Capítulo 1 de 5

La gitana y su novio se dejan llevar por la pasión del amor

Saraí había bajado por agua al río, cuando de pronto escuchó que alguien que se encontraba oculto entre los matorrales la llama por su nombre y con chistidos:


—Saraí, chist, chist, Saraí.


—¡Ah! —suspiró Saraí temerosa y sobresaltada y enseguida tomó el jarrón de barro lleno de agua del río y corrió rápido para alejarse de aquel lugar.


—Espera —dijo Manuel Antonio con voz dulce mientras tomaba por la espalda a la chica, rodeando su cintura con sus brazos fuertes de hombre.


—Aa… —Intentó gritar Saraí para pedir auxilio, pero el joven cubrió su boca con su mano izquierda, mientras con la derecha continuaba sujetándola por la cintura. 


Del sobresalto Saraí dejó caer el jarrón de barro con agua al suelo, con lo cual el recipiente se quebró irremediablemente. 


—No te asustes, soy yo —susurró el joven mientras la dejaba de sujetar.


Entonces, Saraí se giró hacia él para poder verlo de frente.


—Amor, me asustaste. Mira, se quebró el jarrón, ¿ahora qué le diré a mi Dai cuando me pregunte por el agua?


—Olvida el jarrón, olvida el agua, olvida a Dai, solo ¡bésame! —suplicó manuel mientras abrazaba suavemente a su amada. 


—No puedo, no es correcto. Estamos solos.


En efecto, estaban solos allí en medio del campo y entre el follaje de los árboles. Quedaban ocultos ante la vista de cualquier otra persona que pudiera pasar en ese momento por allí.


—Que, ¿acaso no me quieres? —preguntó él.


—Sí


—¿Entonces?


—Tenemos que esperar hasta que estemos casados.


—Es solo un beso, Saraí.


—No puedo.


—¿No me amas?


—Sí


—Entonces bésame. —Terminando de decir esto Manuel Antonio se acercó a la joven para robarle un beso, pero ella retrocedió dando unos pasos de espaldas sin ver hacia atrás y tropezó. Cayendo así de espaldas hacia atrás sobre el follaje verde y espeso del pasto. 


Como el chico se encontraba sujeto con sus brazos en la cintura de la gitana, cayó encima de ella. Una vez que pasó el sobresalto de la caída, ambos soltaron la carcajada divertidos con lo ocurrido. 


Sin levantarse ni cambiar esa posición, de él sobre ella, continuaron platicando:


—Bésame, gitana, por favor. ¡Bésame! ¡Estoy loco de amor por ti!


—Hasta después de que sea tu esposa.


—Falta mucho para eso, ya no puedo esperar más. ¡Bésame!


—No, ten paciencia. Ya la boda es este fin de semana. Mañana es la prueba del pañuelo. 


—Olvida el pañuelo, a mí no me importan todas esas tonterías de la virginidad. Muero de ansias porque seas mía, escápate conmigo. 


—No, no puedo hacerle eso a mis padres. Quiero que se sientan orgullosos de mí, que alcen el pañuelo con los tres pétalos ante todo el pueblo, para que todos sean testigos de mi pureza y de mi buena educación.


—Tu pureza está en tu corazón, gitana. Olvida a los demás, olvida el qué dirán, escápate conmigo. 


—No.


—Te deseo gitana, ¿tú no me deseas? Eres la gitana más linda del pueblo, que digo del pueblo, de toda la comarca. Soy la envidia de todos los hombres de la región. Hazme todavía más dichoso, gitana, bésame, por favor. 


—No, espérame, por favor. Tenme paciencia. 


—Tus ojos verdes me vuelven loco, tu piel canela me descontrola. Irradias tanta belleza y sensualidad, eres como una candela ardiente entre mis venas. Eres una hechicera, me has embrujado, me has enloquecido. Te amo, te deseo —decía Manuel mientras levantaba lentamente la falda de la gitana y recorría sus muslos juveniles y firmes con sus manos callosas de hombre dedicado a la herrería. 


—¡Detente, por favor! —suplicó asustada Saraí mientras con su mano intentaba detener el recorrido de la mano de su novio.


Pero Manuel parecía no entender razones y continúo recorriendo hacia arriba la falda de la chica con sus manos fuertes. Ella luchaba contra el deseo de permitir que siguiera continuando y de detenerlo.


—Te amo, Saraí, te amo.


—Yo también te amo Manuel. 


—No tengas miedo, yo siempre estaré contigo, envejeceremos juntos —susurraba el chico con dulzura mientras la besaba detrás del oído e intentaba que ella le permitiera continuar acariciando sus muslos desnudos.


—El pañuelo… los pétalos —susurraba Saraí extasiada y temblando de pasión. El deseo la estaba consumiendo y su mano ya solo reposaba suavemente sobre la mano de Manuel sobre su pierna, pero ya no la sujetaba, realmente ya no tenía interés en frenarlo. 


—No me importan los pétalos, Saraí, me importas tú. ¡Te amo, escápate conmigo! —decía el joven dulcemente mientras la besaba con dulzura y delicada cadencia en el cuello, mientras continuaba deslizando su mano hacia arriba del muslo de la jovencita y apretandolo con pasión con sus fuertes manos varoniles. 


Allí ambos tendidos sobre el pasto espeso, el encima de ella, Saraí ya no pudo contenerse más y se dejó llevar por el éxtasis completo de la pasión. No hubo necesidad de decir palabras, Manuel entendió las señales de su amada y comenzó a besarla en la boca con gran pasión. Ella le respondió con la misma pasión. Eran cómplices en aquel beso intenso y prolongado. 


Ambos estaban fuera de sí mismos, era la primera vez que se besaban, era la primera vez que habían estado tan cercas uno del otro y también era la primera vez que se veían a solas sin que nadie más estuviera presente. Eran tan solo dos adolescentes de 15 años ardiendo en las llamas de un amor juvenil, el primer amor. 


Allí prendidos ambos en aquel beso eterno, él se decidió a continuar levantando su falda y ella a ayudarle sin mostrar la menor resistencia. Pero de pronto el crujido de unas ramas secas interrumpieron aquel instante de éxtasis, haciendo que ambos se separarán y se levantaran asustados. 


Voltearon de un lado a otro asustados de pensarse descubiertos, pero solo pudieron alcanzar a ver como los matorrales se movían y escucharon después los pasos de alguien alejando apresuradamente de aquel lugar.


Manuel quiso salir corriendo a ver quién era, pero el grito angustiado de su amada lo detuvo:


—¡Nos vieron, Manuel! ¡Alguien nos ha visto!


—Tranquila, mi amor, no pasó nada.  No hicimos nada malo, solo nos estábamos besando. 


—¡Nos vieron, nos vieron! Una señorita no debe estar a solas con su novio. No debe besarlo, mucho menos dejar que la acaricie como tú me acariciaste las piernas. Ya no soy digna de la buena educación que me dieron mis padres —dijo desconsolada Saraí mientras rompía en llanto.


—Tranquila, mi amor, tranquila. No has hecho nada malo.


—Nos vieron, y se lo contaron a mis padres… a tus padres. Cancelarán la prueba del pañuelo, cancelarán la boda —insistía Saraí mientras continuaba llorando sin parar.