Capítulo 5 de 15
Lo que no puede comprarse
Durante tres días, Rodrigo evitó quedarse a solas con ella.
Entraba en el camarote para consultar una carta, recoger una prenda o buscar algún instrumento de navegación. Preguntaba si necesitaba agua y se marchaba antes de que Morgana pudiera repetirle que lo único que necesitaba era volver.
Por las noches seguía durmiendo al otro lado de la puerta.
Ella distinguía el ruido de su cinturón contra las tablas, el roce de la manta y aquella tos breve con que parecía intentar acomodarse el cansancio en el pecho.
A veces se sorprendía escuchando hasta que él dejaba de moverse.
Entonces recordaba a su abuela.
¿Seguirían en Sanlúcar? ¿Habrían descubierto el nombre del barco? Alda no se resignaría a perderla. Morgana la imaginaba entrando en tabernas, interrogando a marineros, gastando en preguntas el dinero que guardaba para los meses malos.
Una mañana pidió papel.
Rodrigo levantó la cabeza del mapa.
—¿Para qué?
—Quiero escribirles.
Él dejó la pluma.
Morgana mantuvo las manos juntas sobre la falda.
—No sé escribir una carta entera. Necesito que alguien lo haga por mí.
Rodrigo abrió un cajón y sacó una hoja.
—Dime.
Ella miró la silla vacía al otro lado de la mesa, pero no se sentó.
—A mi abuela Alda. Decidle que estoy viva.
La punta de la pluma quedó suspendida.
—Que me encuentro en el barco Santa Brígida, bajo el mando de Rodrigo de Valcárcel. Que me trajeron sin mi consentimiento.
Él levantó los ojos.
Morgana sostuvo su mirada.
—Escribidlo.
Rodrigo volvió al papel.
El rasgueo de la pluma llenó el camarote.
—Que no estoy herida —continuó ella—. Que no he olvidado el camino de vuelta, aunque todavía no sé cómo recorrerlo.
Tuvo que detenerse.
Rodrigo esperó sin hablar.
—Y que no se culpe. No fue culpa suya dejarme ir con aquel niño.
Él escribió más despacio.
Cuando terminó, le leyó la carta completa.
No había cambiado nada.
Morgana se sentó al fin y tomó la pluma. Trazó su nombre con cuidado, inclinada sobre la mesa.
—¿La entregaréis?
—En cuanto encontremos una embarcación que vaya hacia la costa.
—Prometedlo.
Rodrigo miró la firma, irregular pero legible.
—La entregaré.
—No sabrás dónde encontrarlos con solo sus nombres. Pregunta por los caldereros que van a las ferias de Jerez. Un vendedor de agujas de Sanlúcar los conoce; tiene una puerta amarilla junto a la plaza. Si no están, él podrá guardar la carta.
Rodrigo añadió aquellas indicaciones al dorso. Ella esperó a que se las leyera también.
Ella señaló un pequeño borrón.
—Ahí pone Morgana, aunque no lo parezca.
—Lo parece.
Fue la primera vez que estuvieron cerca de sonreír sin que ninguno se sintiera humillado.
El momento duró poco.
Rodrigo extendió un paño para secar la tinta y ella volvió a fijarse en sus manos.
Eran grandes, de uñas cortas, con pequeñas cicatrices que parecían pertenecer a distintas épocas de su vida. Una quemadura le marcaba dos nudillos. Cerca del pulgar izquierdo estaba la cicatriz que había visto la noche del baile.
Apartó la mirada.
—¿Te asustan tanto? —preguntó él.
Morgana tardó en entender.
—Tus manos.
Ella cerró los dedos sobre la pluma.
—Me asusta lo que haces con ellas.
Rodrigo recogió la carta.
No volvió a ofrecerle la suya.
Aquella tarde, Gaspar la llamó para ayudar con Simón.
El muchacho estaba tendido en un rincón ventilado, con el brazo vendado y la cara menos pálida que el día del ataque. Al verla, intentó incorporarse.
—No hagas eso —dijo Morgana.
—No quiero recibiros como un muerto.
—Entonces deja de poner empeño en parecerlo.
Simón sonrió.
Gaspar le indicó dónde sujetar el vendaje mientras lo cambiaba. La herida tenía un aspecto desagradable, pero ya no sangraba como antes.
El muchacho apretó los dientes.
—Habladme de algo.
—¿De qué quieres hablar?
—De mi porvenir.
Gaspar resopló.
—Tu porvenir inmediato consiste en quedarte quieto.
Simón extendió la mano sana hacia ella.
—Dicen que podéis leerla.
Morgana no la tomó.
—¿Quién lo dice?
—Baltasar. Y otros.
—Baltasar habla demasiado.
El contramaestre, que acababa de entrar, alzó ambas cejas.
—Es la primera vez que alguien me acusa de eso.
Gaspar terminó el vendaje y fue a buscar una venda limpia.
Simón seguía con la mano extendida.
Morgana acabó sentándose junto a él.
—Puedo contarte lo que se interpreta en estas líneas. No siempre veo algo.
—Con que veáis que no voy a perder el brazo me basta.
Ella miró a Gaspar, que regresaba.
—Eso debes preguntárselo a él.
El cirujano asintió, satisfecho.
Morgana sostuvo la mano sana de Simón.
—Esta es la línea del corazón. En la quiromancia suele relacionarse con los afectos y con la manera de vivirlos. La que cruza más abajo es la de la cabeza, asociada al pensamiento y las decisiones.
Simón la examinó con interés.
—¿La tengo buena?
—No son cuerdas de barco. No se trata de que estén bien o mal hechas.
Baltasar soltó una risa.
Morgana señaló una marca vertical poco profunda.
—A esta algunas escuelas la llaman línea del destino. No aparece igual en todas las manos. Hay quienes no la tienen muy visible.
—Yo apenas la veo.
—Tu vida no desaparece por eso.
El muchacho relajó los hombros.
Morgana iba a soltarlo cuando sintió aquel cambio que nunca sabía explicar.
La luz pareció alejarse.
Vio un patio pequeño. Ropa tendida. Una mujer que amasaba con las mangas recogidas. Simón estaba sentado ante ella, con una niña dormida sobre las rodillas.
La imagen se deshizo.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Morgana retiró la mano con suavidad.
—He visto una casa.
Baltasar dejó de sonreír.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Simón la miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Estaba yo?
Ella asintió.
El muchacho bajó la cabeza y empezó a frotarse la palma contra la manta.
—Mi padre dice que en tierra no sirvo para nada.
Morgana no supo qué responder a eso.
—En la casa que he visto tenías buen aspecto —dijo al fin.
Durante la cena, la noticia ya había recorrido el barco.
Dos hombres le ofrecieron monedas para que les leyera las manos. Otro quiso saber si una mujer de Cádiz le era fiel. Morgana rechazó el dinero y respondió lo mismo a los tres: estaba cansada.
Rodrigo presenció la última petición.
—Dejadla comer.
El marinero se apartó con una sonrisa torcida.
—Solo quería saber si me espera alguna alegría.
—Mañana revisarás las bombas. Procura encontrarla ahí.
Hubo risas.
Morgana continuó comiendo, pero notó que Rodrigo se sentaba cerca.
Cuando quedaron menos hombres alrededor, él habló sin mirarla.
—¿De verdad has visto una casa?
—Sí.
—¿Y no puede ser algo que imaginas?
Morgana dejó la cuchara.
—A veces también me lo pregunto.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo más que cualquier afirmación rotunda.
—¿Desde cuándo te ocurre?
—Era niña cuando empezó. No sabía distinguir un sueño de una visión. Una vez vi a mi tío con la cabeza vendada y pasé días escondiendo las herramientas porque creía que se haría daño trabajando.
—¿Se hizo daño?
—Se cayó al bajar de una mula.
Rodrigo soltó una breve risa.
Morgana lo miró.
—A mí no me hizo gracia.
—Lo imagino.
Ella volvió a la comida.
Al poco rato, él dejó junto a su plato una naranja.
Morgana la observó.
—¿También es robada?
—Comprada en Sanlúcar.
—¿Tienes testigos?
Rodrigo la miró sorprendido.
Ella bajó los ojos para ocultar la pequeña sonrisa que se le había escapado.
Esa noche, al regresar al camarote, encontró un baúl abierto.
Dentro había vestidos, una capa de lana fina y dos pares de zapatos. Sobre la tela descansaba la cadena de piedra verde que ya había rechazado.
Rodrigo entró detrás de ella.
—No tienes que ponértelo todo. Solo he pensado que necesitabas elegir.
Morgana acarició la manga de un vestido.
La tela era suave. El azul tenía la profundidad del cielo antes de oscurecer.
Durante un instante deseó probárselo.
Aquello le produjo una tristeza inesperada.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Que me gusta.
Rodrigo no entendió.
Ella soltó la manga.
—Me gusta mucho. Y me gustaría verlo sin preguntarme a quién se lo quitaron.
Él se quedó junto a la puerta.
—La carga pertenecía a comerciantes ricos.
—Eso no hace que sea tuya.
Rodrigo pasó el pulgar por la hebilla del cinturón.
—Podría comprarte otro.
Morgana se volvió.
—No necesitas comprarme nada.
Él levantó la vista.
La respuesta salió antes de que pudiera contenerla.
—No sé qué necesitas de mí.
Ella sintió que la rabia regresaba, agotada pero intacta.
—Sí lo sabes.
Rodrigo miró hacia las ventanas.
El barco crujió bajo sus pies.
Morgana bajó la tapa del baúl.
—Quiero saber adónde vamos.
Él tardó en responder.
—Hacia una ensenada donde podemos tomar agua y reparar el aparejo. Después buscaremos una nave que lleva plata de la Corona.
Ella se volvió despacio.
—Otro ataque.
—Sí.
Morgana se sentó en la cama.
Pensó en Simón, en su brazo herido y en aquella niña que todavía no existía.
—Podrías detenerte.
Rodrigo dejó escapar el aire.
—Hay cuarenta hombres esperando su parte.
—Y uno bajo el mar.
Él cerró los ojos un instante.
Morgana no añadió nada.
Al cabo de un rato, Rodrigo sacó la carta del interior de su jubón. La había doblado con cuidado y protegido dentro de una pequeña funda de cuero.
La dejó sobre la mesa.
—Mañana intentaré enviarla desde la ensenada.
Ella miró el bulto.
—¿Y a mí?
Rodrigo mantuvo la mano apoyada junto a la carta.
Morgana esperó hasta que él volvió a mirarla.
—No me basta con que sepan dónde estoy.
—Lo sé —dijo.
Esta vez no intentó acercarse ni ofrecerle nada.
Recogió su manta y salió.
Morgana permaneció sentada largo rato. Después tomó la naranja que había guardado en el bolsillo y empezó a pelarla.
El aroma llenó el camarote.
Separó los gajos, dejó la mitad sobre la mesa y comió el resto despacio, mientras al otro lado de la puerta Rodrigo se acomodaba para pasar otra noche en el suelo.