Capítulo 5 de 5
La gitana Saraí es presentada ante el rey Enrique IV de Castilla
Después de varias semanas de preparación a cargo de la gitana Carmela, Saraí aprendió a bailar y todo lo necesario sobre las artes de la quiromancia y la hechicería. ¡Ya estaba lista para seducir con sus encantos al rey de Castilla!
Pero ella no lo sabía. Fue llevada a ese castillo con engaño de sus ahora “segundos padres”, Carmela y Don Miguel. Lo único que le habían dicho era que tenía que presentarse frente al rey y su esposa Juana de Portugal y bailar como nunca antes lo había hecho, mientras recitaba algunos hechizos en silencio, para que los reyes pudieran intimar y procrear un heredero.
Y así parecía ser, al llegar al castillo se encontró con los reyes sentados en su trono mientras ella y las demás muchachas debían ofrecer un espectáculo de baile. Junto a los demás hombres del clan, que se encargarían de tocar los instrumentos musicales y hacer algunos malabares con utensilios y animales salvajes amaestrados.
Desde que Saraí entró en ese salón llamó la atención de todos los presentes, sus profundos y penetrantes ojos verdes parecían hundirse en el más profundo misterio de su sensualidad angelical. Su piel canela marcaba sensualmente con más firmeza sus muslos descubiertos de manera sutil por un vestuario sugerente.
Al danzar cadenciosamente al compás de la percusión corporal marcada magistralmente con su mano y sus pies, su cintura estrecha y las caderas pronunciadas de su silueta de reloj de arena hacían que todas las miradas de los allí presentes entrarán en estado hipnótico.
Carmela era una gitana muy vieja y adiestrada en las artes dancísticas de varias culturas. Había recorrido burdeles de geishas en el lejano oriente, los harenes del Imperio Otomano con las concubinas más cotizadas, influencias del de la danza Kathak y Kalbelia de la India Oriental, además una marcada tendencia a la danza árabe y morisca.
Además, Carmela era muy buena costurera, y ella misma elaboró el vestuario de la joven gitana. Para explotar al máximo el atractivo visual de su cuerpo virginal.
El baile resultado de una mezcla multicultural y la belleza exótica de la gitana Saraí tenían a todos embelesados. Incluso, la reina Juana de Portugal no pudo soportar más la indignación por estar teniendo que pasar por esa humillación, donde su esposo, el rey Enrique, la obligaba a presenciar la elección de su potencial amante.
Pero ya había pasado por eso muchas veces, ahora la indignación se volvió más intensa al descubrir que por primera vez el rey se había extasiado con solo mirar a una mujer. Así que se levantó furiosa de su asiento y se fue del salón, dejando a su marido solo con los invitados y los gitanos.
—La reina se ha marchado —dijo Don Miguel preocupado a Carmela mientras observaban ambos sentados el espectáculo.
—Es una buena señal, mi señor. Nunca antes se había levantado y se veía muy molesta —respondió Carmela tranquila y saboreando la victoria.
—Alto a la música —ordenó en esos momentos el rey con voz tajante.
Inmediatamente todos los músicos callaron y las gitanas que estaban danzando en medio de la sala se detuvieron y en sus lugares se arrodillaron y agacharon la cabeza ante el rey, mostrando sumisión total y respeto. La sala quedó por completo en silencio, todos los allí presentes de la corte también mostraron reverencia ante el soberano.
Era la primera vez que el rey interrumpía un espectáculo de esos de manera tan abrupta. Todos estaban preocupados de pensar que pudieran haber hecho algo que lo haya importunado y que comenzaran a rodar cabezas.
Acto seguido el rey se desplazo hasta la pista de baile hasta quedar de pie junto a Saraí, quien seguía inclinada con la mirada en el suelo. Llena de temor sintió la presencia del rey ante ella.
—Tú, gitana, levanta el rostro quiero mirar tus ojos una vez más —ordenó con voz firme a la joven.
Ella obedeció temblando de miedo. Lo miró a los ojos y él la miró a los ojos, la conexión fue profunda. Después él le tendió la mano para que se apoyara de ella y se pusiera de pie, ella hacía lo que él indicaba.
Pero al estar de pie tomada de la mano de él sintió que las fuerzas se le escapaban y perdió la conciencia. Cayendo desmayada entre los brazos del rey, quien preocupado la cargó con un brazo sosteniendo la espalda alta y el cuello, mientras su otro brazo pasaba por debajo de las corvas de las rodillas.
—¡Guardias! ¡Guardias! Despejen mi camino hacia la alcoba real —ordenó el rey sinceramente preocupado por el bienestar de aquella jovencita que lo había cautivado.
Esta historia continuará...