Capítulo 3 de 15

Dos rostros bajo la misma bandera

Morgana esperó a que Rodrigo se apartara de la puerta.

No sucedió.

Él permanecía con una mano apoyada en el picaporte, como si hubiera descubierto demasiado tarde que llevarla al barco había sido más sencillo que saber qué hacer con ella.

—Quiero ver la costa —dijo.

Rodrigo miró las ventanas de popa.

—Desde aquí puedes verla.

—Quiero verla sin vos delante.

Él dejó escapar el aire por la nariz y salió.

Morgana llegó a los cristales antes de que terminara de cerrarse la puerta.

La tierra se extendía al otro lado del agua, todavía cercana. Distinguía las embarcaciones pequeñas, la claridad de los edificios, un camino que quizá fuera el que su familia había tomado. Buscó los carros sabiendo que no podría reconocerlos desde allí.

Apoyó las manos contra la madera.

Tomás la habría oído gritar. Esteban estaría buscándola. Su abuela regresaría sobre sus pasos, preguntaría en las huertas y acabaría llegando al puerto.

Pero ellos ya se alejaban.

Tiró de la puerta.

Se abrió.

Aquello la sorprendió lo suficiente para quedarse inmóvil un instante. Después salió al pasillo y subió los escalones por los que la habían hecho bajar.

El viento le golpeó la cara.

Había hombres trabajando con las velas y otros recogiendo cabos. Nadie pareció prestarle atención hasta que echó a correr hacia la borda.

—¡Necesito un bote!

Un marinero levantó la cabeza.

Morgana reconoció al hombre que había intentado sujetarla en el camino. Tenía un arañazo oscuro junto a la boca.

—Eso tendrás que pedírselo al capitán.

—Lo estoy pidiendo.

Él miró hacia el alcázar.

Rodrigo bajaba los escalones.

Morgana se volvió hacia los hombres que estaban más cerca.

—Mi familia pagará por llevarme. No tengo dinero conmigo, pero os pagarán.

Algunos evitaron sus ojos. Otro sonrió de una manera que le heló la espalda.

Rodrigo llegó hasta ella.

—Baja.

—La costa todavía está cerca.

—He dicho que bajes.

—Podéis devolverme ahora. No tenéis que regresar con el barco. Basta un bote.

Él le sujetó el brazo.

Morgana tiró hacia atrás.

—Soltadme.

Las manos de Rodrigo se endurecieron al sentir las miradas de la tripulación.

—No voy a discutir contigo delante de mis hombres.

—Pues contestadme donde puedan oíros.

Alguien dejó caer un cabo. El golpe pareció demasiado fuerte en aquel silencio.

Rodrigo acercó la cara a la suya.

—Vuelve al camarote.

Morgana no bajó los ojos.

Fue Baltasar quien intervino.

—Capitán, necesitamos decidir el rumbo antes de perder esta corriente.

Rodrigo tardó un momento en mirarlo.

Aquella interrupción le permitió soltarla sin sentir que cedía.

Morgana se frotó el brazo.

—Cuando mi familia llegue al puerto sabrán vuestro nombre.

—Abajo —repitió él.

Ella regresó al camarote porque no encontraba otra salida y porque las piernas habían empezado a temblarle. Cerró la puerta con tanta fuerza que una jarra golpeó contra el borde de la mesa.

Esta vez echó el pestillo.

Cuando Rodrigo llamó, bastante después, Morgana estaba sentada en el suelo.

No contestó.

—Traigo comida.

El olor llegó antes que él: caldo, pan y carne cocida. Su estómago se contrajo, pero no se levantó.

—Déjala fuera.

Hubo un breve silencio.

—Necesito entrar.

—Yo necesito volver.

Rodrigo apoyó algo contra la puerta.

—No voy a hacerte daño.

Morgana soltó una risa seca.

Él no insistió enseguida.

Al otro lado se escuchaban pasos y el quejido continuo de la madera. La embarcación se inclinó suavemente. Morgana apoyó una mano en el suelo hasta que pasó el movimiento.

—No te sientes junto al arcón —dijo Rodrigo—. Si se suelta con un golpe de mar puede lastimarte.

Ella se levantó solo para alejarse de allí.

Después abrió.

Rodrigo llevaba una bandeja y una camisa limpia doblada sobre el brazo.

Morgana dejó que entrara, pero mantuvo la puerta abierta.

Él miró el pestillo.

—Puedes cerrarlo cuando estés dentro.

—Ya lo he descubierto.

Dejó la comida sobre la mesa.

—La camisa es para ti. La tuya está rota.

Ella juntó los bordes de la manga.

Rodrigo se dio cuenta de que mirarla la incomodaba y apartó los ojos.

—También he mandado traer agua dulce para que te laves.

Morgana contempló la bandeja. Había una cuchara, pero ningún cuchillo.

Él siguió su mirada.

Ninguno dijo nada.

—¿Qué esperabais? —preguntó ella al fin.

Rodrigo permaneció junto a la mesa.

—¿Cuándo?

—Cuando mandasteis a vuestros hombres a buscarme. ¿Qué esperabais que hiciera al llegar aquí?

Él se pasó una mano por la nuca.

—Quería que vinieras conmigo.

—Ya os había dicho que no.

—Lo sé.

Morgana lo miró con incredulidad.

—Entonces lo sabíais.

Rodrigo se acercó a las ventanas. La costa empezaba a perder sus contornos.

—He pasado años llegando a puerto sin encontrar a nadie a quien quisiera volver a ver.

—Eso no os daba derecho a llevarme.

Él se volvió.

—No he dicho que me lo diera.

—Pero lo habéis hecho.

Aquella vez Rodrigo no respondió.

Morgana tomó el cuenco para que no se notara cuánto le temblaban los dedos. Bebió un poco de caldo. Tenía hambre desde antes del secuestro y odiaba que él estuviera allí para presenciarlo.

—Salid.

Rodrigo asintió.

Antes de marcharse señaló la cama.

—Duerme ahí esta noche.

Ella dejó el cuenco.

—¿Y vos?

—En cubierta, si hace falta.

Morgana sostuvo su mirada, intentando descubrir la condición escondida.

Él pareció comprenderlo.

—No voy a acostarme contigo si no quieres.

Ella tardó en contestar.

—No quiero.

—Entonces no ocurrirá.

La firmeza de su voz alivió algo en ella, aunque no lo suficiente para dejar de vigilarlo.

—No he estado con ningún hombre —dijo—. Y no pensaba que…

La frase se le quebró.

Rodrigo bajó los ojos hacia su manga rota.

Hasta entonces había conseguido recordar el baile cada vez que la realidad lo incomodaba. Ahora tenía delante a una mujer herida que intentaba explicarle algo que él tendría que haber respetado sin necesidad de escucharlo.

—No tienes que decirme más.

Morgana se limpió una lágrima con el dorso de la mano, furiosa por no haber podido contenerla.

—Podría haber sido distinto si me hubierais dejado elegir.

Él levantó la cara.

Pero ella ya miraba hacia la puerta.

Rodrigo salió sin atreverse a preguntar qué había querido decir.

Al anochecer, el camarote se volvió insoportable.

Morgana había lavado su camisa y la había extendido cerca de las ventanas. La prenda que él le dejó le llegaba hasta los muslos y le sobraba en los hombros; se la puso sobre la falda, ajustándola con su propia cinta.

El mareo apareció después de comer.

Intentó resistirlo acostada, luego sentada y por último de pie. Nada funcionó. Necesitaba aire.

Esperó a escuchar menos movimiento antes de salir.

En cubierta ardían dos faroles. El mar parecía más grande de noche y la costa había desaparecido.

Morgana avanzó hasta un lugar despejado, lejos de los hombres.

Respiró despacio.

—La primera noche es la peor.

El marinero del arañazo estaba junto a unos barriles.

Ella se apartó.

—No os acerquéis.

El hombre levantó las manos.

—Solo quería ser amable.

Morgana se volvió hacia la escalera.

Él dio un paso y le cerró parcialmente el camino.

—El capitán tiene buen gusto. Aunque podrías sonreír un poco.

Morgana buscó otro paso entre los barriles.

El hombre le agarró la punta de la trenza.

No llegó a tirar.

Rodrigo le sujetó la muñeca y se la torció hasta obligarlo a soltarla.

—Vuelve a tocarla.

Lo dijo en voz baja.

El marinero palideció.

—No sabía que…

—Sí sabías.

Lo empujó contra los barriles.

Varios hombres se habían vuelto hacia ellos.

Rodrigo miró alrededor.

—Morgana está conmigo. Nadie la toca, nadie entra en mi camarote y nadie vuelve a cerrarle el paso.

Ella sintió el alivio de verse libre de aquella mano y, enseguida, la vergüenza de que todos la observaran.

Rodrigo se volvió hacia ella.

—Tú baja. Te he dicho que no andes sola por aquí.

Morgana lo miró.

Él sostuvo aquella expresión severa hasta que ella se marchó.

La encontró de pie en el camarote, esperándolo.

—¿Por qué habéis dicho eso?

Rodrigo cerró la puerta.

—Ese hombre no volverá a molestarte.

—Habéis hecho creer a todos que soy vuestra mujer.

—Así estarás protegida.

—Podríais prohibir que me tocaran sin hacerles creer que dormimos juntos.

Él se quitó el cinturón y lo dejó sobre la mesa.

—No conoces a estos hombres.

—Vos los mandáis.

Rodrigo alzó la mirada.

Morgana estaba pálida por el mareo, pero no retrocedió.

—Si solo obedecen cuando creen que me poseéis, entonces tendréis que explicarles que no me poseéis y conseguir que obedezcan de todos modos.

Él abrió la boca y volvió a cerrarla.

Morgana se sentó en el borde de la cama.

Tenía demasiado cansancio para seguir discutiendo.

Rodrigo vertió agua en un vaso y lo dejó a su alcance.

—Mira el horizonte cuando subas. Ayuda con el mareo.

Ella no tomó el vaso hasta que él se apartó.

Rodrigo recogió una manta del arcón y la extendió en el suelo, junto a la puerta.

Morgana lo observó.

—¿Vais a quedaros?

—Si duermo fuera, seguirán haciendo preguntas.

Ella apretó las manos sobre la falda.

Él miró la escasa distancia entre la manta y la cama. Después recogió sus cosas.

—Dormiré al otro lado.

Morgana esperó a que saliera y echó el pestillo.

Durante mucho tiempo permaneció despierta, escuchando el mar contra el casco y los pasos de los hombres sobre su cabeza.

Al otro lado de la puerta Rodrigo se acomodó sobre las tablas.

Poco antes del amanecer, una voz lo hizo incorporarse.

—Velas al oeste, capitán.

Morgana oyó que la manta se arrastraba y que él se ponía de pie.

—¿Bandera?

—Castellana.

Siguió un silencio breve.

Cuando Rodrigo respondió, su voz había recuperado la dureza de cubierta.

—Despertad a los artilleros.