Capítulo 30 de 40

El beso junto al río

Lucía encontró una mancha de tierra en la manga de su blusa al cambiarse. La rozó con los dedos y sonrió. Había pasado toda la tarde haciendo preguntas, tomando notas y tratando de no mirar demasiado a Darío. Ahora, a solas en su habitación, recordaba menos las explicaciones del veterinario que el instante bajo el techo de la gasolinera.

La mano que se detuvo antes de tocarla. El roce en la mejilla. La forma en que él había bajado la voz. Se sentó frente al espejo. Durante años, Darío había sido un muchacho al otro lado de la cerca. Alguien mayor que ella, casi siempre ocupado, que aparecía para corregirla y desaparecía antes de que pudiera encontrar una respuesta mejor.

El hombre con el que había viajado esa tarde le producía una curiosidad distinta. No quería que terminara. Elena llamó a la puerta. Lucía dejó la blusa sobre la cama.

—Pasa.

Su madre entró con una taza.

—Te hice té.

La joven la recibió. Elena se quedó mirando el pequeño papalote apoyado sobre el armario. Después volvió hacia su hija.

—¿Cómo estuvo?

Lucía empezó a contarle. Habló del rancho, de los animales y de una estudiante que había conocido allí. Cuando mencionó que Darío le había conseguido unas lecturas, su voz cambió apenas. Elena lo oyó.

Se sentó despacio.

* * *

—Quiero que tengas cuidado con él —dijo.

Lucía dejó la taza sobre la mesa.

—¿Por qué?

—Es mayor que tú.

—Tiene veinticuatro años.

Elena asintió. No era una diferencia que explicara todo lo que sentía. Su hija la observó.

—¿O es porque es de La Encina?

La mujer miró sus manos. Lucía soltó una respiración impaciente.

—Si hay algo que deba saber, dímelo.

Elena levantó los ojos. Había llegado otra oportunidad. La muchacha era adulta. Merecía conocer su propia historia, aunque eso cambiara la manera en que miraba a su madre. Pero Elena vio también el rostro de Julián al cargarla recién nacida. Los años llevándola a la escuela, esperándola en consultas, caminando con ella entre los corrales.

No supo cómo empezar sin sentir que estaba destruyendo aquella vida.

—Solo quiero que no te apresures.

Lucía recogió la taza.

—Todavía no ha pasado nada, mamá.

Las palabras debieron tranquilizarla. Elena no consiguió sentirse mejor.

Darío dejó los documentos de una compra frente a Candelaria a la mañana siguiente. Ella los revisó sin levantar demasiado la cabeza. Había dormido poco.

—Aquí falta una firma —señaló.

Él se inclinó para mirar.

—La consigo esta tarde.

Darío permaneció junto al escritorio.

—¿Vas a decirme qué te preocupa?

Ella dejó la pluma.

—Lo de anoche.

—Sí.

Su madre miró hacia el jardín. Podía pedirle que se sentara. Podía llamar a Valdés y hacer, por fin, lo que habían dejado pendiente durante años. En cambio, preguntó:

—¿Qué sientes por Lucía?

Darío se enderezó. No esperaba aquella franqueza.

—Me gusta estar con ella.

Candelaria cerró los ojos un instante. Él lo advirtió.

—¿Qué tiene de malo?

—No estoy diciendo que tenga algo malo.

—Lo estás diciendo desde que volvió.

Candelaria se levantó.

—Hay cosas entre nuestras familias que no conoces.

Darío miró la fotografía de Alejandro. Después volvió hacia ella.

—Pues cuéntamelas.

Candelaria permaneció inmóvil. Su hijo esperó. Cuando comprendió que otra vez no habría respuesta, tomó la carpeta.

—No voy a tratar mal a alguien porque tú no quieras explicarme por qué debería alejarme.

Salió antes de que ella pudiera encontrar una frase.

* * *

Candelaria llamó a Julián después del mediodía. No había utilizado su número personal en mucho tiempo. Él respondió cuando ya estaba a punto de cortar.

—Dime.

La familiaridad de aquella palabra le produjo una tristeza inesperada. La apartó.

—Tenemos que hablar de los muchachos.

Hubo un silencio breve.

—¿Qué pasó?

—Se están acercando.

Julián miró hacia la ventana de su despacho. Lucía cruzaba el patio con una libreta bajo el brazo.

—¿Darío te dijo algo?

—Me dijo que le gusta estar con ella.

Él apretó el teléfono. La frase era sencilla.

Precisamente por eso lo asustó.

—Hablaré con Lucía.

Candelaria se apoyó en el borde del escritorio.

—No basta con decirles que no se vean.

Julián permaneció callado. Ella continuó:

—Tenemos que hacer la prueba.

Él bajó la mirada hacia el cajón donde todavía guardaba las cartas.

—Sí.

Candelaria esperó algo más. Una fecha. Una propuesta concreta. Julián respiró hondo.

—Habla con Valdés. Que nos diga cómo retomarlo.

Ella cerró los ojos. Habían pronunciado antes palabras parecidas. Esta vez no iba a dejarlas allí.

—Lo llamaré hoy.

* * *

Lucía recibió el mensaje de Darío mientras ayudaba a revisar unos bebederos. Le había conseguido el contacto de la estudiante que conocieron en el otro rancho. Debajo había una pregunta:

«¿Ya resolviste lo de tus lecturas o vas a seguir culpándome de tus dudas?».

Ella sonrió. Respondió con una fotografía de la libreta llena de notas.

«Trabajo más cuando no me distraen».

La contestación llegó unos minutos después.

«Entonces mejor no te invito a montar».

Lucía miró hacia la casa. Pensó en la conversación de la noche anterior. Después escribió:

«¿A qué hora?».

* * *

Julián la encontró buscando sus botas. Se detuvo en la puerta.

—¿Vas a salir?

Ella asintió.

—A montar.

Su padre la observó.

—¿Con quién?

Lucía sujetó una bota entre las manos. Podía mentir. Le molestó descubrir que había empezado a considerar esa posibilidad.

—Con Darío.

Julián bajó la mirada. Luego volvió hacia ella.

—Preferiría que no fueras.

Lucía dejó la bota sobre la cama.

—¿Por qué?

Él tomó aire. No podía decirle que quizás estaba a punto de enamorarse de su hermano sin saber siquiera si era verdad.

Tampoco quería escuchar la respuesta que merecía: por qué había permitido que esa duda durara tantos años.

—Necesito hablar contigo antes.

La joven se sentó.

—Habla.

Julián permaneció de pie. Lucía lo miró esperando. Afuera, un trabajador llamó su nombre desde el patio. Había llegado el camión de una entrega que debía revisar. Él volvió apenas la cabeza. Al regresar la mirada hacia su hija, encontró en ella una decepción que conocía demasiado bien.

—Cuando vuelva —dijo.

Lucía recogió las botas.

—Siempre hay algo antes.

* * *

Darío la esperó en el camino del canal. Llevaba su caballo al paso y una segunda botella de agua sujeta a la montura. Lucía llegó unos minutos después. Al verla, él sonrió. Ella sintió que el enojo de la casa empezaba a aflojar.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

Darío la observó.

—¿Pasó algo?

Lucía acomodó las riendas.

—Mi papá quiere hablar conmigo. Pero nunca encuentra cómo.

Él soltó una risa sin alegría.

—Mi mamá también.

La joven volvió el rostro. Durante un momento se miraron con una comprensión que había empezado el día del viaje.

—¿Vamos? —preguntó Darío.

Lucía asintió.

* * *

El sendero al río estaba seco. Pasaron entre árboles bajos y una cerca donde colgaban restos de alambre viejo. Darío señaló una parte reparada hacía poco y le contó cómo una res había conseguido abrirla empujando siempre el mismo poste. Lucía se rio. Después discutieron sobre un caballo que ella consideraba mal acostumbrado. Darío decía que estaba aburrido. Ella defendía que necesitaba disciplina.

La conversación duró hasta llegar al agua. Allí desmontaron. El río llevaba menos corriente que durante las lluvias. Entre las piedras había pequeñas pozas donde el sol se reflejaba. Lucía dejó el sombrero sobre una rama. Darío ató las riendas. Ninguno sabía que, muchos años antes, sus padres habían intentado hablar de amor y dignidad casi en el mismo lugar.

* * *

Se sentaron bajo un árbol. Darío le pasó la botella.

Lucía bebió y miró hacia la otra orilla.

—¿Nunca quisiste irte para no volver?

Él tardó en responder.

—A veces.

—¿Y por qué volviste?

Darío se apoyó sobre las manos.

—Porque me gusta trabajar aquí. Porque mi mamá se estaba haciendo cargo de todo y yo también quería participar.

—¿Eso es lo que tú querías o lo que ella esperaba?

Él la miró. La pregunta no tenía burla.

—Las dos cosas —respondió—. Estoy intentando distinguirlas.

Ella bajó los ojos hacia la botella.

—Yo también.

Darío observó cómo una hoja se había enredado en el borde de su manga. La retiró. Lucía dejó de hablar. El gesto era pequeño.

* * *

Darío sostuvo la hoja un instante antes de dejarla caer. Lucía lo miraba. Él apartó una mano del suelo y luego volvió a apoyarla, como si necesitara decidir dónde ponerla.

—Me gustó que volvieras —dijo.

La joven sonrió apenas.

—Ya me había dado cuenta.

Él bajó los ojos, riéndose de sí mismo. Lucía acercó una mano a la suya. No la tomó enseguida. Rozó primero sus dedos. Darío levantó la mirada.

—¿Está bien? —preguntó, en voz baja.

Cuando él se inclinó, Lucía se acercó también. El beso fue breve. Después permanecieron frente a frente, sorprendidos por la facilidad con que había ocurrido algo que ambos llevaban días esperando. Lucía soltó una risa nerviosa. Darío sonrió.

—¿Qué?

Ella negó. Volvió a besarlo.

* * *

Regresaron cuando comenzaba a bajar el sol. Hablaron menos durante el trayecto. Cada tanto, uno miraba al otro y encontraba una sonrisa que no necesitaba explicación. Al llegar al desvío entre las haciendas, Lucía detuvo su caballo.

—No quiero que esto sea otra pelea de nuestros padres.

Darío se acercó un poco.

—Yo tampoco.

Ella miró el camino de El Sauz.

—Pero va a serlo.

Él no intentó negarlo.

—Entonces tendremos que saber qué queremos antes de escucharlos.

Lucía volvió hacia él. La frase le gustó y la inquietó. No quería iniciar algo contra su familia. Quería estar con él. Por ahora, eso le parecía suficientemente claro. Se despidieron sin otro beso. Ambos sintieron la falta del gesto durante el resto del camino.

* * *

Candelaria vio a Darío desmontar junto a las caballerizas. Su hijo hablaba con Tomás, pero tenía una expresión distraída y feliz que ella reconoció con dolor. La misma ligereza con que una vez regresaba del río. Esperó a que entrara.

—¿Estuviste con Lucía?

Darío dejó el sombrero sobre una silla.

—Sí.

Candelaria apoyó una mano en la mesa.

—Necesito que no vuelvas a salir con ella por ahora.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurrió?

Candelaria sintió el peso de todos los años que había perdido.

—Hay algo que debemos aclarar primero.

Darío permaneció inmóvil.

Luego dijo:

—Entonces acláralo, mamá.

Candelaria abrió la boca. No logró hablar. Su hijo bajó los ojos, decepcionado.

—No te estoy pidiendo permiso para quererla.

Salió del cuarto. Candelaria buscó el teléfono con las manos temblorosas. Cuando Julián respondió, ella no preguntó por el trabajo ni por Lucía.

—Ya pasó —dijo.

Él guardó silencio. Candelaria cerró los ojos.

—Darío está enamorándose de tu hija.

Al otro lado de la línea, Julián dejó de escuchar los ruidos de su casa. Por primera vez, la duda que había conseguido aplazar durante veinticuatro años dejó de referirse solamente al pasado.