Capítulo 2 de 15
El hombre que confundió el deseo con el derecho
Morgana no volvió a bailar aquella noche.
Se sentó detrás del carro con los pedazos del cuenco entre las manos, aunque sabía que no tenían arreglo. Había recogido hasta el fragmento más pequeño. Necesitaba hacer algo con los dedos para impedir que le temblaran.
Alda la encontró allí.
—Vas a cortarte.
—Ya estaba desportillado.
—No he preguntado por el cuenco.
Morgana dejó los trozos sobre un paño.
Del otro lado del carro seguían llegando voces. Un hombre discutía el precio de un caballo. Tomás tocaba más despacio y alguien acompañaba la melodía golpeándose una rodilla.
—He visto un barco —dijo al fin.
Su abuela se sentó a su lado.
—¿En la mano del desconocido?
—No llegué a mirarla. Me rozó.
Alda esperó.
—Había una tormenta. Una puerta se golpeaba y… alguien lloraba.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Un hombre? ¿Una mujer?
Morgana apretó los labios.
—Un niño muy pequeño.
La anciana volvió la cabeza hacia las luces del puerto.
Durante unos instantes no dijo nada.
—Mañana saldremos antes de que abran las puertas del mercado.
—Esteban quiere comprar harina.
—La compraremos en otro sitio.
Morgana la miró.
—No puedes cambiar el camino cada vez que veo algo que no entiendo.
Alda le recogió un mechón detrás de la oreja.
—Ese hombre no me ha gustado desde antes de que rompieras el cuenco.
En el puerto, Rodrigo de Valcárcel estaba de peor humor del que habría querido admitir.
Había dejado atrás una plaza llena de mujeres dispuestas a sonreírle y no conseguía apartar de su pensamiento a la única que le había pedido que se marchara.
Caminaba junto a Baltasar, su contramaestre, entre redes tendidas y barriles pendientes de embarque. Al fondo de la dársena, la Santa Brígida se balanceaba con suavidad.
—Veintitrés años —dijo Baltasar.
Rodrigo lo miró.
—¿Qué?
—La muchacha. Tiene veintitrés años. Viaja con su abuela, un tío y varios parientes. Arreglan cacharros, venden caballos, hacen música. Parten mañana.
—¿Hacia dónde?
—Tierra adentro.
Rodrigo se detuvo.
Un muchacho pasó cargando una cesta de pescado y tuvo que desviarse para no tropezar con él.
—¿Por qué tanta prisa?
Baltasar lo observó con una paciencia que solo se permitía cuando estaban solos.
—Puede que porque llevan días viajando.
—Acaban de llegar.
—Entonces puede que no les guste Sanlúcar.
Rodrigo continuó andando.
—Bailará para nosotros antes de que se marchen.
—Ya la has visto bailar.
—He dicho que bailará para nosotros.
Baltasar se pasó una mano por la barba.
Conocía aquel tono. Lo había oído antes de abordar barcos, de perseguir una presa hasta aguas peligrosas, de mantener un rumbo cuando todos aconsejaban modificarlo.
Nunca le había preocupado tanto como entonces.
A la mañana siguiente, Morgana encontró una moneda de plata sobre la mesa donde había roto el cuenco.
Debajo había un pedazo de papel doblado.
No sabía leer más que algunas palabras, las que Alda le había enseñado con paciencia, pero reconoció un nombre escrito con trazos firmes.
Rodrigo.
Llevó el papel a su tío.
Esteban lo abrió junto al fuego.
—Quiere que vayamos al puerto. Música y baile para la tripulación. Paga la mitad ahora y la otra mitad al terminar.
—No vamos —dijo Alda.
Su hijo levantó la vista.
—Es buena plata.
—También lo es la que se pierde en una taberna.
Esteban miró a Morgana.
Ella negó con la cabeza.
No necesitó explicarle más.
Él dobló el papel.
—Entonces compraremos la harina y nos iremos.
Pero cuando Morgana salió hacia el pozo, Rodrigo estaba esperándola junto al camino.
No llevaba sombrero. La luz de la mañana le descubría pequeñas arrugas en torno a los ojos y una herida reciente sobre los nudillos.
Ella se detuvo a varios pasos.
—Vuestro dinero está con mi tío.
—Es para ti.
—No os debo nada.
—Rompiste un cuenco.
—Lo rompí yo.
Rodrigo bajó la mirada hacia el cántaro que llevaba apoyado en la cadera.
—¿Vas al pozo?
Morgana reanudó la marcha.
Él caminó a su lado.
—No os he pedido compañía.
—No hace falta pedir todo.
—Hace falta preguntar algunas cosas.
Llegaron al brocal. Había dos mujeres esperando y Morgana se alegró de verlas. Una la saludó con familiaridad.
Rodrigo quiso tomar el cántaro.
Ella lo apartó.
—Puedo hacerlo.
—No he dicho que no puedas.
—Entonces dejadme.
Él soltó una breve risa, sin alegría.
—¿Siempre recibes así a quien intenta agradarte?
Morgana acomodó el cántaro en el suelo.
—¿Esto es agradarme?
Rodrigo miró a las otras mujeres, que habían dejado de hablar.
Bajó la voz.
—Ven al barco esta tarde. Trae a tu familia. Habrá comida, vino y más dinero del que conseguiréis tocando en el camino.
—No.
—Todavía no te he dicho cuánto.
—Ya os he contestado.
La mandíbula de Rodrigo se endureció.
Morgana lo vio antes de que él consiguiera ocultarlo. Aquella facilidad con la que su interés se convertía en disgusto le confirmó el alivio que había sentido al decidir partir.
—¿Tienes marido? —preguntó.
—No os importa.
—Me importaría si lo tuvieras.
Ella recogió la cuerda del pozo.
—Pues ahorraos la preocupación.
Rodrigo le sujetó la muñeca.
No apretó mucho. No fue necesario.
Morgana miró primero sus dedos y después su cara.
—Soltadme.
Él mantuvo la mano un instante de más.
Una de las mujeres carraspeó.
Rodrigo la soltó.
—Solo quería hablar contigo.
—Ya habéis hablado.
Morgana tiró de la cuerda. El cubo apareció derramando agua sobre las piedras. Le costó levantarlo, pero prefirió hacer el esfuerzo antes que volver a mirarlo.
Cuando terminó de llenar el cántaro, él seguía allí.
—Esta noche zarpamos —dijo.
Ella se incorporó.
—Buen viaje.
Rodrigo la vio alejarse con el peso apoyado en la cadera y el cabello recogido en una trenza gruesa.
No le había sonreído una sola vez.
Aquello, que tendría que haber bastado, lo enfureció.
El campamento se puso en marcha después del mediodía.
La compra de harina había tardado más de lo previsto. Una mula perdió una herradura y Esteban tuvo que negociar con un herrero que cobraba por adelantado. Cuando al fin los carros empezaron a avanzar, Alda llevaba una hora mirando hacia el camino del puerto.
Morgana caminaba junto al último carro.
—Sube —le dijo Tomás desde el pescante.
—He pasado toda la mañana sentada.
—Has ido al pozo.
—Entonces he pasado media mañana sentada.
Su primo sonrió y aflojó las riendas.
El camino bordeaba unas huertas antes de internarse entre terrenos bajos. Todavía se oían, a lo lejos, las campanas del pueblo.
Fue entonces cuando apareció un niño.
Tendría once años. Venía corriendo y se detuvo frente a Morgana, doblado sobre las rodillas.
—¿Sois la que cura?
Ella frunció el ceño.
—No curo.
—Mi madre… —El niño tragó aire—. Se ha caído. Dice que os conoce. Me ha mandado a buscaros.
Morgana miró hacia el carro.
—¿Cómo se llama?
—Beatriz.
No reconoció el nombre.
—Hay que buscar a una mujer que atienda enfermos.
—No quiere que vaya al pueblo. Mi padre le pega.
El niño empezó a llorar.
Tomás bajó de un salto.
—Voy contigo.
—Tú avisa a Esteban —dijo Morgana—. Que esperen en el cruce.
La casa estaba, según el niño, detrás de unos sauces, a poca distancia.
Morgana lo siguió.
Antes de llegar a los árboles, oyó pasos detrás.
Se volvió.
El marinero pelirrojo estaba a unos metros.
El niño dejó de llorar.
Morgana entendió demasiado tarde.
Retrocedió y chocó contra un segundo hombre.
—No grites —dijo este.
Ella le clavó el codo en el vientre.
El hombre maldijo.
Morgana echó a correr hacia el camino, pero Baltasar la alcanzó por la cintura. Gritó entonces, con toda la fuerza que pudo, y alcanzó a oír la voz de Tomás antes de que una mano le cubriera la boca.
Luchó con los pies, con las uñas, con los dientes.
Vio al niño apartarse con una moneda apretada en el puño.
Después le echaron una tela sobre la cabeza.
El mundo quedó reducido al olor de un saco, al balanceo de un cuerpo cargándola y a su propia respiración.
Cuando le quitaron la tela estaba dentro de un bote.
Rodrigo permanecía frente a ella.
Morgana tenía las muñecas sujetas y un mechón pegado a la boca.
Él extendió la mano para apartárselo.
Ella lo golpeó con ambas manos.
—No me toquéis.
Uno de los hombres soltó una risa.
Rodrigo volvió la cabeza.
La risa cesó.
—Desátala —ordenó.
Baltasar cortó la cuerda.
Morgana se lanzó hacia la borda, pero Rodrigo la sujetó antes de que pudiera arrojarse.
—El agua está helada.
—¡Mi familia!
—No les hemos hecho daño.
—¡Devolvedme!
Los remos siguieron entrando en el agua.
La orilla retrocedía.
Morgana vio los mástiles de la Santa Brígida levantarse sobre ellos y comprendió adónde la llevaban.
Le faltó el aire.
—Miradme —dijo Rodrigo.
Ella siguió mirando la costa.
—Morgana.
Se volvió con una expresión que le hizo retirar la mano.
—No tenéis derecho.
Por primera vez desde que había decidido llevársela, Rodrigo no encontró una respuesta que pudiera decir en voz alta.
Al subir a cubierta, ella tenía sangre en el labio y una manga rasgada.
Varios hombres se acercaron.
—¿Y esta? —preguntó uno.
Rodrigo le puso una mano sobre el hombro.
Morgana se apartó.
Él volvió a sujetarla, más por las miradas de sus hombres que por necesidad.
—Se queda conmigo.
Hubo sonrisas, un silbido.
Ella levantó la cara.
—Me ha traído por la fuerza.
El silencio fue inmediato.
Rodrigo sintió todas las miradas pendientes de su reacción.
—Al camarote —dijo.
Morgana no se movió.
Él se inclinó hacia ella.
—Caminas tú o te llevo yo.
Ella lo miró con un odio tan limpio que durante un instante Rodrigo recordó la plaza, el cuenco de agua, la facilidad con que podría haberse marchado sin hacer nada de aquello.
Luego oyó reír a alguien a sus espaldas.
Tomó a Morgana del brazo y la condujo hasta la puerta.
Dentro, la soltó.
Ella retrocedió hasta la pared.
Rodrigo cerró, y el ruido de cubierta quedó amortiguado.
Había una cama estrecha, una mesa llena de cartas de navegación y un arcón sujeto al suelo. La luz entraba por las ventanas de popa, dibujando reflejos sobre el techo.
Él señaló una jarra.
—Hay agua.
Morgana seguía mirando la puerta.
—Podéis arreglarlo todavía —dijo.
Rodrigo permaneció inmóvil.
—Mandad que me lleven a tierra.
Arriba sonó una orden. Después, el golpe de unos pies corriendo y el crujido profundo de la madera.
El barco empezaba a moverse.
Morgana lo oyó.
Rodrigo también.
—Estarás bien aquí —dijo él.
Ella se llevó una mano a la muñeca lastimada.
—Yo estaba bien antes de conoceros.