Capítulo 7 de 15

La noche en que el mar cambió de voz

La ensenada desapareció antes del anochecer.

Morgana siguió junto a la ventana hasta que no quedó nada que distinguir en el horizonte. Había dejado de buscar la costa, pero no encontraba fuerzas para apartarse.

Rodrigo entró con una lámpara.

La colocó en el soporte de la pared y se agachó a recoger el jubón que ella había dejado en el suelo. De uno de los pliegues cayó arena.

—Tenemos agua para seis días —dijo.

Morgana volvió la cabeza.

—¿Y después?

—Hay otra isla donde podemos abastecernos.

—¿También te buscan allí?

Él sostuvo el jubón entre las manos.

—No que yo sepa.

Ella asintió, agotada.

Rodrigo vio la carta sobre la mesa.

—Puedo escribir otra.

—Esta todavía se entiende.

Se acercó a recogerla, pero el movimiento del barco la hizo apoyarse en el borde. Rodrigo extendió el brazo y se detuvo antes de tocarla.

Morgana encontró el equilibrio sola.

—No tienes que vigilar cada paso que doy —murmuró.

—Hoy has estado cerca de recibir un disparo.

Ella lo miró.

Rodrigo bajó lentamente la mano.

—Lo sé —añadió, antes de que ella tuviera que recordárselo.

Aquella noche Morgana no volvió a salir del camarote.

Rodrigo comprobó rumbos y distancias hasta que ella se acostó vestida, de cara a la pared. Él apagó la lámpara y recogió su manta.

Ya estaba en la puerta cuando Morgana habló.

—¿El muchacho del almacén habrá podido escapar?

Rodrigo permaneció inmóvil.

—No lo sé.

Morgana cerró los ojos.

—No dejo de verlo.

Él se apoyó en el marco. Podría haberle contado que con los años se aprendía a apartar ciertas imágenes. No habría sabido explicarle que algunas regresaban igualmente, cuando uno estaba demasiado cansado para defenderse.

—Intenta descansar —dijo.

Morgana oyó cerrarse la puerta.

Durante dos días navegaron con viento favorable.

Gaspar permitió que Simón subiera a cubierta y lo instaló junto a una escotilla, donde podía recibir aire sin estorbar. El muchacho pasaba las horas remendando una bolsa con la mano sana y los dientes, negándose a aceptar ayuda hasta que conseguía enredarlo todo.

Morgana acabó sentándose a su lado.

—Dámela.

—Puedo hacerlo.

—Llevas una hora cosiéndola a tu pantalón.

Simón miró hacia abajo.

Ella tuvo que taparse la boca para no reír demasiado.

Él levantó el trabajo con cuidado.

—No se lo digáis a Baltasar.

Morgana cortó el hilo y empezó de nuevo.

La vida del barco adquiría, a su pesar, formas que podía reconocer. Sabía a qué hora Gaspar revisaba a los heridos, dónde se sentaba el cocinero a limpiar legumbres y qué tablas convenía evitar para no mojarse los pies con el agua de fregar.

Eso la inquietaba.

No quería acostumbrarse tanto que un día dejara de imaginar el regreso.

—¿Puedo preguntaros algo? —dijo Simón.

—Ya lo has hecho.

Él sonrió.

—Cuando visteis mi casa… ¿había mar cerca?

Morgana pasó la aguja por la tela.

—No lo vi.

—Me gustaría que lo hubiera. Mi madre vive lejos de la costa. Dice que así no tiene que pasarse el día mirando si aparezco.

Ella dejó de coser.

—¿Sabe en qué barco estás?

Simón bajó los ojos.

La respuesta le hizo pensar en Alda. Continuó trabajando sin preguntarle nada más.

Al tercer día, el viento perdió fuerza.

La Santa Brígida avanzó lentamente bajo un cielo pálido. Hacía calor incluso a la sombra y los hombres empezaron a discutir por cosas pequeñas: una cuerda mal recogida, un cubo que nadie encontraba, el agua que uno había bebido de más.

Rodrigo recorrió la cubierta varias veces. Al atardecer mandó asegurar los barriles y revisar las amarras de la carga.

Baltasar observó el horizonte.

—Podemos mantenernos alejados de los bajos si cambiamos ahora.

El capitán miró las velas, que caían casi inmóviles.

—Todavía tenemos margen.

—Con el viento por la aleta podremos ganar agua abierta. Si esperamos a que entre por el otro lado, nos empujará contra ellos.

Rodrigo contempló la franja oscura que empezaba a formarse al oeste. Quería alcanzar el fondeadero antes de gastar más agua. Ceder ahora significaba alejarse de él y perder al menos otra jornada.

—Mantén el rumbo —ordenó.

Morgana estaba cerca, desenredándose el cabello. Reconoció la inquietud del contramaestre, aunque no comprendía las palabras que intercambiaban.

Más tarde encontró a Rodrigo inclinado sobre una carta de navegación.

—¿Qué ocurre?

—Está cambiando el tiempo.

Ella miró las ventanas. El mar parecía más tranquilo que nunca.

Rodrigo siguió la dirección de sus ojos.

—Eso no significa que vaya a quedarse así.

Morgana se acercó a la mesa.

—¿Podemos llegar a la isla?

—Vamos a intentarlo.

Señaló un punto al sur de Madeira, próximo a la derrota que seguían los barcos hacia Canarias. Allí habría agua y un fondeadero conocido por Baltasar. Morgana miró después la distancia que los separaba de Sanlúcar. Nunca había imaginado que pudiera caber tanto mar en un papel.

La lámpara le iluminaba las ojeras a Rodrigo. La herida de la ceja había cerrado, dejando una línea rojiza que le daba un aspecto más cansado que feroz.

Él advirtió que lo miraba.

—¿Qué?

Morgana negó con la cabeza.

—Nada.

Rodrigo apartó el compás.

—Aquella noche, junto al campamento, viste algo cuando te toqué.

Ella sintió tensarse los dedos.

—Ya te dije que no lo entendí.

—Pero viste algo.

Morgana tardó en responder.

—Agua. Una puerta que golpeaba. Oí llorar a alguien.

Rodrigo volvió la cara hacia la ventana.

—En el mar hay muchas puertas que golpean.

—Lo sé.

Él esperó, pero ella no añadió nada. Después tomó una manzana de un cuenco y la dejó junto a su mano.

—Cómetela antes de que Simón descubra que quedan.

Morgana rozó la piel arrugada de la fruta.

—Siempre estás dándome comida.

Rodrigo se encogió de hombros.

—Es de las pocas cosas que aceptas.

Ella lo miró y, por un instante, estuvo a punto de decir algo amable.

La llamada de Baltasar llegó desde cubierta. El capitán se levantó. Esta vez no regresó a buscar la manta.

Antes de acostarse, Morgana envolvió la carta y el pequeño atado de la semilla en un retal encerado del estuche de costura. Guardó ambas cosas entre las prendas del arcón; el cajón de la mesa ya se había mojado durante la travesía. Cerró la tapa y dejó los zapatos al alcance de los pies.

Morgana despertó con el silbido del viento.

La lámpara apagada oscilaba en su soporte. El suelo se inclinó y ella extendió la mano hacia el borde de la cama. Un trueno hizo vibrar los cristales.

Se levantó a oscuras y buscó los zapatos. Antes de encontrarlos, una ola golpeó la popa con tal fuerza que cayó de rodillas.

La puerta se abrió.

Rodrigo entró empapado.

—Ponte esto.

Le tendió un chal grueso y se arrodilló para abrir el arcón sujeto al suelo. Sacó un pequeño saco de lona y metió dentro un odre, un cuchillo envainado, hilo encerado y un envoltorio de tela. Ató el saco a su cinturón con un cabo corto.

—¿Vamos a hundirnos?

Él levantó la cara.

—Todavía no.

La respuesta la asustó más que una mentira.

Rodrigo cerró el arcón, cruzó el camarote y aseguró las contraventanas. Luego comprobó las sujeciones de la mesa y apartó de la cama el cuenco de fruta. Trabajaba deprisa, comprobándolo todo con las manos.

Morgana se puso los zapatos.

—Dime qué hago.

Él señaló una cuerda junto al mamparo.

—Puedes sujetarte ahí si el movimiento empeora. No te enrolles el cabo al cuerpo. Si te digo que subas, vienes conmigo sin detenerte a recoger nada.

Ella asintió.

Rodrigo se dispuso a salir. Morgana le agarró la manga y él se volvió de inmediato. Los dedos de ella resbalaron por su muñeca y alcanzaron la palma abierta.

No llegó ninguna visión. Solo sintió una mano fría, húmeda, que se cerró un instante alrededor de la suya.

—Voy a volver —dijo él.

Morgana lo soltó.

La puerta empezó a golpear antes de que consiguiera cerrarse. El sonido le atravesó el pecho.

Era aquel.

Se quedó mirando la madera, incapaz de moverse, mientras el barco subía y caía bajo sus pies.

Después oyó un golpe mucho más profundo. El casco había tocado los bajos.

Arriba, alguien gritó que entraba agua por la bodega. Un objeto pesado rodó por cubierta. Se escuchó el ruido de tablas rompiéndose y, enseguida, varias voces llamando al mismo hombre.

Morgana se tapó la boca.

El camarote quedó inclinado hacia un costado durante tanto tiempo que pensó que no volvería a enderezarse. El arcón resistió sus amarras. De la mesa cayó el compás y se perdió bajo la cama.

Otra ola golpeó las ventanas. El agua entró por una juntura.

Morgana retrocedió hasta la puerta.

Cuando Rodrigo apareció, traía sangre en una mano.

—Tenemos que salir.

Ella miró el arcón donde había guardado la carta.

Él le sujetó el hombro.

—Ahora.

Morgana vio la fuerza con que le temblaba el brazo y dejó de intentar acercarse al baúl.

El pasillo estaba lleno de agua. Rodrigo la llevó delante de él, protegiéndole la cabeza al subir los escalones. Al llegar arriba, el viento le arrancó el chal de una mano.

La cubierta había cambiado por completo. Había cabos sueltos, una vela desgarrada y hombres trabajando a gritos bajo una lluvia que no permitía ver el otro extremo del barco. Un mástil roto golpeaba contra el costado.

Baltasar tenía una herida en la frente.

—La bomba no da abasto —le gritó al capitán—. Hay dos tablas abiertas bajo la línea de agua.

Rodrigo miró hacia una escotilla. Gaspar apareció junto a Simón, sujetándolo por la cintura. El muchacho tenía los ojos abiertos de terror.

Morgana avanzó hacia ellos, pero una sacudida la lanzó contra Rodrigo. Él la sostuvo.

Entonces sonó el crujido. No fue un golpe breve. La madera pareció desgarrarse debajo de todos. Baltasar gritó una orden que Morgana no entendió.

Rodrigo le puso un brazo alrededor del pecho.

—¡Agárrate a mí!

Ella lo hizo.

Vio a Simón intentar alcanzar un cabo. Vio a Gaspar tirar de él.

Después el mar pasó por encima de la borda. La ola los arrancó de cubierta.

Morgana perdió el aire antes de sentir el frío. Todo se volvió oscuro y pesado. Intentó abrir los ojos, pero el agua le quemó. Una fuerza le tiraba de la falda hacia abajo.

Extendió las manos. No encontró nada.

Entonces algo la sujetó por la cintura. Subió entre golpes, tragando agua, hasta que la cara de Rodrigo apareció junto a la suya.

—¡Respira!

Ella tosió contra su hombro.

Él la empujó hacia una puerta desprendida que flotaba entre restos. Un cabo colgaba de una de las bisagras.

—¡Aquí! ¡Sujétate aquí!

Morgana hundió los dedos en un borde astillado. Rodrigo pasó el cabo por un travesaño para tener dónde agarrarse. Al tirar, la manga rota se le enganchó en el herraje y parte de la tela quedó enredada en él.

Morgana buscó el barco. Solo vio una forma oscura levantándose entre espuma y lluvia.

Un relámpago iluminó la popa inclinada, las cuerdas tendidas hacia el agua y una vela que desaparecía lentamente.

Rodrigo le cubrió la cabeza con el brazo cuando otro fragmento pasó junto a ellos.

Morgana intentó llamarlo. No consiguió pronunciar su nombre.

La siguiente ola los levantó tan alto que, durante un instante, sintió vacío debajo del cuerpo.

Luego cayeron.

Ella mantuvo las manos aferradas a la madera.

Rodrigo seguía allí.

Lo supo porque, aun sin verlo, sintió que él buscaba sus dedos en la oscuridad.