Capítulo 6 de 15
La costa que quedó atrás
Al amanecer, Morgana encontró vacías las tablas del pasillo.
La manta de Rodrigo estaba doblada contra la pared y, junto a ella, había quedado un solo gajo de naranja. Los demás habían desaparecido del plato.
Subió a cubierta antes de que alguien fuera a buscarla.
La tierra se extendía por la banda de estribor: una franja de roca oscura, laderas cubiertas de vegetación y, más lejos, una ensenada donde flotaban varias embarcaciones pequeñas. Después de tantos días rodeada de agua, ver árboles le produjo una emoción que le hizo apretar la barandilla.
Podía bajar.
Podía encontrar un camino, una casa, alguien dispuesto a escucharla.
Rodrigo estaba junto al timonel.
Morgana esperó a que terminara de hablar.
Cuando él se volvió, no hizo falta que preguntara qué quería.
—Primero tenemos que comprobar el fondeadero —dijo.
—Puedo esperar.
Él observó su cara y después miró hacia la costa.
—No conocemos a todos los que hay ahí.
—Yo tampoco conocía a tus hombres.
Rodrigo bajó los ojos un instante.
—Lo sé.
Aquella respuesta empezaba a irritarla más que una discusión.
—Entonces haz algo.
Baltasar se acercó con una tablilla en la mano.
—El aparejo puede esperar, pero necesitamos agua. Y Gaspar pide bajar a Simón a un lugar donde no se le mueva el suelo.
Morgana miró al contramaestre.
Rodrigo permaneció unos segundos en silencio.
—Preparad dos botes.
Ella sintió que el pecho se le aflojaba.
Pero él añadió:
—Yo iré en el primero.
El fondo de la ensenada olía a algas calientes y pescado seco. Había cobertizos de madera, redes tendidas entre postes y un edificio bajo donde dos hombres descargaban sacos de harina.
Morgana bajó del bote sujetándose la falda.
El suelo inmóvil le pareció extraño. Durante unos instantes tuvo la sensación de que las piedras seguían moviéndose debajo de sus pies.
Rodrigo extendió una mano.
Ella se apoyó en el borde del bote y desembarcó sola.
Gaspar y Baltasar llevaron a Simón hasta la sombra de un cobertizo. El muchacho se dejó caer sobre una manta con un suspiro de felicidad.
—Si vuelvo a quejarme de dormir en tierra, pegadme —murmuró.
Morgana sonrió antes de poder evitarlo.
Luego miró hacia el camino que subía entre las laderas.
Rodrigo lo vio.
—Hay una mujer que vende provisiones. Quizá conozca a alguien que vaya hacia Sanlúcar.
—¿Dónde?
Él señaló el edificio.
Morgana empezó a caminar.
La mujer tendría unos cincuenta años y llevaba una manga prendida con un alfiler por encima del codo. Al ver a Rodrigo, frunció la boca.
—Vienes tarde.
—El viento no aceptaba mis órdenes.
—Pues será el único.
Morgana miró al capitán.
Él fingió no haber oído.
—Necesitamos agua, harina y fruta si tienes.
—Tengo limones. Y una cuenta pendiente.
Rodrigo sacó una bolsa.
La mujer la recibió sin prisa.
—Ahora nos entendemos.
Se llamaba Inés.
Morgana esperó a que terminara de contar las monedas y después puso la carta sobre el mostrador.
—Necesito enviar esto.
Inés miró el papel y luego a Rodrigo.
—¿Adónde?
—A Sanlúcar. Para una familia que viaja en carros. Quizá sigan cerca del pueblo.
—Eso no es una dirección.
—Mi abuela se llama Alda. Mi tío, Esteban. Tratan con caballos y arreglan utensilios de cobre.
Inés apoyó ambas manos en el mostrador.
—Puedo preguntar.
Morgana sostuvo su mirada.
—También necesito volver.
Rodrigo no se movió.
Inés giró despacio la cabeza hacia él.
—¿La has traído tú?
—Sí.
La mujer volvió a mirar a Morgana.
No preguntó cómo. La expresión de la muchacha pareció bastarle.
—Hay un patrón que lleva aceite a la península —dijo—. Suele pasar por aquí. No sé cuándo regresará.
—Puedo esperarlo.
Rodrigo cerró la mano sobre el borde de la mesa.
Inés lo vio.
—En mi casa hay un cuarto.
Morgana sintió ganas de llorar, pero consiguió hablar con firmeza.
—Puedo trabajar.
—Ya veremos eso.
Durante un instante, todo quedó suspendido.
Rodrigo miró la carta.
Después soltó el mostrador.
—Pagaré el pasaje.
Morgana se volvió hacia él.
No esperaba que lo dijera.
La cara de Rodrigo estaba inmóvil, pero tenía los labios apretados.
—Y lo que necesite mientras espera —añadió.
Inés recogió la carta.
—Entonces aparta el hombro, capitán. Estás tapando la luz.
Morgana salió con una pequeña cesta de limones entre las manos. Inés se los había dado para Gaspar y le había indicado dónde encontrar agua limpia.
Rodrigo caminaba a su lado sin hablar.
Al llegar al cobertizo, ella dejó la cesta junto a Simón.
El muchacho levantó la cabeza.
—¿Os quedáis?
Morgana miró a Rodrigo antes de responder.
—Sí.
Simón pareció alegrarse y entristecerse al mismo tiempo.
—Entonces tendré que aprender a leerme la mano solo.
—Empieza por aprender a no ofrecer el brazo a las astillas.
Él soltó una carcajada que terminó en una mueca de dolor.
Morgana fue a buscar agua.
Cuando regresaba, oyó un golpe seco detrás del almacén.
Después, una voz.
—No he sido yo.
Se detuvo.
Un hombre joven estaba contra la pared, sujeto por otros dos. A sus pies había una caja abierta.
El que lo interrogaba llevaba una espada corta y una chaqueta de cuero manchada de sal.
—Falta una pieza.
—Contad otra vez.
El hombre lo golpeó en la boca.
Morgana dio un paso involuntario.
El cubo chocó contra una piedra.
Los tres se volvieron.
Ella retrocedió.
Una mano le agarró el brazo desde atrás.
Rodrigo.
—Ven conmigo.
—Le están pegando.
—Lo he visto.
La llevó hasta el costado del edificio.
Allí estaba Baltasar, hablando en voz baja con Inés.
La mujer tenía la cara cenicienta.
—No estaban cuando mandé el aviso —decía—. Han llegado de madrugada.
—¿Cuántos? —preguntó Rodrigo.
—Doce. Tal vez más.
Baltasar miró hacia la playa.
Morgana siguió la dirección de sus ojos.
Dos hombres se habían detenido junto a los botes de la Santa Brígida.
Uno examinaba los barriles vacíos.
Rodrigo soltó el brazo de Morgana.
—Lleva a Simón al bote —ordenó a Baltasar.
—¿Y el agua?
—La que tenemos basta.
Inés abrió una puerta pequeña detrás de unos sacos.
—Por aquí podéis llegar a la playa sin pasar delante de ellos.
Morgana miró a la mujer.
—¿Qué ocurre?
Inés le puso la carta en las manos.
—Guárdala.
—Dijisteis que podía quedarme.
La mujer tragó saliva.
Rodrigo se quitó el jubón y se lo entregó a Morgana.
—Póntelo. Cúbrete el cabello.
Ella no lo tomó.
Desde el otro lado de la pared llegó una voz más fuerte.
—Valcárcel está aquí. Su bote lleva la marca.
Rodrigo empujó suavemente la prenda contra las manos de Morgana.
—Ahora.
Ella obedeció.
Salieron por un patio donde olía a aceite derramado. Baltasar ayudaba a Simón a caminar. Gaspar llevaba su bolsa y una jarra de agua apretada contra el pecho.
El primer disparo sonó cuando estaban a pocos pasos de la playa.
Morgana se agachó por instinto.
Rodrigo le cubrió la cabeza con una mano y la empujó detrás de un montón de redes.
—¡Al bote!
Baltasar levantó a Simón entre los brazos.
Un hombre corría hacia ellos desde los cobertizos.
Rodrigo sacó una pistola.
Morgana vio el fogonazo y perdió el sonido durante un instante. Cuando volvió a oír, solo distinguió un zumbido y la voz del capitán junto a su cara.
—Mírame. Tenemos que movernos.
Ella no conseguía apartar los ojos del hombre caído.
Rodrigo se puso delante.
—Morgana.
Otro disparo levantó arena a su izquierda.
Corrió.
Entró en el bote tropezando con un banco. Rodrigo saltó detrás y empujó la embarcación mientras Baltasar hundía el remo.
Desde la playa seguían gritándoles.
Morgana se volvió.
Inés estaba frente al almacén, con los brazos levantados, discutiendo con el hombre de la chaqueta de cuero.
La distancia crecía entre ellos.
La costa volvía a alejarse.
Morgana apretó la carta hasta arrugarla.
No lloró hasta que subieron al barco.
Se encerró en el camarote y dejó el jubón de Rodrigo en el suelo.
Él llamó una vez.
Después esperó.
Cuando ella abrió, llevaba los ojos hinchados.
Rodrigo miró la carta que aún sostenía.
—Volveremos a encontrar un sitio.
Morgana negó con la cabeza.
—¿Quiénes eran?
—Hombres de Álvaro Cifuentes.
Morgana recordó cómo los recién llegados habían preguntado por él antes de empezar a disparar. No era una persecución de la que su familia pudiera protegerla en tierra: Rodrigo la había arrastrado también a sus enemistades.
Ella esperó.
—Navegaba conmigo. Robó una parte de la carga y dejó a dos hombres en una lancha sin agua. Lo desembarqué.
—¿Y ahora quiere matarte?
—Quiere el barco.
Morgana se sentó en la cama.
Todavía tenía arena entre los dedos.
—Yo estaba a salvo esta mañana —dijo—. Por un momento.
Rodrigo permaneció en la puerta.
—No podía dejarte allí.
Ella levantó la cara.
—Esta vez lo sé.
Él pareció encogerse bajo aquellas palabras.
Morgana alisó la carta sobre sus rodillas.
La tinta de su nombre se había corrido donde la había apretado con la mano húmeda.
Rodrigo se acercó solo lo suficiente para dejar una jarra sobre la mesa.
—Inés sabe defenderse. Cifuentes necesita comerciar con ella. No le hará daño.
—¿Estás seguro?
Él tardó en responder.
—No.
Morgana agradeció que no intentara mentirle.
Cuando se quedó sola, se quitó la falda llena de arena y la sacudió junto al arcón.
Una semilla pequeña cayó de uno de los pliegues.
La recogió.
Era redonda, oscura, casi insignificante.
Morgana la sostuvo en el centro de la palma durante un largo rato. Después la envolvió en un trocito de tela y la guardó con la carta.
Arriba empezaban a desplegar las velas.
Ella cerró el cajón y se sentó junto a la ventana para ver desaparecer la última franja de tierra.