Capítulo 15 de 15

El mar que le prometió

La lluvia cesó poco antes del amanecer.

Rodrigo lo supo porque dejó de sentir los golpes del agua sobre la espalda. Durante lo que quedaba de la noche había permanecido inclinado sobre Morgana y el niño, protegiéndolos bajo la capa. Al principio del silencio creyó oírla respirar.

Le apartó el cabello de la cara.

—Morgana.

Esperó. Una gota cayó de las hojas y resbaló por la mejilla inmóvil. Rodrigo la secó con el pulgar.

El niño se removió contra su pecho. Seguía vivo. Aquello le exigió levantarse cuando todo en él quería quedarse junto a ella.

Lo acomodó dentro de la camisa y se ajustó una tira ancha de tela para sostenerlo sin apretarlo. Al notar el contacto, el pequeño giró la boca buscando algo que su padre no podía darle.

Rodrigo cerró los ojos.

No había tiempo para terminar una casa, esperar una señal ni seguir corrigiendo la barca durante semanas. El niño necesitaba a alguien que pudiera alimentarlo. En la isla no había otra mujer.

Besó a Morgana en la frente.

—Tengo que llevarlo con gente —susurró—. Voy a hacerlo hoy.

La claridad le permitió examinar lo que quedaba del refugio. El rincón bajo la lona aún estaba seco. Encontró la cesta, el peine y las camisas diminutas, una de ellas con las mangas de distinto tamaño.

Se sentó un instante. Pasó el dedo por las puntadas y comprendió cuánto tiempo había vivido ella preparando sola aquella llegada.

El llanto le dobló el cuerpo. Lo interrumpió un movimiento del niño.

Rodrigo se secó la cara con el hombro y buscó la carta.

Seguía dentro de la caja, envuelta en el mismo retal encerado que había sobrevivido al naufragio. La guardó junto al peine y a la tablilla donde Morgana había aprendido a llevar la cuenta de los días. Tomó también dos camisas y las mantas menos húmedas.

La cadena verde estaba en su bolsillo. La había llevado la tarde anterior, antes de que empezara la tormenta, sin saber si llegaría a atreverse a mostrarla.

Ahora sacó el vestido azul del lugar donde Morgana lo conservaba doblado, debajo del lecho. Le había devuelto la prenda después de llevársela con el arcón; ella la había lavado y remendado sin volver a ponérsela.

Rodrigo le limpió la cara y recogió su cabello. Trabajó con una lentitud que tuvo que imponerse, deteniéndose para atender al niño. Al abrochar la cadena recordó las risas de la primera vez, cuando el cierre se enredó entre los mechones.

Esta vez sus manos no encontraron ayuda.

La envolvió en una parte limpia de la vela y eligió para ella un claro próximo a la laguna, en una elevación donde el agua no se había quedado estancada. La tierra estaba blanda. Con la pala pequeña que guardaban bajo la plataforma comenzó a abrir la sepultura.

Dejó al niño en la cesta, sobre las telas secas, al alcance de su mano. Cada vez que lloraba se detenía, lo acercaba al pecho y procuraba devolverle calor. Miraba el cielo entre las ramas. Nunca había deseado tanto que unas horas duraran más sin impedir que avanzaran.

Cuando la tierra estuvo preparada llevó a Morgana entre los árboles.

Era el último trayecto que harían juntos.

Antes de cubrirla le puso entre las manos el saquito. Lo había abierto de nuevo: dentro seguía la semilla y nada más.

Durante meses había permitido que aquel objeto pesara más que la voz de ella.

—No sé cómo pedirte perdón por lo que hice.

El niño lloró en la cesta. Rodrigo volvió la cara hacia él.

—Voy a cumplirlo —dijo.

Cubrió a Morgana despacio. Recogió unas flores blancas cerca del arroyo y las extendió sobre la tierra. Habría querido buscar más, pero el pequeño volvía a mover la boca, inquieto, y no tenía derecho a perder otra hora por lo que él necesitaba.

Marcó la cabecera con una tabla del barco. Talló el nombre con el cuchillo.

MORGANA.

Se quedó mirando las letras irregulares.

—Tu madre decía que una firma podía entenderse aunque no saliera derecha —murmuró, levantando al niño.

Le besó la frente.

—Voy a llamarte Gabriel. Y voy a hablarte de ella.

Apoyó la mano en la tierra una última vez.

Después tomó el camino del norte.

El sendero estaba lleno de ramas. Avanzó con el niño protegido contra su cuerpo y las pertenencias de Morgana a la espalda. Al llegar al arroyo encontró parte del paso cubierta de agua; buscó un lugar menos profundo y cruzó apoyándose en un palo.

No se permitió pensar en cuántas veces había podido recorrer aquel mismo camino durante los meses anteriores.

La barca continuaba donde la había asegurado, por encima de la marea, entre dos rocas. Una rama había rasgado la cubierta de lona, pero el casco no tenía daños nuevos. Las pruebas de las últimas semanas habían corregido las filtraciones. Estaba lista desde antes de lo que él había querido admitir.

Preparó agua, el remo de respeto y unas provisiones. Abrió el arcón para tomar una sola bolsa de monedas. Las demás riquezas quedaron allí. Anotó en una hoja dónde se encontraban y la guardó con la carta: ya no pensaba en ellas como un premio que pudiera repartir a su antojo.

Desde la elevación al oeste se distinguía una vela.

Rodrigo se quedó quieto.

El barco pasaba más allá de la franja de arrecifes. Estaba demasiado lejos para que una voz lo alcanzara, pero seguía la derrota que él había observado días antes.

Encendió el fuego de señales con las brasas que habían resistido protegidas bajo una olla. Echó encima hojas húmedas hasta levantar una columna espesa. Después ató una tela clara a una pértiga y la fijó junto a la playa.

Miró al niño. Gabriel abría los ojos por momentos y volvía a cerrarlos. Rodrigo no sabía cuánto significaba aquella quietud; no quiso convertir su ignorancia en tranquilidad.

Lo acomodó en la cesta, dentro del hueco cubierto de la embarcación, protegido del sol y de las salpicaduras. Empujó el casco hasta que la corriente le llegó a las rodillas y subió.

Conocía el paso entre los arrecifes. Lo había probado sin carga cuando el tiempo era bueno. Aquella mañana el mar aún se movía con fuerza, pero el viento lo ayudaba a salir de la bahía.

Se inclinó sobre Gabriel.

—Vamos a buscar ayuda.

Después izó la vela.

La isla comenzó a alejarse. Entre los árboles quedaban una casa destruida, una tumba y las cosas que ya no tendría ocasión de decir.

Rodrigo mantuvo el rumbo hacia el barco. A ratos dejaba el remo para comprobar que la manta no cubriera la cara del niño. Volvía a llamar y a levantar el brazo, aunque nadie parecía haberlo visto.

La vela mayor cambió de ángulo.

Tardó en creerlo.

Un destello apareció sobre la cubierta. Luego distinguió una embarcación pequeña separándose del costado.

Rodrigo se llevó una mano a la boca.

No supo si gritó o si intentó respirar.

Los hombres del bote tardaron en llegar. El patrón le hizo señas para que no se acercara más a una zona de espuma. Cuando pudieron hablar, Rodrigo solo consiguió decir que llevaba un recién nacido.

—¿Y la madre? —preguntó el hombre.

Rodrigo miró hacia la isla.

El patrón dejó de preguntar. Uno de los marineros pasó a la barca para ayudarlo a recoger al pequeño.

Los izaron a bordo a primera hora de la tarde. La nave, una embarcación mercante que llevaba vino y pasajeros hacia Canarias, había visto el humo al variar su ruta después del temporal. El capitán mandó traer mantas y llamó a una mujer que viajaba con su marido y una hija de pocos meses.

Se llamaba Beatriz.

Rodrigo se quedó mirando sus brazos cuando ella se ofreció a tomar a Gabriel.

—Puedo darle de mamar —dijo—. Pero necesito que me lo entreguéis.

Él aflojó los dedos con dificultad.

La mujer se sentó a resguardo y recibió al niño dentro de una manta. Su hija dormía en brazos del marido. A Rodrigo le pidieron espacio; obedeció y quedó de pie junto al mamparo, con las manos abiertas.

Beatriz tardó en levantar los ojos.

—Está mamando —le dijo al fin.

Rodrigo tuvo que apoyarse en la pared.

No hubo una alegría completa. El sonido de aquella voz llegó hasta el lugar donde acababa de perder a Morgana y lo encontró sin defensa.

El capitán lo llevó a un banco.

—¿De qué barco venís?

Rodrigo miró la cubierta, los hombres que esperaban una respuesta, el niño que al fin recibía lo que necesitaba.

Podía inventar otro nombre. Había sobrevivido haciendo cosas peores.

—De la Santa Brígida —respondió—. Soy Rodrigo de Valcárcel.

El capitán lo reconoció. La expresión se le cerró.

Rodrigo dejó el cuchillo sobre la mesa y puso al lado la bolsa de monedas.

—Ayudad al niño. Después haré la declaración que me pidáis.

Lo hicieron permanecer vigilado durante el resto de la travesía. No discutió. Beatriz volvió varias veces junto a Gabriel; su marido, que se llamaba Diego, ayudó a conseguir ropa seca. Nadie prometió que todo iría bien.

El niño necesitó cuidados y paciencia durante las semanas siguientes. En tierra buscaron a una mujer que pudiera continuar alimentándolo. Rodrigo pagó su trabajo por medio de las personas que custodiaban sus bienes, sin pretender comprar con ello afecto ni silencio. Cuando le permitieron verlo, encontró a Gabriel dormido con una mano junto a la cara.

Se sentó cerca y empezó a hablar.

Le contó cómo Morgana discutía por el lugar de una escalera. Cómo guardaba la mitad de una naranja. Cómo se había reído al descubrir que un muchacho cosía una bolsa a su propio pantalón.

Le habló también de los carros, aunque apenas conociera sus ruidos; de una abuela que debía de seguir buscándola y de un primo que tocaba música al final del día.

Tendría que aprender mucho para poder contárselo bien.

Al declarar no presentó el secuestro como un arrebato de amor. Dio los nombres que recordaba de los barcos atacados y señaló el lugar donde había dejado el resto de la carga recuperada. La justicia decidiría lo que correspondiera. A él le tocaba dejar de esconderlo.

Pidió que la carta llegara a Sanlúcar y añadió otra hoja.

En ella escribió quién era, cómo había apartado a Morgana de su familia y dónde la había enterrado. La descripción de la isla ocupó una página entera: el paso entre los arrecifes, el arroyo, la laguna y el claro donde había tallado su nombre.

No encontró una manera breve de explicar el abandono.

Lo escribió de todos modos.

La carta tardó en encontrar a Alda.

Esteban y Tomás habían regresado a Sanlúcar después de seguir noticias por varias poblaciones. Durante meses enviaron preguntas a los puertos, hablaron con patrones de barcos y dejaron sus nombres donde alguien aceptaba escucharlos. La primera noticia del naufragio les había llegado sin una lista de supervivientes.

Alda no había permitido que guardaran las cosas de Morgana.

Cuando Esteban terminó de leer la segunda carta, la anciana permaneció sentada junto al carro. Tenía en las manos el pañuelo que su nieta había dejado la mañana del secuestro.

—Léeme primero la de ella —pidió.

Su hijo volvió a empezar.

Que no he olvidado el camino de vuelta, aunque todavía no sé cómo recorrerlo.

Alda apretó el pañuelo contra la boca.

Tomás se alejó unos pasos. No logró llegar hasta los árboles antes de empezar a llorar.

El viaje para encontrarse con el niño se preparó con ayuda de un comerciante que había conocido a Esteban en el puerto. Hubo documentos, esperas y gastos que Rodrigo había autorizado cubrir con lo que pudiera utilizarse legítimamente después de rendir cuentas de sus bienes.

Cuando Alda llegó, Gabriel ya seguía con los ojos los movimientos de una mano.

La mujer que lo cuidaba se lo entregó despacio. La anciana le sostuvo la cabeza y reconoció, en un gesto mínimo de la boca, algo de su nieta.

—Aquí estás —murmuró.

Rodrigo permanecía junto a la puerta, acompañado por el hombre encargado de vigilarlo.

Alda lo miró por primera vez.

Él había imaginado preguntas, golpes, palabras que no tendría derecho a discutir. La anciana no hizo nada de aquello.

—Ella quería volver —dijo.

—Sí.

—No te pregunté si la quisiste.

Rodrigo inclinó la cabeza.

—Lo sé.

Esteban recibió después la caja con la carta, el peine, la tablilla y las camisas. Tomás desplegó una de las prendas pequeñas. La miró mucho tiempo antes de volver a doblarla.

No le dijeron a Rodrigo que estaba perdonado.

Él les entregó la hoja donde había dibujado la isla.

—Quiero que sepáis dónde está. Si algún día podéis ir…

La voz se le quebró.

Alda sostuvo a Gabriel más cerca.

—No volverá a estar sola mientras podamos recordarla.

Los asuntos de Rodrigo quedaron en manos de la justicia. La familia permaneció cerca del niño durante las declaraciones y, más tarde, lo llevó consigo. La mujer que lo alimentaba los acompañó mediante un acuerdo que Esteban se aseguró de que comprendiera y aceptara. Gabriel creció entre voces que conocían a su madre desde antes de que fuera famosa por sus visiones.

Aprendió que arreglaba sus propias faldas, que regalaba monedas cuando alguien no había comido y que bailaba porque disfrutaba haciéndolo. Alda conservó la carta envuelta en tela. Tomás volvió a tocar, primero en voz baja y después junto a los otros músicos.

También llegaron noticias de Simón. Un bote de un mercante lo recogió al día siguiente del naufragio, cuando ya no tenía fuerzas para mantenerse sobre una tabla. Había pasado meses recuperándose en tierra y trabajando en una casa de comerciantes. Inés supo de él por uno de sus patrones y consiguió hacer llegar el mensaje a Esteban. Del destino de Baltasar no hubo certeza.

Inés añadió que seguía en la ensenada. Cifuentes se había marchado al saber que la Santa Brígida estaba perdida; sin barco que arrebatar, buscó otra presa. Ella conservaba el nombre del vendedor de agujas de Sanlúcar y por él había podido hacer llegar las noticias. Alda pidió a Esteban que le respondiera. No quería que otra persona siguiera esperando una carta que ya no iba a escribir Morgana.

Años después, Simón visitó a la familia con una mujer y una niña pequeña. Al ver a su hija dormida en sus rodillas, recordó el patio que Morgana había descrito.

No dijo que todas las visiones se cumplieran. Besó la cabeza de la niña y preguntó si podía contarle a Gabriel cómo había conocido a su madre.

El muchacho escuchó sin interrumpir.

Para entonces sabía que el padre que veía en las visitas permitidas había hecho daño a Morgana. Nadie había convertido su historia en un romance sin heridas. Rodrigo tampoco pidió que se la contaran así.

Cuando Gabriel tuvo edad para comprenderlo, fue él quien volvió a decirle la verdad.

—Tu madre me quiso. Eso no vuelve justo lo que le hice.

El niño miró sus manos.

Rodrigo dejó que preguntara. Contestó hasta donde sabía, sin atribuir sus decisiones a una semilla, a un hechizo ni a un destino que pudiera descargarlo de responsabilidad.

Una tarde, mucho tiempo después, Gabriel le pidió que lo acompañara a ver el mar. Rodrigo ya podía salir y trabajar en tierra, aunque había cosas de su antigua vida que no podría recuperar. Caminaron hasta una playa próxima a Sanlúcar. Alda los esperaba cerca de las dunas, con Esteban, mientras Tomás hablaba con un pescador.

Gabriel se quitó los zapatos.

—¿A ella le gustaba?

Rodrigo contempló el agua.

—Aprendió a querer algunos lugares. Nunca debió llegar a ellos por la fuerza.

El muchacho dejó que una ola le cubriera los pies. Tenía los ojos atentos y el cabello oscuro pegado a la frente.

Rodrigo llevaba las manos vacías. La carta de Morgana estaba a salvo con Alda. El niño ya no necesitaba que lo sostuvieran para acercarse a la orilla.

Se quedó a su lado cuando retrocedió el agua.

—Cuéntame otra vez cómo bailaba —pidió Gabriel.

Rodrigo miró hacia la familia que los esperaba. Alda levantó una mano, indicándoles que aún tenían tiempo.

Y él empezó por aquella tarde en que Morgana alzó los brazos junto al fuego, antes de que nadie le arrebatara el camino.

FIN

Esta novela es una obra de ficción ambientada libremente en el siglo XVI. La isla del naufragio y varios lugares de la travesía son imaginarios. Las visiones pertenecen al mundo fantástico del relato; los rituales se presentan como prácticas simbólicas de esta familia ficticia. Los personajes y sus costumbres no pretenden representar al conjunto del pueblo gitano.