Capítulo 7 de 13
Donde termina el bosque
Popocatépetl se acercó al fuego.
—¿Has recorrido ese camino?
—Antes de que me llevaran. Mi familia recoge leña en la ladera oriental.
Se llamaba Citlali. Tenía heridas en los tobillos y una franja de piel irritada donde habían sujetado su carga, pero hablaba con claridad.
Técpatl se agachó frente a ella.
—¿Sale al valle?
—Después de cruzar la parte alta. Hay una cañada que baja hacia los campos.
—¿Cuánto se tarda?
Citlali miró a los cautivos dormidos.
—Con ellos, más de lo que tenemos comida.
Popocatépetl observó las provisiones repartidas junto al fuego. Habían recuperado algunos alimentos de la construcción, pero no bastarían para alimentar a todos durante muchas jornadas.
—Saldremos antes de que amanezca —decidió—. Caminaremos mientras puedan hacerlo. Después volveremos a contar lo que queda.
Citlali asintió.
—Arriba hay un refugio de piedra. Si alcanzamos a llegar, pasaremos la noche bajo techo.
La subida comenzó entre raíces húmedas.
Los guerreros habían fabricado una parihuela para el hombre que no podía caminar. Se turnaban para cargarlo mientras los demás ayudaban a quienes apenas conseguían sostenerse.
Mazatl avanzaba entre dos vigilantes.
Popocatépetl le había soltado las muñecas para que pudiera apoyarse en las piedras, pero conservaba una cuerda alrededor de su cintura.
A media mañana, uno de los cautivos cayó junto al sendero.
Yaotl se arrodilló a su lado.
—Levántate. Voy a ayudarte.
El hombre intentó ponerse de pie y volvió a caer.
Popocatépetl ordenó detenerse.
Distribuyeron agua y pequeños trozos de tortilla. Nadie comió hasta quedar satisfecho.
Citlali miró las nubes que comenzaban a cubrir la pendiente.
—Tenemos que llegar antes de que baje la niebla.
Técpatl seguía las huellas del terreno.
—¿Todavía falta mucho?
—Hasta el último pino.
Yaotl alzó la vista hacia el bosque.
Había tantos que no pudo imaginar cuál sería el último.
En el palacio, el encargado de los depósitos llevaba toda la noche respondiendo preguntas.
El capitán había comparado sus declaraciones con las cuentas y con el testimonio de Ocelin.
Al principio, el hombre sostuvo que compraba mercancía a comerciantes desconocidos. Después admitió que algunas cargas llegaban con cuerdas cortadas y marcas de otras poblaciones.
—¿Nunca preguntaste por los cargadores? —dijo el señor del palacio.
El encargado miró las telas extendidas en el suelo.
—Pregunté una vez.
—¿Y qué te respondieron?
—Que no volverían a necesitarlos.
El capitán apoyó una mano sobre su arma.
—¿Acamapichtli sabía de dónde venían las cargas?
El hombre tardó en contestar.
—Sabía que no llegaban por los acuerdos habituales.
—¿Sabía que había cautivos?
—Nunca se lo dije.
El señor del palacio cerró los ojos un instante.
Había confiado en aquellos depósitos. Había estado a punto de entregar a su hija a una familia que se enriquecía con el cierre de los caminos.
Ordenó mantener al encargado bajo vigilancia y llamar a Acamapichtli.
Esta vez no lo recibiría como invitado.
Al mediodía, los árboles empezaron a disminuir.
Los pinos eran más bajos y crecían separados por extensiones de hierba amarillenta. El viento alcanzaba al grupo sin encontrar ramas que lo detuvieran.
Popocatépetl sintió que el hombro se le endurecía bajo la manta.
Citlali caminaba unos pasos adelante.
—Ahí —dijo.
Entre dos salientes apareció una construcción baja, casi confundida con la roca. Parte del techo estaba hundida, pero un muro protegía la entrada.
Los hombres aceleraron cuanto pudieron.
Cuando llegaron, Técpatl examinó el interior antes de permitir que entraran los demás.
Había ceniza antigua sobre el suelo, restos de leña seca y piedras acomodadas para sostener un fuego.
Yaotl dejó la carga y se sentó.
—¿Quién vive aquí?
Citlali negó con la cabeza.
—Nadie. Lo usan los que tienen que cruzar.
Popocatépetl se quedó en la entrada.
Desde allí vio dos alturas cubiertas de nubes. Una se extendía en una larga sucesión de pendientes; la otra se levantaba más firme hacia el cielo.
Por un momento desapareció parte de la niebla y la nieve recibió la luz de la tarde.
Pensó en Iztaccíhuatl mirando las montañas desde su azotea.
No sabía si ella podía distinguir aquel lugar.
Citlali señaló una cañada al norte del refugio. Por allí bajaban los recolectores cuando no llevaban carga; era una ruta más corta hacia el asentamiento, pero atravesaba un desprendimiento reciente. Ellos tendrían que rodear con los heridos hasta una población de la ladera oriental. Popocatépetl siguió con los ojos aquella senda directa antes de que las nubes la ocultaran.
Deseó poder decirle que estaba allí.
Encendieron el fuego con la leña que habían encontrado.
Citlali acomodó al herido cerca del calor. Yaotl se quitó una manta para cubrir a un hombre que temblaba sin conseguir detenerse.
Mazatl permanecía junto a la entrada, vigilado por Técpatl.
Después de un rato, habló.
—Puedo cargar la parihuela mañana.
El explorador lo miró.
—¿Por qué?
Mazatl observó a los cautivos.
—Porque no quiero quedarme aquí.
Técpatl no contestó.
Popocatépetl, que había escuchado desde el fuego, se acercó.
—Ayudar no borrará lo que hiciste.
—Lo sé.
—Tendrás que hablar cuando lleguemos.
Mazatl miró las grietas del muro.
—Si llegamos.
Popocatépetl miró hacia el interior del refugio. Uno de los hombres dormía con la boca entreabierta. Otro frotaba los pies de su hermano para devolverles calor.
—Por eso vas a ayudar.
Acamapichtli acudió al palacio al caer la tarde.
Lo acompañaban dos familiares, pero los guardias les impidieron entrar en la sala.
Él comprendió que algo había cambiado antes de ver al encargado sentado junto al capitán.
—¿Qué significa esto?
El señor del palacio señaló las cuentas.
—Quiero que me expliques tus compras.
Acamapichtli reconoció las marcas.
Durante unos instantes intentó ordenar una respuesta.
—Mi encargado administra esas operaciones.
—Con tus bienes.
—Con los bienes de mi familia.
El capitán acercó una de las telas.
—Estas cargas fueron entregadas después de que sus dueños desaparecieran.
Acamapichtli miró al encargado.
El hombre no sostuvo sus ojos.
—Yo no ordené que desapareciera nadie —dijo.
—Pero aceptaste mercancía que no podía haber llegado de forma legítima —respondió el señor.
—Había que alimentar a tus hombres.
La frase produjo un silencio incómodo.
Acamapichtli vio que había cometido un error y trató de corregirlo.
—Quiero decir que los caminos estaban cerrados. Necesitábamos encontrar otras fuentes.
—Las encontraste en el hambre que esos mismos ataques causaban.
El señor se levantó.
—Hasta que sepamos todo, tus depósitos quedarán sujetos a revisión. No saldrás del valle.
Acamapichtli apretó las manos.
Su familia aún tenía tierras, aliados y una voz en el consejo. Nadie podía retirárselo todo por la declaración de un cargador y un encargado asustado.
Pero la unión con Iztaccíhuatl había desaparecido de aquella sala sin que ninguno necesitara mencionarla.
Pasaron la noche escuchando el viento.
Popocatépetl alimentó el fuego por turnos con Técpatl. Cada vez que una llama disminuía, el frío parecía entrar por todas las grietas al mismo tiempo.
Cerca del amanecer, el hombre de la parihuela comenzó a respirar mejor.
Citlali le humedeció los labios.
—La bajada será difícil —dijo en voz baja—. Pero aquí ya no podemos quedarnos.
Popocatépetl asintió.
Antes de partir, recogieron más leña y la dejaron bajo una piedra protegida del agua.
Yaotl lo observó hacerlo.
—¿Para quién?
—Para quien venga después.
El joven acomodó una rama junto a las demás.
Luego salieron.
La cañada los recibió con niebla.
Citlali guiaba al grupo siguiendo piedras que apenas se distinguían entre la hierba. Más abajo reaparecieron los árboles y el aire dejó de cortarles el rostro.
Mazatl cargó la parihuela durante parte del descenso.
Nadie lo felicitó.
Al anochecer llegaron a una pequeña población donde pudieron comer y enviar aviso al valle. Una mujer reconoció entre los rescatados a su sobrino y se aferró a él sin preguntar nada.
Popocatépetl se sentó junto a una pared. Solo entonces el cansancio lo venció. Durmió con la mano cerrada sobre la tira bordada.
Dos días después, Iztaccíhuatl oyó movimiento en la puerta oriental.
No subió a la azotea.
Salió al patio y vio entrar primero a los cautivos, después a Técpatl y a los guerreros.
Popocatépetl caminaba al final.
Tenía el rostro más delgado, los labios partidos y una mancha oscura sobre el hombro.
Ella se detuvo a pocos pasos.
Él también.
Durante un instante parecieron haber olvidado cómo hablarse.
—Volviste —dijo Iztaccíhuatl.
Popocatépetl asintió.
Ella extendió la mano. Él la tomó delante de los guardias, los sirvientes y su padre.
El señor del palacio los observó, pero no ordenó que se apartaran.
—Hay hombres que necesitan atención —dijo finalmente.
Iztaccíhuatl soltó la mano del guerrero.
—Yólotl está preparada.
Trabajaron hasta que todos tuvieron agua, comida y un lugar donde acostarse.
Solo al terminar pudieron encontrarse en el jardín.
Popocatépetl sacó la tira de algodón.
—Se ensució.
Ella acarició el bordado.
—Puedes devolverla otro día. Todavía te hace falta.
Él le contó lo sucedido. También habló de Icnoyotl.
Iztaccíhuatl lo escuchó sin intentar aliviar con palabras una muerte que no conocía.
Cuando terminó, se sentó más cerca.
Popocatépetl apoyó la frente junto a la suya.
Por primera vez desde la partida pudo cerrar los ojos sin escuchar pasos entre los árboles.
El padre de Iztaccíhuatl los llamó antes de que anocheciera.
El capitán estaba con él.
—Los cautivos han confirmado tu informe —dijo el señor—. Y Mazatl ha hablado.
Popocatépetl inclinó la cabeza.
—Quedan hombres armados en los pasos.
—Lo sabemos. Las poblaciones del sur están reuniendo más guerreros. Si no abrimos los caminos ahora, el conflicto llegará a los campos.
Iztaccíhuatl miró al capitán.
Había mapas nuevos sobre el suelo.
Comprendió antes de que su padre continuara.
Popocatépetl tendría que marcharse otra vez.
Él también lo entendió.
Pero esta vez no aceptó la orden en silencio.
—Antes de salir —dijo—, quiero pedirte permiso para unirme a tu hija, si ella sigue deseándolo.
El señor volvió los ojos hacia Iztaccíhuatl.
—Lo deseo —respondió.
Su padre sostuvo la mirada de ambos.
—Cuando regreses y los caminos estén seguros, hablaremos de la unión ante el consejo.
Popocatépetl tomó la mano de Iztaccíhuatl.
Ella sintió la firmeza de sus dedos y quiso creer que aquella promesa los acercaba al futuro.
Sobre los mapas, las piedras señalaban una guerra.