Capítulo 12 de 13

La última subida

Salieron antes de que el mercado abriera.

Las brasas de los fogones comenzaban a encenderse dentro de las casas, pero en el camino todavía había oscuridad. Los hombres avanzaban despacio para no hacer oscilar la parihuela.

Popocatépetl caminaba junto a la cabeza de Iztaccíhuatl.

La antorcha de ocote iluminaba el borde blanco de la manta. Había envuelto otras ramas en una tela para encenderlas cuando aquella se consumiera.

El padre de Iztaccíhuatl iba detrás, acompañado por Yólotl y Malinal.

Citlali guiaba al grupo. Técpatl revisaba las cargas y señalaba a los hombres dónde apoyar los pies.

Cuando atravesaron las últimas casas, algunas puertas se abrieron.

Nadie pidió que se detuvieran.

Una mujer dejó flores sobre la manta. Un anciano inclinó la cabeza. Xóchitl salió con Cuauhtli, que se apoyaba en el palo que usaba para caminar.

El niño vio la pequeña figura de madera junto a las manos de Iztaccíhuatl.

No dijo nada.

Popocatépetl lo miró y levantó apenas la mano.

Después continuaron hacia los campos.


Al salir el sol, la antorcha perdió fuerza frente a la luz.

Técpatl se acercó al guerrero.

—Podemos apagarla hasta la noche.

Popocatépetl miró la llama.

La madera estaba ennegrecida y comenzaba a deshacerse en un extremo.

—La cambiaré cuando se consuma.

El explorador no insistió.

Citlali los llevó por la cañada que descendía directamente hacia el asentamiento. Después de la campaña, los recolectores habían despejado el desprendimiento que antes impedía pasar con una carga. No necesitaban rodear por la población oriental ni buscar los depósitos del sur. Aun así, en varios puntos debieron retirar ramas para permitir el paso de la parihuela.

El padre de Iztaccíhuatl intentó ayudar una vez.

Se agachó para levantar un tronco, pero el esfuerzo le cortó la respiración.

Un cargador se apresuró a terminar la tarea.

El señor se enderezó y miró a los hombres que llevaban a su hija.

Hasta entonces, las distancias habían llegado a él en informes. Aquella mañana empezó a comprenderlas con las piernas.


Descansaron junto a un manantial.

Los cargadores depositaron la parihuela sobre piedras planas. Yólotl revisó las cuerdas y acomodó la manta para impedir que el cabello de Iztaccíhuatl quedara descubierto.

Malinal repartió comida.

Popocatépetl aceptó una tortilla, aunque no tenía hambre.

Su madre se sentó frente a él.

Esperó hasta que lo vio comer.

—Técpatl dice que llegaremos al refugio antes del anochecer —comentó.

El guerrero asintió.

—Si no cambia el tiempo.

Malinal miró las nubes sobre las cumbres.

—Después tendrás que descansar.

Popocatépetl siguió comiendo sin responder.

Ella conocía aquella manera de callar.

Le había visto el mismo gesto antes de una partida difícil, cuando ya había tomado una decisión que todavía no quería pronunciar.


A medida que subían, el aire se volvió más frío.

Las conversaciones cesaron.

Solo se oían los pasos, la respiración de los cargadores y el crujido de la madera bajo el peso.

En una curva, el padre de Iztaccíhuatl pidió detenerse.

Se acercó al borde del camino y miró hacia el valle.

Desde allí, el palacio era una pequeña mancha entre los tejados.

—Ella miraba desde arriba —dijo.

Popocatépetl se colocó a su lado.

—Me contó que subía con su madre.

El señor permaneció mirando las casas.

—Cuando era pequeña me pedía que la llevara más allá de los campos. Siempre había algo que atender. Siempre le decía que otro día.

Popocatépetl no supo qué responder.

Su padre se volvió hacia la parihuela.

—No pensé que ese día podía acabarse.

Yólotl bajó los ojos.

Después de un rato, Citlali indicó que debían seguir.


Encontraron el refugio cuando la luz comenzaba a disminuir.

La leña que Popocatépetl y Yaotl habían dejado bajo una piedra seguía allí.

Técpatl la recogió y la llevó al interior.

—Nos esperaba —dijo en voz baja.

Encendieron el fuego y acomodaron a Iztaccíhuatl junto al muro más protegido. Los hombres cerraron parte de la entrada con mantas y dejaron espacio para que escapara el humo.

Popocatépetl prendió una nueva rama de ocote con la última brasa de su antorcha.

La llama creció. El padre de la joven se sentó junto a ella.

Había llevado una flor desde el palacio. Sus pétalos estaban marchitos por el camino.

La colocó sobre la manta blanca.

—No traje más —murmuró—. Pensé que encontraríamos flores arriba.

Citlali miró hacia la puerta.

Más allá de los últimos pinos apenas crecía hierba.

Esa noche, Yólotl contó una historia de Iztaccíhuatl que Popocatépetl no conocía.

La joven había escondido durante días una pequeña vasija rota porque temía que castigaran a la niña que la había dejado caer. Al descubrirla, Yólotl le preguntó cuánto tiempo pensaba guardar los pedazos.

Iztaccíhuatl respondió que hasta aprender a unirlos.

Malinal sonrió entre lágrimas.

Su padre se cubrió la boca con una mano.

Popocatépetl escuchó cada detalle.

Comprendió cuántas partes de su vida no había alcanzado a conocer: la forma en que había aprendido a tejer, los juegos que prefería, las palabras que usaba cuando se enfadaba con quienes podían responderle sin miedo.

Se habían amado dentro de un tiempo demasiado estrecho.

La muerte lo había cerrado antes de que pudiera preguntar más.

—Cuéntame otra —pidió.

Yólotl acomodó la manta sobre sus piernas y continuó.


Al amanecer, el viento golpeaba el muro del refugio.

Citlali salió a examinar el cielo. Regresó con el rostro enrojecido.

—Podemos llegar a la plataforma antes de que entren esas nubes.

Señaló hacia la cumbre alargada.

—Está protegida por dos salientes. Desde allí se ve el valle.

Técpatl revisó el alimento.

—Después habrá que bajar. No podemos pasar otra noche más arriba.

Popocatépetl asintió.

Nadie le preguntó qué había aceptado exactamente.

Prepararon la parihuela y salieron.

El último tramo no tenía árboles.

El suelo cambiaba entre piedra oscura y tierra suelta. Los hombres se detuvieron varias veces para recuperar el aliento.

Popocatépetl tomó uno de los extremos de la parihuela.

Técpatl intentó relevarlo cuando advirtió que el hombro volvía a dolerle.

—Todavía puedo —dijo el guerrero.

—No tienes que demostrarlo.

Popocatépetl lo miró.

Después entregó la carga.

Continuó caminando al lado de Iztaccíhuatl, sosteniendo la antorcha con la mano sana.

Al llegar a la plataforma, Citlali ayudó a retirar las piedras pequeñas. Extendieron varias mantas sobre una superficie lisa y acomodaron el cuerpo.

La joven quedó tendida con el rostro hacia el cielo.

Una nube pasó sobre ellos.

Durante unos instantes, todo pareció suspendido entre la luz y la sombra.


Su padre se arrodilló.

Le acarició el cabello como había hecho cuando era niña y despertaba asustada por las tormentas.

—Quisiera haber sabido escucharte antes —dijo.

No pidió perdón por una sola decisión. Habló del matrimonio, de los días en que la había hecho esperar, de la facilidad con que convertía sus deseos en asuntos secundarios.

Yólotl se acercó después.

Acomodó el borde azul sobre los pies de la joven.

Malinal besó su frente.

Citlali y los cargadores permanecieron a distancia, hasta que el señor los llamó para agradecerles.

Popocatépetl fue el último en arrodillarse.

Dejó la tira bordada junto al pájaro de madera.

—Aquí termina el bosque —susurró—. Quería enseñártelo.


Las nubes empezaron a subir por la ladera.

Técpatl y Citlali intercambiaron una mirada. Debían marcharse.

El explorador se acercó a Popocatépetl.

—Bajaremos hasta el refugio.

El guerrero siguió junto al cuerpo.

—Llévalos antes de que cambie el tiempo.

Técpatl aguardó.

—Ven con nosotros.

Popocatépetl levantó el rostro.

—Quiero quedarme esta noche.

Malinal se acercó al escuchar.

—Entonces alguien se quedará contigo.

—Mañana pueden volver por mí.

Su madre lo miró largamente.

No había en su voz desafío ni una despedida pronunciada a escondidas. Solo un cansancio tan hondo que parecía haberle quitado la capacidad de pensar más allá de aquella noche.

Técpatl dejó comida, mantas y leña al abrigo de las piedras.

—Volveré al amanecer —dijo.

Popocatépetl asintió.

Malinal lo abrazó.

—Te estaré esperando abajo.

Él cerró los brazos alrededor de ella.

Cuando se separaron, la mujer tocó su rostro una vez más.

El grupo comenzó a descender.

El padre de Iztaccíhuatl se volvió muchas veces hasta que la niebla le impidió distinguir la plataforma.

Técpatl fue el último en abandonar el lugar.

Antes de hacerlo, comprobó que el fuego estuviera protegido del viento y que las provisiones quedaran al alcance del guerrero.

Popocatépetl lo vio desaparecer entre las piedras.

Después se sentó junto a Iztaccíhuatl.

La antorcha iluminaba su perfil.

Durante horas le habló de cosas que había pensado contarle al regresar: una broma de Yaotl, el hombre que los guio hasta la población, el momento en que supo que el paso estaba abierto.

Cada relato encontraba el mismo silencio.


Al anochecer, comenzó a caer nieve.

Popocatépetl levantó una manta para proteger el rostro de Iztaccíhuatl y acercó la leña al fuego.

Pero los copos no se derretían sobre la tela.

Se quedaban allí, brillando con una claridad tenue que no parecía venir de la antorcha.

El guerrero se inclinó.

La manta blanca se extendía sobre la piedra de una forma distinta. Su borde parecía continuar más allá de donde lo habían colocado.

Popocatépetl retiró la mano.

Bajo sus dedos, la superficie conservó una tibieza imposible.

Escuchó entonces un ruido profundo.

No llegó del viento ni de una piedra desprendida.

Venía de debajo de él.

La tierra se movió apenas, como un pecho que toma aire después de una larga quietud.

Popocatépetl miró el rostro de Iztaccíhuatl.

La nieve había dibujado alrededor de su cabello una línea blanca que seguía creciendo sobre la montaña.

—¿Iztaccíhuatl?

La llama se levantó recta. El viento había dejado de tocarla.