Capítulo 3 de 13

Tres amaneceres

Iztaccíhuatl retiró la mano de la venda, pero Popocatépetl conservó la sensación de sus dedos sobre el brazo.

Desde la sala del consejo llegaban voces. Un sirviente atravesó el corredor cargando una vasija, y ambos se apartaron instintivamente.

—Tres amaneceres —dijo ella—. Eso escuché cuando preparaban las provisiones.

Él asintió.

—Debemos encontrar a los cargadores que faltan y reconocer los pasos. Si hay hombres vigilándolos, el capitán necesitará saber cuántos son.

—¿Y si no quieren dejarte regresar?

Popocatépetl miró sus manos. Podía explicarle cómo se protegía una retirada, cómo se distribuían los vigías o cuántas jornadas de alimento llevarían. Ninguna de aquellas respuestas habría servido.

—Haré cuanto pueda para volver.

Iztaccíhuatl bajó la cabeza.

—Es extraño. Hasta ayer no sabía tu nombre.

Él sonrió con una tristeza leve.

—Yo conocía el tuyo.

—Todos lo conocen. A veces creo que por eso nadie se molesta en preguntarme nada más.

Un guardia apareció al fondo del corredor.

Popocatépetl dio un paso atrás.

—Debo irme.

Ella quiso detenerlo. En cambio, sostuvo su mirada hasta que él se volvió.

Esa noche, Iztaccíhuatl tardó en dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía el patio vacío y escuchaba una respuesta que no contenía ninguna certeza.


Al día siguiente, Popocatépetl salió del palacio después de recibir las instrucciones del capitán.

Tomó el camino que descendía entre casas de adobe. Una mujer molía maíz bajo un techo de ramas; dos niños perseguían a un perro junto a una acequia. Más lejos, algunos hombres cargaban piedras destinadas a reparar el muro del mercado.

Se detuvo a observarlos.

Uno de los vendedores lo reconoció y levantó la mano.

—El muchacho sigue bien —le dijo Popocatépetl.

El hombre soltó el aire como si hubiera estado esperando aquella noticia desde el derrumbe.

Después, el guerrero continuó hasta una casa pequeña, cercana a los campos.

Su madre estaba sentada bajo la sombra, separando granos de una cesta. Al verlo, dejó el trabajo.

—Te marchas.

Popocatépetl se arrodilló junto a ella.

—¿Quién te lo dijo?

—Has venido antes del mediodía y todavía no preguntas por la comida.

Él soltó una risa.

Su madre se llamaba Malinal. Desde la desaparición de su hijo mayor había adquirido una manera particular de mirar a Popocatépetl: primero el rostro, después los hombros, luego las manos. Buscaba heridas antes de permitir que el alivio la alcanzara.

Esta vez encontró la venda.

—¿Es profunda?

—No.

Ella tocó con cuidado el borde de la tela.

—Siempre contestas eso.

Popocatépetl le explicó la misión mientras la ayudaba con los granos.

Malinal escuchó sin interrumpir.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sabemos.

Su madre apartó una piedra de la cesta.

Él deseó poder darle otra respuesta.

—Llevaremos provisiones suficientes —añadió.

—Tu hermano también las llevaba.

Popocatépetl dejó de mover las manos.

Malinal cerró los ojos un instante.

—No debí decirlo.

—Puedes hablar de él.

—Puedo. Pero no quiero despedirte como si ya te hubiera perdido.

Permanecieron juntos hasta que la sombra del techo comenzó a acortarse.

Antes de que él se levantara, su madre sacó de una bolsa un cordón tejido.

—La correa de tu manta está gastada. Cámbiala.

Popocatépetl tomó el cordón.

Aquella era la forma en que Malinal conseguía despedirse: encontraba algo que reparar para que su hijo llegara un poco más protegido al camino.


Iztaccíhuatl pasó esa mañana ayudando a Xóchitl a preparar sus pertenencias.

Al levantarse con una manta entre los brazos, sintió una punzada bajo las costillas. Dejó la tela y esperó a que cediera. Yólotl, que había visto el gesto, le preguntó si había vuelto a ocurrirle. La joven respondió que dos veces durante las últimas semanas, siempre al subir deprisa la escalera. No había querido preocupar a su padre. La curandera le tomó la muñeca y le pidió que le avisara si regresaba, aunque no pareciera importante. Iztaccíhuatl lo prometió y volvió a ayudar, más despacio.

Cuauhtli seguiría en el palacio otro día, pero su madre necesitaba volver al mercado. Había perdido mercancía y no podía permitirse dejar de vender.

—Yólotl estará pendiente de él —le aseguró Iztaccíhuatl.

—Lo sé. Lo que no sé es cómo agradecerlo.

—Cuidándolo cuando regrese a casa.

Xóchitl acomodó una manta doblada.

—También debo agradecer al guerrero.

Iztaccíhuatl alzó la vista.

—¿Sabes dónde vive?

—Cerca de las milpas. Su madre compra en el mercado.

La joven hizo otra pregunta antes de decidir si era prudente.

—¿Cómo es ella?

Xóchitl sonrió apenas.

—Como cualquier madre que tiene un hijo al que otros mandan lejos.

Iztaccíhuatl sintió vergüenza de no haber pensado en aquella mujer.

Para ella, la partida había comenzado con una conversación en el jardín. Para Malinal, debía de ser una angustia repetida tantas veces que incluso los preparativos tendrían un sonido conocido.


Acamapichtli regresó por la tarde con dos hombres cargados de presentes.

Traían mantas finas, recipientes de barro pintado y un collar de pequeñas cuentas verdes.

Iztaccíhuatl encontró los objetos dispuestos en la sala donde solía trabajar.

—No he pedido nada —dijo.

Acamapichtli se volvió hacia ella.

—No hace falta pedir para recibir una muestra de respeto.

Le mostró el collar.

—Lo escogió mi hermana.

Iztaccíhuatl no extendió la mano.

—Agradécele de mi parte. Pero no puedo aceptarlo.

Los dos hombres que habían traído los presentes se miraron.

Acamapichtli les ordenó salir.

Cuando quedaron solos, dejó el collar sobre la manta.

—Podrías evitar humillarme delante de mis servidores.

—Podrías preguntarme antes de traer regalos que no deseo.

—Tu padre los ha aceptado.

—Entonces son suyos.

Acamapichtli se acercó a la entrada y comprobó que nadie estuviera escuchando.

—¿Es por el guerrero?

Iztaccíhuatl sintió que el enojo le subía al rostro.

—Es por mí.

—Lo conoces desde hace apenas dos días.

—Y a ti desde hace años.

La respuesta lo hirió más de lo que ella esperaba.

Durante unos segundos, Acamapichtli pareció aquel niño que rompía una pieza del juego cuando comenzaba a perder.

—Mi familia puede proteger la tuya —dijo finalmente.

—No quiero que mi padre dependa de una promesa que te dé a la fuerza.

Él recogió el collar.

—Todavía no entiendes lo que está en peligro.

Salió dejando las mantas sobre el suelo.

Iztaccíhuatl permaneció junto a los regalos. Le temblaban las manos, y le molestó descubrirlo. Había conseguido decir lo que pensaba, pero comenzaba a comprender cuánto podía costarle sostenerlo.


El segundo amanecer llegó con lluvia.

Popocatépetl pasó parte del día revisando provisiones y reuniéndose con los hombres que lo acompañarían. Al mediodía llevó un pequeño juguete de madera a Cuauhtli.

Era un pájaro de alas desiguales que había tallado con una herramienta prestada.

—No vuela —advirtió.

El niño lo examinó con seriedad.

—Puedo hacerlo volar yo.

Iztaccíhuatl observaba desde la entrada.

Cuauhtli movió el juguete sobre el petate y luego lo dejó junto a la almohada.

—¿Cuándo vuelves?

Popocatépetl se sentó a su lado.

—Tardaré varios días.

—Entonces ya podré caminar.

—Eso tendrás que preguntárselo a Yólotl.

La curandera, que separaba vendas cerca de ellos, hizo un ruido de aprobación.

Al poco rato, Cuauhtli se quedó dormido.

Iztaccíhuatl acompañó a Popocatépetl hasta el jardín. La lluvia había cesado, pero de las hojas seguían cayendo gotas.

—¿Podemos caminar un momento? —preguntó ella.

Él miró hacia los corredores.

Yólotl salió detrás de ambos con su cesta.

—Voy a recoger hojas —anunció—. Si quieren ayudar, no se alejen tanto que tenga que buscarlos.

Iztaccíhuatl le dirigió una mirada agradecida.

Caminaron hasta un árbol apartado del patio.

—Le pregunté a Xóchitl por tu madre —confesó ella.

Popocatépetl se volvió, sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque me di cuenta de que no eres el único que se marcha cuando sales de tu casa.

Él apoyó una mano en el tronco húmedo.

—Mi madre finge que está ocupada hasta que desaparecemos del camino.

—¿Y tú finges creerle?

—Sí.

Iztaccíhuatl sonrió.

Después sacó de entre los pliegues de su ropa una tira estrecha de algodón bordado.

—La hice antes de conocerte. Iba a servir para sujetar una de mis mantas.

Se la ofreció.

Popocatépetl la tomó con cuidado.

Había pequeñas líneas azules que recordaban un cauce entre tierras secas.

—No sé si debo aceptarla.

Iztaccíhuatl sintió un vacío en el pecho.

Él lo advirtió.

—No porque no la quiera. Porque sé que pueden hacerte daño por dármela.

Ella acercó la mano a la suya.

—Deja que esa decisión sea mía.

Popocatépetl cerró los dedos sobre la tela.

—La llevaré.

Se miraron sin encontrar una palabra que pudiera contener cuanto empezaba a sucederles.

Fue Iztaccíhuatl quien se acercó primero.

El beso duró apenas un instante. Él levantó la mano hasta su mejilla y esperó, dándole tiempo de apartarse. Ella permaneció junto a él.

Cuando volvieron a besarse, Iztaccíhuatl dejó de escuchar las gotas.

Desde el otro extremo del jardín, Yólotl llamó para que llevaran su cesta.

Ambos se separaron con una sonrisa que no consiguieron ocultar.


El tercer amanecer encontró a Popocatépetl junto a la puerta oriental.

Llevaba el cordón de su madre sujetando la manta y la tira bordada guardada contra el pecho.

Iztaccíhuatl no estaba en la azotea.

Lo esperaba en el patio, al lado de su padre.

El señor del palacio había acudido a despedir a los hombres. Ella había pedido acompañarlo y, ante los guerreros reunidos, él no encontró una razón para negarse.

Cuando Popocatépetl inclinó la cabeza, Iztaccíhuatl dio un paso adelante.

—Que encuentren un camino de regreso —dijo.

—Lo buscaremos.

El capitán ordenó la marcha.

Popocatépetl atravesó la puerta sin volverse hasta alcanzar el primer recodo. Allí miró hacia atrás.

Iztaccíhuatl seguía en el mismo lugar.

Levantó la mano.

Él respondió antes de que el muro la ocultara.

Su padre había visto el gesto.

No dijo nada mientras los hombres descendían hacia los campos. Esperó a que el último desapareciera y luego se volvió hacia ella.

—Ahora vas a contarme qué hay entre ustedes.

Iztaccíhuatl miró el camino vacío.

Todavía tenía miedo.

Pero ya sabía qué responder.