Capítulo 29 de 40

El regreso de la muchacha del papalote

Ocho años después, Lucía regresó al pueblo con una maleta, una caja de libros y el papalote roto. Elena lo descubrió al ayudarla a sacar las cosas del vehículo.

Estaba envuelto entre dos prendas, con la varilla reparada y los colores desteñidos.

—¿Todavía lo conservas?

Lucía se lo quitó con una sonrisa.

—Todavía.

Tenía dieciocho años y acababa de terminar la preparatoria fuera del pueblo. Había vuelto para pasar unos meses con sus padres antes de comenzar sus estudios de veterinaria. Julián había ofrecido acompañarla a conocer otras universidades. Ella eligió una que le permitiría volver a El Sauz con frecuencia.

Decía que le gustaban los animales y que quería aprender antes de decidir si algún día trabajaría en la hacienda. Su padre la escuchaba con orgullo. Elena, en cambio, miró el papalote una vez más antes de cerrar la cajuela. Recordaba de dónde venía. También recordaba al muchacho que lo había bajado del árbol.

* * *

Darío estaba revisando una bomba de agua cuando escuchó la camioneta junto al lindero. Se había agachado con una llave entre las manos y tenía la camisa húmeda en la espalda.

—Esa válvula está cerrada —dijo una voz detrás de él.

Se incorporó despacio. La joven que estaba al otro lado de la cerca llevaba el cabello oscuro recogido y una bolsa de alimento sobre un hombro. Darío la observó unos segundos. Después reconoció los ojos.

—¿Lucía?

Ella dejó la bolsa en el suelo.

—¿Cuántas personas vienen a corregirte por aquí?

Él sonrió.

Tenía veinticuatro años y había pasado parte de los últimos años estudiando administración agropecuaria y trabajando fuera antes de volver a La Encina. Había aprendido a negociar compras y a admitir cuando no sabía algo. No había aprendido a recibir consejos de Lucía sin recordar a la niña que le había pegado junto al canal.

—La válvula está cerrada porque la estoy revisando.

Ella miró la herramienta.

—Entonces lo llevas muy bien.

Darío soltó una risa breve. Lucía sonrió también. Aquella facilidad los sorprendió a ambos.

* * *

Él señaló la bolsa.

—¿Necesitas ayuda?

Lucía levantó una ceja.

—¿Crees que no puedo cargarla?

—Creo que ya la dejaste en el suelo.

Ella miró la bolsa y luego a él.

—Está pesada.

Darío dejó la llave sobre una piedra.

—Eso me parecía.

Cruzó por la puerta del lindero y la tomó antes de que ella pudiera protestar otra vez. Lucía caminó a su lado hasta la camioneta. De cerca, Darío advirtió que ya no tenía delante a la niña que lo seguía con el ceño fruncido.

Ella tampoco esperaba encontrarlo así: más alto de lo que recordaba, de hombros anchos, con una pequeña cicatriz junto a la muñeca. Cuando él dejó el alimento en la caja del vehículo, Lucía miró sus manos.

Darío lo notó.

—¿Qué?

Ella levantó los ojos.

—Nada. Gracias.

Él se apoyó un momento en la puerta.

—De nada.

Hubo un silencio nuevo. No era incómodo. Eso fue lo que los hizo apartarse.

* * *

Candelaria vio a su hijo regresar más tarde de lo previsto. Estaba en el corredor revisando unos documentos.

—¿Quedó la bomba?

—Necesita una pieza.

Darío se detuvo junto a la mesa y tomó un vaso de agua. Su madre lo observó. Había heredado de Julián una manera de beber después del trabajo, inclinando apenas la cabeza y cerrando los ojos al primer trago. Llevaba años reconociendo aquellos gestos. Con el tiempo había dejado de comentarlos incluso para sí misma.

—Volvió Lucía —dijo él.

La pluma de Candelaria se detuvo.

—¿La viste?

Darío asintió.

—Junto al lindero.

Ella dejó el documento sobre la mesa.

—¿Qué quería?

La pregunta salió más seca de lo que pretendía.

Su hijo la miró.

—Nada. Conversamos.

Candelaria recogió la pluma.

—No sabía que ya había terminado la escuela.

Darío esperó unos segundos. Después bebió el resto del agua.

—Ya tiene dieciocho, mamá.

La cifra se quedó entre ambos. Candelaria bajó los ojos.

* * *

En El Sauz, Julián recibió a su hija con un abrazo que casi la hizo perder el equilibrio.

—Te extrañé.

Lucía rio contra su hombro.

—Papá, apenas vine hace dos meses.

—La casa se siente distinta cuando no estás.

Él la apartó lo suficiente para mirarla. Luego tomó una de las maletas. Mientras subían, Lucía le contó que había visto a Darío. Julián redujo el paso.

—¿Dónde?

—En la bomba del canal.

Su padre siguió caminando.

—¿Tuviste algún problema?

Lucía lo miró, desconcertada.

—No.

Él dejó la maleta en su habitación.

—Bien.

La joven observó su espalda. Había escuchado durante toda la vida que convenía mantener distancia con La Encina. Nunca le habían dado una razón que explicara aquella intensidad.

—Es amable —comentó.

Julián se volvió. Por un momento pareció que iba a decir algo. Después asintió.

—A veces.

Lucía frunció el ceño. La respuesta le pareció injusta.

* * *

El segundo encuentro ocurrió durante una reunión de productores. Darío había acompañado a Candelaria para revisar una propuesta de compra conjunta. Lucía llegó con Julián. Se vieron desde extremos distintos del patio. Ella levantó una mano. Darío respondió con una sonrisa. Candelaria lo advirtió. Julián también. Ninguno dijo nada mientras los organizadores distribuían lugares.

Lucía terminó sentada junto a una veterinaria de la región. Le hizo preguntas sobre prácticas, campañas de vacunación y atención de animales grandes. Darío, a dos sillas de distancia, escuchó sin intervenir hasta que ella confundió el nombre de una enfermedad.

—Esa afecta a las aves —murmuró.

Lucía volvió la cabeza.

—Todavía no empiezo la carrera.

—Ya veo.

Ella tomó una servilleta y la dobló con demasiado cuidado.

—Tú tampoco naciste sabiendo arreglar bombas.

Darío bajó los ojos para ocultar la risa. La veterinaria los observó y siguió hablando como si no hubiera escuchado. Candelaria dejó de prestar atención al hombre que explicaba los costos.

* * *

Después de comer, Lucía salió al corredor. Darío la encontró junto a una mesa de café.

—No quise dejarte mal.

Ella se volvió.

—Lo lograste con muy poco esfuerzo.

Él aceptó el reproche con un gesto.

—Perdón.

Lucía esperaba una broma más. La disculpa la desarmó.

—Está bien.

Darío tomó una taza.

—Si te interesa, en La Encina revisarán a los becerros nuevos el miércoles. Viene el veterinario. Puedes preguntar más cosas.

Ella lo miró.

—¿Tu mamá estaría de acuerdo?

La pregunta lo hizo levantar la cabeza.

—¿Por qué no?

Lucía se encogió de hombros.

Ambos conocían la respuesta sin haber recibido nunca una explicación completa. Darío dejó la taza.

—Voy a preguntarle.

Ella sonrió.

—Entonces avísame.

* * *

Candelaria no aceptó. Lo dijo mientras regresaban en el vehículo.

—No es una buena idea.

Darío mantenía las manos sobre el volante.

—Vendría a observar un trabajo. Nada más.

—Puede hacerlo en El Sauz.

Él miró un instante hacia ella.

—¿Qué problema hay con Lucía?

Candelaria apretó el bolso.

—No quiero más dificultades con su padre.

Darío volvió los ojos al camino.

—Yo no soy tú.

Su madre sintió el golpe de aquellas palabras. Él continuó, sin levantar la voz:

—Y ella tampoco es él.

Candelaria permaneció callada. Darío interpretó el silencio como una negativa obstinada.

No podía saber que su madre estaba escuchando, debajo de sus palabras, otra pregunta.

* * *

Elena encontró a Lucía preparando una libreta esa noche.

—¿Qué haces?

—Quiero ir a ver una revisión de ganado.

Su madre se sentó en la orilla de la cama.

—¿Dónde?

—En La Encina.

Darío me invitó, pero tiene que preguntarle a su mamá.

Elena dejó de mirar la libreta.

—¿Han hablado mucho?

Lucía sonrió sin darse cuenta.

—Lo suficiente para saber que sigue siendo presumido.

Su madre observó aquella sonrisa. Algo antiguo comenzó a moverse dentro de su miedo. Había pasado años esperando que la verdad sobre su hija permaneciera quieta. No había pensado que Lucía podía acercarse por voluntad propia al hijo de Candelaria.

—No quiero que te metas en problemas de los mayores —dijo.

Lucía dejó el lápiz.

—Entonces díganme cuáles son.

Elena bajó los ojos. Su hija esperó. La falta de respuesta le borró la sonrisa.

—Siempre hacen lo mismo.

* * *

Darío no consiguió el permiso.

Se lo dijo a Lucía al encontrarla junto al camino del mercado. Ella llevaba una caja de medicinas para uno de los trabajadores de su padre.

—Ya me imaginaba.

Darío se quedó junto a la camioneta.

—Lo siento.

Lucía miró hacia la plaza.

—Mi mamá también se puso rara cuando le conté.

Él cruzó los brazos.

—Deben de pensar que vamos a robarnos el ganado.

Ella soltó una carcajada. Darío se rio con ella. El sonido llamó la atención de una mujer que pasaba con una bolsa de pan. Ambos se apartaron un poco del vehículo. De pronto eran conscientes de que estaban en medio del pueblo.

—Podemos ir a otra revisión —dijo él—. Hay un rancho donde hice prácticas. Les pregunto si puedes observar.

Lucía lo miró.

—¿Harías eso?

Darío se encogió de hombros.

—También tengo que aprender a no corregir sin ayudar.

Ella sostuvo sus ojos un segundo más de lo habitual.

—Vas progresando.

* * *

La visita al otro rancho ocurrió una semana después. No fue un encuentro a escondidas. Lucía dijo adónde iba y Darío explicó que acompañaría a una futura estudiante a observar una jornada de trabajo.

Aun así, ninguno mencionó cuánto deseaba pasar esas horas con el otro.

Compartieron el viaje hablando de escuelas, de animales y del cansancio de volver al pueblo después de conocer otros lugares. Darío le contó que a veces sentía que su madre esperaba de él algo que nunca terminaba de decirle. Lucía miró por la ventana.

—Mi papá también hace eso. Como si hubiera preguntas que ni siquiera puedo empezar.

Él asintió. Al llegar al rancho, Lucía bajó con la libreta contra el pecho. Darío la vio saludar, hacer preguntas y escuchar con una atención que le gustó más que su sonrisa.

* * *

Regresaron al atardecer. Una lluvia breve los obligó a detenerse bajo el techo de una gasolinera. Lucía tenía una mancha de tierra en la mejilla. Darío la señaló. Ella se frotó del lado equivocado.

—No. Aquí.

Él levantó una mano. Se detuvo antes de tocarla. La lluvia golpeaba la lámina sobre sus cabezas.

—¿Ya? —preguntó, apenas.

Darío le rozó la mejilla con el pulgar y retiró la tierra. No apartó la mano de inmediato. Ella tampoco se movió.

Durante unos segundos dejaron de escuchar el tránsito. Después Darío bajó el brazo.

—Ya.

Lucía miró hacia la cortina de agua. Sonreía, pero esta vez no parecía dispuesta a convertirlo en una broma.

* * *

Candelaria estaba esperando cuando Darío regresó. Su hijo entró hablando de la lluvia y dejó las llaves sobre la mesa. Había una ligereza distinta en sus movimientos. Ella la reconoció antes de querer reconocerla.

—¿La dejaste en su casa?

Candelaria se levantó.

—Darío…

El muchacho volvió el rostro. Ella vio sus ojos brillantes, la sonrisa que aún no conseguía esconder. Y sintió un miedo que ninguna disputa por agua o ganado le había producido.

—Ten cuidado —dijo.

Darío frunció el ceño.

—¿Con qué?

Candelaria no respondió. Él esperó unos segundos. Después tomó las llaves y se fue a su habitación. Permaneció junto a la mesa. En el cristal de la ventana distinguió las hebras grises de sus sienes. A los cuarenta y tres años, comenzaba a reconocer en su expresión algunos gestos de Mercedes. Había pasado años temiendo que su hijo conociera la verdad.

Aquella noche comenzó a temer lo que podía ocurrir si seguía sin conocerla.