Capítulo 4 de 15
El precio de lo robado
El primer cañonazo hizo que Morgana despertara creyendo que el barco se había partido.
Se incorporó de golpe. El vaso cayó de la mesa y rodó por el suelo mientras arriba estallaban carreras, órdenes y el arrastre pesado de algo que no alcanzaba a imaginar.
Después llegó otro estampido.
Se tapó los oídos.
La puerta se abrió antes de que consiguiera levantarse.
Rodrigo entró con el cabello revuelto y el cinturón atravesado por dos pistolas. Llevaba una espada que Morgana no le había visto la noche anterior.
—Quédate aquí.
Ella miró hacia el humo que empezaba a colarse por el pasillo.
—¿Qué está pasando?
—Un barco se niega a detenerse.
—¿Y por eso le disparáis?
Rodrigo comprobó el cierre de una ventana.
—He ordenado un tiro de aviso.
Un golpe sacudió la popa.
Esta vez fue él quien miró hacia la puerta.
Morgana vio cambiar su expresión.
—Ya han contestado —dijo.
Se acercó al arcón, sacó una manta gruesa y la dejó junto a la cama.
—Si empiezan a volar astillas, te cubres con esto y te tiendes en el suelo. Lejos de las ventanas.
Ella lo sujetó de la manga.
Rodrigo bajó la mirada hacia sus dedos.
Era la primera vez que lo tocaba por voluntad propia.
—Hay personas en ese barco.
—Lo sé.
—Entonces dejadlas seguir.
Una voz lo llamó desde cubierta.
Rodrigo apartó con cuidado la mano de Morgana.
—No abras hasta que venga yo o Baltasar.
Salió sin esperar respuesta.
Ella permaneció inmóvil, escuchando sus pasos alejarse.
Luego cerró la puerta.
El siguiente disparo sonó más cerca. Algo golpeó el casco y la jarra se deslizó por la mesa, derramando agua sobre los mapas.
Morgana se agachó para recogerla.
Tenía la respiración corta y una vergüenza extraña por estar pensando en el agua perdida mientras, afuera, unos hombres intentaban matarse.
Se apartó de las ventanas y se sentó en el suelo con la manta sobre las piernas.
Oyó el silbido de un objeto que pasó cerca. Después, un crujido y un grito.
Se apretó las manos entre las rodillas.
Había visto heridas en los caminos. Un hombre abierto por una cuchillada durante una disputa; un niño con el pie atrapado bajo una rueda. Su abuela siempre sabía qué hacer primero: apartar a los curiosos, buscar paños limpios, pedir agua.
Allí no podía hacer nada.
Un golpe contra la puerta la hizo levantarse.
—¡Capitán!
La voz se quebró al otro lado.
Morgana quitó el pestillo.
Un marinero joven estaba apoyado en la pared. Tenía una astilla clavada en el antebrazo y la camisa empapada de sangre.
Al verla, intentó enderezarse.
—Creía que…
Las rodillas le fallaron.
Morgana lo sostuvo como pudo y lo ayudó a sentarse junto al umbral.
—¿Cómo te llamas?
—Simón.
No debía de tener más de dieciocho años.
Ella miró la madera que le atravesaba la carne y tuvo que tragar saliva.
—Voy a buscar ayuda.
—El hombre que cura está abajo. No puedo llegar.
Morgana arrancó una tira de su camisa lavada, todavía tendida junto a la ventana. La dobló y presionó alrededor de la herida, sin tocar la astilla.
Simón gritó.
—Lo siento.
—No la saquéis.
—No voy a hacerlo.
Él cerró los ojos.
Morgana levantó la voz hacia el pasillo hasta conseguir que apareciera un hombre de pelo gris.
El recién llegado se arrodilló junto al muchacho y examinó el brazo.
—¿Quién ha puesto esto?
—Yo.
—Sujétalo un momento más.
Traía una bolsa de cuero y olía a vinagre. Trabajó sin explicar lo que hacía, aunque habló con Simón mientras le acomodaba el brazo.
—Mírame, muchacho. ¿Cuántos dedos?
Simón respondió entre dientes.
Morgana mantuvo el paño donde le indicaron.
Los cañones habían callado.
En su lugar llegaban golpes sordos y gritos que parecían proceder de otro barco.
Cuando dos hombres se llevaron a Simón, Morgana tenía sangre hasta las muñecas.
El hombre de pelo gris recogió sus cosas.
—Soy Gaspar —dijo—. La próxima vez manda a alguien a buscarme.
Ella miró sus manos.
—No sabía si iba a haber una próxima vez para él.
Gaspar la observó un instante.
—Lo has ayudado.
Se marchó.
Morgana cerró la puerta, pero ya no echó el pestillo.
Rodrigo regresó cerca del mediodía.
Traía un corte sobre la ceja y una expresión que ella no pudo descifrar. Al verla ensangrentada, cruzó el camarote en dos zancadas.
—¿Dónde te han herido?
Le tomó las manos.
Morgana las retiró.
—No es mía.
Él miró el suelo manchado junto al umbral.
—¿Qué ha ocurrido aquí?
—Un muchacho buscaba ayuda.
Rodrigo se volvió hacia el pasillo.
—Te dije que no abrieras.
Ella se puso de pie.
—Venía sangrando.
—Podría haber entrado cualquiera.
—Entró un herido.
Rodrigo se pasó la mano por la cara y descubrió la sangre de su propia ceja.
Morgana vio cómo le temblaban ligeramente los dedos.
—¿Cuántos? —preguntó.
Él no respondió enseguida.
—¿Cuántos han muerto?
—Uno de los nuestros.
Ella esperó.
Rodrigo bajó la mano.
—Cuatro del mercante. Quizá cinco. Gaspar está atendiendo a uno.
Morgana apartó la mirada.
A través de las ventanas se veía parte del otro barco. Tenía una vela desgarrada y hombres trabajando alrededor de un aparejo roto.
—¿Y ahora?
—Repararán lo suficiente para llegar a puerto.
—¿Con qué?
Rodrigo frunció el ceño.
—Les dejamos víveres y agua.
—Preguntaba con qué pagarán a los muertos.
Él permaneció junto a la mesa.
Desde cubierta llegó una carcajada.
La oyó también Morgana.
Se acercó a la jofaina y metió las manos en el agua. Frotó hasta que la piel empezó a arderle.
Rodrigo dejó sobre la cama un pequeño envoltorio.
—Había ropa entre la carga.
Ella no se volvió.
—Ponte lo que necesites.
Morgana se secó despacio.
El envoltorio contenía una saya azul, medias, un peine de hueso y un pañuelo bordado. Debajo había una cadena fina con una piedra verde.
La levantó por un extremo.
—¿De quién era?
—No lo sé.
—¿Iba a recibirla una mujer en Sevilla? ¿Una hija? ¿Una esposa?
—Morgana…
Dejó la cadena sobre la tela.
—Necesito ropa. No voy a fingir que es un regalo.
Rodrigo miró el paquete.
Había imaginado que le gustaría el color.
Le pareció una idea vergonzosamente pequeña.
Aquella tarde la dejaron subir a cubierta.
El mercante se alejaba bajo una vela remendada. Morgana se quedó observándolo hasta que Baltasar le indicó un lugar donde no entorpecería el trabajo.
Habían fregado las tablas, pero todavía había una mancha oscura junto a un cañón.
Un hombre cosía una lona alrededor de un cuerpo.
Morgana reconoció las botas que sobresalían antes de que las cubrieran.
Eran del marinero que le había cerrado el paso la noche anterior.
Se quedó sin saber qué sentir.
La muerte no había borrado el miedo que le produjo aquel hombre. Tampoco le permitía alegrarse.
Rodrigo apareció junto al cuerpo.
Se quitó el sombrero.
Los demás hicieron lo mismo.
Durante unos minutos nadie se rio ni contó monedas. Un marinero murmuró una oración y luego inclinaron la tabla.
El mar recibió el cuerpo con un golpe breve.
Morgana siguió mirando el sitio donde había desaparecido.
—Se llamaba Hernán —dijo Rodrigo a su lado.
Ella asintió.
Él parecía esperar algo más, pero no lo hubo.
Al caer la noche encontraron una guitarra entre las mercancías.
Uno de los hombres comprobó las cuerdas. Otro empezó a golpear la mesa al compás de una canción.
Morgana había subido a devolverle a Gaspar los paños que consiguió lavar cuando alguien la llamó.
—¡La muchacha del capitán! Que baile.
Varias caras se volvieron.
Ella buscó con los ojos la escalera.
Rodrigo estaba sentado cerca de Baltasar, con un vaso en la mano.
—Morgana —dijo—. Ven.
Ella se acercó lo suficiente para que no tuviera que levantar la voz.
—No voy a bailar.
Un marinero soltó una protesta burlona.
Rodrigo notó las miradas.
—Solo una pieza.
—No.
El silencio se extendió alrededor de la mesa.
Él dejó el vaso.
Morgana vio la dureza regresar a su cara y sintió que el poco aire de la cubierta ya no le alcanzaba.
—Estás aquí conmigo —dijo Rodrigo.
Ella miró la mancha junto al cañón.
—Y esta mañana enterrasteis a uno de vuestros hombres.
Baltasar bajó los ojos.
Rodrigo se puso de pie.
Por un instante Morgana creyó que iba a arrastrarla otra vez.
Él señaló la escalera.
—Baja, entonces.
Ella lo hizo sin apresurarse, aunque al llegar al camarote tuvo que apoyarse en la puerta.
Rodrigo entró poco después.
Morgana se volvió hacia él.
—No vuelvas a pedírmelo.
Lo dijo sin el tratamiento distante de los días anteriores. El cambio le llamó la atención a ambos.
—No volveré a hacerlo.
Ella lo observó, desconfiada.
Rodrigo traía otro peine de hueso en la mano.
Lo dejó sobre la mesa.
—He visto que al de la carga le faltan dientes. Este lo tenía guardado Baltasar y me ha dejado traértelo.
Morgana miró sus nudos de cabello, mal recogidos desde el secuestro.
Necesitaba el peine.
Lo tomó sin darle las gracias.
Él se sentó frente a ella y se llevó un paño a la ceja. La herida había vuelto a abrirse.
Morgana lo vio apretar con torpeza.
—Así no.
Rodrigo levantó los ojos.
Ella le quitó el paño, lo dobló y se lo devolvió.
—Mantenlo ahí.
Él obedeció.
Durante un rato solo se escuchó el agua contra la popa.
—¿Simón vivirá? —preguntó Morgana.
—Gaspar cree que sí.
Ella cerró los ojos un instante.
Rodrigo la miró con una atención que ya no tenía nada que ver con el baile.
—Mi madre habría hecho lo mismo —dijo—. Con el muchacho.
Morgana dejó el peine sobre su falda.
—¿Dónde está?
—Murió hace años.
Ella asintió, sin preguntarle más.
Rodrigo mantuvo el paño contra la herida.
—No sé hablar contigo.
Morgana contempló el rostro cansado que tenía delante. Después recordó el niño del camino, la tela sobre su cabeza y la costa alejándose.
—Puedes empezar por escucharme.
Rodrigo esperó.
—Quiero volver con mi familia.
Afuera, el viento hinchó las velas.
Él bajó la mirada hacia la sangre del paño y no le prometió nada.