo había borrado.
—Me dijeron que el muro llevaba semanas agrietado —añadió.
—¿Lo habían avisado?
Xóchitl vaciló.
Miró hacia la puerta antes de responder.
—Los vendedores se lo dijeron al encargado del mercado.
Yólotl levantó la vista.
—Habla sin miedo. Aquí estamos curando al muchacho.
—El encargado dijo que no tenía hombres para repararlo.
Iztaccíhuatl sintió una vergüenza incómoda. Durante la cena habían discutido rutas, propiedades y regalos. Ninguno había mencionado aquel muro.
—Hablaré con mi padre.
Xóchitl se apresuró a inclinar la cabeza.
—No quiero causarle problemas a nadie.
Cuauhtli apretó la mano de su madre.
—El guerrero dijo que las piedras seguían cayendo.
Iztaccíhuatl lo miró.
—¿Te habló mientras te traía?
El niño asintió.
—Me dijo que contara sus pasos para no dormirme.
—¿Cuántos contaste?
—No sé. Después me equivoqué.
Yólotl terminó de acomodar la venda.
—Lo suficiente para llegar.
Su padre la recibió a solas.
Iztaccíhuatl había ido dispuesta a hablar del mercado, pero él señaló el asiento frente al suyo antes de que pudiera comenzar.
—Acamapichtli me ha ofrecido ayuda para sostener los caminos y abastecer a nuestros hombres.
Ella permaneció de pie.
—Sus familias llevan años comerciando. ¿Por qué necesita ofrecerla ahora?
—Porque las circunstancias han cambiado.
—¿Y qué pide?
Su padre guardó silencio.
Iztaccíhuatl sintió que la mañana se volvía más fría.
—¿Me pide a mí?
—Quiere formalizar una unión.
—Yo no.
La respuesta salió tan rápida que ambos parecieron sorprenderse.
Su padre se incorporó.
—Escucha antes de decidir.
—Lo conozco desde niña.
—Conocer a alguien durante los juegos no significa conocer al hombre en el que se ha convertido.
—Lo escuché anoche. Sé lo que piensa de mí.
—Piensa en el bienestar de nuestras casas.
Iztaccíhuatl apretó las manos.
—Entonces que se case con nuestras casas.
El rostro de su padre se endureció.
Ella supo que había ido demasiado lejos, pero no retiró las palabras.
—Tu madre comprendía lo que significaba pertenecer a esta familia —dijo él.
Iztaccíhuatl sintió el golpe de aquella mención.
—Mi madre ya no puede decirte si estaba de acuerdo.
Durante un instante solo se oyó el agua que alguien vertía en el patio.
Su padre apartó la mirada.
Cuando volvió a hablar, su voz había perdido fuerza.
—Hay gente que depende de nuestras decisiones. Si se cierran los caminos, no sufrirán únicamente los guerreros.
Ella pensó en Xóchitl. En la cesta rota. En el niño que quería levantarse para ayudarla.
—También dependen de que reparemos los muros del mercado.
Él frunció el ceño.
Iztaccíhuatl le contó lo sucedido. Esta vez no la interrumpió.
Al terminar, su padre llamó a un guardia y ordenó que el encargado del mercado se presentara antes del mediodía.
Ella sintió un pequeño alivio.
Duró poco.
—Atenderé ese asunto —dijo él—. Tú pensarás en lo que te he dicho.
Popocatépetl regresó cuando la tarde comenzaba a caer.
Los hombres entraron por la puerta oriental con barro en las piernas y polvo adherido a las mantas. Traían dos escudos dañados y una carga de provisiones recuperada junto al camino.
Iztaccíhuatl los vio desde el jardín.
Había pasado buena parte del día junto a Yólotl, ayudándola a separar hierbas y preparar vendas. Acamapichtli seguía en el palacio. Cada vez que escuchaba su voz en un corredor, buscaba una tarea que la mantuviera lejos.
Popocatépetl se detuvo cerca de la entrada.
La reconoció entre los arbustos y llevó una mano al pecho en señal de saludo.
Ella se acercó.
—El camino te permitió volver.
—Con algunas dificultades.
Tenía un corte reciente en el antebrazo.
Iztaccíhuatl lo señaló.
—Eso no estaba esta mañana.
—Una rama.
—¿Una rama también rompió los escudos?
Popocatépetl observó a los hombres que se alejaban.
—Encontramos a quienes habían detenido a unos cargadores.
—¿Hubo muertos?
—Hoy no.
La última palabra le produjo un escalofrío.
—Yólotl puede limpiarte la herida.
—Hay hombres que la necesitan más.
—Entonces espera tu turno.
Él sonrió.
Era la primera vez que ella veía su sonrisa sin que intentara esconderla.
Yólotl atendió a Popocatépetl después de revisar a dos guerreros y cambiar la venda de Cuauhtli.
Iztaccíhuatl sostuvo la vasija mientras la curandera limpiaba el corte.
—La rama llevaba filo —observó Yólotl.
Él no contestó.
—Y seguramente caminaba sobre dos piernas.
Iztaccíhuatl bajó la mirada para disimular una sonrisa.
Cuando terminó, Yólotl le indicó que mantuviera el brazo limpio y se marchó a buscar otra tela.
Quedaron junto al corredor abierto al jardín.
—Mi padre ordenó revisar el muro —dijo Iztaccíhuatl.
Popocatépetl la miró.
—Cuauhtli me lo contó.
—Los vendedores habían avisado.
—Lo sé. Uno de ellos me ayudó a sacarlo.
Ella giró la vasija entre las manos.
—¿Por qué no dijiste nada?
—No sabía quién escucharía.
Iztaccíhuatl sintió el peso de aquella respuesta.
—Puedes decírmelo a mí.
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Hoy lo sé.
En el jardín, un pájaro descendió junto a una cesta de semillas. Iztaccíhuatl lo reconoció por una pluma torcida en la cola.
—Ese es el ladrón del que le hablé al niño.
Popocatépetl siguió su mirada.
—Parece bien alimentado.
—Tiene ayuda.
Ella tomó unas semillas y las dejó sobre el borde de piedra. El pájaro se acercó apenas retrocedieron.
Popocatépetl observó sus manos.
—¿Siempre haces esto?
—Cuando nadie me recuerda que tengo asuntos más importantes.
—¿Y los tienes?
Iztaccíhuatl miró hacia la sala donde su padre seguía reunido.
—Eso dicen.
Él advirtió el cambio en su expresión.
No preguntó.
Aquella reserva hizo que ella quisiera hablar.
—¿Alguien ha decidido alguna vez por ti con quién debes compartir tu vida?
Popocatépetl tardó en responder.
—Mi madre quería que me casara con la hija de un alfarero.
—¿Y lo hiciste?
—Ella eligió a otro antes de que yo regresara de una campaña.
Iztaccíhuatl dejó escapar una risa breve.
—Tu madre debió de enfadarse.
—Conmigo. Decía que hasta para enamorarme llegaba tarde.
La risa de Iztaccíhuatl se apagó al ver una sombra en la entrada.
Acamapichtli los observaba.
—Tu padre te busca —dijo.
Iztaccíhuatl dejó la vasija sobre una banca.
—Iré enseguida.
Acamapichtli miró el brazo vendado del guerrero.
—Veo que has recibido buenos cuidados.
—Yólotl conoce su trabajo —respondió Popocatépetl.
—No me refería a ella.
Iztaccíhuatl se colocó junto a la banca.
—Traje agua. Había varios heridos.
Acamapichtli inclinó la cabeza, pero no apartó los ojos de Popocatépetl.
—Los capitanes esperan un informe.
—Lo entregaré.
El guerrero se despidió de Iztaccíhuatl y salió hacia el patio. Ella tuvo que contener el impulso de seguirlo.
Acamapichtli esperó a que desapareciera.
—Te conviene ser prudente.
—Me conviene que dejes de vigilarme.
—La gente habla.
—Tú has empezado.
Su expresión cambió.
Por primera vez, Iztaccíhuatl vio algo que no estaba cubierto por cortesía.
—Hay hombres que confunden una sonrisa con una invitación.
—Entonces procura no confundirte.
Ella pasó a su lado y entró en el corredor.
Acamapichtli permaneció inmóvil hasta que dejó de escuchar sus pasos.
Esa noche, Popocatépetl fue llamado a la sala del consejo.
El padre de Iztaccíhuatl lo esperaba junto al capitán. Sobre el mapa habían colocado nuevas piedras.
Acamapichtli estaba sentado al otro extremo.
—Tus informes confirman que el camino del sur ya no es seguro —dijo el señor.
Popocatépetl describió lo encontrado: cargadores retenidos, huellas de un grupo numeroso, depósitos vacíos donde antes recibían alimento.
El capitán escuchó sin interrumpir.
Después señaló un paso entre las montañas.
—Necesitamos hombres que lleguen hasta aquí.
Popocatépetl reconoció el lugar.
Era una ruta larga. Si los accesos estaban cerrados, el regreso podía tardar muchas jornadas.
—Conozco el paso —dijo.
—Por eso irás al frente.
Acamapichtli bajó la vista al mapa.
Nadie reparó en la leve relajación de sus manos.
Popocatépetl aceptó la orden y preguntó cuándo partirían.
—Dentro de tres amaneceres.
Más tarde, al salir, encontró a Iztaccíhuatl junto a la entrada del jardín.
Ella había visto preparar provisiones.
No necesitó preguntarle si se marchaba.
—¿Cuánto tiempo? —dijo.
Popocatépetl miró las sombras que cubrían los árboles.
Esta vez no pudo ofrecerle siquiera la esperanza de volver al anochecer.
—Todavía no lo sé.
Iztaccíhuatl asintió lentamente.
Luego extendió la mano y tocó el borde de su venda.
Fue un gesto pequeño, apenas el roce de dos dedos.
Popocatépetl dejó de mirar el camino.
Por primera vez desde que había recibido la orden, comprendió qué podía perder al regresar demasiado tarde.