Capítulo 2 de 5
Ceremonia de la prueba del pañuelo de la gitana
—Salud y libertad, señora Dai y señor Nazaret —saludó el padre de Manuel a los padres de Saraí al llegar a la ceremonía de la prueba del pañuelo de la joven gitana.
—Salud y bienestar a ustedes señora Coral y señor Manuel —respondieron cordialmente los padres de Saraí.
—Mi hijo ha esculpido con sus manos estos trastes y cobre y los traemos de ofrenda a la pureza de su futura esposa, que en este día llenará de honra a nuestro hijo con los tres pétalos de su pureza. Nos enorgullece pronto formar parte de su familia tan distinguida y respetada en la comarca.
—Es para nosotros también un honor pronto ir a emparentar con ustedes, también una de las familias más respetadas de nuestra comarca. Por eso le entregamos a su hijo nuestra hija única, la gitana más bella que jamás haya pisado la tierra.
Mientras los padres se dedicaban a saludarse y alabarse unos a otros, los dos jóvenes se miraban tímidamente. Una vez que se sentaron en unas sillas, ambas contiguas, se dijeron en voz baja:
—Lo ves, no pasó nada malo. Ya estamos aquí en la ceremonia del pañuelo —dijo Manuel a Saraí para tranquilizarla y cuidando que nadie los escuchara.
—Tengo miedo, Manuel.
—¿De qué tienes miedo, corazón?
—De ya no tener mis tres pétalos por el beso que me diste.
—No, mi cielo, la virginidad no se pierde con un beso.
—Pero fue un beso que duró mucho tiempo.
—No, mi amor, eso no es suficiente para que pierdas tus tres pétalos. Todo va a estar bien, tranquila.
—Pero, ¿y la persona que nos vio?
—¿Alguien te ha dicho algo?
—No, nadie.
—Entonces, nadie nos vio. Ha de haber sido un animal del campo. Tú ya no pienses en ese, mejor piensa que pronto estarán levantando ante todos los aquí presentes el pañuelo blanco con tus tres pétalos y que el fin de semana nos casaremos y seremos felices por siempre.
—¿Tú me amas, Manuel?
—Con todo mi corazón y no me importan estas tradiciones ni tu virginidad, me importas tú y me casaría contigo sin importar si existen o no esos tontos tres pétalos.
—Promete que estarás conmigo siempre.
—Lo prometo, envejeceremos juntos. Nadie jamás podrá separarnos. ¡Te amo!
—Señores y señoras su atención, por favor —dijo Dai, la madre de Saraí, en voz alta para que todos los presentes voltearan a verla—. Es para mí un gran honor celebrar esta ceremonia de la prueba del pañuelo de mi única hija Saraí. A continuación sus dos tías, la señora Coral, yo y la ajuntaora Carmela, muy respetada en toda la Comarca, nos dirigiremos a la habitación para demostrarles a todos ustedes la pureza y honra de mi hija, que se casará este fin de semana con su novio Manuel Antonio hijo de los tan respetados señora Coral y señor Manuel.
Todos los presentes aplaudieron mientras la madre de Saraí le hacía indicaciones para que fuera con ella a la habitación. Antes de ir con ella, Saraí tomó de la mano a su novio Manuel con profunda emoción y cariño.
—¡Te amo! —dijo Saraí antes de soltarlo.
—¡Yo te amo más, corazón! —respondió él también antes de soltarla.
—Ya niña, vamos, no hagamos esperar más a los presentes —la apresuró su madre a Saraí.
Una vez en la habitación las mujeres se dispusieron a presenciar el ritual, mientras la ajuntaora se preparaba para introducir el pañuelo blanco y obtener los pétalos de la chica, que temblaba de miedo y emoción.
—¿Cuántos pétalos tuviste tú? —le preguntó una tía a otra.
—Yo tres, ¿tú? —respondió esta.
—Yo cuatro.
Estaban todas ellas felices convencidas de que le habían dado una buena educación a Saraí y de que ella también con su pureza llenaría de honra a la familia en ese día.
—Mi hija nos regalará cinco pétalos este día, de eso no tengan duda —dijo la madre de Saraí orgullosa.
Pero de pronto la ajuntaora sacó el pañuelo completamente blanco, provocando que una de las tías pegara un alarido del susto y Dai, la madre de Saraí, cayera desmayada. Todos los presentes escucharon el grito ensordecedor de la tía y al ver que pasaba el tiempo y nadie salía con el pañuelo con pétalos rojos, se comenzaron a imaginar lo peor.
No obstante, nadie se atrevía a entrar en aquella habitación reservada para el ritual íntimo de la prueba de la virginidad, donde solo podían estar mujeres casadas.
Pero la madre de Manuel Antonio, Coral, enfurecida le arrebató bruscamente el pañuelo a Carmela, la ajuntaora, de las manos y salió afuera donde estaban todos los invitados. Al verla ondear el pañuelo sin rastro alguno de sangre todos comenzaron a cuchichear. El padre de Manuel Antonio entró en cólera y se dirigió al padre de Saraí para reclamarle a gritos y golpes el engaño, la burla y la deshonra.
Mientras tanto, Coral regresó dentro de la habitación en donde se encontraba Saraí llorando y su madre ya había vuelto en sí. Entonces Coral cachetea a la jovencita:
—Manchada, te pensabas burlar de mi hijo. Eres una deshonrada que querías hacerte pasar por pura y casta cuando no tienen ni un solo pétalo en tu pañuelo.
Después de decirle esto la tomó de las greñas, arrastrándola hacia afuera donde estaban todos los invitados:
—Vean la cara de esta gitana cualquiera que se ha burlado de nuestras tradiciones, de nuestra decencia. Esta manchada que quería casarse con mi hijo fingiendo ser virgen mientras no hay pétalos su pañuelo. Que todos los presentes sepan de la deshonra de esta familia, la vergüenza gitana. Que sean expulsados del pueblo por traidores y timadores.
—¡Sí, fuera, que se larguen! —gritaron molestos todos los allí presentes.
—No, por favor —gritó Dai—. Nosotros no sabíamos nada de esto, la culpa es de ella, ella nos engañó también a nosotros sus padres.
—Es verdad, la culpa es de esta muchacha. Nosotros siempre hemos sido una familia respetada. Todas nosotras sí tuvimos pétalos. Ella es la única que ha traído la desgracia a esta familia. —Intentó defender una tía a su hermana.
Entonces, Dai se acercó a su hija y también la abofeteó.
—Ya estás muerta para mí —dijo la madre con profunda frialdad y resentimiento.
—No, Dai, por favor. Perdóname —suplicó Saraí llorando mientras se dejaba caer de rodillas ante su madre y la sujetaba de la falda con sus manos temblorosas.
Pero Dai no respondió nada, ni siquiera se dignó a mirarla.
—Por favor, Dai, por favor, Dai, perdóname.
—Lárgate de aquí, manchada, no quiero volver a verte. Vete del pueblo, aquí ya no eres bienvenida —gritó la madre a la joven mientras desencajada las manos de la chica de su falda y la aventaba hacia el suelo a un lado, alejándose de ella.
Por un rato Saraí permaneció allí postrada en el suelo llorando, hasta que Manuel Antonio, su novio, se acercó junto a ella y completamente de pie la miró con desprecio hacia abajo, donde ella se encontraba de rodillas en el suelo. Al notar su presencia, la gitana quiso buscar su apoyo sujetándose de las pantorrillas de un pie del chico con sus dos manos y sin dejar de llorar ni levantarse.
—Manuel, ayúdame, por favor. Eres el único hombre en mi vida, te lo juro. Jamás he besado a ningún otro, te lo juro —suplicó Saraí llorando desesperadamente.
Pero Manuel sacudió bruscamente su pie para zafarse de las manos de la chica, que volvió a caer nuevamente en el suelo.
—Me das asco, manchada —dijo con desprecio Manuel Antonio mientras la escupía con asco, y después se marchó del lugar con sus padres.