Capítulo 9 de 15
Un lugar donde quedarse
Durante los primeros días, Morgana despertaba antes de abrir los ojos.
Escuchaba los pájaros, el agua entre las piedras y el roce de Rodrigo al levantarse. Después recordaba dónde estaban y permanecía inmóvil bajo la capa, reuniendo fuerzas para otra jornada de búsqueda.
Recorrieron la costa hasta donde las rocas les permitieron avanzar.
Encontraron dos cuerpos más. Uno era Gaspar.
Morgana lo reconoció por la bolsa de cuero que seguía cruzada sobre su pecho. Se arrodilló junto a él y le limpió la arena de la frente con el borde de la falda.
Rodrigo esperó detrás.
—Me enseñó a sujetar una herida —dijo ella.
Él asintió.
No abrió la bolsa hasta después de enterrarlo. Dentro había vendas, un peine pequeño, agujas y varios frascos rotos. Separó lo que podía servir y dejó el resto junto a la sepultura.
A Simón no lo encontraron.
Durante semanas, Morgana miró con atención cada bulto que la marea dejaba en la playa.
La casa y la niña de la visión regresaban a su memoria. Si las imágenes mostraban siempre algo que iba a ocurrir, Simón tenía que haber sobrevivido. Pero Alda nunca le había permitido convertir una visión incompleta en una certeza. Morgana conservó la esperanza sin dejar que le impidiera seguir buscando.
Rodrigo también lo hacía, aunque procuraba que ella no lo viera.
La isla era mucho mayor de lo que habían pensado.
Desde una elevación descubrieron colinas cubiertas de bosque, una larga franja de arrecifes y otra bahía al norte. La laguna se extendía entre árboles, alimentada por varios cauces pequeños que descendían desde el interior.
Había frutos que Rodrigo reconocía de sus viajes y otros que ninguno se atrevió a probar. Aprendieron dónde se reunían los cangrejos al bajar la marea y encontraron un lugar del arroyo donde podían atrapar peces pequeños con una cesta hecha de ramas.
El hambre dejó de ocuparles todos los pensamientos.
Rodrigo reunió leña seca en dos alturas y preparó fuegos para avisar a cualquier nave. Morgana cosió una tela clara que pudieran agitar desde la playa. Durante los meses siguientes vieron velas demasiado lejos y una embarcación que no cambió de rumbo. Los arrecifes escondían la entrada de la bahía; esperar que alguien desembarcara por casualidad no bastaba.
Ella empezó a marcar los días sobre una tabla con la punta del cuchillo. Al principio olvidaba alguna señal. Después se obligó a hacerla al despertar. Quería poder decirle a Alda cuánto tiempo había pasado, aunque tuviera que aprender a ordenar las semanas desde el naufragio.
Entonces apareció el cansancio de vivir agachados bajo una vela húmeda.
Una mañana, Morgana salió del refugio después de descubrir hormigas dentro de la ropa seca.
Rodrigo la encontró sacudiendo la capa.
—Tenemos que elevar el suelo —dijo ella.
Él miró hacia unos árboles cercanos.
—Podemos hacer una plataforma.
Trabajaron durante días.
Los restos del barco seguían proporcionando tablas, clavos y cabos. Rodrigo había recuperado una pequeña hacha de una caja de herramientas; la afiló con paciencia y empezó a cortar ramas.
Morgana le pasaba cuerdas, clasificaba las maderas y discutía cada decisión que afectara al espacio.
—La escalera por aquí —dijo una tarde.
Rodrigo negó con la cabeza.
—Ahí queda más lejos del agua.
—Y más cerca de este tronco. Puedo sujetarme al subir.
Él observó el lugar.
Después cambió de lado la primera tabla.
Morgana lo miró trabajar sin añadir nada.
La casa quedó levantada entre dos árboles robustos, sobre una plataforma baja que dejaba el suelo fuera de su alcance. Tenía paredes desiguales, un techo inclinado de madera y lona, y una abertura desde la que se veía un extremo de la laguna.
Rodrigo hizo dos lechos separados.
Ella buscó un rincón para sus propias cosas: la carta, la semilla y una bolsa con agujas. Por las tardes practicaba las letras que recordaba. Rodrigo le mostraba otras cuando se lo pedía, y Morgana copiaba los nombres de Alda, Esteban y Tomás. Quería escribirles sin dictar a nadie lo que sentía.
Algún día saldría de la isla. Pensar en ese regreso la ayudaba a levantarse incluso cuando el mar parecía cerrado por todas partes.
La primera noche, Morgana durmió sin despertarse para comprobar si el mar seguía subiendo.
Con el paso de las semanas, él empezó a hablar de cosas que no eran comida, agua o herramientas.
Le contó que su padre había trabajado descargando barcos y que murió aplastado entre dos cargamentos. Su madre cosió para otras familias hasta que la vista empezó a fallarle.
—Yo creía que el dinero arreglaría todo —dijo, sentado junto al fuego.
Morgana separaba fibras para una cuerda.
—¿Y lo arregló?
Rodrigo movió una rama entre las brasas.
—Cuando pude conseguirlo, ella ya había muerto.
Morgana dejó de trabajar.
El fuego iluminaba la cicatriz de su ceja.
—Lo siento.
Él asintió y permaneció callado un rato.
Después le preguntó por Alda.
Morgana habló hasta que se consumió casi toda la leña. Le contó cómo su abuela podía reconocer por el ruido una rueda mal ajustada, cómo guardaba monedas en tres sitios distintos y cómo fingía no recordar los nombres de los hombres que le caían mal.
También le habló de las palabras que usaban entre ellos y que casi nunca decía fuera del campamento. Algunas habían cambiado al pasar por distintas familias y caminos. Su abuela se reía de la manera en que Tomás las pronunciaba. Morgana se negó a enseñárselas todas de una vez.
—Tendrás que preguntarles cuando los encontremos.
Rodrigo aceptó la condición sin decir que ya los conocía por lo que ella contaba. No era lo mismo.
Rodrigo se rio.
Ella lo miró, sorprendida por el sonido.
Él se dio cuenta y bajó la cabeza, todavía sonriendo.
Aquella noche, al acostarse, Morgana pensó en lo mucho que habría detestado a aquel hombre si hubiera continuado siendo únicamente el capitán.
Pero en la isla no había tripulación delante de la que endurecer la voz.
Cuando se enfadaba, ya no tenía a quién convertir en público de su mal humor. A veces se alejaba hasta la playa y regresaba más tarde. Otras se quedaba quieto, apretando la mandíbula, hasta conseguir hablar sin alzarla.
Una tarde, mientras reparaban el techo, una tabla cayó sobre el pie de Morgana.
Ella soltó una exclamación y se sentó de golpe.
Rodrigo bajó tan deprisa que estuvo a punto de caerse.
—Déjame ver.
—Puedo moverlo.
Él se arrodilló.
Morgana dejó que le quitara el zapato.
La delicadeza de sus manos le produjo una inquietud que no quiso nombrar.
Él examinó el empeine.
—Mañana estará morado.
—Todo aquí acaba morado.
Rodrigo dejó de examinarle el pie.
Ella le rozó sin pensar la cicatriz de la ceja.
La mano quedó un instante contra su cara.
Ninguno se movió.
Morgana la retiró y miró hacia la tabla caída.
—Habrá que ponerla otra vez.
Rodrigo asintió.
Tardó demasiado en levantarse.
Al día siguiente encontró el vestido azul extendido sobre una roca junto al arroyo.
Lo había lavado ella varias veces, hasta quitarle el olor a mar. Conservaba una mancha cerca del bajo y uno de los cierres estaba roto.
Rodrigo había dejado al lado un trozo de hilo y una aguja de la bolsa de Gaspar.
—Pensé que podrías arreglarlo —dijo.
Morgana acarició la tela.
Había vuelto a bailar algunas tardes, a solas junto a la laguna, para recuperar fuerza en el pie. Marcaba con las palmas una melodía de Tomás y repetía los pasos hasta que el recuerdo dejaba de dolerle tanto. Si Rodrigo se acercaba, ella decidía si quería compañía. Nunca volvió a hacerlo porque él lo ordenara.
Durante mucho tiempo había evitado abrir aquel arcón. Ahora las prendas eran ropa que necesitaban, igual que los cabos eran cuerdas y las tablas servían para una casa.
Tomó la aguja.
Esa tarde se puso el vestido.
Rodrigo estaba junto al fuego cuando ella salió entre los árboles. Levantó la cara y dejó de mover la leña.
Morgana notó el calor en las mejillas.
—¿Qué?
Él negó despacio.
—Nada.
Ella se acercó.
—Llevas rato mirando.
Rodrigo sonrió apenas.
—Lo sé.
Morgana se sentó a su lado.
No llevaba zapatos. El cabello, recién lavado, le caía sobre la espalda y la tela azul parecía distinta bajo la luz que atravesaba las hojas.
Durante un rato escucharon el arroyo.
Después ella se puso de pie.
Extendió una mano hacia él.
Rodrigo la miró.
—No sé bailar así.
—No te lo he preguntado.
Él dejó escapar una risa y aceptó.
Bailaron sin música, sobre la tierra irregular. Al principio Rodrigo miraba sus propios pies; luego siguió el ritmo que Morgana marcaba con un leve movimiento del cuerpo.
Ella se acercó un poco más.
Sintió la mano de él firme en su espalda.
Cuando levantó la cara, Rodrigo había dejado de sonreír.
Morgana le sostuvo la mirada.
Fue ella quien lo besó.
Lo hizo despacio, todavía con los dedos apoyados en su hombro. Rodrigo permaneció inmóvil el primer instante, como si temiera equivocarse al responder.
Después la abrazó.
Morgana sintió la respiración de él junto a su mejilla.
Se separó apenas.
—No quiero que pienses que he olvidado cómo llegué aquí.
Rodrigo aflojó los brazos.
—No lo pienso.
Ella le tocó la cara.
—Pero sé lo que siento ahora.
—Cuando podamos marcharnos, quiero buscar a mi familia —añadió—. Aunque entonces tú quieras otro rumbo.
Rodrigo la soltó lo suficiente para que pudiera apartarse.
—Te llevaré donde puedas elegirlo.
—Y no me pedirás que les oculte cómo llegué a tu barco.
La respuesta le costó más.
—No te lo pediré.
Morgana permaneció frente a él unos instantes. Después fue ella quien volvió a acercarse.
Él cerró los ojos un momento.
—Morgana…
—Quiero estar contigo.
Rodrigo buscó su mirada.
Ella no apartó la suya.
Lo besó otra vez, con menos duda, y él la estrechó con una emoción que le hizo temblar las manos.
Subieron a la casa cuando ya oscurecía.
La lámpara proyectaba sombras sobre las paredes de tablas. Morgana dejó el vestido junto al lecho y fue a buscarlo antes de que él encontrara palabras para preguntar de nuevo.
Aquella noche se conocieron sin prisas.
Hubo ternura, deseo y risas contenidas cuando una tabla crujió bajo ellos. Morgana dejó de escuchar el bosque durante largos momentos; solo percibía la voz de Rodrigo, la cercanía de su cuerpo y la forma en que se detenía para mirarla.
Más tarde permaneció acostada sobre su pecho.
Él le acariciaba el cabello.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Morgana rozó con los labios la piel de su hombro.
—En que mañana seguirás sin saber bailar.
Rodrigo se rio, y ella sintió la risa bajo la mejilla.
Se durmieron abrazados.
Las semanas siguientes cambiaron el aspecto de la isla.
El camino hacia la laguna dejó de ser solo el lugar donde iban a buscar agua. La playa adquirió rincones donde sentarse, descansar o besarse hasta olvidar lo que habían salido a hacer.
Rodrigo empezó a preparar un sitio para construir una embarcación.
Morgana lo ayudaba a reunir madera, aunque por las tardes le costaba abandonar la casa.
Una noche, después de amarse, él levantó la mano para apartarle un mechón húmedo de la frente.
La palma quedó abierta bajo la luz.
Morgana la besó.
Entonces el mundo desapareció.
Vio lluvia sobre un rostro.
Sangre entre unos dedos.
Una mano que intentaba retener otra y no lo conseguía.
Sintió una ausencia tan profunda que el aire dejó de entrarle en el pecho.
Se incorporó con un grito ahogado.
Rodrigo se sentó de inmediato.
—¿Qué pasa?
Morgana miró su mano.
Las líneas seguían allí, tranquilas bajo la lámpara.
Pero ella todavía sentía el frío de lo que había visto.
Rodrigo le tomó el hombro.
—Mírame.
Ella levantó los ojos.
Él estaba vivo, tibio, preocupado por ella.
Morgana se abrazó a su cuerpo con tanta fuerza que Rodrigo dejó de preguntar.
—Ha sido un mal sueño —murmuró contra su cuello.
Él le acarició la espalda.
Ella cerró los ojos y comprendió, aterrada, que acababa de empezar a mentirle.