Capítulo 10 de 15

Lo que se pide a escondidas

Rodrigo volvió a dormirse con la mano apoyada en su cintura.

Morgana permaneció despierta.

La lámpara se había consumido casi por completo y la habitación olía a aceite caliente. A través de la abertura de la pared entraba una corriente fresca que movía la camisa colgada junto al lecho.

Ella escuchaba respirar a Rodrigo.

Cada pausa la obligaba a levantar la cabeza.

Cuando él se movió, Morgana retiró despacio su mano y la dejó sobre la manta. No se atrevió a tocarle la palma.

Esperó hasta que la claridad empezó a dibujar las tablas del techo.

Entonces se levantó.

Bajó descalza por la escalera y caminó hacia la laguna con una sensación de frío que no correspondía a la mañana. Se arrodilló junto al agua y bebió. Después se mojó la cara, intentando apartar de sus ojos aquella imagen de lluvia y sangre.

No lo consiguió.

Recordaba los dedos aferrándose a otra mano. Había sentido la pérdida con una violencia que todavía le dolía en el pecho.

Pero no había visto con claridad el rostro.

Alda siempre insistía en eso.

Morgana podía escucharla mientras observaba las ondas de la laguna.

No añadas a una visión lo que tienes miedo de encontrar.

Se abrazó las rodillas.

Había visto la muerte al tocar la mano de Rodrigo. Le parecía imposible que significara otra cosa.

Una rama crujió detrás de ella.

Se volvió tan deprisa que perdió el equilibrio.

Rodrigo se acercó.

—No estabas arriba.

Llevaba el cabello revuelto y la camisa abierta. Se agachó a su lado y le apartó una hoja pegada al hombro.

Morgana buscó su cara, la cicatriz, la pequeña arruga que se le formaba entre las cejas cuando se preocupaba.

—No podía dormir.

Él miró el agua.

—¿Por lo de anoche?

Ella asintió.

Rodrigo le acarició la nuca.

—Fue un sueño.

Morgana sintió que la mentira de la noche anterior se cerraba alrededor de ambos.

Apoyó la frente en su hombro.

—Sí.

Él la abrazó sin preguntar más.

Durante el desayuno, Rodrigo habló de la embarcación.

Había encontrado varios troncos adecuados y quería aprovechar las tablas del barco para reforzar el fondo. Aún necesitaba resolver cómo unir las piezas sin gastar todos los clavos recuperados.

Morgana lo escuchaba mientras separaba la pulpa de un fruto.

—Podríamos navegar cerca de la costa hasta encontrar un paso entre los arrecifes —dijo él—. No quiero probar el casco con carga.

Ella levantó la cabeza.

—¿Entrarías solo?

Rodrigo la miró.

—Para comprobar que no hace agua.

—No.

Él sonrió, creyendo que bromeaba.

Morgana dejó el fruto.

—No quiero que lo hagas solo.

La sonrisa desapareció.

—Todavía falta mucho para eso.

Ella volvió a separar la pulpa, aunque había dejado de tener hambre.

Rodrigo estiró la mano sobre la mesa y le rozó los dedos.

—Te avisaré antes.

La facilidad con que él aceptó aquella inquietud la hizo sentirse peor.

Esa tarde, mientras Rodrigo trabajaba en la playa, Morgana abrió el arcón.

Las prendas estaban ordenadas sobre una tela seca. A un lado guardaba la carta para Alda, el pequeño envoltorio con la semilla y las pocas cosas que consideraba suyas.

Sacó el estuche de costura.

Recordó una noche de su infancia en la que Esteban había tardado demasiado en regresar. Alda cerró la entrada del carro, encendió una vela y colocó un cuenco de agua sobre la mesa.

No había prometido traerlo de vuelta con aquello.

Había dicho que necesitaba reunir sus pensamientos para no enloquecer esperando.

Morgana buscó entre sus recuerdos los gestos exactos.

Encontró un retal claro y cortó un cuadrado pequeño. Preparó la aguja y dejó a un lado una hebra larga para poder colgar el saquito cuando estuviera terminado.

Era una labor sencilla. En su familia habían usado saquitos parecidos como recuerdos de protección, cada uno con objetos elegidos por quien los cosía. Alda guardaba un pedazo de tela del primer vestido de su hija.

Morgana sostuvo la semilla sobre la palma.

Había llegado con ella desde la ensenada.

Seguía entera.

La colocó sobre el retal, dobló la tela y cerró los bordes con puntadas. Después sujetó la hebra larga y murmuró el nombre de Rodrigo.

Después apoyó el pequeño amuleto contra su pecho.

—Que vuelvas —dijo.

Lo repitió hasta que dejó de temblarle la voz.

Cuando oyó pasos, escondió la labor bajo la falda.

Rodrigo apareció cargando unas tablas.

—He encontrado otra caja junto a las rocas.

Morgana se puso de pie.

—¿Qué tenía?

—Herramientas pequeñas. Algunas están demasiado oxidadas, pero hay una barrena que puede servir.

Dejó las tablas y se acercó a besarla.

Ella respondió con una necesidad que lo hizo detenerse.

Rodrigo le sostuvo la cara.

—¿Qué ocurre?

Morgana lo atrajo otra vez hacia sí.

—Te echaba de menos.

Él miró hacia la puerta, donde todavía entraba el sol.

—Solo he estado unas horas fuera.

Ella intentó sonreír.

—Pues no tardes tanto mañana.

Rodrigo la besó en la frente.

Esa noche, Morgana cosió el saquito al interior de su jubón mientras él dormía.

Trabajó junto a la abertura de la pared, aprovechando la claridad de la luna. Cada vez que Rodrigo se movía, escondía la aguja entre los dedos.

Al terminar, pasó la mano sobre las puntadas.

No se sintió aliviada.

Eso la llevó a intentarlo de nuevo.

Días después preparó un lugar entre unas raíces, cerca de un tramo del arroyo que Rodrigo rara vez visitaba. Llevó un cuenco, agua limpia y una pequeña vela hecha con restos de cera.

Quería hacer las cosas despacio, como recordaba a Alda.

Colocó el cuenco sobre una piedra firme y encendió la vela a resguardo del viento. A su alrededor puso tres flores blancas que crecían cerca de la laguna.

El agua le servía para fijar la mirada; la luz, para sostener la petición. Aquellos elementos pertenecían a las costumbres de su abuela, mezcladas con oraciones y gestos aprendidos en distintos caminos.

Morgana los conocía.

Lo que no conocía era aquella desesperación.

Sacó de su bolsillo un hilo arrancado de la camisa de Rodrigo y lo sostuvo entre ambas manos.

—Que no se rompa tu camino.

La llama se inclinó.

Ella protegió la vela con la palma.

—Que encuentre regreso tu cuerpo. Que tus ojos vuelvan a abrirse junto a mí.

Repitió su nombre.

Después permaneció allí hasta que la cera se consumió.

Al levantarse, tenía las piernas dormidas.

No vio a Rodrigo entre los árboles.

Él había ido a buscarla cuando encontró la casa vacía. Primero pensó que estaría en la laguna. Luego oyó su propia voz pronunciada por ella y se detuvo.

Desde donde estaba solo distinguía el cuenco, la llama y el hilo sujeto entre sus dedos.

Había querido acercarse.

Pero Morgana miró hacia el sendero con tal sobresalto que Rodrigo retrocedió por instinto.

La vio recogerlo todo con rapidez.

Esperó hasta que ella regresó a la casa y volvió a la playa.

Allí se quedó mirando el casco a medio hacer.

Recordó la noche del baile, su decisión de seguirla, la violencia con que había deseado llevársela. Nunca se había sentido orgulloso de aquello. Desde que Morgana lo besó por primera vez, había preferido pensar que podían construir algo después del daño.

Ahora le volvió una frase escuchada en el barco.

Las mujeres iban a buscarla para conseguir amor.

Rodrigo hundió los dedos en una tabla.

Se avergonzó de lo que estaba pensando.

Morgana no lo había obligado a mandar a sus hombres al camino. Tampoco a cerrar los ojos ante sus ruegos.

Pero la sospecha le ofrecía un lugar donde apartar aquella culpa, y él se quedó mirándolo demasiado tiempo.

Cuando regresó, ella preparaba pescado junto al fuego.

Levantó la cara y sonrió.

Rodrigo sintió deseos de arrodillarse a su lado.

En vez de hacerlo, fue a lavarse las manos.

—¿Has avanzado? —preguntó ella.

—Algo.

Morgana acomodó una hoja bajo la comida.

—He guardado fruta para mañana. Podríamos ir a la bahía del norte.

—Tengo trabajo.

Morgana miró las manos con las que él sujetaba la tabla. Recordó que, antes del miedo, habían hablado de regresar a Sanlúcar y de entregar juntos la carta. Había querido mostrarle a su abuela sin anunciar que estaba pidiendo permiso para quererlo. Ahora todo lo que pensaba acababa en la misma necesidad de protegerlo. La estrechez de aquella preocupación la asustó: estaba dejando fuera hasta su propio regreso.

Ella lo miró.

—Podemos ir cuando termines.

Rodrigo se secó las manos sin responder.

Durante la cena, Morgana intentó hablarle de un pájaro que había entrado en la casa. Él hizo una pregunta distraída y dejó la mitad de la comida.

Después salió otra vez.

Ella lo encontró sentado junto al agua.

Se acercó y apoyó una mano en su hombro.

Rodrigo se tensó antes de poder evitarlo.

Morgana retiró los dedos.

—¿Te he hecho daño?

Él miró su mano.

—No.

Ella esperó.

Rodrigo tenía los ojos fijos en el mar.

—Estoy cansado.

Morgana se sentó a su lado, dejando un pequeño espacio entre ambos. Pensó en la tormenta, en la sangre que había visto, en una muerte que seguía sin saber cuándo llegaría.

Quiso contárselo.

Abrió la boca.

Rodrigo se puso de pie.

—Vuelve a la casa. Voy enseguida.

Morgana lo vio alejarse hacia las tablas de la embarcación.

Aquella noche él se acostó de espaldas.

Ella permaneció mirando el techo, con el brazo recogido contra el pecho para no rozarlo.

Esperó a que se durmiera antes de levantarse.

Rodrigo abrió los ojos en cuanto la oyó bajar.

Un rato después apareció una luz pequeña entre los árboles.

Se incorporó y tomó el jubón.

Al ponérselo sintió algo cosido en el forro.

Buscó con los dedos hasta encontrar el saquito.

Lo arrancó de un tirón.

La costura cedió y una semilla oscura cayó sobre la manta.

Rodrigo la contempló durante mucho tiempo.

Abajo, junto al arroyo, Morgana volvió a pronunciar su nombre, convencida de que aún podía salvarlo.