Capítulo 4 de 13

El camino de las cenizas

Iztaccíhuatl apartó la mirada del camino y se volvió hacia su padre.

Aún quedaba polvo en el aire. Los sirvientes recogían las vasijas que habían usado los guerreros antes de partir, y un perro olfateaba el lugar donde alguien había dejado caer una tortilla.

Todo seguía su curso mientras ella buscaba las palabras.

—Quiero conocerlo —respondió.

Su padre miró hacia el corredor.

—Ven conmigo.

Caminaron hasta una sala interior. Él esperó a que la mujer que ordenaba las mantas saliera y cerró la cortina de la entrada.

—No te pregunté qué deseas hacer. Te pregunté qué ha ocurrido.

Iztaccíhuatl sintió calor en el rostro.

—Nos hemos hablado. Ayer estuvimos en el jardín.

—Eso ya lo sé.

Ella comprendió que alguien los había visto, o que su padre estaba dejando que el silencio hiciera el trabajo.

—Lo besé.

Él permaneció inmóvil.

Iztaccíhuatl no bajó los ojos, aunque le costó sostenerlos.

—¿Entiendes lo que puede decirse de ti?

—Entiendo lo que pueden inventar. Por eso prefiero contártelo yo.

Su padre se acercó a la ventana abierta al patio.

Había comenzado el día despidiendo a sus hombres como gobernante. Ahora parecía no saber dónde colocar las manos.

—Popocatépetl sirve a esta casa —dijo—. Su deber no le permite acercarse a mi hija de esa manera.

—Yo me acerqué a él.

—No cambia nada.

—Cambia que no puedes castigarlo por una decisión mía.

Él giró el rostro.

—Todavía no he hablado de castigos.

Pero ambos habían pensado en ellos.

Iztaccíhuatl se sentó sobre un petate. Le temblaban las piernas y no quiso que él lo advirtiera.

—No he prometido casarme con nadie —dijo—. Tampoco le he pedido que me lleve lejos. Solo quiero que, cuando vuelva, pueda hablar contigo sin tener que esconder lo que siente.

—¿Y qué siente?

Ella recordó la mano en su mejilla, la pausa antes del segundo beso.

—Tendrás que preguntárselo.

Su padre la observó largo rato.

Después levantó la cortina.

—Hasta su regreso no recibiremos más presentes de Acamapichtli.

Iztaccíhuatl se incorporó.

—¿Lo dices en serio?

—No confundas una espera con mi aprobación.

Ella asintió.

Era poco, pero por primera vez su futuro no parecía decidido sin ella.


A media mañana, Popocatépetl y sus hombres habían dejado atrás las últimas milpas.

Eran doce. Entre ellos iba un joven llamado Yaotl, que comprobaba a cada rato las correas de su carga, y un explorador de más edad, Técpatl, capaz de reconocer un sendero por la manera en que crecían las hierbas a sus lados.

El terreno empezó a elevarse. Los magueyes dieron paso a encinos y, más arriba, a pinos cuyas raíces cruzaban el camino como dedos enterrados a medias.

Popocatépetl caminaba al frente.

En una curva se detuvo.

Había una mancha oscura sobre una piedra y marcas de arrastre en el suelo.

Técpatl se arrodilló.

—La lluvia borró casi todo.

Popocatépetl examinó una rama quebrada a la altura del pecho.

—Aquí detuvieron a alguien.

Yaotl miró hacia los árboles.

—¿Los cargadores?

—Puede ser.

Avanzaron con mayor distancia entre unos y otros.

Poco después encontraron una sandalia junto a la barranca. Era pequeña y estaba rota cerca del talón.

Uno de los guerreros la recogió.

Nadie preguntó qué podía haberle ocurrido a su dueño.


Acamapichtli llegó al palacio antes del mediodía.

Esta vez no traía regalos.

El padre de Iztaccíhuatl lo recibió en la sala del consejo y le comunicó que cualquier conversación sobre matrimonio quedaría aplazada.

Acamapichtli escuchó con el rostro quieto.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que pueda decidir sin la presión de una campaña.

—Mis depósitos ya están abasteciendo a tus hombres.

—Y recibirás lo convenido por ello.

Acamapichtli apoyó los dedos sobre su rodilla.

—Habíamos hablado de algo más que un intercambio.

—Hablamos de una posibilidad.

La diferencia lo enfureció, aunque logró ocultarlo.

—¿Tu hija te ha pedido que esperes?

El señor del palacio sostuvo su mirada.

—Mi hija no está presente para que discutamos lo que haya dicho.

Acamapichtli dio por terminada la visita. Al salir encontró a Iztaccíhuatl junto al corredor de las mujeres. Ella llevaba una cesta de telas y se detuvo al verlo.

—Has conseguido lo que querías —dijo él.

—Todavía no.

La respuesta lo desconcertó.

—Ese hombre quizá no regrese.

Iztaccíhuatl aferró la cesta.

Acamapichtli advirtió el efecto de sus palabras y suavizó la voz.

—Solo digo que no deberías poner tu vida en manos de una esperanza.

Ella pasó a su lado.

—La esperanza es mía. Deja de intentar administrarla.


Cerca del anochecer, los guerreros encontraron el primer depósito quemado.

El techo se había desplomado. Entre los restos había granos ennegrecidos, fragmentos de vasijas y un olor agrio que la humedad no había conseguido borrar.

Popocatépetl recorrió el lugar sin tocar nada.

Detrás de un muro caído descubrió una cuerda cortada.

Luego oyó un ruido.

Levantó la mano para detener a los demás.

El sonido volvió: un roce leve bajo unas ramas apiladas.

Técpatl se acercó por el otro lado.

Encontraron a un hombre encogido dentro de un hueco del muro. Tenía los labios partidos y un brazo sujeto contra el pecho.

Cuando vio las armas, trató de hundirse más en su escondite.

Popocatépetl se arrodilló a cierta distancia.

—Venimos del valle. Buscamos a los cargadores que no regresaron.

El hombre miró los escudos.

—¿Quién los manda?

Popocatépetl pronunció el nombre de su capitán.

Solo entonces el desconocido permitió que se acercaran.

Le dieron agua en pequeños sorbos. Después lo ayudaron a salir.

Se llamaba Ocelin y había acompañado una caravana con maíz, mantas y sal.

—Nos cerraron el camino —contó—. Algunos llevaban los signos de la población del sur. Otros no.

—¿Cuántos eran?

—No pude contarlos.

—¿Dónde están tus compañeros?

Ocelin miró hacia la oscuridad que comenzaba a ocupar los árboles.

—Se llevaron a los que podían caminar.

Popocatépetl bajó la vista al brazo lesionado.

—¿A ti te dejaron aquí?

—Creyeron que había muerto.


En el palacio, Cuauhtli cenaba junto a su madre por última vez antes de volver a casa.

Yólotl había permitido que lo trasladaran al día siguiente, siempre que no apoyara la pierna.

Iztaccíhuatl llevó una manta para envolverlo durante el trayecto.

El niño tenía el pájaro de madera en la mano.

—Cuando venga Popocatépetl, dile que lo guardé —pidió.

—Podrás decírselo tú.

Cuauhtli examinó una de las alas.

—¿Y si tarda mucho?

Iztaccíhuatl se sentó junto a él.

—Entonces tendremos que tener paciencia.

El niño aceptó la respuesta con más facilidad que ella. Cuando Xóchitl salió a buscar agua, Yólotl se acercó.

—Has comido poco.

—No tengo hambre.

—Come de todos modos.

Iztaccíhuatl tomó un pedazo de tortilla.

La curandera permaneció a su lado hasta que terminó.

—Mi padre ha aceptado esperar —dijo la joven.

Yólotl no pareció sorprendida.

—Lo vi hablar con Acamapichtli.

—¿Crees que cambiará de opinión?

—Creo que tendrás que hablar con él muchas veces.

Iztaccíhuatl miró el patio vacío.

—Ojalá bastara una.

Yólotl recogió una vasija.

—Las cosas que importan rara vez se resuelven en una sola conversación.


Los guerreros encendieron un fuego pequeño en una hondonada, lejos del depósito quemado.

Ocelin descansaba bajo dos mantas. Uno de los hombres vigilaba su respiración mientras los demás comían en silencio.

Popocatépetl se reunió con Técpatl al borde del campamento.

—No podemos llevarlo por los pasos altos —dijo el explorador.

—Dos hombres volverán con él al amanecer.

—Nos quedarán diez.

Popocatépetl miró las brasas.

La misión había sido reconocer el camino. Ahora sabían que había cautivos en alguna parte y que quienes los retenían podían estar cerca.

—Enviaré también el informe —dijo—. El capitán necesita reunir más hombres.

Técpatl asintió.

Entonces Ocelin los llamó.

Popocatépetl regresó junto al fuego y se arrodilló.

—¿Necesitas agua?

—Tengo que decirte algo.

El cargador tragó con dificultad.

—Uno de ellos conocía nuestros nombres. Sabía quién llevaba la sal y quién tenía las mantas.

Popocatépetl escuchó sin interrumpir.

—¿Lo reconociste?

—No. Pero supe de dónde conocía la carga.

Ocelin señaló su propio hombro.

—Llevaba el mismo signo que había visto en los depósitos donde recogimos las provisiones. Tres líneas rojas.

Técpatl volvió la cabeza.

Popocatépetl conocía aquel signo. Figuraba en algunos sacos entregados por la familia de Acamapichtli.

—¿Estás seguro?

—Lo vi cuando dio la orden de quemar el techo.

El fuego crujió entre ambos.

Popocatépetl pidió al hombre que descansara y se apartó con el explorador.

—Puede haber sido una manta robada —dijo Técpatl.

—Puede.

Pero ninguno parecía satisfecho.

Popocatépetl sacó la tira de algodón que Iztaccíhuatl le había dado. La había protegido de la humedad bajo su ropa. Pasó el pulgar sobre las pequeñas líneas azules y luego volvió a guardarla.

En la mañana enviaría el informe al capitán. No acusaría a nadie sin pruebas, pero tampoco ocultaría lo que acababan de escuchar.

Al otro lado de los árboles sonó una rama.

Ambos se quedaron inmóviles.

Una segunda rama se quebró, más cerca.

Popocatépetl levantó la mano hacia el vigía y apagó con el pie una brasa que había rodado fuera del fuego.

Entonces vio un destello entre los troncos.

La punta de un arma.

Alguien los había seguido hasta el campamento.