Capítulo 9 de 13
La noticia que nadie había visto
Acamapichtli extendió la tira de algodón junto a una lámpara.
La tela estaba rasgada en un extremo. Entre las pequeñas líneas azules había tierra seca y una mancha oscura que podía ser sangre.
Recordaba haber visto a Iztaccíhuatl bordarla en el corredor, antes de que apareciera el guerrero. Entonces apenas le había prestado atención.
Ahora la sostenía como si aquel pedazo de tela pudiera devolverle cuanto había perdido.
El servidor permanecía cerca de la puerta.
—¿Dónde la encontraron exactamente? —preguntó Acamapichtli.
—Entre unas cargas abandonadas después del derrumbe.
—¿Había cuerpos?
—Algunos. Los hombres del capitán seguían retirando piedras cuando salió el cargador que trajo la bolsa.
—¿Reconocieron a Popocatépetl?
El servidor negó con la cabeza.
—No se sabe dónde está su grupo.
Acamapichtli volvió a mirar el bordado.
Una posibilidad empezó a tomar forma en su mente.
No necesitaba cambiar el combate ni mover una piedra de la ladera. Bastaba con contar de otra manera lo que nadie podía confirmar.
—Mañana vendrás conmigo al palacio —dijo.
El servidor retrocedió un paso.
—¿Para qué?
Acamapichtli dobló la tira.
—Para entregar noticias.
Popocatépetl seguía vivo.
El derrumbe lo había sorprendido al borde de la cañada, cuando ayudaba a cruzar a dos hombres heridos. Primero escuchó un crujido profundo. Después, el terreno se desprendió bajo sus pies.
Consiguió aferrarse a una raíz mientras uno de sus hombres arrastraba al último herido fuera del sendero.
La tierra le golpeó el rostro y lo obligó a cerrar los ojos.
Al incorporarse, vio que una pared de piedras separaba a su grupo del resto de los guerreros.
Técpatl había quedado al otro lado.
Yaotl seguía con él, junto a siete hombres más.
Durante el rescate se le había roto la bolsa donde guardaba algunas vendas, alimento y la tira bordada. La buscó entre el polvo, pero una segunda caída de piedras los obligó a alejarse.
Ahora permanecían en una hondonada protegida por encinos.
Tenían agua, poca comida y dos hombres que apenas podían caminar.
Yaotl se sentó frente a él.
—Desde abajo pueden creer que quedamos sepultados.
Popocatépetl observó la ladera.
—Por eso tenemos que encontrar otro camino.
El joven miró a los heridos.
—¿Cuánto tardaremos?
Popocatépetl no respondió enseguida.
Al otro lado del derrumbe, los sonidos del combate habían desaparecido.
Ignoraban si el capitán conservaba el paso.
También ignoraban quién estaba esperando noticias en el valle.
Iztaccíhuatl había empezado a llevar alimentos a las familias de los guerreros que no podían trabajar sus campos.
Aquella mañana visitó a Malinal.
La encontró sentada junto a una cesta llena de mazorcas que aún no había desgranado.
—No ha llegado ningún informe nuevo —dijo la joven antes de sentarse.
Malinal asintió.
—Ya lo sé. Pregunté al amanecer.
Iztaccíhuatl tomó una mazorca y comenzó a separar los granos.
Trabajaron juntas durante un rato.
—En una de sus primeras campañas —dijo Malinal—, tardó más de lo que había anunciado.
—¿Cuánto?
—Cinco días.
Iztaccíhuatl levantó la mirada.
—¿Y qué hiciste?
La mujer soltó un grano que había quedado atrapado entre sus dedos.
—Esto.
Señaló la cesta.
—Y al día siguiente hice otra cosa. Si hubiera dejado que la espera ocupara toda la casa, no habría podido recibirlo cuando llegó.
La joven continuó desgranando.
Deseó aprender aquella paciencia.
Al despedirse, Malinal la acompañó hasta el camino.
—En cuanto sepas algo, ven.
—Vendré.
Acamapichtli llegó al palacio al mediodía.
Como no podía salir del valle y sus asuntos estaban vigilados, acudía a veces para responder preguntas de los administradores. Los guardias conocían aquellas visitas.
Esta vez anunció que traía información sobre los hombres desaparecidos.
Lo hicieron esperar en una sala lateral.
Iztaccíhuatl cruzaba el corredor cuando lo vio.
Había intentado evitarlo desde las últimas averiguaciones, pero reconoció el envoltorio entre sus manos y se detuvo.
—¿Qué has traído?
Acamapichtli se puso de pie lentamente.
El servidor bajó la cabeza.
—Prefería hablar primero con tu padre.
Iztaccíhuatl sintió una presión bajo las costillas.
—Entonces, ¿por qué tienes algo suyo?
Acamapichtli abrió la tela que envolvía el bordado.
Ella reconoció las líneas azules.
Se acercó sin darse cuenta de que había dejado caer la cesta que llevaba.
—¿Dónde lo encontraste?
Él tardó lo suficiente para que el silencio pareciera dolor.
—Lo trajeron del paso.
Iztaccíhuatl tomó la tira.
Tenía el mismo nudo que había hecho al rematarla.
—Esto no significa nada —dijo.
Acamapichtli miró al servidor.
El hombre mantenía los ojos en el suelo.
—Los cargadores encontraron su cuerpo después del derrumbe —dijo Acamapichtli—. La llevaba entre sus pertenencias.
Iztaccíhuatl dejó de sentir la tela.
—No.
La palabra salió apenas como un soplo.
—Lo siento.
Ella levantó el rostro.
—¿Quién lo vio?
Su padre llegó antes de que Acamapichtli contestara.
Alguien lo había llamado al ver a Iztaccíhuatl inmóvil en el corredor.
Escuchó la noticia de pie, junto a la entrada.
—¿El capitán envió este informe? —preguntó.
—Lo trajeron hombres relacionados con mis depósitos.
—No te he preguntado eso.
Acamapichtli apretó la tela que aún sostenía.
—No viene directamente del capitán.
El señor volvió los ojos hacia el servidor.
—¿Tú viste el cuerpo?
El hombre negó con la cabeza.
—La bolsa llegó con otras pertenencias.
—¿Y quién afirmó que era de un muerto?
El servidor miró a Acamapichtli.
No respondió.
Iztaccíhuatl advirtió aquel movimiento.
—Dijiste que lo habían encontrado —murmuró.
Acamapichtli sostuvo su mirada.
—Eso me dijeron.
Su padre llamó a un guardia.
—Que este hombre se quede. Vamos a hablar con quienes trajeron la carga.
Después tomó a su hija por los hombros.
—Escúchame. Todavía no sabemos qué ocurrió.
Iztaccíhuatl intentó respirar.
El aire entraba, pero no parecía alcanzar el pecho.
Yólotl la encontró sentada en su habitación.
La tira bordada descansaba sobre sus rodillas.
La curandera colocó agua a su lado y se arrodilló.
—Mírame.
Iztaccíhuatl levantó los ojos.
—Pudo haberla perdido.
—Sí.
—Pudo romperse su bolsa.
—Sí.
La joven señaló la mancha oscura.
—Pero esto…
Yólotl tomó la tela y la examinó.
—No sabemos de quién es. Tampoco sabemos qué es.
Iztaccíhuatl la recuperó con cuidado.
Quería creer cada palabra. Sin embargo, la voz de Acamapichtli seguía repitiéndose dentro de ella con la firmeza de algo ya sucedido.
Los cargadores encontraron su cuerpo.
Sintió un dolor repentino en el pecho y se dobló hacia adelante.
Yólotl la sostuvo.
—Respira despacio.
Iztaccíhuatl obedeció hasta que pudo enderezarse.
—Quiero ver a Malinal.
La curandera asintió.
—Iremos juntas.
En la montaña, Popocatépetl encontró una senda utilizada por recolectores.
No llevaba hacia el valle directamente, pero evitaba la zona del derrumbe.
Avanzaron hasta una cueva baja donde dejaron descansar a los heridos.
Yaotl salió a buscar agua con otro guerrero.
Regresaron acompañados de un muchacho que llevaba un haz de leña.
El joven intentó huir al ver las armas, pero se detuvo cuando Popocatépetl le pidió ayuda.
Vivía en una pequeña población al otro lado del monte.
—Hay hombres del capitán allá —dijo—. Llegaron ayer.
Popocatépetl se levantó.
—Llévanos.
Tuvieron que avanzar despacio. Los heridos obligaron a detenerse varias veces, y alcanzaron las primeras casas cuando ya oscurecía.
Un guerrero del valle reconoció a Popocatépetl y corrió hacia él.
—¡Los estaban buscando!
Popocatépetl le sujetó el brazo.
—Envía aviso al capitán. Somos nueve. Hay dos heridos.
Después miró el camino por el que habían llegado.
—Y manda noticias al palacio.
Malinal recibió la tira bordada sin tocarla.
Iztaccíhuatl estaba sentada frente a ella, acompañada de Yólotl.
Le contó exactamente lo ocurrido, incluida la duda de su padre.
La mujer escuchó hasta el final.
Luego se acercó a la puerta.
Durante un instante pareció esperar que alguien apareciera en el camino.
—No voy a despedirlo con una noticia que nadie ha visto —dijo.
Iztaccíhuatl asintió, pero al intentar hablar se echó a llorar.
Malinal volvió y la abrazó.
La joven había llorado por su madre, por la soledad de ciertas noches y por el miedo a un futuro elegido por otros. Aquello era distinto. Cada recuerdo reciente parecía cambiar de forma mientras lo pensaba.
La comida compartida.
El beso en la azotea.
La mano que protegía una llama.
Yólotl permaneció cerca hasta que el llanto se calmó.
Antes de regresar al palacio, Iztaccíhuatl prometió volver al día siguiente.
Malinal le acarició el rostro.
—Vendrás con hambre. Prepararé algo.
Su padre ordenó aumentar las averiguaciones.
El servidor admitió que no había recibido ninguna noticia de una muerte. Solo había entregado objetos recogidos entre las cargas abandonadas.
Cuando llamaron de nuevo a Acamapichtli, este afirmó que había entendido mal el relato de otro hombre.
—Encuéntralo —ordenó el señor—. Quiero escucharlo yo.
Acamapichtli salió escoltado.
En el patio miró hacia las habitaciones de Iztaccíhuatl.
Había querido que dejara de esperar al guerrero. Se había imaginado ofreciéndole consuelo, quedándose a su lado cuando el dolor debilitara su rechazo.
No había imaginado aquella mirada en el corredor.
Ni la voz de su padre preguntando quién había visto el cuerpo.
Iztaccíhuatl intentó continuar con la manta blanca esa noche.
Extendió la tela, enhebró la aguja y buscó el lugar donde había dejado el último punto.
No pudo hacerlo.
La colocó sobre sus piernas y permaneció frente a la lámpara hasta que Yólotl volvió con alimento.
Comió un poco.
Después se acostó, pero el sueño no llegó.
Al amanecer, cuando las montañas empezaron a distinguirse, seguía despierta.
Muy lejos, un emisario salía de la pequeña población donde Popocatépetl descansaba con sus hombres.
Llevaba una noticia verdadera.
Todavía tenía que cruzar los caminos.