Capítulo 6 de 13

Los que aguardaban junto al agua

Antes de abandonar el campamento, los guerreros enterraron a Icnoyotl al pie de un pino.

Cavaron con piedras y con las manos hasta abrir un espacio suficiente. Popocatépetl envolvió el cuerpo en la manta y colocó junto a él una tortilla de sus provisiones. Guardó la pequeña bolsa del compañero para entregársela a su madre con las demás pertenencias.

Nadie pronunció un discurso.

Técpatl cubrió el último tramo de tierra. Después apoyó una piedra larga sobre el montículo para poder reconocerlo cuando regresaran.

Yaotl permaneció unos instantes mirando el lugar.

—Su madre vive cerca de la nuestra —dijo.

Popocatépetl asintió.

—Hablaremos con ella.

El joven se agachó para recoger una porción de tierra que había quedado sobre la manta de su compañero. La dejó junto a la piedra antes de reunirse con los demás.


El guerrero herido y sus dos compañeros tomaron el sendero inferior. Estos últimos llevaban a Ocelin sobre una parihuela improvisada; el guerrero de la pierna cortada podía avanzar despacio apoyándose en un palo. Debían entregar al capitán el relato de cuanto habían visto.

Popocatépetl les hizo repetir la información antes de despedirlos.

El depósito quemado. Los cargadores retenidos. El ataque nocturno. La declaración de Mazatl y las tres marcas rojas.

—Digan también que no sabemos hasta dónde llega la responsabilidad de los depósitos —añadió—. El encargado puede estar actuando por su cuenta.

El guerrero que llevaba el mensaje frunció el ceño.

—¿Y si no es así?

—Entonces tendrán que demostrarlo.

Popocatépetl no quería que una sospecha mal contada permitiera a los responsables desmentir todo.

Cuando los vio desaparecer entre los árboles, se volvió hacia Mazatl.

El prisionero tenía las muñecas sujetas delante del cuerpo para poder caminar. Técpatl llevaba el extremo de la cuerda.

—Muéstranos el paso.

Mazatl miró la montaña.

—Llegaremos antes de que oscurezca, si el terreno no ha cedido.

—Ve despacio —ordenó Popocatépetl—. Y avisa antes de cada curva.


Al mediodía entraron en una zona donde las raíces se aferraban a grandes piedras cubiertas de musgo.

La senda apenas permitía avanzar de uno en uno. A la derecha se elevaba una pared de roca; a la izquierda, el terreno descendía entre helechos hasta una barranca.

Yaotl caminaba detrás de Popocatépetl.

El muchacho había dejado de comprobar las correas de su carga. Ahora miraba continuamente hacia el costado del sendero.

—¿Has pasado antes por aquí? —preguntó.

—Una vez, durante las lluvias.

—¿Era peor?

Popocatépetl observó una piedra suelta bajo sus pies.

—Era distinto.

Yaotl entendió que no recibiría una respuesta tranquilizadora.

Un poco más adelante, Mazatl se detuvo y levantó las manos.

Técpatl tiró suavemente de la cuerda.

—¿Qué ocurre?

—Desde aquí pueden vernos.

Señaló una abertura entre los árboles.

Popocatépetl se acercó agachado.

Abajo, junto a un arroyo, había una construcción de piedra con el techo reparado mediante ramas. Dos hombres vigilaban la entrada. Cerca del agua, varios cautivos cargaban troncos bajo la mirada de otro guardia.

Uno tropezó y cayó de rodillas.

El hombre que lo vigilaba le gritó que se levantara.

Popocatépetl contó cuanto pudo ver.

Cinco guardias. Nueve cautivos fuera de la construcción. Una senda que continuaba hacia el sur.

Podía haber más hombres dentro.

—Esperaremos —dijo.

Yaotl lo miró con inquietud.

—Están muy cerca.

—También están ellos.

Iztaccíhuatl pasó la tarde revisando con el administrador las cantidades de maíz que llegaban al palacio.

El hombre había aceptado enseñarle las cuentas por orden de su padre, aunque cada pregunta parecía incomodarlo.

Sobre una tela había marcas que indicaban cargas, entregas y pagos.

—¿Todo esto viene de la familia de Acamapichtli?

—Buena parte.

—¿Y cómo saben de dónde lo obtiene?

El administrador apoyó las manos sobre las rodillas.

—Confiamos en sus depósitos.

Iztaccíhuatl recordó al visitante que había ocultado una manta.

—¿Nunca comparan lo que reciben con lo que sale de las poblaciones del sur?

—Eso corresponde a los encargados de los caminos.

Los mismos caminos donde desaparecían cargadores.

Ella se levantó.

—Quiero hablar con mi padre.

Lo encontró rodeado de consejeros. Acamapichtli estaba entre ellos.

Iztaccíhuatl se detuvo en la entrada.

Su padre la vio y le hizo una señal para que esperara.

Acamapichtli también la había visto.

Cuando salió de la sala, se acercó a ella.

—Me dicen que has empezado a examinar las cuentas.

—Quiero entenderlas.

—Te aburrirás pronto.

Ella sostuvo su mirada.

—Hasta ahora he encontrado razones para seguir.

Él dejó de sonreír.


En la montaña, el grupo aguardó hasta que la sombra cubrió la construcción.

Técpatl había recorrido parte de la ladera y encontrado un cauce estrecho por el que podrían acercarse sin usar la senda principal.

—El agua nos cubrirá el ruido —dijo—. Pero solo hasta llegar a las últimas piedras.

Mazatl escuchaba sentado contra un tronco.

Popocatépetl se arrodilló frente a él.

—Necesito saber dónde guardan a los otros.

—En la habitación del fondo.

—¿Cuántos son?

—La última vez había seis.

—¿Armas?

—Junto a la entrada. Hay un hombre que duerme ahí.

Popocatépetl llamó a dos guerreros y les indicó que permanecieran con Mazatl en el acceso superior.

Los demás bajarían por el cauce.

—Cuando empiece el movimiento, vigilen la senda del sur. No persigan a nadie.

Yaotl ajustó el escudo.

Esta vez sus manos temblaban.

Popocatépetl le puso una mano sobre el hombro.

—Quédate cerca de Técpatl.

El joven asintió.


El arroyo estaba helado.

Popocatépetl avanzó entre las piedras con el agua hasta las pantorrillas, procurando no golpear el escudo contra las ramas.

Cuando llegaron al último recodo, vio a uno de los cautivos agachado sobre la corriente.

Era un hombre mayor. Intentaba beber con las manos, pero le temblaban tanto que apenas conseguía llevarse agua a la boca.

Popocatépetl hizo un gesto para llamar su atención.

El hombre lo vio y estuvo a punto de gritar.

El guerrero se llevó un dedo a los labios.

Después señaló la senda por la que habían llegado.

El cautivo miró hacia la construcción, luego hacia los árboles.

Comprendió.

Se incorporó lentamente y fingió acomodarse la carga.

El guardia se acercó.

—¡Muévete!

El hombre dejó caer los troncos.

El ruido atrajo al vigilante hasta el borde del agua.

Popocatépetl salió de detrás de una piedra.

Lo sujetó antes de que pudiera avisar a los demás.

Técpatl corrió hacia los cautivos.

—Al arroyo —les indicó—. Sigan el agua hacia arriba.

Uno de los guardias de la entrada los vio.

Su grito atravesó la hondonada.


La lucha se concentró junto a la construcción.

Popocatépetl recibió un golpe en el hombro y perdió el equilibrio. Apoyó una rodilla en el barro, levantó el escudo y logró detener el segundo ataque.

A pocos pasos, Yaotl abrió la puerta de la habitación del fondo.

—¡Por aquí!

Salieron cuatro hombres y una mujer con el rostro cubierto de polvo.

Otro cautivo no podía levantarse.

Yaotl volvió por él.

Mientras tanto, Técpatl guiaba a los demás hacia el cauce. Los guardias, sorprendidos por la aparición de los guerreros en distintos puntos, comenzaron a retroceder hacia la senda del sur.

Uno intentó prender fuego al techo.

Popocatépetl lo vio acercar una brasa a las ramas secas y corrió hacia él.

Llegó antes de que la llama creciera.

El hombre soltó la antorcha improvisada y huyó.

Popocatépetl la pisó en el barro.

Cuando se volvió, Yaotl aparecía en la puerta con el último cautivo apoyado sobre los hombros.

—¡Ayúdenme!

Dos guerreros corrieron hacia él.

Habían conseguido sacarlos.

Todavía faltaba llevarlos a un lugar seguro.


Los primeros hombres enviados por Popocatépetl llegaron al palacio dos tardes después de separarse del grupo.

Ocelin apenas podía sostenerse. El guerrero herido tenía fiebre y fue llevado directamente con Yólotl.

El capitán escuchó el informe en presencia del señor del palacio.

Iztaccíhuatl aguardaba en el corredor cuando oyó el nombre de Popocatépetl.

Se acercó a la entrada.

—¿Está vivo?

El mensajero volvió el rostro.

—Lo estaba cuando nos despedimos. Continuó hacia los cautivos.

Ella apoyó una mano en la pared.

Solo entonces advirtió que había estado conteniendo la respiración.

Su padre ordenó que entrara.

Escuchó con ellos la declaración sobre las tres marcas y los depósitos.

No interrumpió hasta que el guerrero terminó.

—Vi a un hombre con ese signo hablando con Acamapichtli —dijo—. El día que regresé del mercado.

El capitán miró al señor.

Este llamó a un guardia.

—Busquen al encargado de esos depósitos. Que venga acompañado.


Acamapichtli recibió la noticia antes del anochecer.

El hombre que le había avisado permaneció en la puerta de su casa, inquieto.

—Preguntarán por las cargas —dijo.

Acamapichtli cerró los ojos un instante.

Había permitido que el encargado comprara mercancía a grupos del sur sin exigir demasiadas explicaciones. Los precios eran bajos, los depósitos crecían y su familia había podido ofrecer al palacio lo que otros ya no conseguían.

Ahora había testigos.

—¿Dónde está el encargado?

—Lo llevan al palacio.

Acamapichtli miró hacia las montañas.

Popocatépetl no había regresado, pero ya empezaba a deshacer sus acuerdos.

—Prepara a dos hombres —ordenó—. Necesito saber qué ocurre en el paso antes de que llegue otro informe.


Arriba, los cautivos dormían bajo las mantas de los guerreros.

Popocatépetl permanecía despierto junto a una pequeña llama. Tenía el hombro inflamado y las piernas entumecidas por el agua.

Sacó la tira bordada.

Una mancha de barro había oscurecido parte del cauce azul.

Intentó limpiarla con los dedos, luego se detuvo para no dañar el hilo.

Pensó en Iztaccíhuatl, en la manera en que lo había mirado desde el patio y en todo lo que todavía no se habían dicho.

Técpatl se sentó a su lado.

—No podemos regresar por la misma senda. Los que escaparon saben dónde encontrarnos.

Popocatépetl guardó la tela.

—Buscaremos otra.

Al otro lado del fuego, una mujer rescatada abrió los ojos.

—Puedo enseñarles un camino —dijo.

Ambos se volvieron hacia ella.

La mujer señaló la oscuridad por encima de los pinos.

—Pero tendrán que subir.