Capítulo 8 de 15

La isla de las cosas que quedaron

Morgana despertó con arena dentro de la boca.

Intentó incorporarse y el dolor le cruzó las costillas. Tosió, apoyada sobre un codo, hasta que consiguió respirar sin que cada bocanada terminara en una arcada.

El mar avanzó hasta sus rodillas y volvió a retirarse.

Durante unos instantes no comprendió dónde estaba.

Después vio la madera.

Era una puerta rota, atravesada sobre la arena húmeda. Tenía un cabo sujeto a una bisagra y un pedazo de tela oscura enredado en el extremo.

La manga de Rodrigo.

Morgana volvió la cabeza.

Él estaba tendido unos pasos más allá, boca abajo, con un brazo doblado bajo el cuerpo.

—Rodrigo.

La voz apenas salió.

Se arrastró hasta él. Al tocarle el hombro encontró la tela fría y pesada.

—Rodrigo.

Lo sacudió.

Nada.

Morgana se puso de rodillas y tiró de él hasta conseguir volverlo de costado. Tenía arena pegada a la mejilla y una herida en el cuero cabelludo.

Acercó la cara a su boca.

Sintió una respiración débil.

Cerró los ojos un instante.

—No hagas esto —murmuró—. No me dejes aquí sola.

Él tosió.

Morgana retrocedió lo suficiente para dejarlo respirar. Rodrigo se dobló sobre sí mismo, expulsando agua y aire con un sonido doloroso.

Cuando pudo abrir los ojos, tardó en reconocerla.

—¿Estás…?

Ella asintió antes de que terminara.

Rodrigo intentó levantarse.

El brazo derecho le falló y cayó sobre la arena con una maldición.

Morgana miró hacia el agua.

—Tenemos que apartarnos.

La marea había alcanzado la puerta.

Él la observó y pareció recuperar algo de claridad.

—Sí.

Entre los dos consiguieron ponerse de pie. Rodrigo tenía una pierna rígida y ella no podía apoyar bien el talón izquierdo. Avanzaron abrazados, sin que ninguno supiera cuánto peso estaba soportando del otro.

Llegaron hasta la primera línea de vegetación y se dejaron caer bajo unos árboles.

Morgana miró la playa.

No había nadie más.

Llamó a Simón.

El nombre se perdió entre el ruido de las olas.

Volvió a llamarlo.

Rodrigo cerró los ojos.

Ella entendió que también estaba escuchando.

Permanecieron allí hasta que el sol empezó a calentarles la ropa.

La tormenta había pasado durante la madrugada. Sobre el mar quedaban nubes bajas y pedazos de madera que aparecían y desaparecían entre la espuma.

Rodrigo se levantó primero.

Morgana lo vio tambalearse.

—¿Adónde vas?

—A buscar a los demás.

Ella intentó seguirlo.

Él negó con la cabeza.

—Tienes el pie sangrando.

Morgana miró hacia abajo. Había perdido un zapato. Bajo el otro, la piel del talón estaba abierta.

—No voy a quedarme sin saber.

Rodrigo no discutió.

Rasgó una tira de su camisa, se arrodilló con dificultad y se la tendió.

—Átala sin apretar demasiado. Cuando encontremos agua dulce podremos limpiarlo.

Ella recibió la tela.

Él se apartó para que pudiera hacerlo sola.

Recorrieron la playa despacio.

Encontraron tablas, un remo partido, dos barriles y una caja destrozada llena de tela empapada. Más lejos había una bota sin dueño y un trozo de vela enrollado alrededor de unas ramas.

Cada objeto obligaba a Morgana a mirar dos veces.

Al doblar un saliente de roca encontraron el primer cuerpo.

Rodrigo lo reconoció antes de acercarse.

Morgana se detuvo.

Era uno de los hombres que había cargado barriles en la ensenada. No sabía su nombre.

Rodrigo se agachó junto a él y le apartó de la cara un mechón de cabello.

—Martín.

Lo dijo muy bajo.

Morgana esperó mientras él permanecía arrodillado.

Después buscaron un lugar por encima de la marea. No tenían herramientas para abrir una sepultura profunda, pero Rodrigo encontró una tabla estrecha y comenzó a cavar.

Ella apartó piedras con las manos.

Cuando terminaron, el sol estaba alto y ambos tenían los labios resecos.

No hallaron a nadie vivo.

En el extremo oriental de la playa, el terreno subía entre árboles de hojas anchas. Desde allí llegaba un sonido que Morgana tardó en distinguir del viento.

Agua.

Se detuvo.

—Escucha.

Rodrigo levantó la cara.

Siguieron el rumor hasta un cauce pequeño que descendía entre piedras. Más arriba, el agua se reunía en una poza clara rodeada de raíces.

Morgana cayó de rodillas en la orilla.

Rodrigo la sujetó antes de que bebiera con desesperación.

—Despacio.

Ella se soltó, pero obedeció.

El agua estaba fresca.

Bebió con las manos, se lavó la boca y después permaneció mirando el fondo de piedras, como si necesitara comprobar que no iba a desaparecer.

Rodrigo se sentó cerca.

Durante un rato ninguno habló.

El bosque se movía alrededor de ellos. Había pájaros pequeños entre las ramas, frutos redondos caídos sobre la tierra y un olor dulce que Morgana no reconocía.

Más allá de la poza, el cauce seguía hasta una laguna casi inmóvil.

Más tarde, Rodrigo pensó que la corriente los había llevado hasta una isla apartada de la ruta del fondeadero. No reconocía sus alturas. Solo podía situarla de manera aproximada, en las aguas entre Madeira y Canarias. Sin la carta de navegación ni instrumentos, prometer una distancia habría sido mentir. Antes de salir de allí tendrían que observar el mar y reunir madera suficiente para una embarcación.

La claridad del cielo se reflejaba entre los árboles.

Morgana sintió una punzada de rabia al encontrarlo hermoso.

Simón podía estar muerto y aquel lugar seguía lleno de luz.

Rodrigo se inclinó para lavarse la herida de la cabeza.

Ella le apartó el cabello.

Él se quedó quieto.

—No parece muy profunda —dijo Morgana.

Tenía los dedos manchados de sangre seca.

Rodrigo la miró, pero ella continuó examinándole el corte.

—Necesitamos algo limpio.

Él se tocó el costado.

El pequeño saco de lona seguía sujeto al cinturón por un cabo corto.

Había olvidado que lo llevaba.

Lo abrió con cuidado. Dentro encontraron el cuchillo, un odre aplastado, hilo encerado y un envoltorio de tela gruesa. Las cosas estaban húmedas, aunque no tanto como sus ropas.

Morgana sostuvo el cuchillo un instante.

Rodrigo se lo dejó.

Ella cortó una tira del borde más limpio de su enagua.

Mientras le vendaba la cabeza, él mantuvo los ojos bajos.

—Gracias.

Morgana anudó la tela.

—Todavía tenemos que buscar.

Regresaron a la playa después de descansar.

La marea estaba dejando nuevos restos.

Uno de los barriles contenía agua salada. El otro guardaba carne en salazón, protegida todavía por una tapa intacta. Rodrigo lo hizo rodar hasta la sombra y después arrastraron juntos un pedazo grande de vela.

Morgana encontró un zapato que no era de su talla.

Se lo puso de todos modos.

Al atardecer apareció el arcón.

Estaba encajado entre unas rocas, con una de las asas arrancada. Rodrigo tardó en reconocerlo.

Ella lo hizo antes.

—Es el del camarote.

La corriente lo había llevado hasta allí con parte de una mampara todavía unida a la base. El peso impedía que pudieran levantarlo, pero Rodrigo consiguió apartar las piedras que lo retenían y dejarlo sobre una zona seca.

La cerradura estaba rota.

Morgana alzó la tapa.

Dentro había vestidos empapados, una capa, medias y dos bolsas de cuero. En una brillaron monedas. La otra dejó escapar una cadena de oro sobre la tela azul.

Debajo de las prendas, Morgana reconoció el retal encerado. Lo abrió con dedos torpes. Los bordes de la carta estaban húmedos, pero la escritura del centro todavía se leía. El pequeño atado de la semilla seguía dentro. Apretó ambas cosas contra el pecho y volvió a envolverlas antes de seguir separando la ropa.

Ella se quedó mirando.

Rodrigo observó las joyas como si no le pertenecieran.

Unos pasos más allá, otra caja había llegado abierta. Contenía piezas de plata envueltas en paños y una copa abollada.

Morgana dejó caer la tapa del arcón.

—Ha llegado esto.

Él entendió lo que no dijo.

Baltasar no había llegado.

Tampoco Gaspar.

Ni el muchacho que soñaba con una casa.

Rodrigo se apartó y caminó hasta el agua.

Morgana lo vio quedarse inmóvil, con los brazos caídos.

No fue tras él enseguida.

Extendió la vela sobre la arena y comenzó a separar lo aprovechable. Había tela suficiente para cubrirse, cuerdas que podían secarse y un pequeño estuche de costura entre las prendas.

Cuando Rodrigo regresó, ella tenía las manos ocupadas.

—Necesitamos un techo antes de que oscurezca —dijo.

Él asintió.

Trabajaron bajo dos árboles próximos al manantial. Rodrigo aprovechó una rama baja para sostener la vela y sujetó las esquinas con cabos y piedras. Morgana despejó el suelo y extendió hojas secas bajo la parte más protegida.

El refugio era pequeño y torcido.

Al sentarse dentro, ella pudo oler la sal en la lona.

Comieron poco. La carne les dejó más sed, pero el agua estaba cerca.

Rodrigo repartió entre ambos los últimos trozos y después salió.

Morgana lo siguió con la mirada.

Él se disponía a acostarse junto al tronco, fuera de la vela.

—Va a llover —dijo ella.

Rodrigo miró el cielo.

—Puede que no.

Morgana apartó unas hojas para hacerle sitio.

Él tardó en acercarse.

Se sentó junto a la entrada, dejando entre los dos el saco de lona y una distancia suficiente para que ella pudiera moverse sin rozarlo.

El bosque oscureció deprisa.

Al principio Morgana escuchó cada ruido. Después el cansancio empezó a vencerla.

—No he encontrado a ninguno —dijo Rodrigo.

Ella abrió los ojos.

Él miraba hacia la playa, apenas visible entre los troncos.

—Mañana seguiremos.

Rodrigo se pasó las manos por la cara.

—Simón no sabía nadar bien.

Morgana apretó la tela sobre las rodillas.

No encontró una respuesta que no sonara cruel o falsa.

Al cabo de un rato, él habló de nuevo.

—Si hubiera cambiado el rumbo cuando Baltasar lo pidió…

La frase quedó suspendida.

Morgana lo miró de perfil.

Era la primera vez que lo veía sin hombres pendientes de su voz, sin espada, sin un lugar elevado desde el que impartir órdenes.

Tenía arena en el cabello y los ojos enrojecidos.

—Esta mañana me sacaste del agua —dijo ella.

Rodrigo bajó la cabeza.

—Te llevé hasta allí.

Morgana no lo contradijo.

La lluvia empezó poco después, suave sobre las hojas y más sonora al golpear la vela.

Una gotera cayó entre ambos.

Rodrigo movió una esquina para corregirla y volvió a sentarse.

Morgana se acostó de lado.

Antes de dormirse sintió que él colocaba la parte seca de la capa junto a sus pies, al alcance de su mano.

La tomó y se cubrió.

Al otro lado del pequeño refugio, Rodrigo permaneció despierto hasta que dejó de oírle temblar los dientes.