Capítulo 1 de 15

La mujer que leía todas las manos menos la suya

La primera muchacha llegó antes de que terminaran de desuncir las mulas.

Traía las mejillas encendidas por la carrera y un pañuelo apretado entre los dedos. Al ver a Morgana junto al carro, se detuvo como si hubiera encontrado a alguien que solo conocía por los sueños.

—¿Sois vos?

Morgana dejó el cubo en el suelo.

—Depende de a quién busques.

—A la que lee las manos.

—Entonces puede que sí.

La joven miró alrededor. Los carros acababan de detenerse en un prado a las afueras de Sanlúcar, donde el olor del río se mezclaba con el de las bestias y la leña húmeda. Un niño perseguía una gallina debajo de un eje. Más allá, dos hombres discutían sobre una rueda.

Era la primavera de 1580. Morgana conocía aquel lugar por el ruido de los martillos del puerto y por una casa donde Alda conseguía agujas a cambio de arreglar un caldero. Los viajes de su familia seguían las ferias y los trabajos que podían encontrar. Las paradas nunca eran tan libres como imaginaban quienes solo los veían llegar: había permisos que pedir, lugares donde no los dejaban dormir y caminos que Esteban evitaba sin explicárselo a los niños.

—Mi prima os vio en Jerez. Dijisteis que su prometido no llegaría a casarse con ella.

Morgana la observó en silencio.

—Murió en el camino —añadió la muchacha.

—Le advertí que había un viaje que iba a separarlos. No vi cómo.

—Pero lo supisteis.

A Morgana le incomodaba aquella manera de pronunciarlo. Como si saber fuera siempre una bendición.

—¿Cómo te llamas?

—Leonor.

—Ven, Leonor. Y deja de retorcer ese pañuelo antes de que lo partas.

La hizo sentarse sobre un banco junto al carro. A sus veintitrés años, Morgana había aprendido que las personas casi nunca acudían para conocer el futuro. Acudían para que alguien les asegurara que sus deseos iban a cumplirse.

Leonor extendió la mano derecha.

—Quiero saber si Rodrigo me ama.

—¿Te lo ha dicho?

—Cuando estamos solos.

—¿Y cuando hay gente?

La muchacha bajó los ojos.

Morgana tomó su mano. Tenía dedos finos y una pequeña quemadura cerca del pulgar.

—¿Trabajas con cera?

—Mi padre hace velas.

—Entonces ayúdame a comprender algo. Si una vela alumbra únicamente cuando nadie puede verla, ¿de qué sirve su luz?

Leonor retiró un poco el brazo.

—Mi prima dijo que erais más amable.

Morgana sonrió.

—La primera vez que vino, tu prima solo quería encontrar una mula perdida. Ni siquiera estaba prometida todavía.

Leonor abrió los ojos.

—Eso no me lo contó.

—Hay historias que mejoran mucho cuando se deja fuera a la mula.

La joven soltó una risa involuntaria.

Solo entonces Morgana volvió la palma hacia la claridad.

—Esta curva que rodea la base del pulgar se llama línea de la vida. En la lectura de manos se relaciona con el vigor y el curso de la existencia. No debes contar sus marcas como quien cuenta años. Esta otra, que atraviesa la zona media, es la de la cabeza. Y aquí, más arriba, está la del corazón.

Leonor se inclinó para mirar.

—¿Y dice que Rodrigo me ama?

Morgana siguió con el pulgar el pliegue superior.

La visión llegó sin aviso.

Una puerta azul. Pan caliente partido sobre una mesa. Un hombre de manos blancas de harina, riendo mientras Leonor le sacudía el delantal.

Después, oscuridad.

Morgana soltó despacio la mano.

—¿Qué habéis visto?

—Una casa.

—¿La de Rodrigo?

—No lo sé.

Era una mentira pequeña. El hombre de la visión no tenía la cara estrecha del hijo del alguacil, al que había visto aquella mañana junto a la entrada del pueblo.

Leonor empezó a llorar en silencio.

—Decidme qué puedo hacer para que me elija.

Morgana le acercó el pañuelo.

—Puedes preguntarle qué está dispuesto a ofrecerte.

—Quiero un ritual.

Desde el otro lado del carro llegó la voz de su abuela.

—Todas quieren un ritual hasta que el ritual les exige hablar claro.

Alda apareció con una cesta de ropa. Llevaba las mangas recogidas y una expresión que no se ablandó al ver las lágrimas.

—Abuela —murmuró Morgana.

—¿Qué? ¿Vas a venderle esperanza envuelta en hilo rojo?

—Nunca he vendido eso.

—Entonces no empieces hoy.

La anciana se alejó hacia el arroyo.

Morgana esperó hasta verla fuera de alcance y buscó en una bolsa un retal de lino.

—Puedo enseñarte una costumbre que algunas mujeres usan como petición de amor. No hará que Rodrigo sienta algo que no siente.

Leonor asintió con demasiada prisa.

Morgana colocó tres pétalos secos de rosa sobre la tela.

—La rosa se emplea como símbolo de afecto. Doblas el paño hacia dentro y lo atas con un hilo. Mientras lo haces, dices lo que deseas para tu vida. No pongas el nombre de un hombre. Pide un amor que pueda escogerte libremente.

—¿Y después?

—Lo guardas entre tu ropa unos días, como recordatorio de lo que has pedido.

—¿Eso es todo?

—Falta lo más difícil.

—¿Qué?

—No aceptar menos cuando él vuelva a buscarte a oscuras.

Leonor miró el pequeño atado.

Cuando se fue, dejó una moneda sobre el banco.

Morgana la alcanzó antes de que tomara el camino.

—La próxima vez paga cuando hayas comido —le dijo, cerrándole los dedos sobre el cobre.

Al regresar encontró a Alda apoyada contra el carro.

—Has vuelto a regalar tu trabajo.

—No tenía hambre de porvenir. Tenía hambre de que alguien la quisiera.

—Eso no se cura regalando rosas.

Morgana recogió el cubo.

—Lo sé.

Alda le sujetó la muñeca con suavidad.

—¿Qué has visto?

—Un panadero.

La anciana sonrió.

—Mejor que un alguacil.

El campamento creció durante la tarde. Se extendieron mantas, se repararon correajes y se puso una olla al fuego. Su primo Tomás regresó con noticias del puerto: había barcos llegados de las Indias, mercancías que cambiarían de dueño antes del amanecer y soldados interesados en cobrar por hacer preguntas.

—Esta noche bailamos y mañana seguimos camino —dijo su tío Esteban.

Morgana levantó la vista.

—Acabamos de llegar.

—Y ya nos han contado dos veces.

No hizo falta explicar quiénes.

Alda se sentó a desgranar habas.

—No te alejes sola.

—Nunca me alejo sola.

—Ayer fuiste al río.

—Ayer fuiste tú quien me mandó a lavar las mantas.

La anciana chasqueó la lengua, vencida por un detalle que consideraba irrelevante.

Al caer la tarde llegaron más mujeres.

Una quería saber si su esposo regresaría del mar. Otra traía la mano escondida bajo el delantal y preguntaba por un embarazo que aún no había contado a nadie. Una viuda pidió compañía y terminó hablando durante una hora de un hombre muerto hacía doce años.

Morgana escuchó.

A veces veía.

Otras veces solo encontraba piel, pliegues y el temblor de unos dedos.

Su don no obedecía a las monedas ni a las súplicas. Podía negarse ante una mujer desesperada y abrirse de pronto cuando un desconocido le rozaba el brazo en el mercado.

Eso era lo que más temía.

No la oscuridad de las visiones, sino su capricho.

Cuando terminaron las consultas, encontró a Alda contemplándole las manos.

—No —dijo Morgana.

—Ni siquiera he hablado.

—Lo estás pensando.

La abuela extendió los dedos.

Morgana escondió los suyos en la falda.

—No quiero que me mires otra vez.

La última vez, Alda había callado durante tanto tiempo que Morgana terminó retirando la mano.

Desde entonces, cada pregunta recibía la misma respuesta: no todo lo que se ve se comprende.

Alda había alcanzado a distinguir agua y un camino interrumpido; nunca un rostro ni una fecha. Morgana la había oído admitirlo una noche, hablando con Esteban. Aquello no era un conocimiento que la anciana quisiera esconderle: era un miedo al que tampoco sabía dar nombre.

—¿Has vuelto a soñar con agua? —preguntó la anciana.

Morgana miró hacia el río.

—Sí.

—¿Agua quieta?

—No.

Alda bajó los ojos.

A lo lejos empezó a sonar el instrumento de Tomás.

—Me toca bailar —dijo Morgana.

Se puso una falda de lana teñida de rojo oscuro, una camisa clara y un corpiño ajustado que había remendado ella misma. Se soltó el cabello. Negro, espeso, le cayó hasta la cintura.

Alda se acercó para acomodarle una cinta.

—No tienes que sonreírle a ninguno.

—Sonrío porque estoy bailando.

—Mejor.

En el corro había marineros, vendedores y vecinos que fingían haber salido por casualidad. Morgana reconoció a Leonor al fondo, acompañada de otra muchacha.

Al primer golpe del pandero, alzó los brazos.

Bailar era el único momento en que no necesitaba escuchar preguntas.

La tierra estaba firme debajo de sus pies. El fuego le calentaba un costado. Su falda giró rozándole los tobillos y el cabello se deslizó sobre su espalda al inclinar la cabeza.

Un hombre dejó de hablar a media frase.

Otro apoyó el vaso sin beber.

Morgana no los miraba uno por uno. Seguía el ritmo, marcándolo con los talones, dejando que la música le atravesara el cuerpo hasta borrar el cansancio del viaje.

Entonces vio al desconocido.

Estaba junto al poste de una cerca. Alto, de hombros anchos, vestido con ropa oscura de buena calidad y llevada sin cuidado. Una cicatriz corta le partía la ceja izquierda. Tenía la piel curtida de quien pasaba más tiempo bajo el cielo que bajo un techo.

No sonreía.

Morgana sostuvo su mirada un instante y giró.

Cuando volvió a encontrarlo, seguía inmóvil.

Junto a él, un marinero de barba rojiza dijo algo que no alcanzó a oír.

El desconocido no contestó.

Ella terminó el baile con la respiración agitada y una rodilla cerca del suelo. Hubo aplausos, monedas y una voz que pidió otra pieza.

Morgana se levantó.

Necesitaba agua.

Había llegado hasta la mesa cuando una sombra cayó sobre el cuenco.

—¿Cómo te llamas?

Era él.

De cerca olía a sal, cuero y madera húmeda.

—Podéis preguntar sin cerrarme el paso.

El hombre miró el estrecho espacio que había dejado y se apartó apenas.

—Tu nombre.

Morgana bebió antes de responder.

—Morgana.

—Yo soy Rodrigo de Valcárcel.

Ella pensó en Leonor y estuvo a punto de reír.

—Hoy abundan los Rodrigos.

—No conoces ninguno como yo.

—Eso espero.

El marinero pelirrojo soltó una carcajada detrás de él.

Rodrigo ni siquiera volvió la cabeza.

—Dicen que puedes leer el futuro.

—Dicen muchas cosas.

Sacó una moneda de plata.

Morgana la miró, pero no extendió la mano.

—Guardaos eso.

—¿No cobras?

—Cuando quiero trabajar.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo sed.

Él tomó la jarra y llenó su cuenco.

El gesto habría parecido amable si no hubiera habido tanta seguridad en su manera de quedarse.

—Ya tienes agua.

Morgana dejó el cuenco sobre la mesa.

—Y vos seguís sin tener una respuesta.

Por primera vez, algo cambió en su expresión. No fue una sonrisa completa, sino el principio de una, como si acabara de encontrar una dificultad que le interesaba.

Apoyó la mano izquierda junto a la de ella.

Tenía una cicatriz en la base del pulgar.

—Mírala.

Morgana iba a negarse.

Pero él movió los dedos y la rozó.

El campamento desapareció.

Vio una tela blanca hinchada por el viento.

Una puerta golpeando contra su marco.

Agua negra.

Y un llanto tan pequeño que parecía imposible escucharlo entre los truenos.

Retrocedió de golpe.

El cuenco cayó y se rompió a sus pies.

Rodrigo la sujetó por el codo.

—¿Qué has visto?

Morgana se soltó.

Detrás de él, el fuego seguía ardiendo. Tomás afinaba las cuerdas. Una mujer reía junto a la olla.

Todo permanecía en su sitio.

—Nada —respondió.

El capitán bajó la mirada hacia los pedazos de barro.

Después volvió a mirarla.

—Mientes muy mal.

Morgana recogió su falda para pasar junto a él.

Aquella vez, Rodrigo la dejó marchar.

Pero cuando el marinero le preguntó si regresaban al barco, no contestó enseguida.

Seguía observando el carro detrás del que había desaparecido la muchacha.

—Averigua cuándo parten —ordenó.