Capítulo 3 de 5

La gitana es expulsada del pueblo por falta de pétalos en su pañuelo

Después de haber sido despreciada por su familia y expulsada del pueblo por la deshonra de no haber dejado ningún pétalo en su pañuelo blanco, Sarahí sin saber qué hacer ni a dónde ir se fue a llorar desconsoladamente al río.


—Jovencita —le dijo la ajuntaora Carmela a la joven a manera de saludo cuando llegó al río junto a ella.


—Ah, usted —respondió Saraí molesta—. ¿Qué hace usted aquí? ¿Viene también a insultarme por haber manchado las costumbres gitanas? —decía la jovencita molesta y sin parar de llorar.


—No, niña. Nada de eso, al contrario. Yo te comprendo.


—Usted es la ajuntaora, usted lo vio todo. Usted sabe mejor que nadie mi deshonra.  ¿Cómo puede comprenderme si usted se dedica a eso? A demostrar la pureza de las que son dignas del pueblo gitano. Yo soy la vergüenza de mis padres, de todo lo que somos como gitanos. Ya jamás nadie querrá casarse conmigo, estoy manchada.


—A mí me pasó igual, yo tampoco tuve pétalos en mi pañuelo y también fui despreciada igual que tú.


—Entonces, ¿cómo puede ser ajuntaora y respetada por todos?


—Me fui de mi pueblo, recorrí muchas ciudades. Conocí mucha gente nueva y allí conocí a mi hoy esposo Don Miguel, él me amó así tal cual y sin condiciones. Guardó mi secreto, me dio su apellido y me hizo respetar como señora digna de la tradición gitana.


—¿Es posible que existan hombres así?


—Sí, linda, no todos los hombres son iguales. Solo tienes que dejar este pueblo e ir a conocer el mundo, tú eres muy linda, sobrarán hombres dispuestos a dar la vida por ti en cualquier otro rincón del mundo.


—Pero yo amo a Manuel Antonio, no podré amar jamás a nadie más.


—Ese hombre no vale la pena, no tuvo los pantalones para defender su amor frente a todos. Te humilló y te despreció allí como un canalla. 


—Él me mintió, me quitó la virginidad con un beso y me dijo que así no se perdía la virginidad, y yo le creí. Pero si no tuvo pétalos mi pañuelo, fue porque él me besó largo rato y acarició mi pierna con su mano.


—¿Qué más hizo? ¿Te acarició de otra manera? —preguntó la gitana con curiosidad.


—No, solo eso. Pero fue suficiente para que ya no hubiera pétalos en mi pañuelo.


—Así es, linda, la virginidad se pierde con besos.


Al escuchar esto Saraí volvió a comenzar a llorar desconsoladamente, se sentía defraudada por aquel hombre en quien tanto confiaba y a quien amaba con profunda ternura y pasión.  


—A eso vino ayer al río a besarme y quitarme la virginidad. Me desgració para toda la vida. 


—No digas eso, pequeña, eres muy bella. Pronto olvidarás a ese poco hombre y conocerás a alguien que sí te sepa valorar. Mi esposo y yo partiremos mañana a Las Españas, puedes venir con nosotros.


—Pero para eso se necesita un salvoconducto, no es fácil conseguir uno. Se necesita ser alguien muy importante, ¿tu esposo es alguien de la nobleza?


—Mi esposo es un hombre muy inteligente y siempre consigue todo lo que se propone. Viajaremos por todas Las Españas y seremos respetados y colmados de joyas y riquezas. El mismito rey Enrique IV de Castilla firmará el salvoconducto que nos permitirá todo eso y más.


—Pero, eso que dices es imposible, ¿cómo puedes estar tan segura de algo así tan imposible?


—Porque tenemos un amuleto infalible que nos dará suerte y fortuna. 


—¿Qué amuleto?


—El rey Enrique IV de Castilla es impotente, jamás ha podido intimidar con ninguna mujer y yo he descubierto un hechizo que le ayudará a poder dejar un heredero y asegurar el trono. 


—Pero, ¿no puede besar a una mujer? o ¿cómo se hacen los bebés? 


—La virginidad se pierde con besos, pero para traer bebés al mundo se necesita de otro tipo de caricias, linda. Caricias que el rey no ha podido prodigar a ninguna mujer. Su segunda esposa Juana de Portugal no ha podido dar a luz a ningún crío.


—Entonces, ¿Me llevarías contigo a Las Españas?


—Claro, serás como la hija que nunca tuve. La niña de mis ojos. Mi esposo y yo te daremos todo el cariño que tus padres te engañaron. Don Miguel es un hombre muy bondadoso ya lo verás.


En ese instante Saraí se sintió cobijada por aquella extraña y la abrazó con profundo agradecimiento, creyendo que era su salvación, la luz en su camino. Se sintió protegida y comprendida, sin sospechar los planes malignos que aquella gitana perversa tenía en mente.