Capítulo 14 de 15

La muerte en la mano equivocada

Morgana había llegado al cuarto peldaño cuando el viento arrancó una parte del techo.

La lona se levantó con un chasquido y quedó azotando las ramas. Ella se aferró al cabo junto a la escalera. Bajo el otro brazo llevaba la cesta con la ropa del niño; el odre le golpeaba la cadera a cada movimiento.

Esperó a que pasara la ráfaga.

La lluvia le entraba en los ojos.

El niño se movió y Morgana apoyó un instante la mano sobre el vientre.

—Ya bajamos.

Continuó despacio.

Al llegar al suelo dejó la cesta bajo el refugio que había preparado junto al tronco. Allí no caía tanta agua. La lona baja resistía y el pequeño surco desviaba parte de la corriente.

Se arrodilló para apartar unas hojas que habían obstruido la salida.

Entonces oyó el crujido.

Alzó la cabeza.

Más allá del arroyo, un árbol se inclinaba sobre las copas vecinas. Las ramas se engancharon unas con otras y, durante un instante, pareció que iban a sostenerlo.

Morgana retrocedió.

La raíz salió de la tierra con un sonido profundo.

No tuvo tiempo de ponerse de pie.

El golpe la lanzó contra el suelo. Sintió un dolor que le vació los pulmones y después el peso de una rama sobre la cadera y las piernas.

Abrió la boca.

No salió ningún sonido.

La lluvia le golpeaba la cara.

Intentó moverse y el dolor volvió, más intenso, extendiéndose hacia la espalda.

—Ayuda.

La voz se perdió entre los truenos.

Morgana clavó los dedos en el barro.

La cesta había quedado a poca distancia, volcada bajo una esquina de lona. Una manga diminuta asomaba entre las telas.

Intentó alcanzarla.

No pudo.

Se quedó quieta, respirando en bocanadas pequeñas.

Al cabo de un rato sintió una presión distinta en el vientre. Esperó a que pasara, pero volvió con más fuerza.

No era el dolor de la rama.

Morgana bajó la mirada.

Entre el agua y el barro empezó a distinguir sangre.

Negó con la cabeza.

—Todavía no.

La siguiente contracción le dobló el cuerpo hasta donde el peso de la madera se lo permitió.

Gritó.

Rodrigo la oyó antes de encontrar la casa.

Se detuvo en mitad del sendero, con el agua cayéndole por la cara.

El grito volvió.

Echó a correr.

Tuvo que rodear un tronco caído y pasar entre ramas que le desgarraron la manga. Cuando llegó al claro, vio la plataforma inclinada y una parte del techo colgando entre los árboles.

—¡Morgana!

Ella intentó responder.

Rodrigo la encontró al seguir el movimiento de su mano entre las hojas.

Se arrodilló junto a ella.

Durante un instante no comprendió lo que estaba viendo: la rama atravesada sobre su cuerpo, la sangre, el vientre abultado bajo la camisa mojada.

Morgana le agarró la muñeca.

—Ayúdame.

Él se inclinó sobre la madera.

Intentó levantarla con ambas manos. Apenas consiguió moverla y Morgana gritó.

Rodrigo se detuvo de inmediato.

—Perdona. Perdona.

Buscó alrededor con desesperación.

Había una tabla gruesa caída junto a la escalera. La arrastró hasta la rama, colocó una piedra debajo y empezó a hacer palanca. La madera cedió muy poco, pero bastó para aliviar parte del peso.

—Morgana, mírame.

Ella tenía los ojos cerrados.

—Tienes que intentar salir cuando yo levante.

Morgana asintió sin fuerzas.

Rodrigo empujó con todo el cuerpo.

La rama se alzó lo suficiente.

Ella consiguió girarse, pero una pierna quedó atrapada. Rodrigo cambió de posición, volvió a levantar y tiró de ella con un brazo hasta dejarla fuera.

La cubrió con su propio cuerpo cuando otra ráfaga sacudió los árboles.

Morgana se aferró a su camisa.

—El niño.

Rodrigo miró su vientre.

No pudo hablar.

Ella soltó una exclamación y apretó los dedos sobre su brazo.

Él entendió.

La levantó con el mayor cuidado que pudo y la llevó hasta un hueco protegido entre la base del árbol y las tablas caídas de la casa. Extendió la capa bajo su espalda y apartó las ramas que podían golpearla.

Morgana respiraba con dificultad.

Rodrigo le apartó el cabello de la boca.

—Estoy aquí.

Ella lo miró.

Había barro en su barba, sangre en una mejilla y un miedo que Morgana nunca le había visto.

Otra contracción la obligó a cerrar los ojos.

Rodrigo buscó la cesta.

Recogió las telas sin detenerse a mirarlas y las llevó junto a ella. Tenía las manos torpes, incapaces de permanecer quietas.

—Dime qué hago.

Morgana negó con la cabeza.

También ella tenía miedo. Había presenciado preparativos, escuchado indicaciones desde fuera de los carros, llevado agua a las mujeres que asistían a su abuela. Nunca había imaginado aquello: el bosque partiéndose alrededor y su hijo llegando antes de lo que ella había calculado.

—No me dejes sola.

Rodrigo apoyó la frente contra la suya.

—No voy a moverme.

El dolor volvió.

Morgana gritó contra su hombro.

Él la sostuvo, hablándole sin saber qué decía. Le repetía su nombre, le pedía que lo mirara, le prometía que encontrarían una manera.

La lluvia caía al otro lado del refugio.

A veces una ráfaga empujaba el agua hasta ellos y Rodrigo levantaba la capa para cubrirla mejor. Todo parecía ocurrir demasiado deprisa y, al mismo tiempo, prolongarse sin fin.

Morgana apretó su mano.

Él vio el sufrimiento atravesarle el rostro.

Después sintió un movimiento pequeño entre las telas.

El niño nació con un sonido débil, casi perdido bajo un trueno.

Rodrigo se quedó inmóvil.

Era pequeño. Tenía los ojos cerrados y los brazos recogidos. Durante unos segundos Rodrigo no oyó más que la tormenta. Después el niño movió las piernas y abrió la boca.

—¿Vive? —preguntó Morgana.

Él acercó la cara.

El niño hizo un esfuerzo y dejó escapar otro quejido.

Rodrigo sintió que le fallaban las piernas.

—Sí.

Lo acercó al pecho de Morgana y los cubrió con una de las telas que había permanecido seca en el fondo de la cesta.

Ella buscó al pequeño con las manos.

—Déjame verlo.

Rodrigo apartó lo justo para que pudiera mirar su cara.

Morgana sonrió.

Era una sonrisa agotada, incrédula.

—Hola —susurró.

Rodrigo tuvo que apartarse las lágrimas con el hombro.

Recordó fragmentos de lo que había visto hacer años atrás a una mujer en un puerto. Con dos tiras de lino aseguró el cordón y, usando la navaja que llevaba al cinto, lo separó con manos temblorosas.

Después envolvió mejor al niño y volvió a colocarlo contra su madre.

Morgana le besó la frente.

Rodrigo miró la sangre que seguía extendiéndose bajo ella.

La alegría se le quebró.

Acercó más telas, intentó protegerla del frío y se inclinó para comprobar sus heridas. Había una zona oscura bajo las costillas y cada respiración parecía costarle más.

—Tenemos que salir de aquí —dijo—. En cuanto afloje la lluvia…

Morgana lo sujetó.

Su mano estaba fría.

Él la cubrió con ambas.

La palma quedó abierta entre ellos.

Morgana bajó los ojos.

Vio las líneas.

Esta vez la imagen llegó completa.

La lluvia sobre un rostro era la lluvia sobre su propia cara. La mano que se enfriaba era la suya. Rodrigo intentaba retenerla mientras el niño lloraba entre ambos.

No había visto morir a su amado.

Había visto cómo él la perdería.

Morgana dejó escapar una respiración que se convirtió en un sollozo.

Rodrigo le acarició la mejilla.

—No. No llores. Voy a sacarte de aquí.

Ella lo miró con una tristeza que lo hizo callar.

—Era yo.

Él frunció el ceño.

Morgana reunió fuerzas.

—La muerte que vi… era la mía.

Rodrigo negó lentamente.

Ella sostuvo su mano con lo poco que le quedaba.

—Aquella noche, cuando te miré la palma… vi sangre. Vi una mano que se iba. Creí que eras tú.

El rostro de Rodrigo empezó a cambiar.

Morgana cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos.

—Los rituales eran para protegerte.

Él dejó de respirar.

—Morgana…

—Cuando te lo dije, creí que podía explicarlo… —Tuvo que detenerse—. Pero yo tampoco lo entendía. No sabía cómo salvarte.

Rodrigo recordó la vela junto al arroyo, las flores, el hilo entre sus dedos.

Que tus ojos vuelvan a abrirse junto a mí.

Había oído aquellas palabras. También había oído a Morgana explicarle que temía por su vida. Recordó cómo la había interrumpido. Ella le había dicho que no intentaba obligarlo a quedarse, y él había seguido buscando una acusación que le permitiera marcharse.

Se inclinó sobre ella.

—Perdóname.

Morgana movió apenas la cabeza.

—Quise decírtelo…

—No.

La palabra salió rota.

Rodrigo apoyó la mano contra su mejilla.

—Me lo dijiste. No quise escucharte. Me fui. Te dejé aquí.

Ella intentó acariciarle la cara.

Él acercó el rostro a sus dedos.

—Te amo —dijo—. No dejé de amarte ni un solo día.

Morgana lo miró largamente.

El niño se movió entre ambos.

Ella bajó los ojos hacia él y la mano le cayó despacio sobre la manta.

Rodrigo se la sostuvo.

—Quédate conmigo.

Un relámpago iluminó el refugio.

Morgana tragó saliva.

—Cuídalo.

Él negó, incapaz de aceptar la petición.

—Lo cuidaremos.

Ella hizo un esfuerzo por acercar al pequeño.

Rodrigo la ayudó a acomodarlo.

—Enséñale el mar —susurró—. Pero no lo que hacías en él.

Él agachó la cabeza.

—Te lo prometo.

—Que sepa de dónde vengo. Búscalos… a mi abuela.

Rodrigo la besó en la frente.

—Los encontraré.

Morgana respiró con dificultad.

—Que sea bueno.

Él le apretó la mano contra el pecho.

—Lo será.

La tormenta golpeó los árboles con una fuerza nueva. Una rama cayó cerca y lanzó barro contra las tablas, pero Rodrigo no se apartó.

Morgana lo miraba.

Había perdido el miedo en los ojos.

—Rodrigo…

Él acercó la boca a su oído.

—Estoy aquí, amor. Estoy aquí.

Ella intentó sonreír.

Después sus dedos dejaron de moverse.

Rodrigo esperó la siguiente respiración.

La llamó en voz baja.

Luego más fuerte.

Morgana permaneció quieta, con el rostro vuelto hacia el niño.

Él la abrazó con cuidado, sosteniendo al pequeño entre los dos.

Durante mucho tiempo siguió hablándole.

Le dijo que había terminado casi toda la barca. Que podían marcharse en cuanto mejorara el tiempo. Que llevaría la carta, que buscaría a Alda, que haría cuanto ella le pidiera si abría los ojos una vez más.

La lluvia siguió cayendo.

El niño lloró débilmente contra el pecho de su padre.

Rodrigo bajó la cara y lo cubrió con la parte seca de su camisa. Después apoyó la frente sobre la de Morgana y la sostuvo así, mientras la tormenta sacudía el refugio y el mundo comenzaba a existir sin ella.