Capítulo 11 de 15
Lo que el miedo hizo del amor
Morgana regresó cuando la vela se hubo consumido.
Subió despacio, procurando no hacer crujir la escalera. Traía el cuenco contra el pecho y una flor blanca pegada a la manga. Antes de entrar se la quitó con cuidado y la dejó sobre la barandilla.
Rodrigo estaba sentado al borde del lecho.
La lámpara iluminaba sus manos.
Morgana se detuvo en la puerta.
—Creía que dormías.
Él levantó la cara.
Durante un instante pareció querer preguntarle algo. Morgana esperó, con el cuenco todavía entre los brazos.
Rodrigo miró hacia sus rodillas.
—No podía.
Ella dejó las cosas sobre la mesa.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
Se acercó un paso.
Él se levantó.
Morgana vio entonces el jubón extendido sobre la manta. El forro estaba vuelto hacia fuera.
Sintió un sobresalto, pero Rodrigo lo recogió antes de que pudiera comprobar la costura.
—Voy a salir —dijo.
Ella miró la abertura de la pared. Afuera apenas empezaba a aclarar.
—Todavía es de noche.
—Ya lo sé.
Pasó junto a ella sin tocarla.
Morgana se quedó escuchando sus pasos hasta que desaparecieron entre los árboles.
Buscó el pequeño saquito en el suelo, debajo del lecho y junto al arcón. No lo encontró.
Se sentó, con el corazón golpeándole demasiado deprisa.
Podía haberse desprendido. La tela del forro era vieja y las puntadas habían quedado mal hechas. Quizá Rodrigo solo se hubiera enganchado al trabajar.
Bajó de nuevo para buscarlo en el camino.
El amanecer la encontró de rodillas, apartando hojas húmedas.
Rodrigo no volvió a desayunar.
Morgana dejó una porción de fruta sobre la mesa y llevó el resto hasta la playa. Lo encontró inclinado sobre la embarcación, sujetando una tabla con el pie mientras intentaba ajustar una unión.
Había hecho una pila con las herramientas.
—Te he traído comida.
—Déjala ahí.
Ella buscó un lugar limpio sobre una roca.
Rodrigo continuó trabajando.
—Puedo sujetarte eso.
—No hace falta.
Morgana esperó a que levantara la cabeza.
—¿Estás enfadado conmigo?
La herramienta dejó de moverse.
Rodrigo tenía los nudillos blancos alrededor del mango.
—Necesito terminar esto.
Ella miró el casco. Faltaban piezas, el fondo seguía abierto en un extremo y aún no habían decidido cómo preparar una vela pequeña.
—No puedes hacerlo todo hoy.
—Puedo trabajar sin que me interrumpan.
Morgana retrocedió.
Él oyó el cambio en su respiración y estuvo a punto de volverse.
No lo hizo.
Cuando ella se marchó, Rodrigo dejó la herramienta y se llevó ambas manos a la cara.
La sospecha había pasado la noche creciendo dentro de él.
En ocasiones conseguía mirarla de frente y reconocer lo absurdo de ciertas ideas. Morgana le había dicho que no en el camino del pozo. Lo había rechazado en el barco. Había pedido volver con su familia incluso cuando él le ofrecía cuanto tenía.
Después recordaba las flores alrededor del cuenco, el hilo entre sus dedos y su propio nombre pronunciado una y otra vez.
Sacó el saquito del bolsillo.
La semilla descansaba en el fondo, junto a unos restos de hilo.
No entendía para qué servía aquello.
Su ignorancia le producía una vergüenza que pronto se convertía en rabia.
Guardó la bolsa antes de que ella pudiera regresar.
Durante los días siguientes empezó a llevarse cosas de la casa.
Primero fueron las herramientas. Después una cuerda, dos mantas y una parte de la carne conservada.
Morgana lo vio bajar con un atado al hombro.
—¿Adónde llevas eso?
—Al norte.
Ella se quedó en el último peldaño.
Al mirarlo desde allí comprendió que él había tomado la decisión antes de preguntarle nada. Esa certeza la enfureció, aunque todavía no supiera de qué la acusaba.
—¿Para qué?
Rodrigo acomodó el peso.
—Hay una bahía más tranquila. La embarcación estará mejor allí.
Aquello era cierto. También lo era que había encontrado dos árboles adecuados para levantar otra plataforma, lejos del arroyo donde la había visto arrodillarse.
Morgana bajó hasta él.
—Podemos trasladar la casa si hace falta.
Rodrigo apartó la mirada.
—Voy a hacerlo yo.
Ella tardó en comprender.
—¿Vas a vivir allí?
Él asintió.
El sonido del agua parecía demasiado cercano.
Morgana se sujetó la falda para impedir que le temblaran las manos.
—¿Qué ha pasado?
Rodrigo la miró entonces.
Tenía delante una oportunidad sencilla: preguntarle por el cuenco, mostrarle el saquito, escuchar su respuesta.
Pero temía que Morgana supiera convencerlo. Ya había empezado a desconfiar de su propio deseo de creerle.
—Necesito estar solo.
Ella se acercó un poco más.
—Puedes hablar conmigo.
Rodrigo retrocedió.
El movimiento fue pequeño.
Morgana lo sintió como si él hubiera levantado la mano.
—No me toques ahora —dijo.
Ella dejó caer los brazos.
Rodrigo bajó la vista hacia el vestido que llevaba. Era el azul, gastado ya en las rodillas y reparado cerca de la cintura.
Pensó en el arcón. En las monedas, la cadena y la piedra verde.
La idea le llegó con la facilidad cruel de algo que uno necesita creer.
—Parecías bastante contenta con todo esto.
Morgana frunció el ceño.
—¿Con qué?
Él señaló la casa.
—La ropa. Las joyas. Lo que conseguimos sacar del agua.
Ella lo miró sin entender.
—Lo que pudimos usar para no morir de hambre y de frío.
Rodrigo soltó una risa breve.
—Y también hubo cosas que te gustaron.
Morgana recordó haber acariciado la tela azul en el camarote. Recordó sus propias palabras.
Me gusta mucho.
Nunca imaginó que él las hubiera guardado para devolvérselas de aquella manera.
—Sí —dijo—. Me gustó un vestido.
Rodrigo volvió a ajustar el atado.
—Quédate con la ropa que necesites. Voy a llevarme lo demás.
Morgana sintió que el rostro empezaba a arderle.
Subió a la casa.
Él la siguió unos momentos después.
La encontró frente al arcón, sacando las bolsas de monedas y el pequeño estuche de joyas. Las puso sobre la mesa, una junto a otra.
Después se quitó la cadena que él le había colocado semanas atrás mientras ella se peinaba.
Recordaba sus dedos torpes buscando el cierre. Habían terminado riéndose porque el cabello se le enredaba entre las manos.
Dejó la cadena sobre las bolsas.
Rodrigo miró el brillo del oro.
No sintió el alivio que esperaba.
Morgana abrió el cajón donde guardaba la carta. La sacó junto con la aguja, el hilo y un peine.
Él vio sus escasas pertenencias sobre la madera y tuvo que apartar los ojos.
—No he dicho que tengas que…
—Llévatelo.
La voz de ella lo hizo callar.
Morgana empezó a doblar las prendas más finas.
Las colocó sobre el arcón, alisándolas con una atención que le costaba mantener. Había una costura abierta en una manga. La tocó con el pulgar y recordó que había pensado repararla aquella misma tarde.
Rodrigo tomó la primera bolsa.
Las monedas chocaron dentro.
El ruido llenó la habitación.
—Esa capa puedes quedártela —dijo.
Morgana no respondió.
Él esperó junto a la puerta.
Después bajó con el arcón atado a una cuerda y fue arrastrándolo hasta un trineo improvisado con tablas. Hizo varios viajes para transportar lo que había decidido llevarse.
En el último, encontró a Morgana sentada en el borde del lecho.
Había cambiado el vestido azul por una saya sencilla y una camisa amplia. El cabello le caía sobre la cara.
Rodrigo se detuvo.
—Dejaré comida cerca del paso de las rocas.
Ella levantó los ojos.
—No quiero que me dejes comida como si ya no pudiera mirarte.
—Y no te lleves las herramientas que necesito para arreglar esta casa. La construimos entre los dos.
Rodrigo dejó sobre la mesa la pequeña hacha y una parte de los clavos. Ella separó la pala con la que despejaban el cauce. Él la vio hacerlo y no volvió a tocarla.
Él ajustó otra vez la cuerda del atado.
Morgana se puso de pie.
—Dime qué he hecho.
Rodrigo sintió el saquito dentro del bolsillo.
Lo sostuvo a través de la tela.
La pregunta estuvo a punto de salir.
Luego recordó la luz entre los árboles y dio media vuelta.
Morgana lo siguió hasta la plataforma.
—Rodrigo.
Él se detuvo al pie de la escalera.
Ella descendió un peldaño.
La visión volvió sin imágenes completas: lluvia, frío, los dedos de él cerrándose alrededor de una mano.
Sintió terror de dejarlo marchar solo.
—Ten cuidado en las rocas del norte —dijo—. Cuando sube la marea…
Rodrigo levantó la cabeza.
Aquella advertencia, nacida del miedo, le sonó como una manera de recordarle cuánto podía saber.
—Sé caminar por esta isla.
Se alejó antes de escucharla otra vez.
Morgana permaneció en la escalera hasta perderlo de vista.
Luego bajó y recogió de la tierra una hebra azul que se había enganchado al arrastrar el arcón.
La enrolló alrededor de un dedo.
Esa noche durmió en el lecho que él había dejado vacío.
No sabía por qué lo había hecho. El suyo estaba seco, las mantas seguían dobladas y todavía conservaba espacio suficiente para extenderse sin rozar la pared.
Sin embargo, se acostó donde Rodrigo había apoyado la cabeza.
Lloró hasta que el cansancio le permitió quedarse dormida.
Los días adquirieron una lentitud difícil de soportar.
Morgana recogía agua, revisaba las trampas de peces y reparaba la casa. Volvió a colocar una tabla que se aflojaba en la escalera y aprendió a cortar leña más pequeña para no desperdiciar fuerzas.
A veces subía hasta una elevación desde donde podía verse un extremo de la bahía del norte.
Nunca alcanzaba a distinguirlo.
Una tarde encontró comida junto al paso de las rocas.
La dejó allí.
A la mañana siguiente regresó porque tenía hambre y estaba enfadada consigo misma por necesitarla. Recogió el pescado, lo llevó a casa y comió mirando el lugar vacío junto al fuego.
Al otro lado de la isla, Rodrigo construía su refugio entre dos árboles.
Trabajaba hasta hacerse daño en las manos. Por las noches abría el estuche de joyas y lo cerraba enseguida, incapaz de soportar lo inútil que parecía todo sin ella.
Morgana dejó de encender velas junto al arroyo.
Unos días después encontró un atado junto al paso de las rocas. Rodrigo había devuelto el vestido azul, la capa de lana y el estuche de costura. En una hoja había escrito que eran de ella y que no tenía derecho a quitárselos. Morgana llevó la ropa a casa. Guardó el vestido bajo el lecho; aquel pequeño reconocimiento no explicaba su abandono ni le devolvía las conversaciones que él seguía negándose a tener.
Ya no tenía cera.
Continuó sus peticiones con las manos vacías, pronunciando su nombre sobre el agua antes de beber.
Al terminar, permanecía sentada junto a la orilla.
Últimamente el cansancio le llegaba demasiado pronto. Algunos olores de la comida la obligaban a apartarse, aunque después sintiera hambre. Una mañana se inclinó sobre el cauce y tuvo arcadas hasta quedarse temblando.
Creyó que era tristeza.
Días más tarde, mientras lavaba su ropa, se quedó inmóvil con una prenda entre las manos.
Empezó a contar las semanas.
Perdió la cuenta y volvió a empezar.
El agua siguió pasando entre sus dedos mientras Morgana comprendía que llevaba mucho tiempo sin sangrar.