Capítulo 12 de 15
La noticia que cruzó la isla
Morgana volvió a contar los días cuando llegó a la casa.
Se sentó junto a la mesa y extendió sobre la madera varias piedrecitas. Una por cada semana que creía recordar desde la noche en que había besado a Rodrigo junto al fuego.
No estaba segura de todas las fechas.
En la isla, el tiempo había dejado de tener nombres. Lo medían las lluvias, la fruta que maduraba y las piezas que iban añadiendo a la embarcación. Las primeras marcas de su tablilla tenían huecos y no sabía con exactitud qué días correspondían a los comienzos. Desde que Rodrigo se había marchado llevaba una cuenta más cuidadosa.
Apartó dos piedras.
Después volvió a colocarlas.
Apoyó una mano sobre el vientre.
Apenas percibía una curva distinta, una firmeza leve bajo la piel. Hasta entonces la había atribuido a la comida o al cansancio de los días.
Llevaba cerca de tres meses sin sangrar.
Pensó en las mujeres a las que había acompañado su abuela. Recordó mañanas de náuseas, quejas por olores que antes les gustaban y aquella manera de quedarse quietas cuando empezaban a sospechar.
Morgana se llevó la otra mano a la boca.
Durante un instante sonrió.
La expresión se deshizo enseguida.
Miró el lecho vacío, la ropa remendada que colgaba junto a la pared y el lugar donde Rodrigo dejaba sus zapatos para no llenar la casa de arena.
—Rodrigo —susurró.
El nombre sonó como una llamada.
Se levantó demasiado deprisa y tuvo que sujetarse de la mesa.
Esperó hasta que pasó el mareo.
Luego salió a buscar agua.
No quería llegar hasta él temblando, con la cara sucia y una noticia que todavía no sabía cómo pronunciar. Se lavó junto al arroyo, se peinó despacio y eligió la camisa menos gastada.
Mientras se recogía el cabello, empezó a imaginar el encuentro.
Él la vería acercarse. Tal vez dejaría la herramienta que tuviera en la mano. Morgana le diría que necesitaban hablar y, esta vez, Rodrigo la escucharía.
No pretendía regresar a su lado sin respuestas.
Todavía le dolían las palabras sobre las joyas. Seguía despertándose algunas noches con el recuerdo de aquella mano que se apartó de la suya.
Pero había un hijo.
Un hijo de ambos.
Se quedó mirando su reflejo en el agua hasta que dejó de intentar reconocer en él una expresión nueva.
Después preparó un pequeño atado con fruta y llenó el odre.
El camino hacia el norte era largo.
Rodrigo lo había recorrido varias veces, pero Morgana solo conocía una parte. Tendría que cruzar el arroyo más arriba, bordear las rocas oscuras y buscar un paso entre dos elevaciones desde donde se veía la otra bahía.
Antes de marcharse volvió a entrar en la casa.
Sacó la carta para Alda.
La sostuvo un momento contra el pecho.
—Ojalá estuvieras aquí —murmuró.
La guardó y comenzó a caminar.
El bosque estaba húmedo por la lluvia de la noche anterior. Algunas hojas le rozaban las piernas y las raíces la obligaban a vigilar cada paso. Hacía poco había aprendido a reconocer el ruido de los lagartos al apartarse entre la maleza, pero aquella mañana cada movimiento la sobresaltaba.
Cuando llegó al cruce del arroyo, se detuvo.
Bebió y comió un poco de fruta.
Tenía ganas de llegar y miedo de hacerlo.
Pensó en regresar para esperar al día siguiente. Podía estar equivocada con las semanas. Tal vez debía darse más tiempo.
Entonces apoyó la mano sobre el vientre.
No sintió nada.
Sin embargo, la posibilidad de aquella vida bastó para que se pusiera de pie.
Rodrigo estaba ajustando una rama contra la plataforma cuando la oyó.
Levantó la cara.
Al principio creyó que el cansancio le había hecho confundir el movimiento de las hojas. Después Morgana apareció entre los árboles con el odre cruzado al cuerpo y una mano apoyada en un tronco.
Él bajó de inmediato.
—¿Qué ha pasado?
La pregunta salió antes de que recordara las demás.
Morgana se detuvo a unos pasos.
Había imaginado tantas veces su cara que verlo de verdad le produjo una punzada en el pecho.
Tenía la barba más crecida y una herida pequeña en el antebrazo. Detrás se levantaba una casa estrecha, sostenida entre dos árboles, con una escalera más empinada que la de ella.
—Necesitaba hablar contigo.
Rodrigo miró el sendero.
—¿Has venido sola?
Morgana asintió.
Él apretó los labios, como si hubiera estado a punto de reprochárselo y no encontrara forma de hacerlo sin caer en algo absurdo.
Se apartó.
—Siéntate.
Había un tronco tendido a la sombra.
Morgana se sentó y dejó el odre a sus pies.
Rodrigo permaneció de pie.
Ella vio la distancia entre ambos. Dos pasos apenas. Le pareció mucho mayor que todo el camino que había recorrido.
—¿Estás enferma? —preguntó él.
Morgana negó despacio.
Se había preparado las palabras durante horas. Ahora ninguna parecía servirle.
—Creo que vamos a tener un hijo.
Rodrigo no se movió.
Ella levantó la cara.
Lo vio mirar su vientre y después volver a sus ojos.
—¿Qué has dicho?
Morgana se humedeció los labios.
—Hace casi tres meses que no sangro. Tengo náuseas. Me canso… —Se detuvo—. Creo que estoy esperando un hijo.
El silencio duró tanto que empezó a oír el agua golpeando las piedras de la bahía.
Rodrigo retrocedió un paso.
No fue alegría lo que apareció en su rostro.
Morgana lo comprendió antes de que hablara.
—Ahora esto.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
Él miró hacia la casa y pasó una mano por la barba.
—Justo ahora.
Morgana sintió que la piedra sobre la que apoyaba la mano se había vuelto demasiado fría.
—No he elegido cuándo saberlo.
Rodrigo dejó escapar una risa breve, sin humor.
—Has tenido tiempo para pensarlo.
Ella se puso de pie.
—¿Pensar qué?
Él abrió la boca, pero tardó en responder.
Llevaba semanas imaginando aquella conversación. En unas versiones Morgana confesaba entre lágrimas; en otras se enfurecía y él conseguía mantenerse firme. Ahora la tenía delante, cansada por el camino, y todo lo que había preparado le resultaba insuficiente.
Aun así, siguió.
—Te vi.
Morgana se quedó inmóvil.
—Junto al arroyo —añadió—. Con las flores, el cuenco y aquel hilo. Te oí decir mi nombre.
Ella dejó de respirar un instante.
Rodrigo metió la mano en el bolsillo y sacó el saquito.
Lo sostuvo entre dos dedos.
La costura estaba rota.
—Y encontré esto dentro de mi ropa.
Morgana miró la tela.
El alivio de saber qué había sucedido llegó mezclado con un horror nuevo.
—Rodrigo…
—¿Cuánto tiempo?
Ella levantó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Él apretó el saquito.
—¿Desde el campamento? ¿Desde antes de que me acercara a hablarte? No lo sé. He intentado recordar cuándo empezó.
Morgana tardó en comprender hasta dónde había llegado su sospecha.
Cuando lo hizo, sintió que le faltaba fuerza en las piernas.
—¿Crees que te hice quererme?
Rodrigo apartó la mirada.
—Yo no era así.
Ella lo observó en silencio.
Él señaló el bosque con un movimiento brusco.
—No podía pensar en otra cosa. Te ibas unas horas y yo estaba pendiente del camino. Te veía dormir y… —Se interrumpió, avergonzado de lo que todavía le ocurría al recordarlo—. Luego te encuentro haciendo esas cosas a escondidas.
Morgana bajó los ojos hacia el saquito.
Había cosido aquellas puntadas temblando, convencida de que podían acompañar una petición de protección. Ahora la semilla parecía una prueba contra ella.
Quiso explicarlo.
Tendría que contarle la visión: la sangre, la mano que se enfriaba, la certeza que la había empujado a arrodillarse junto al agua.
Rodrigo ya no la miraba como antes.
Si le decía que había visto la muerte, quizá él oyera una amenaza. Si le pedía que tuviera cuidado, recordaría las rocas y pensaría que ella había preparado un peligro.
—Tenía miedo por ti —dijo—. Vi sangre. Pensé que ibas a morir y quise protegerte.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Y ahora me dices que puedo morir si me aparto de ti?
—No he dicho eso. No sé cuándo pasará ni…
—Basta.
La interrupción la dejó sin aire. Morgana lo miró, comprendiendo que él había convertido una explicación en otra prueba contra ella.
—Lo que vi no te obliga a quedarte conmigo. Yo nunca te he obligado.
Rodrigo apretó los dedos sobre el saquito. No quería recordar lo que aquella última frase decía también de él.
—Dime que no lo hiciste —exigió él.
Ella miró la tela rota.
—Cosí una semilla en tu ropa. Lo hice sin preguntarte y puedo responder por eso. Pero no hice un ritual para que me amaras.
Él volvió a mirar el cuenco que recordaba entre las raíces.
—Eso es lo que dices ahora.
Morgana dejó de buscar la frase que pudiera convencerlo. Había respondido. Él estaba eligiendo no creerla.
Rodrigo recibió aquel silencio posterior como una confirmación, desechando las palabras que acababa de escuchar.
La expresión se le endureció.
—Y ahora vienes con un hijo.
Morgana se llevó una mano al vientre.
—No hables así.
Él se quedó mirando aquel gesto.
Por un instante deseó acercarse. Imaginó la palma apoyada allí, la voz de Morgana despertándolo una noche, un niño dormido entre ambos.
La esperanza le dolió tanto que la convirtió en rabia.
—¿Qué esperabas? ¿Que volviera contigo sin preguntar nada?
Morgana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Esperaba decírtelo.
Rodrigo respiró con fuerza.
Ella recogió el odre.
Al inclinarse, un mareo la obligó a sujetarse del tronco.
Él dio un paso.
Morgana levantó una mano para detenerlo.
Consiguió enderezarse sola.
—No he venido por las joyas —dijo.
Rodrigo arrugó el borde del saquito entre los dedos.
—Ni por los vestidos. Ni porque no pueda conseguir comida.
Él seguía sosteniendo el saquito.
Morgana lo contempló una última vez.
—He venido porque, cuando lo comprendí, quise buscarte.
La voz se le quebró al final.
Rodrigo no supo qué hacer con aquello.
Ella se volvió hacia el sendero.
—Morgana.
Se detuvo.
Él tenía tantas preguntas que acabó eligiendo la peor.
—¿Cómo puedo saber si es verdad?
Ella cerró los ojos.
Durante unos segundos esperó encontrar alguna palabra que no le hiciera más daño.
No la encontró.
Se ajustó el odre y siguió andando.
Rodrigo permaneció junto al tronco hasta que dejó de oírla.
Después subió a su refugio y puso el saquito sobre la mesa. Había abierto un pequeño cajón para guardar las joyas. La cadena verde brillaba entre las monedas.
Las empujó hacia el fondo.
Se sentó y esperó a que Morgana regresara.
Imaginó que aparecería otra vez para discutir, que terminaría gritándole lo que no había querido decir. Podía soportar su enfado. Lo que empezaba a inquietarlo era recordar la manera en que se había alejado.
Al caer la tarde bajó hasta el inicio del sendero.
No vio a nadie.
Morgana llegó a su casa casi al anochecer.
Había tenido que descansar varias veces. Durante el último tramo caminó llorando, sin intentar limpiarse la cara.
Subió la escalera, dejó el odre junto a la mesa y se sentó en el suelo.
No encendió el fuego.
La oscuridad fue llenando la habitación.
Cuando el frío le alcanzó los brazos, buscó la capa y se cubrió. Permaneció allí hasta que el hambre la obligó a comer un poco de fruta.
Después se acostó.
Apoyó ambas manos sobre el vientre.
Todavía no sabía cómo sería cuidar de un recién nacido en aquel lugar. Tendría que preparar ropa, guardar comida, aprender a pedirle menos esfuerzo a su cuerpo.
Pensó en Alda y volvió a llorar.
Más tarde, ya sin lágrimas, empezó a hablar en voz baja.
Le contó al hijo que esperaba el ruido de los carros al amanecer, el olor de la leña húmeda y la manera en que su abuela fingía enfadarse cuando alguien repetía comida.
Al otro lado de la isla, Rodrigo seguía despierto.
Morgana se quedó dormida con una mano bajo la mejilla y la otra sobre el vientre, sin saber que aquella tarde había sido la última vez que él la vería durante casi cinco meses.