Capítulo 5 de 13

El hombre de las tres marcas

La punta del arma desapareció entre los troncos.

Popocatépetl no se movió. Escuchó el viento en las ramas, la respiración irregular de Ocelin y el roce de una sandalia sobre las hojas secas.

Después oyó otros pasos.

Levantó dos dedos hacia Técpatl.

El explorador se apartó del fuego y tocó el hombro del hombre más cercano. La advertencia pasó de uno a otro sin palabras. Yaotl, que estaba bebiendo agua, dejó la vasija lentamente y buscó su escudo.

Popocatépetl señaló al cargador herido.

Dos guerreros lo arrastraron con cuidado hacia una depresión del terreno. Ocelin contuvo un gemido cuando su brazo golpeó una piedra.

Aquello bastó.

Una flecha se clavó en el tronco junto al fuego.

—¡Al suelo! —ordenó Popocatépetl.

El bosque se llenó de movimiento.


El primer atacante llegó desde la izquierda, aprovechando la oscuridad. Popocatépetl recibió el golpe con el escudo y sintió que el impacto le recorría el brazo vendado.

Retrocedió un paso para afirmarse.

El hombre volvió a levantar su arma. Esta vez Popocatépetl alcanzó a ver su rostro: era joven, con una franja negra pintada sobre los ojos.

A su derecha, Yaotl se enfrentaba a otro.

Técpatl gritó desde los árboles:

—¡Tres detrás de ustedes!

Popocatépetl empujó a su adversario contra un tronco y se volvió hacia el centro del campamento.

Los atacantes no intentaban llevarse las provisiones. Dos habían pasado junto a ellas sin detenerse. Avanzaban hacia el hueco donde habían escondido a Ocelin.

—¡Protejan al cargador!

Uno de los guerreros se interpuso.

El choque de las armas ahogó su grito.

Popocatépetl corrió hacia él y golpeó el brazo del atacante. El hombre perdió el arma, intentó recuperarla y cayó de rodillas cuando Yaotl lo sujetó por detrás.

Los demás comenzaron a retirarse.

Técpatl lanzó una advertencia para impedir que los persiguieran.

En pocos instantes, el campamento volvió a quedar en silencio.

Pero ya no era el mismo silencio.

Uno de los hombres de Popocatépetl estaba tendido junto a las mantas.


Se llamaba Icnoyotl.

Había sido quien ayudó a sacar a Ocelin del depósito quemado. Esa tarde había compartido su comida con él y bromeado sobre la mala calidad de las tortillas que llevaban.

Ahora miraba hacia arriba con una expresión de sorpresa.

Popocatépetl se arrodilló a su lado.

La herida estaba bajo las costillas. Presionó con una tela y llamó a Técpatl.

Icnoyotl le sujetó la muñeca.

—No dejes que se lleven al hombre.

—Está a salvo.

El guerrero intentó mirar hacia donde descansaba Ocelin.

—Entonces…

No terminó.

Popocatépetl sintió que los dedos perdían fuerza sobre su piel.

Continuó presionando la tela unos momentos más, aunque ya sabía que no serviría.

Yaotl permanecía detrás, sujetando al prisionero. Tenía la boca entreabierta y los ojos fijos en Icnoyotl.

—Átalo —dijo Popocatépetl.

El joven tardó en reaccionar.

—Yaotl.

Esta vez obedeció.


Al amanecer contaron a sus hombres y revisaron las heridas.

Además de Icnoyotl, dos habían resultado lastimados. Uno podía caminar; el otro tenía un corte profundo en la pierna y necesitaría ayuda.

Popocatépetl comprendió que no podía dividir al grupo como había pensado.

De los doce que habían salido del palacio, uno estaba muerto. Si el guerrero herido regresaba con dos compañeros que lo ayudaran y protegieran a Ocelin, quedarían ocho para continuar.

Técpatl se sentó a su lado.

—Tienes que mandar el informe.

—Lo sé.

—También al prisionero.

Popocatépetl miró al hombre amarrado junto a un árbol.

Durante la noche no había pronunciado una palabra.

Al quitarle la manta habían encontrado, cosida cerca del hombro, una pequeña pieza con tres líneas rojas.

Ocelin la había reconocido de inmediato.

Eso no demostraba quién había ordenado los ataques, pero hacía más difícil atribuirlo todo a una coincidencia.

—Si lo enviamos, necesitarán más hombres para vigilarlo —dijo Popocatépetl.

Técpatl se frotó las manos heladas.

—Entonces regresemos todos.

Era una propuesta sensata.

También significaba dejar a los cargadores cautivos donde estuvieran.

Popocatépetl miró hacia las montañas. La luz comenzaba a mostrar sus laderas, y una franja de nubes ocultaba los pasos altos.

—Primero hablaré con él.


En el valle, Iztaccíhuatl acompañó a Cuauhtli hasta la puerta del palacio.

Dos hombres lo llevarían sobre una parihuela hasta su casa. Xóchitl había conseguido otra cesta para volver al mercado, y el niño sostenía el pájaro de madera contra el pecho.

—Puedes venir cuando Yólotl necesite revisar tu pierna —le dijo Iztaccíhuatl.

Cuauhtli asintió.

—¿Tú vas al mercado?

Ella miró a uno de los guardias.

—Hace mucho que no voy.

—Mi madre vende junto a las semillas.

Xóchitl acarició el cabello de su hijo.

—No la molestes.

—No molesta —respondió Iztaccíhuatl.

Observó cómo se alejaban hasta doblar la esquina.

Después buscó a su padre.

Lo encontró examinando cuentas con un administrador.

—Quiero ir al mercado —dijo.

Él alzó la vista, desconcertado.

—¿Para qué?

—Para ver el muro. Para hablar con quienes trabajan allí.

El administrador bajó la cabeza hacia sus telas.

Su padre guardó silencio.

Iztaccíhuatl creyó que iba a negarse.

—Lleva a Yólotl y a dos guardias —respondió finalmente.

Ella sonrió antes de poder evitarlo.

Él volvió a sus cuentas, pero su expresión se suavizó un instante.


El prisionero levantó el rostro cuando Popocatépetl se agachó frente a él.

Tenía una mejilla hinchada y sangre seca en el cuello.

—¿Cómo te llamas?

No respondió.

Popocatépetl dejó una vasija de agua sobre el suelo.

—Puedes beber.

El hombre miró el recipiente.

—Desátame.

—Después de lo de anoche, no.

—Entonces no quiero.

Popocatépetl esperó.

A poca distancia, Técpatl revisaba las armas recogidas tras el ataque.

—Venían por Ocelin —dijo el guerrero—. Pasaron junto a nuestras cargas. Sabían dónde buscarlo.

El prisionero desvió los ojos hacia el cargador.

Fue apenas un movimiento, pero bastó.

—¿Quién te ordenó encontrarlo?

—Nadie.

Popocatépetl levantó la pieza con las tres marcas.

—¿Y esto?

El hombre apretó la mandíbula.

—Una tela.

—Una tela que identifica los depósitos de una familia del valle.

—Muchas telas cambian de dueño.

Técpatl dejó de trabajar.

Popocatépetl sostuvo la mirada del cautivo.

—Eso pensé anoche.

El hombre tragó saliva.

Por primera vez pareció comprender que no estaban preguntando a ciegas.


El mercado olía a chile, barro húmedo y fruta madura.

Iztaccíhuatl caminaba junto a Yólotl mientras los guardias procuraban abrirles espacio. Ella les pidió que no apartaran a nadie y tuvieron que avanzar más despacio.

El muro derrumbado había sido retirado.

Varios albañiles levantaban uno nuevo, dejando una abertura para que los vendedores pudieran pasar sus cargas.

Xóchitl las recibió con sorpresa.

Cuauhtli estaba sentado sobre una manta, bajo una sombra improvisada.

Yólotl se inclinó a revisar la venda.

Iztaccíhuatl observó los puestos vecinos. Vio cestas casi vacías y mujeres discutiendo el precio del maíz.

—¿Falta mercancía? —preguntó.

Xóchitl asintió.

—Desde que cerraron los caminos.

Un vendedor cercano intervino:

—Hay quienes todavía pueden traerla. Pero cobran como si hubieran cargado cada grano sobre la espalda.

Iztaccíhuatl miró los sacos apilados detrás de él.

Tres líneas rojas marcaban uno de los costados.

Reconoció el signo de los depósitos de Acamapichtli.

En el palacio lo había visto tantas veces que nunca se había detenido a pensar qué significaba fuera de sus muros.

—¿De dónde viene ese maíz? —preguntó.

El vendedor dudó.

Después señaló hacia el extremo del mercado.

—Pregúntales a los hombres que lo distribuyen.


El prisionero acabó bebiendo.

Popocatépetl sostuvo la vasija mientras él tomaba pequeños sorbos.

—Me llamo Mazatl —dijo al terminar.

El guerrero dejó el recipiente.

—¿Sirves a Acamapichtli?

Mazatl levantó los ojos con rapidez.

—Sirvo a quien me paga.

—¿Él te pagó?

El hombre miró alrededor, como si esperara encontrar entre los árboles a alguien que pudiera escucharlo.

—El encargado de sus depósitos.

Técpatl se acercó.

—¿Para qué?

Mazatl respiró con dificultad.

—Para recuperar cargas.

Popocatépetl señaló los restos quemados.

—¿Llamas recuperar a esto?

—Yo no encendí el fuego.

—Pero viniste a matar a quien lo vio.

El cautivo bajó la cabeza.

Durante un rato ninguno habló.

Después Mazatl añadió:

—Hay hombres del sur en el paso. Ellos se llevan a los cargadores. Nosotros recogemos la mercancía cuando terminan.

Popocatépetl sintió una presión en el estómago.

La familia que abastecía al palacio podía estar recibiendo parte de lo robado en los caminos.

Necesitaba llevar aquella declaración al capitán.

Pero todavía faltaba saber dónde retenían a los cautivos.


Iztaccíhuatl regresó del mercado al caer la tarde.

Llevaba el olor del humo en la ropa y varias preguntas que nadie había querido responder delante de los guardias.

En el corredor encontró a Acamapichtli hablando con un hombre desconocido.

El visitante sostenía una manta doblada. Al verla, la guardó rápidamente bajo el brazo.

Acamapichtli se adelantó.

—Tu padre me ha permitido seguir atendiendo los asuntos de provisiones.

—No te he preguntado por qué estás aquí.

El desconocido inclinó la cabeza y se alejó.

Iztaccíhuatl alcanzó a ver tres líneas rojas sobre la tela.

—¿Tus depósitos siguen recibiendo maíz del sur? —preguntó.

Acamapichtli tardó un instante en contestar.

—Todavía hay rutas abiertas.

—¿Cuáles?

—No tienes por qué preocuparte de eso.

Ella recordó las cestas vacías y el precio que había escuchado junto al puesto de Xóchitl.

—Empiezo a pensar que sí.

En las montañas, Mazatl señaló un estrechamiento entre dos laderas.

—Los tienen detrás de ese paso. Hay una construcción vieja junto al agua.

Popocatépetl siguió la dirección de su dedo.

—¿Cuántos vigilan?

—No lo sé.

—¿Podrías llevarnos?

Mazatl miró la cuerda que le sujetaba las muñecas.

—Si me encuentran con ustedes, no me dejarán volver.

Técpatl observó a Popocatépetl.

La decisión ya no podía esperar.

Regresarían el guerrero herido y dos compañeros que lo ayudarían y protegerían a Ocelin. Llevarían el informe y pedirían refuerzos. Los ocho restantes avanzarían con Mazatl.

Antes de partir, Popocatépetl se arrodilló junto al cuerpo cubierto de Icnoyotl.

Le acomodó la manta sobre los pies.

Luego se levantó y miró el paso.

Había salido del valle para reconocer un camino.

Ahora debía abrirlo.