Capítulo 13 de 15

Las semanas que nadie pudo devolver

La primera vez que Morgana sintió moverse al niño estaba sentada junto a la laguna.

Había ido a lavar unas tiras de tela y se entretenía deshaciendo un nudo que el agua había apretado. Notó algo tan leve bajo el vientre que permaneció inmóvil, con los dedos sumergidos.

Esperó.

El movimiento no se repitió.

Se apoyó una mano sobre la piel y sonrió con una incredulidad que enseguida le llenó los ojos de lágrimas.

—¿Has sido tú?

Un pájaro se movió entre las ramas.

Morgana soltó una pequeña risa.

Permaneció allí hasta que empezó a enfriarse. Cuando se levantó, recogió las telas una por una y caminó despacio hacia la casa, protegiéndose el vientre con el brazo cada vez que una rama invadía el sendero.

Esa noche habló más que de costumbre.

Le contó al niño que su bisabuela podía distinguir el paso de cada mula sin salir del carro. Le habló de Tomás, que tocaba incluso cuando estaba enfadado, y de Esteban, que regateaba durante una hora por algo que ya había decidido comprar.

Después guardó silencio.

Llevaba semanas evitando pronunciar otro nombre.

Se acomodó sobre el lecho y miró la abertura por la que entraba la luz de la luna.

—Tu padre sabe hacer casas —dijo al fin—. Mira esta. La hizo para que no volviéramos a dormir sobre la tierra mojada.

Rozó una tabla junto a su cabeza.

—Una vez puso la escalera donde yo quería, aunque estaba convencido de que debía ir al otro lado.

Sonrió apenas.

La sonrisa desapareció cuando recordó el saquito roto entre sus dedos.

Se volvió hacia la pared.

Al norte, Rodrigo empezaba cada mañana mirando el sendero.

No lo hacía de manera consciente. Bajaba de la plataforma, recogía el agua y, antes de encaminarse a la playa, se detenía unos segundos frente al paso entre los árboles.

Durante los primeros días había esperado verla regresar.

Después empezó a preguntarse si tendría suficiente comida.

Reunió varios peces secos y los dejó cerca del cruce del arroyo, en el mismo lugar donde había depositado provisiones otras veces.

Al volver dos días más tarde, el paquete seguía allí.

Lo abrió.

El olor le hizo apartar la cara.

Arrojó la comida y se quedó mirando la tela vacía.

No sabía si Morgana había encontrado el paquete y lo había rechazado o si ya no utilizaba aquel camino. La posibilidad de que estuviera enferma apareció con tanta fuerza que dio varios pasos hacia el sur.

Se detuvo al recordar su última conversación.

¿Cómo puedo saber si es verdad?

Cerró los ojos.

Había repetido aquella pregunta tantas veces que ya no conseguía oírla sin sentir vergüenza.

Regresó a la bahía y se puso a trabajar.

No fue la única vez que eligió volver. Una mañana llegó hasta el sendero que subía a la casa de Morgana. Oyó un golpe de madera: ella estaba reparando algo. Pudo anunciarse. Prefirió dejar el paquete en el suelo y retroceder antes de que lo viera.

Aquella noche intentó decirse que respetaba el deseo de ella de no buscarlo. Se levantó del lecho, incapaz de seguir escuchando su propia mentira. Morgana no le había pedido que desapareciera. Le había pedido que la escuchara.

Aun así, al amanecer volvió a la embarcación. El miedo a descubrir un vientre que desmintiera sus acusaciones se había vuelto más fuerte que la inquietud por saber si estaba a salvo. Cada jornada le facilitaba repetir la misma cobardía.

La embarcación estaba casi terminada. Había preparado un casco estrecho, reforzado las uniones y construido una pequeña cubierta donde guardar provisiones. Durante las semanas siguientes la probó en la bahía y corrigió las filtraciones. Preparó un aparejo pequeño y un remo de respeto. Habría podido organizar la salida cuando llegaran días estables; seguía retrasándola porque tendría que buscar a Morgana y escuchar lo que ella decidiera hacer.

Durante horas pudo pensar en medidas, nudos y madera.

Al caer la noche, Morgana volvía a ocuparlo todo.

A veces sacaba el saquito y lo colocaba sobre la mesa.

La semilla seguía dentro.

Rodrigo había navegado entre hombres que llevaban medallas, estampas, dientes de animales y trozos de madera a los que atribuían protección. Baltasar guardaba una cinta de su hija dentro de una caja y se enfurecía si alguien la tocaba.

Recordaba aquello y sentía que algo empezaba a ceder en sus certezas.

Luego volvía a oír su propio nombre en la voz de Morgana junto al arroyo.

Le bastaba no comprender un gesto para imaginar el peor propósito.

Una noche tomó la aguja y el hilo que había guardado entre las herramientas. Intentó cerrar el saquito.

Las puntadas le quedaron grandes.

Al terminar lo dejó junto a la cadena de piedra verde.

No durmió bien.

Morgana había empezado a soltar las costuras de sus camisas.

La ropa le apretaba bajo el pecho y cada vez le costaba más inclinarse para calzarse. Utilizó una de las prendas que Rodrigo le había dejado en el barco para cortar dos piezas pequeñas.

Las sostuvo frente a ella.

Nunca había cosido ropa tan diminuta.

Probó a unir los lados y descubrió que una manga había quedado mucho más estrecha que la otra.

Se rio sola.

—Vas a tener que perdonarme algunas cosas.

Deshizo la costura y volvió a empezar.

Preparó también una cesta con ropa limpia. La colocó en el rincón más protegido de la casa, lejos de la abertura y de las goteras que aparecían cuando la lluvia venía del este.

El trabajo le daba una tranquilidad que no encontraba en ningún otro lugar.

Si había una camisa que terminar, sabía qué hacer durante la siguiente hora.

Había vuelto a practicar la escritura. En el reverso de una tela trazó con carbón las palabras que quería añadir para Alda: que había aprendido a pescar, que seguía recordando las canciones y que deseaba volver con el niño. La tela se manchaba y tenía que empezar de nuevo. Era un trabajo suyo, destinado a alguien que la había querido antes de que Rodrigo supiera su nombre.

Algunas noches cantaba lo que recordaba de su madre. No eran fórmulas para cambiar nada. Le permitían escuchar una voz familiar en la casa y pensar en la vida que todavía quería construir para su hijo.

Lo difícil era pensar en lo que vendría después.

Se acordaba de partos que había escuchado desde fuera del carro. Recordaba a Alda calentando agua, a las mujeres entrando y saliendo, a alguien pidiendo otra manta.

Ella estaría sola.

Aquella certeza la obligó a sentarse una tarde en mitad de la escalera.

No consiguió subir ni bajar durante un rato.

Al final apoyó la frente contra la barandilla y respiró hasta poder levantarse.

A partir de entonces dejó provisiones tanto arriba como abajo. Preparó un rincón seco cerca del tronco, bajo una prolongación de la lona, por si llegaba un día en que no pudiera subir.

También ató un cabo nuevo junto a los peldaños para sujetarse mejor.

Mientras tiraba de él, recordó las manos de Rodrigo ajustando el primer nudo.

Se quedó inmóvil.

Después continuó trabajando.

Las lluvias se hicieron más frecuentes.

Al principio llegaban por la tarde y duraban poco. Morgana se sentaba bajo el techo y observaba las gotas caer de las hojas. El aire quedaba fresco y el arroyo corría con más fuerza.

Más adelante hubo días enteros de cielo cubierto.

La ropa tardaba en secarse. Las raíces se volvían resbaladizas y tenía que apartar ramas caídas para llegar al agua.

Morgana abrió un pequeño surco alrededor del rincón cubierto que había preparado bajo la casa. Trabajó despacio, descansando cada poco. Ahora llevaba las cuentas con cuidado: añadía una muesca por cada mañana y agrupaba los días como había aprendido con Alda. Calculaba que habían pasado unos ocho meses desde la última vez que había sangrado. El nacimiento podía llegar durante las semanas siguientes, aunque no supiera señalar un día.

Todavía faltaba.

Se lo repetía cuando sentía miedo.

El niño empezó a moverse con suficiente fuerza para que pudiera distinguirlo desde fuera.

Una noche apoyó sobre el vientre la pequeña camisa terminada.

—Te queda poco sitio ahí dentro, ¿verdad?

Sintió una presión bajo la mano.

Morgana se echó a llorar.

Quiso que Rodrigo lo sintiera.

El deseo llegó tan de golpe que se incorporó y buscó los zapatos.

Permaneció sentada al borde del lecho, con uno en la mano.

Recordó el camino largo, el mareo y la cara de él al preguntarle cómo podía saber si decía la verdad.

Dejó el zapato en el suelo.

No volvió a prepararse para ir.

Rodrigo vio humo una mañana desde una loma.

Era una columna delgada, apenas visible sobre el bosque del sur.

Se quedó observándola hasta que una ráfaga la deshizo.

Morgana estaba viva.

La certeza le produjo un alivio que le dobló las rodillas.

Se sentó sobre una piedra y se cubrió la cara.

Habían pasado casi cinco meses desde que ella fue a buscarlo. Lo comprendió al intentar recordar cuántas veces había cambiado la luna, cuántas reparaciones había hecho en la barca, cuánto tiempo llevaba diciendo que iría al día siguiente.

Casi cinco meses.

Si Morgana esperaba un hijo, el nacimiento ya no podía estar lejos.

Pensó en ella subiendo la escalera.

Recordó que al principio se detenía para sujetarse al tronco.

Se puso de pie.

Dio varios pasos hacia el sendero del sur y esta vez no regresó a la playa.

Llegó hasta el arroyo cuando el cielo empezó a oscurecer.

El agua bajaba turbia, cargada de hojas.

Rodrigo miró las copas de los árboles. El viento había cambiado de dirección y llegaba en ráfagas irregulares, con pausas que volvían el bosque extrañamente silencioso.

Reconoció aquella quietud.

No le gustó.

Regresó a su refugio para asegurar las herramientas y recoger una cuerda, el cuchillo y la capa.

Encontró el saquito sobre la mesa.

Lo guardó.

Después sacó la cadena de piedra verde. La guardó en el bolsillo, avergonzado de haber pensado alguna vez que podía sustituir con ella una respuesta. La devolvería si Morgana la quería; si no, la dejaría donde ella dijera. No pretendía que un objeto hablara por él.

Antes de bajar miró hacia el sur.

Una masa de nubes oscuras cubría ya las colinas.

Al otro lado de la isla, Morgana recogía la ropa tendida.

Tenía el vientre redondo y el cabello pegado al cuello por el calor húmedo. Cada vez que se inclinaba debía abrir las rodillas para encontrar espacio.

El primer trueno la sorprendió con una manta entre los brazos.

Miró el cielo.

La luz había adquirido un tono gris amarillento que hacía parecer enfermas las hojas.

Subió la manta y aseguró la abertura de la pared. Guardó la ropa del niño dentro de la cesta y la cubrió con una tela seca.

El viento golpeó la casa.

Morgana apoyó una mano en el poste.

La plataforma se movió lo suficiente para que el agua del cuenco temblara.

Esperó.

Llegó otra ráfaga, más fuerte.

Fuera, una rama se quebró y cayó sobre el sendero.

Morgana miró hacia la escalera.

El rincón de abajo quedaba protegido por el terreno, pero había ramas que podían golpear la lona. Arriba tenía paredes y un techo que Rodrigo había reforzado. Intentó recordar cuál de los dos lugares sería más seguro.

Un relámpago iluminó la habitación.

El trueno llegó casi de inmediato.

Morgana tomó la cesta, la capa y el odre.

Decidió bajar mientras aún podía ver los peldaños.

Al norte, Rodrigo acababa de cruzar el arroyo.

La lluvia empezó a caer con tal violencia que en pocos pasos tuvo la camisa pegada al cuerpo. Se protegió la cara con el brazo y siguió avanzando.

Un árbol crujió cerca.

Rodrigo se detuvo para localizar el sonido.

La copa se inclinó lentamente hacia el sendero.

Echó a correr antes de que el tronco terminara de partirse.

El golpe sacudió la tierra detrás de él.

Permaneció unos segundos bajo la lluvia, respirando con dificultad.

Entonces pensó en la casa de Morgana, en su escalera entre los árboles y en el vientre que él no había querido creer.

—Por favor —dijo.

No supo a quién se lo pedía.

Apretó el paso hacia el sur mientras, por encima del bosque, otro relámpago abría el cielo.