Capítulo 8 de 13

La promesa junto al fuego

Durante cuatro días, Popocatépetl permaneció en el valle.

Yólotl le limpió las heridas, le cambió las vendas y le prohibió cargar cualquier cosa que no fuera su propia manta. Él obedeció mientras estuvo frente a ella. Después intentó ayudar a levantar un recipiente de agua y dejó escapar un gesto de dolor.

—Puedo verte aunque no me estés mirando —dijo la curandera.

Iztaccíhuatl, sentada junto a la ventana, soltó una risa.

Popocatépetl dejó el recipiente.

—Ya lo había notado.

Aquella mañana la luz entraba tibia en la habitación. Por un rato, el olor de las hierbas y el sonido del agua en el patio hicieron que los preparativos de la guerra parecieran lejanos.

Iztaccíhuatl trabajaba en una manta blanca.

La tarde anterior había evitado subir a la azotea porque la escalera le había dejado una opresión breve en el pecho. Yólotl le había indicado reposo y volvería a examinarla. Iztaccíhuatl no se sentía enferma: todavía tenía apetito, podía caminar por el jardín y la molestia desaparecía al sentarse. Le irritaba que su cuerpo pidiera calma justo cuando todos los demás preparaban una partida.

Popocatépetl observó el borde donde empezaba a crecer una hilera de figuras azules.

—¿Es para alguien?

Ella pasó el hilo por la tela.

—Para mí.

—¿Y cuándo la usarás?

Iztaccíhuatl levantó los ojos.

—Cuando tengamos algo que celebrar.

Yólotl recogió sus utensilios y salió, dejando la puerta abierta.

Popocatépetl acercó su asiento.

—Mi madre quiere conocerte.

La aguja quedó inmóvil entre los dedos de Iztaccíhuatl.

—¿Le has hablado de mí?

—Me preguntó por qué seguía llevando una tira bordada debajo de la ropa.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

Iztaccíhuatl bajó la mirada hacia la manta. Por primera vez, pensar en el matrimonio significó imaginar una casa, una madre que la esperaba y un hombre que podía sentarse a su lado sin que ambos buscaran refugio en una despedida.


Malinal recibió a Iztaccíhuatl al día siguiente.

Su padre había permitido que Iztaccíhuatl hiciera la visita acompañada de dos mujeres y un guardia. Popocatépetl caminó con ellos hasta su casa.

Su madre había barrido el patio tres veces.

Cuando vio llegar a la comitiva, se secó las manos sobre la falda y se quedó junto a la entrada.

Iztaccíhuatl inclinó la cabeza.

—Gracias por recibirme.

Malinal le señaló una sombra bajo el techo.

—Siéntate. El sol todavía calienta.

Había preparado tortillas, frijoles y una salsa molida esa mañana. Mientras las mujeres ayudaban a servir, Popocatépetl acomodó un banco y recibió una mirada de advertencia por usar el brazo herido.

Iztaccíhuatl probó la comida.

—Está muy buena.

Malinal la observó con atención.

—Él siempre dice eso antes de pedir más.

La joven miró a Popocatépetl.

—Entonces ya conozco uno de sus recursos.

Él abrió las manos.

—No es un recurso si es verdad.

Comieron entre pequeñas conversaciones. Hablaron de la lluvia, del muro del mercado y de Cuauhtli, que había empezado a levantarse apoyado en su madre.

Después Malinal llevó a Iztaccíhuatl al extremo del patio, donde varias mantas se secaban sobre unas ramas.

—No voy a pedirte que impidas que se marche —dijo.

Iztaccíhuatl sintió que la alegría de la mañana se detenía.

Malinal acomodó una tela que el viento había doblado.

—Sé que no puedes hacerlo.

—Quisiera poder.

—Yo también.

Permanecieron juntas bajo el sol hasta que Popocatépetl las llamó desde la casa.

Antes de regresar, Malinal tomó la mano de la joven.

—Ven si necesitas hablar. Aunque él no esté.

Iztaccíhuatl cerró los dedos sobre los suyos.

—Vendré.


En el consejo se acordó que parte del maíz de los depósitos revisados se destinara a las familias de los cargadores.

Acamapichtli no pudo impedirlo.

Las declaraciones de Mazatl habían confirmado la participación del encargado en los ataques y la compra de mercancías robadas. Sin embargo, nadie había demostrado todavía que Acamapichtli ordenara las muertes.

Su familia aceptó entregar bienes como reparación y conservar sus tierras mientras continuaban las averiguaciones.

Él quedó sujeto a vigilancia y apartado de las decisiones sobre la campaña.

Aquello lo humillaba más que una acusación abierta.

Cada mañana veía salir hombres hacia el palacio sin que nadie lo llamara. Cada tarde recibía informes que llegaban después de que otros hubieran decidido.

La noticia de la posible unión entre Iztaccíhuatl y Popocatépetl alcanzó su casa antes de que el señor del palacio la anunciara formalmente.

Acamapichtli escuchó de pie.

Luego pidió quedarse solo.

Sobre una manta seguía guardado el collar que ella había rechazado.

Lo recogió y lo sostuvo hasta que las cuentas le dejaron marcas en la palma.


Popocatépetl visitó a la madre de Icnoyotl antes de partir.

Llevó las pertenencias recuperadas de su compañero y le explicó dónde habían dejado su cuerpo.

La mujer escuchó sentada junto al fogón.

No lloró mientras él hablaba.

Preguntó por la piedra que habían colocado sobre la tumba, por el árbol y por el camino que llevaba hasta allí.

Popocatépetl respondió cuanto pudo.

—Cuando sea seguro, te acompañaré —le dijo.

Ella acarició la bolsa de su hijo.

—Tráelo.

Él inclinó la cabeza.

No encontró nada más que pudiera prometerle.

Al salir vio a Yaotl esperando en el camino.

El joven lo había acompañado, pero no había logrado entrar.

Popocatépetl se detuvo a su lado.

—Todavía puedes quedarte en el valle. El capitán necesita hombres para proteger los depósitos.

Yaotl seguía mirando la casa.

—Voy con ustedes.

—Piénsalo.

—Lo he pensado desde que volvimos.

Continuaron caminando juntos.


La campaña reunió a guerreros de varias poblaciones.

Algunos llegaban con escudos nuevos; otros, con armas reparadas y mantas prestadas por sus familiares. Los cargadores acomodaban alimentos, vendas y recipientes para el agua.

Popocatépetl recibió el mando de un grupo encargado de avanzar por la ladera oriental y asegurar el paso antes de que llegara el resto de los hombres.

Técpatl iría con él.

El capitán señaló el mapa.

—Si recuperamos este punto, podremos separar a los grupos que atacan los caminos. Habrá emisarios detrás de ustedes para mantener informado al valle.

Popocatépetl estudió el terreno.

—La cañada baja hacia un estrechamiento. Si lo ocupan antes, tendremos que rodear.

—Por eso saldrán primero.

El guerrero asintió.

Afuera, un cargador dejó caer una cesta. Varias mazorcas rodaron por el patio y dos niños corrieron a recogerlas.

Popocatépetl los miró.

Por ellos había empezado todo: un niño bajo un muro, una madre buscando entre los escombros y un camino por donde ya no llegaban alimentos.

Intentó recordar aquello mientras escuchaba las órdenes.


La última tarde, Iztaccíhuatl lo llevó a la azotea.

Su padre había permitido que hablaran a solas, aunque un guardia permanecía junto a la escalera.

El cielo estaba despejado. Desde allí, los campos parecían extenderse sin interrupción hasta las primeras laderas.

Popocatépetl le contó lo que había visto desde el refugio.

—Arriba casi no hay árboles. El viento puede escucharse mucho antes de que llegue.

Iztaccíhuatl se acercó al borde.

Popocatépetl siguió su mirada. Ella le contó entonces lo que su madre decía de la tierra: que guardaba memoria de quienes cuidaban a otros.

—De niña intentaba escucharlas —confesó—. Nunca contestaron.

—Quizá no tenías que preguntarles nada.

Iztaccíhuatl observó las pendientes.

—¿Da miedo?

Él pensó antes de responder.

—Sí.

Ella volvió el rostro.

—No esperaba que lo admitieras.

—No quiero que tengas que adivinarlo todo.

Iztaccíhuatl tomó su mano.

—¿También tienes miedo de irte?

—Más que la primera vez.

Se quedaron mirando el paisaje.

Después ella apoyó la cabeza en su hombro sano.

—Cuando regreses, quiero que volvamos al mercado juntos. Y a casa de tu madre. Quiero hacer cosas que no duren lo que una despedida.

Popocatépetl besó su cabello.

—También quiero eso.

—¿Cómo sería un día sin órdenes? —preguntó ella.

Popocatépetl miró el camino entre las milpas.

—Me levantaría después de mi madre, por una vez. Repararía el techo antes de que vuelva a llover. Y quizá no haría nada durante una tarde.

Iztaccíhuatl se rio.

—Yo iría al mercado sin que alguien apartara a los vendedores. Querría escoger lo que voy a cocinar. No sé hacerlo muy bien.

—Tendrás que decírselo a mi madre antes de que te pida ayuda.

Ella le dio un pequeño empujón en el brazo sano. Después hablaron de lo que él no había contado durante las visitas: de los años en que ayudó a trabajar la milpa, de las discusiones con su hermano y de cuánto le costó volver por primera vez a una casa donde faltaba alguien. Iztaccíhuatl le habló de las mañanas en que buscaba a su madre antes de recordar que había muerto. Popocatépetl escuchó sin interrumpirla.

Cuando empezó a enfriar, ella no quiso bajar enseguida. Le gustaba descubrir que también podían estar juntos sin discutir el porvenir ni defenderse de nadie. Todavía sabían poco el uno del otro; por primera vez hablaron de todo lo que necesitarían aprender.

La luz comenzó a disminuir sobre los tejados.

Iztaccíhuatl habría deseado retener aquel momento sin convertirlo en una promesa imposible.


Al bajar, encontraron una lámpara encendida junto al corredor.

Popocatépetl se detuvo frente a la pequeña llama.

La joven llevaba doblada la manta blanca sobre el brazo. Había terminado el primer borde azul.

—No quiero que me prometas que nada te ocurrirá —dijo—. No podrías saberlo.

Él la escuchó.

—Pero si puedes enviar noticias, hazlo.

—Las enviaré.

—Aunque sean malas. Aunque tardes en volver.

Popocatépetl le acarició la mejilla.

—No dejaré que tengas que esperar sin saber por decisión mía.

Iztaccíhuatl cerró los ojos un instante.

Después lo besó.

La llama vaciló con una corriente de aire, y él acercó la mano para protegerla hasta que recuperó su altura.

Ella observó el gesto.

Lo recordaría muchas veces.


Partieron al amanecer.

Malinal esperaba junto al camino con otras madres. Iztaccíhuatl permanecía en el patio, al lado de su padre.

Popocatépetl se despidió primero de su madre.

Ella comprobó el nudo de su manta y dejó de tocarlo antes de que las manos empezaran a temblarle.

—Ve —dijo.

Después él cruzó el patio.

Iztaccíhuatl no ocultó el rostro cuando la besó.

El señor del palacio esperó a que se separaran.

—Regresa con tus hombres —le pidió.

Popocatépetl inclinó la cabeza.

Los tambores comenzaron a sonar.

La columna atravesó la puerta oriental y tomó el camino entre los campos.

Esta vez, Iztaccíhuatl no lo siguió únicamente con la mirada. Caminó hasta la entrada y permaneció allí mientras pudo distinguirlo.


Pasaron doce días antes de que llegaran las primeras noticias.

El grupo había alcanzado la ladera oriental. Encontraron barricadas y una población abandonada. El capitán preparaba el avance principal.

Popocatépetl seguía vivo.

Iztaccíhuatl repitió aquella información a Malinal esa misma tarde.

Dos días después llegó otro emisario.

Habían combatido en el estrechamiento. Los hombres del valle conservaban el paso, pero varios grupos habían quedado separados por el derrumbe de una ladera.

El mensajero no sabía dónde estaba Popocatépetl.

La joven pidió que buscaran información precisa.

Su padre envió nuevos hombres.

Esa noche, Acamapichtli recibió a uno de los servidores que todavía podía entrar y salir de sus depósitos.

El hombre traía una bolsa recogida junto al campamento de los cargadores.

Dentro había telas rotas y pertenencias perdidas durante la confusión del combate.

Acamapichtli las extendió sobre el suelo.

Entre ellas encontró una tira de algodón con pequeñas líneas azules.

La había visto una vez entre las manos de Iztaccíhuatl.

La levantó lentamente.

—¿De quién es? —preguntó el servidor.

Acamapichtli cerró los dedos sobre el bordado.

—Ya no lo sé —respondió.

Pero no volvió a dejarla entre los objetos.