Capítulo 11 de 13

El vencedor que llegó tarde

La primera señal fue el silencio.

Popocatépetl lo advirtió al alcanzar los campos cercanos al valle. Había imaginado a los niños corriendo junto a los guerreros, a las mujeres buscando rostros entre las mantas y a los mercaderes celebrando que los caminos estuvieran abiertos.

Algunas personas salieron a recibirlos.

Pero bajaban la voz cuando él se acercaba.

Yaotl caminaba a su lado, con una venda sobre la frente. Miró a una mujer que sostenía un cántaro junto a la acequia. Ella reconoció a Popocatépetl y apartó los ojos.

—Tal vez han recibido noticias de los muertos —dijo el joven.

Popocatépetl asintió.

También él llevaba nombres que debía pronunciar en las casas.

Aun así, cuando vio la puerta del palacio, aceleró.


Malinal lo esperaba junto al muro exterior.

Popocatépetl dejó la carga en el suelo y se acercó a abrazarla.

Su madre lo sostuvo con fuerza.

Él sintió alivio al hundir el rostro junto a su cabello. Olía a humo y al jabón vegetal con el que lavaba las mantas.

—Estoy bien —le dijo—. El hombro todavía molesta, pero estoy bien.

Malinal no respondió.

Popocatépetl se apartó apenas.

Entonces vio sus ojos.

—¿Qué pasó?

Ella levantó una mano hasta su rostro.

—Hijo…

Él miró hacia la entrada del palacio.

No vio a Iztaccíhuatl.

—¿Está adentro?

Malinal apretó los labios.

Popocatépetl retiró lentamente las manos de sus brazos.

—Madre. Dime dónde está.

Ella intentó hablar y tuvo que detenerse.

El guerrero pasó a su lado.


Yólotl apareció en el corredor antes de que él llegara a las habitaciones.

Llevaba una vasija que dejó sobre una banca al verlo.

Popocatépetl recordó otra mañana, el niño herido, la mano de Iztaccíhuatl sosteniendo unos dedos pequeños.

—Quiero verla —dijo.

Yólotl se acercó.

—Te llevaré.

Él buscó en su rostro una explicación distinta de la que empezaba a comprender.

—¿Está enferma?

La curandera lo tomó del brazo sano.

—Murió al amanecer de ayer.

Popocatépetl permaneció inmóvil.

Escuchó los pasos de Yaotl detrás de él. Un recipiente cayó en algún lugar del patio y nadie corrió a recogerlo.

—No —dijo.

Yólotl no intentó responder.

—Envié noticias.

—Llegaron.

El guerrero cerró los ojos.

—Entonces…

La voz se le quebró antes de terminar.

Yólotl lo condujo hacia la habitación.

Iztaccíhuatl estaba cubierta con la manta blanca.

El borde azul seguía inconcluso.

Habían colocado flores junto al lecho y un recipiente con agua cerca de su cabeza. La ventana permanecía abierta, dejando entrar una luz suave.

Su padre estaba sentado al otro lado.

Se levantó cuando Popocatépetl entró, pero no encontró palabras.

El guerrero se arrodilló junto a ella.

Primero miró el rostro.

Después las manos.

Una sostenía la tira bordada que él había perdido junto al derrumbe.

Popocatépetl la reconoció y alzó los ojos hacia Yólotl.

—¿Cómo llegó aquí?

La curandera miró al señor del palacio.

Él se acercó lentamente.

—Acamapichtli la trajo. Dijo que habían encontrado tu cuerpo.

Popocatépetl volvió a mirar la tela.

Había pasado días buscando una salida entre piedras. Había enviado dos emisarios. Había obedecido órdenes, protegido heridos y abierto el camino por el que acababa de regresar.

Mientras tanto, alguien había usado aquel objeto para anunciar una muerte que no había visto.

Se inclinó hacia Iztaccíhuatl.

—Estoy aquí —susurró.

Le tomó la mano.

La sostuvo esperando, sin saber todavía qué esperaba.


El padre de la joven les contó lo sucedido.

No omitió las dudas, las averiguaciones ni la tardanza de las noticias verdaderas.

Popocatépetl escuchó sin volverse.

Cuando terminó, preguntó:

—¿Ella creyó que la había olvidado?

El señor se cubrió el rostro un instante.

—No.

Se agachó junto a él.

—Me pidió que te dijera eso. Que no pensó que la habías olvidado.

Popocatépetl apoyó la frente sobre la mano de Iztaccíhuatl.

El llanto llegó entonces.

No pudo contenerlo como había contenido el dolor en los combates. Le sacudió el pecho y lo obligó a doblarse sobre el lecho.

Malinal entró en silencio y se arrodilló a su lado.

Le puso una mano en la espalda.

Permanecieron así mientras la luz avanzaba sobre el suelo.


Acamapichtli estaba retenido en una sala del extremo occidental.

Después de la muerte de Iztaccíhuatl, el servidor había admitido que nunca le llevó noticia alguna sobre el cuerpo de Popocatépetl.

También contó que su señor le ordenó acompañarlo al palacio y permanecer callado.

Cuando el capitán regresó, encontró aquella declaración junto a las cuentas de los depósitos.

Ordenó que nadie permitiera salir a Acamapichtli.

Popocatépetl pidió verlo al caer la tarde.

El capitán lo miró.

—No irás armado.

El guerrero dejó su arma junto a la puerta.

Acamapichtli estaba sentado frente a una ventana cerrada. Se levantó al verlo.

Durante unos segundos pareció no reconocer al hombre que había entrado.

Después miró hacia el corredor, buscando a los guardias.

Popocatépetl se detuvo frente a él.

—Estoy vivo.

Acamapichtli bajó los ojos.

—Ya lo sé.

—¿Quién te dijo que había muerto?

No respondió.

Popocatépetl dio un paso.

—Dime el nombre.

—Recibí pertenencias del combate. Había confusión.

—Eso no es un nombre.

El silencio se prolongó.

Acamapichtli se llevó una mano a la boca.

—Creí que…

—No lo creíste. Dijiste que habían visto mi cuerpo.

El rival levantó el rostro.

Tenía los ojos húmedos.

—No pensé que ella…

Popocatépetl lo sujetó de la manta y lo acercó.

Los guardias se movieron, pero el capitán levantó una mano para detenerlos.

—¿Qué pensaste? —preguntó el guerrero.

Acamapichtli intentó apartarse.

—Que dejaría de esperarte.

Popocatépetl lo soltó.

El hombre retrocedió contra la pared.

Aquella confesión quedó en la sala, escuchada por todos.

Popocatépetl regresó a la habitación de Iztaccíhuatl.

Su padre lo encontró sentado junto al lecho, con las manos vacías sobre las rodillas.

—Responderá ante el consejo —dijo.

El guerrero no levantó la cabeza.

—Que respondan también los hombres de los depósitos. Y que las familias reciban lo que les quitaron.

—Lo recibirán.

El señor se sentó cerca de él.

Afuera habían comenzado a preparar las ceremonias funerarias.

Popocatépetl escuchó a dos hombres discutir dónde colocarían las flores.

—No quiero que quede encerrada aquí —dijo.

Su padre lo miró.

—¿Qué quieres hacer?

Popocatépetl recordó el refugio, la nieve iluminada y el deseo de Iztaccíhuatl de ver las montañas de cerca.

—Llevarla arriba.

El señor tardó en comprender.

—¿A la montaña?

—Al lugar donde termina el bosque.


La decisión reunió a quienes más la habían conocido.

Yólotl habló de la dificultad del camino. Técpatl explicó dónde podían descansar y cuánto alimento necesitarían. Citlali, avisada en su casa, acudió al palacio para ofrecerse como guía.

El padre de Iztaccíhuatl escuchó a todos.

—Allá el frío es demasiado fuerte —dijo.

Popocatépetl miró hacia la ventana.

—Ella quería verlo.

Durante años había imaginado para su hija celebraciones, alianzas y una casa llena de descendientes. Ahora tenía que decidir dónde despedirla.

Malinal se acercó.

—Podemos acompañarlos hasta el refugio.

Yólotl asintió.

Técpatl ofreció organizar a los cargadores.

Finalmente, el padre de Iztaccíhuatl tomó una de las flores del lecho.

—Yo también iré.


Antes de preparar la partida, Popocatépetl visitó el mercado.

No supo por qué tomó aquel camino hasta que vio a Cuauhtli sentado junto al puesto de Xóchitl.

El niño se levantó apoyándose en un palo.

—Ya puedo caminar.

Popocatépetl se agachó frente a él.

—Lo veo.

Cuauhtli sacó el pájaro de madera.

Lo había pulido tanto con las manos que una de las alas empezaba a brillar.

—Ella dijo que vendría a verme.

Xóchitl apartó el rostro.

Popocatépetl miró el juguete.

—Quería venir.

El niño pasó un dedo sobre la cabeza del pájaro.

Después se lo ofreció.

—Llévaselo.

El guerrero lo recibió con cuidado. Xóchitl puso una mano sobre el hombro de su hijo.

Popocatépetl quiso agradecerles, pero solo pudo inclinar la cabeza.


Al anochecer prepararon la parihuela.

La reforzaron con madera y cubrieron el fondo con mantas limpias. Yólotl y las mujeres de la casa acomodaron a Iztaccíhuatl, recogiendo su cabello para que no se enredara durante el trayecto.

Popocatépetl colocó el pájaro junto a sus manos.

La tira bordada quedó sobre la manta blanca.

Mientras los demás revisaban las cargas, él buscó una rama larga de ocote.

Técpatl lo vio examinarla.

—Tendremos fuego en el refugio.

—La llevaré de todos modos.

El explorador asintió.

Más tarde, Popocatépetl encendió la antorcha con una brasa del corredor.

La llama creció y dejó escapar un olor de resina.

Se acercó al rostro de Iztaccíhuatl, manteniendo el fuego a distancia.

Recordó la última tarde juntos, cuando había protegido una pequeña llama con la mano mientras ella lo observaba.

—No voy a dejarte a oscuras —dijo.

Su padre, que aguardaba junto a la puerta, cerró los ojos.

En el patio, los hombres terminaron de sujetar las cargas.

Partirían antes del amanecer.

Esta vez nadie preparaba un recibimiento.