Capítulo 10 de 13
La noche que no terminó
El segundo día después de la noticia, Iztaccíhuatl intentó cumplir la promesa que había hecho a Malinal.
Se levantó temprano, se lavó el rostro y pidió que prepararan una pequeña cesta de alimentos. Quería llevarle frijoles, maíz y unas hierbas que Yólotl había separado para ella.
Pero al cruzar el patio sintió que las piernas le fallaban.
Se apoyó en una columna.
Una de las mujeres corrió a sostenerla antes de que cayera.
—Solo necesito sentarme —dijo.
La llevaron de vuelta a su habitación.
Desde el corredor alcanzó a ver la cesta junto a la puerta. Le preocupó que Malinal pensara que había olvidado la visita.
—Avísenle —pidió—. Díganle que iré mañana.
Yólotl llegó poco después.
La encontró acostada, con la tira bordada bajo la mano.
—¿Dónde te duele?
Iztaccíhuatl señaló el pecho.
—Aquí. A veces se calma.
La curandera se sentó junto a ella y le tomó la muñeca.
Permaneció en silencio más tiempo del habitual.
La molestia ya no cedía como las veces anteriores. Yólotl recordó las punzadas de las últimas semanas y pidió que nadie las confundiera con el llanto. El miedo había precedido a aquel empeoramiento, pero no explicaba por sí solo cuanto estaba viendo. Mandó llamar al padre de la joven y le habló de los síntomas a los que ella había intentado restar importancia.
El emisario que llevaba la noticia verdadera había alcanzado el río antes del mediodía.
La lluvia de la noche anterior lo había hecho crecer. El paso de piedras estaba cubierto y varias ramas giraban en la corriente.
Otros dos hombres esperaban junto a la orilla.
Uno había intentado cruzar al amanecer. Tenía la pierna golpeada y se había quitado una sandalia para examinar el tobillo.
—Más arriba hay otro paso —le dijeron al emisario—. Pero el camino está vigilado.
El hombre miró hacia el agua.
Llevaba el mensaje de Popocatépetl al palacio y una orden del capitán para informar que preparaban el avance definitivo sobre las barricadas.
Decidió subir.
No podía saber que en el valle alguien contaba cada hora como si fuera una jornada.
Malinal llegó a la habitación de Iztaccíhuatl al caer la tarde.
Traía un recipiente envuelto en tela.
—Preparé lo que te prometí —dijo.
La joven intentó incorporarse.
Malinal le acomodó una manta detrás de la espalda y se sentó a su lado.
Iztaccíhuatl tomó unas cucharadas. Después apartó el rostro, avergonzada.
—Está bueno. Es que no puedo.
—No tienes que explicármelo.
La mujer dejó el recipiente sobre una banca.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas. De una gallina que había entrado en la casa de Malinal. De Cuauhtli, que ya conseguía recorrer unos pasos apoyado en un palo. Del pájaro de madera que seguía guardando junto a su cama.
Iztaccíhuatl sonrió al escuchar aquello.
La sonrisa desapareció pronto, pero Malinal la conservó en la memoria.
Antes de despedirse, la joven la sujetó de la mano.
—No dejes de esperarlo por lo que dijo Acamapichtli.
Malinal se inclinó.
—No he dejado de hacerlo.
Iztaccíhuatl cerró los ojos.
—Yo tampoco quiero.
Su padre ordenó traer a otro curandero.
El hombre examinó a Iztaccíhuatl, preguntó cuánto había comido y escuchó a Yólotl describir las noches sin descanso y el dolor que aparecía bajo las costillas.
Prepararon infusiones y mantuvieron la habitación tranquila.
La joven bebió cuanto le ofrecieron.
Cuando el dolor cedía, Iztaccíhuatl pedía ayuda para sentarse. Probaba el alimento y preguntaba si al día siguiente podría salir al jardín. El curandero no sabía nombrar la dolencia. El temor y las noches sin descanso la habían debilitado, pero aquella opresión había aparecido antes de la noticia y ahora volvía incluso mientras permanecía quieta. Yólotl vigilaba cada respiración. A veces creían advertir una mejoría; luego la joven tenía que detenerse a mitad de una frase para recuperar el aire.
Su padre permaneció junto a la entrada mientras la atendían.
Cuando los curanderos salieron, se sentó frente a ella.
—He enviado más hombres —le dijo—. También buscarán por el camino de las poblaciones altas.
Iztaccíhuatl asintió.
—Acamapichtli no sabe lo que ocurrió.
—Lo sé.
Ella miró la tira bordada.
—Entonces, ¿por qué siento que lo vi?
Su padre tardó en responder.
Comprendió que su hija no hablaba del rostro del rival. Hablaba de un cuerpo entre piedras, de una escena que nunca había presenciado y que, sin embargo, se le había instalado en la memoria.
—Porque alguien te lo contó como si fuera cierto —dijo.
Iztaccíhuatl levantó la mirada.
Él le tomó la mano.
—No lo es hasta que lo sepamos.
En el frente, Popocatépetl volvió a encontrarse con Técpatl.
El explorador lo abrazó antes de recordar que llevaba el hombro lastimado.
—Te buscamos detrás del derrumbe.
—Salimos por una senda de recolectores.
Técpatl miró a Yaotl y a los hombres que lo acompañaban.
Los contó sin disimulo.
Luego soltó el aire.
El capitán los reunió al anochecer.
Habían recibido apoyo de dos poblaciones del sur que también sufrían los ataques. Los hombres que retenían el paso empezaban a quedarse sin abastecimiento.
El ataque se haría al amanecer.
Popocatépetl pidió enviar otro emisario.
—El primero salió ayer —le recordó el capitán.
—Puede haber encontrado el río cerrado.
El capitán examinó su rostro.
—Envía a otro por la ruta de los campos.
Popocatépetl eligió a un hombre que conocía aquella zona.
Lo acompañó hasta el extremo del campamento.
—Diles que estoy vivo —pidió—. Que volveré en cuanto el camino quede abierto.
El emisario asintió.
Antes de partir, preguntó si debía añadir algo para Iztaccíhuatl.
—Que todavía quiero ir con ella al mercado.
El hombre sonrió.
Después se alejó entre las sombras.
Al tercer día, Iztaccíhuatl pidió que abrieran la ventana.
El aire de la mañana entró con olor a tierra mojada.
Desde la cama podía ver un trozo del patio y una rama del jardín.
Yólotl había colocado semillas sobre el borde de piedra.
El pájaro de la cola torcida apareció poco después.
Picoteó, alzó la cabeza y volvió a comer.
Iztaccíhuatl lo observó durante varios minutos.
—Va a creer que siempre habrá alguien aquí —dijo.
La curandera acomodó una tela junto a la ventana.
—Xóchitl ha preguntado por ti. Y Cuauhtli quiere enseñarte cómo camina.
—Que venga cuando pueda.
—Vendrá.
Iztaccíhuatl acercó la manta blanca.
Había logrado terminar una parte del segundo borde, pero la aguja seguía prendida en un punto inconcluso.
—¿Puedes guardarla sin quitar el hilo?
Yólotl la recibió.
—Cuando te sientas mejor, seguirás.
La joven asintió.
Quería creerlo.
La batalla comenzó antes de que el sol alcanzara las barricadas.
Popocatépetl avanzó con su grupo por el costado oriental mientras el capitán atraía a los defensores hacia el camino principal.
Los hombres de las poblaciones aliadas conocían un acceso que habían utilizado para llevar agua. Por allí llegaron hasta la retaguardia.
El combate fue breve en algunos puntos y feroz en otros.
Yaotl recibió un golpe en la frente, pero pudo continuar.
Técpatl alcanzó la entrada del paso y derribó una de las trabas de madera con ayuda de dos guerreros.
Al mediodía, los defensores comenzaron a rendirse.
Otros huyeron hacia el sur.
Popocatépetl impidió que sus hombres los persiguieran más allá de la ladera.
Había heridos que atender y familias que necesitaban recuperar el camino.
Cuando terminó, se sentó sobre una piedra.
Tenía sangre en las manos.
Esta vez era de un compañero al que había ayudado a vendar.
Miró hacia el valle y pensó que pronto podría lavárselas en el patio del palacio.
La cuarta noche, Iztaccíhuatl no pudo permanecer acostada.
Yólotl la ayudó a incorporarse y llamó a su padre.
El señor entró sin la manta de ceremonia. Llevaba el cabello desordenado y las marcas de una noche sin sueño.
—Estoy aquí —dijo.
Se sentó detrás de ella para sostenerla mientras la curandera acercaba agua.
Iztaccíhuatl bebió apenas un sorbo.
Le costaba hablar.
—Si llega…
Su padre se inclinó.
—¿Qué quieres que le diga?
Ella cerró los dedos sobre la tira azul.
—Que no pensé que me había olvidado.
El señor apoyó la frente contra su cabello.
—Se lo dirás tú.
Iztaccíhuatl intentó respirar despacio, como Yólotl le había enseñado.
La curandera le frotó las manos.
En el corredor, varias mujeres aguardaban sin atreverse a entrar.
La joven abrió los ojos y miró hacia la ventana.
La noche apenas dejaba distinguir la rama del jardín.
—Quería verlas de cerca —murmuró.
Su padre supo que hablaba de las montañas.
Después sintió que el peso de su hija cambiaba entre sus brazos.
Yólotl permaneció inclinada sobre ella.
Escuchó.
Esperó.
Volvió a tomarle la muñeca.
El señor del palacio no se movió hasta que la curandera levantó el rostro.
No hubo palabras capaces de hacerle aceptar lo que vio en sus ojos.
—Otra vez —pidió.
Yólotl obedeció.
Él sostuvo a Iztaccíhuatl mientras la examinaba de nuevo.
Afuera empezó a clarear.
La joven llevaba cuatro noches sin alcanzar un sueño completo.
Ahora su rostro había recuperado una quietud que nadie podía celebrar.
Malinal llegó cuando el sol tocaba el borde de los muros.
Encontró al padre de Iztaccíhuatl sentado junto al lecho.
Yólotl había extendido la manta blanca sobre el cuerpo, dejando visible el rostro.
La aguja y el hilo estaban guardados aparte.
Malinal se acercó despacio.
Acarició el cabello de la joven y recordó sus manos desgranando maíz en el patio.
—Te estaba esperando —susurró.
Después se sentó junto a Yólotl.
Ninguna quiso dejarla sola.
La noticia verdadera llegó al palacio esa tarde.
El primer emisario había tardado en rodear el río. Entró con las piernas cubiertas de barro y pidió hablar con el señor.
Un guardia lo condujo al patio.
—Popocatépetl vive —anunció—. Lo vi en la población de la ladera. El capitán prepara el ataque final y él ha enviado aviso.
El señor del palacio cerró los ojos.
El mensajero dejó de hablar al ver su rostro.
Más tarde comprendió por qué las mujeres lloraban detrás del corredor.
El segundo emisario llegó después de encenderse los fogones de la noche. Había cruzado por la ruta de los campos, durmiendo apenas unas horas junto a un depósito vigilado. Traía el mismo aviso: Popocatépetl estaba vivo y regresaría al quedar abierto el camino.
El padre de Iztaccíhuatl lo escuchó sin hacerle repetir la noticia.
—¿Envió algo más?
El hombre vaciló antes de decir que el guerrero todavía quería ir con ella al mercado.
Yólotl se llevó una mano a la boca. Malinal, sentada cerca de la entrada, preguntó cuándo había hablado con su hijo. Escuchó la respuesta y le ofreció agua. Él no había sabido nada de la enfermedad.
El señor ordenó que al amanecer llevaran noticia de la muerte hacia el frente. No quería que otra verdad quedara detenida en el palacio. El mensajero enviado se cruzaría con la columna que ya descendía por una ruta distinta; para entonces, Popocatépetl habría llegado a los campos del valle.
Muy lejos, Popocatépetl ayudaba a reunir las cargas recuperadas.
El paso estaba abierto.
Los hombres del capitán preparaban el regreso y los primeros mercaderes aguardaban permiso para cruzar.
Yaotl se acercó con una vasija.
—Mañana podremos bajar.
Popocatépetl bebió.
Luego miró hacia las montañas, iluminadas por la última luz.
Imaginó a Iztaccíhuatl en la azotea.
Por primera vez en muchos días, sonrió sin miedo.