Capítulo 31 de 40

La prueba que ya no podía esperar

Julián se quedó con el teléfono junto al oído. Desde el comedor llegaba la voz de Lucía. Le estaba contando a Elena algo del paseo y, entre una frase y otra, se le escapaba una risa que él no recordaba haberle escuchado antes.

—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó al fin.

Candelaria cerró los ojos.

—Lo estoy viendo, Julián.

Él apoyó una mano sobre el escritorio. Durante años había imaginado la prueba como una puerta que podía abrir o mantener cerrada. Detrás estaban la culpa, Darío, los reclamos que tendría que escuchar. Ahora había dos jóvenes acercándose sin conocer el peligro que los adultos temían.

—Mañana voy con Valdés —dijo.

—Voy a avisarle.

Candelaria no colgó enseguida. Él tampoco.

* * *

Elena encontró a su marido de pie frente al escritorio. Lucía había subido a cambiarse.

—¿Qué ocurre?

Julián levantó la mirada. Su esposa se detuvo. Había visto aquel rostro durante la enfermedad de la niña, muchos años atrás. No era enojo. Era miedo buscando dónde sostenerse.

—Lucía y Darío se están viendo.

Elena sintió que el cuerpo se le enfriaba.

—Lo sé.

Él la miró con sorpresa.

—¿Lo sabías?

—Sabía que estaban acercándose.

Julián apartó la silla.

—Tenemos que detenerlo hasta aclarar lo de Darío.

Elena se sujetó del respaldo. Durante un segundo, la verdad estuvo tan cerca que casi pudo escucharla. Lucía no corría el peligro que él imaginaba. No compartía su sangre. Pero decirlo significaba contarle que había vivido veinticuatro años evitando una respuesta y más de dieciocho creyendo otra mentira.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

—La prueba.

Elena bajó los ojos. Julián pasó junto a ella. Se detuvo en la puerta.

—Esta vez no voy a dejarlo para después.

* * *

Valdés los recibió a la mañana siguiente. No abrió la carpeta hasta que ambos estuvieron sentados. Candelaria tenía las manos entrelazadas sobre el bolso. Julián había dejado el sombrero junto a una silla y miraba un punto del escritorio. El abogado escuchó la razón de la urgencia. Después retiró los lentes.

—Darío es adulto. Necesita conocer la situación y decidir sobre su participación. No vamos a obtener una muestra a escondidas.

Candelaria asintió. No había pensado en pedirlo, pero escuchar la frase la obligó a reconocer hasta dónde podía llevarla el miedo.

—Tenemos que decírselo —respondió.

Valdés la miró.

—Sí.

Julián apoyó los codos sobre las rodillas.

—¿Podemos hablar con él aquí?

—Si acepta venir. Pero no lo citen con un pretexto.

Candelaria levantó los ojos. El abogado continuó:

—Tampoco le deben presentar un resultado que todavía no existe. Hay una posibilidad que necesitan aclarar. Eso es lo que saben.

Ella respiró hondo.

Durante años había repetido para sí que Darío era hijo de Julián. Ahora debía reconocer que su certeza personal no sustituía la prueba que ambos habían evitado.

* * *

Darío escuchó la petición de su madre sin sentarse. Estaba junto a la puerta del despacho, todavía con polvo en las botas.

—¿Ahora sí me vas a contar?

—Quiero que vengas conmigo a ver a Valdés. Julián estará allí.

Su hijo frunció el ceño.

—¿Por Lucía?

—Tiene relación con ella. Pero empezó mucho antes.

Darío miró la silla frente al escritorio. Después volvió hacia su madre.

—Dímelo aquí.

Candelaria sintió que el corazón se le aceleraba. Podía insistir en esperar al abogado. También podía volver a utilizar aquella espera para aplazar lo que le debía.

—Julián y yo tuvimos una relación cuando éramos jóvenes.

Darío permaneció inmóvil. No apartó la mirada. Ella continuó:

—Antes de mi boda con Alejandro. Y también después.

Su hijo bajó lentamente la cabeza. Candelaria quiso acercarse. Él levantó una mano.

—Sigue.

La voz tenía una dureza que ella no le conocía.

—Cuando supe que estaba embarazada, creí que Julián era tu padre.

El silencio llenó el cuarto. Darío miró la fotografía de Alejandro. Después a su madre.

—¿Creíste?

Candelaria asintió entre lágrimas.

—Nunca hicimos la prueba.

Darío miró hacia el cajón del escritorio.

—La carta que encontré cuando tenía quince años. ¿Era sobre esto?

Candelaria tardó en contestar.

—Era la despedida que Leonor hizo llegar a Julián. La escribió imitando mi letra. Yo guardaba una copia con la declaración de Petra.

—Me dijiste que había sido antes de casarte.

—Te mentí. Y cuando volviste a preguntarme, te hice callar.

Darío recordaba la regla que había dejado sobre aquella mesa. Durante años había creído que su madre ocultaba una vergüenza que solo le pertenecía a ella.

—Yo no sabía qué estaba preguntando —dijo—. Tú sí.

* * *

Darío retrocedió hasta tocar el marco de la puerta. Se quedó allí, como si necesitara un apoyo que no proviniera de ella.

—¿Desde cuándo lo sabe él?

Candelaria no encontró una respuesta que no lo lastimara.

—Desde que yo estaba embarazada.

Su hijo soltó una respiración breve. No había incredulidad en su rostro. Había algo peor: el esfuerzo de ordenar cada recuerdo con aquella información. Julián cruzando el patio con Lucía en brazos. Su madre mirando hacia El Sauz. Las conversaciones que terminaban cuando él entraba. La negativa a dejarlo acercarse a la muchacha. Darío levantó los ojos.

—¿Me estás diciendo que Lucía puede ser mi hermana?

—Puede que compartan padre. Por eso necesitamos saberlo.

El muchacho se apartó de la puerta.

—Y esperaste hasta ahora.

Ella dio un paso.

—Darío…

—No.

La palabra la detuvo. Su hijo miró otra vez la fotografía.

—Me dejaste preguntarte si mi papá me habría querido.

Candelaria se cubrió la boca. Darío tomó el sombrero de la silla.

—Voy a ir con Valdés —dijo—. Pero no voy contigo.

* * *

Julián lo vio entrar al consultorio jurídico dos días después. Darío llegó solo. No lo saludó. Se sentó frente al escritorio y dejó el teléfono boca abajo. Candelaria permaneció al otro lado de la sala. Valdés cerró la puerta.

—Darío, antes de hablar del procedimiento, puedes preguntar lo que necesites.

El joven miró a Julián. Había pasado toda su vida llamándolo señor Robles. No sabía cómo nombrarlo ahora.

—¿Por qué no quisiste saber?

Julián bajó los ojos. Había ensayado una explicación durante dos noches. La carta falsa. El dolor. La desconfianza.

Ninguna respondía por los años posteriores.

—Tuve miedo y me negué a hacer la prueba —dijo.

Darío esperó. Julián levantó el rostro.

—Cuando tu madre volvió a intentarlo, ya vivía aquí. Podía haberte conocido. Me fui de aquella reunión sin firmar.

El joven apretó las manos sobre las rodillas.

—¿Mientras criabas a Lucía?

Julián no intentó defenderse.

—Sí.

Candelaria empezó a llorar en silencio. Darío volvió hacia ella.

—Tú también pudiste hacer algo.

Candelaria asintió.

* * *

Valdés les explicó las opciones para realizar una prueba con identificación y consentimiento, mediante un laboratorio que garantizara el manejo de las muestras. Darío escuchó hasta el final. Hizo preguntas sobre los plazos, la entrega y quién recibiría el resultado. No quería otra conversación donde todos supieran algo antes que él.

—Quiero recibirlo directamente —dijo.

El abogado asintió. Julián estuvo de acuerdo. Candelaria también. Cuando terminaron, Darío se levantó. Su madre hizo un movimiento hacia él. El muchacho se detuvo.

—Todavía no puedo hablar contigo de lo demás.

Ella retiró la mano.

—Lo entiendo.

Él la miró.

—No sé si lo entiendes.

Salió sin esperar respuesta.

* * *

La toma de muestras se hizo esa misma semana. Darío llegó a la hora indicada. Julián estaba sentado en la recepción. Había un espacio libre a su lado. El joven eligió otra silla. Ninguno intentó forzar una conversación. Cuando los llamaron, verificaron sus datos y escucharon las indicaciones. El procedimiento fue breve. Lo difícil había ocurrido mucho antes.

Al salir, Julián alcanzó a Darío en el estacionamiento.

—No voy a pedirte que…

Se interrumpió. Su posible hijo lo miró.

—Entonces no me pidas nada todavía.

Darío subió a su vehículo. Antes de encenderlo, permaneció un momento con las manos sobre el volante. Luego se marchó.

Lucía lo llamó aquella noche. Darío miró la pantalla hasta que el teléfono dejó de sonar. Se había obligado a mantener distancia desde la conversación con su madre. No porque sus sentimientos hubieran desaparecido. Precisamente porque no habían desaparecido. Llegó un mensaje.

«Si hice algo, dímelo».

Darío se cubrió los ojos. No podía dejarla creyendo que era culpa suya. Respondió:

«No hiciste nada. Necesito hablar contigo».

Ella contestó enseguida.

«Voy».

Él escribió antes de que saliera:

«Mañana. En el pueblo. Es importante».

Lucía leyó el mensaje sentada sobre la cama. La alegría del paseo se había convertido en una inquietud que no conseguía nombrar.

* * *

Julián la encontró poco después en el corredor. Su hija levantó el teléfono.

—¿Qué está pasando con Darío?

Él se detuvo. Había esperado hablar con Elena primero. Ya no tenía ese tiempo.

—Ven a sentarte.

Lucía no se movió.

—Dímelo.

Julián sintió que la casa entera parecía estar escuchando. No podía contar la historia de Darío sin cuidado. Pero tampoco podía enviar a su hija a una conversación así sin ofrecerle nada.

—Candelaria y yo tuvimos una relación hace muchos años.

Lucía bajó lentamente el teléfono. Él continuó:

—Hay una duda sobre quién es el padre de Darío. Estamos haciendo una prueba.

La joven lo miró sin comprender. Después comprendió demasiado deprisa. Dio un paso atrás.

—No.

Julián levantó una mano. Lucía la apartó antes de que llegara a tocarla.

—No me digas eso.

Elena apareció al fondo del corredor. Había escuchado la última frase. Vio a su hija, luego a Julián. Ninguno de los dos la miró.

* * *

Lucía se encerró en su habitación. No abrió cuando su madre llamó. Darío recibió otro mensaje cerca de la medianoche.

«Ya me dijo mi papá».

Él apoyó el teléfono sobre la cama. Tardó varios minutos en responder. «Todavía no hay resultado». La contestación de Lucía llegó casi de inmediato.

«¿Y qué hago con todo lo que siento mientras llega?».

Darío leyó la pregunta hasta que las letras perdieron nitidez. No tenía una respuesta. Solo podía decirle que él estaba en el mismo lugar. Lo escribió. Después añadió:

«Mañana voy a estar allí si todavía quieres verme».

* * *

Elena permaneció despierta junto a su marido. Julián estaba sentado al borde de la cama.

—Debí hacerlo cuando nació Darío —dijo.

Ella tenía las manos ocultas bajo la colcha. Él volvió el rostro.

—Le quitamos demasiados años.

Elena sintió que la confesión comenzaba a subirle por la garganta. Podía aliviar a Lucía. Podía evitarle días de miedo. Aun así, pensó en la mirada que Julián acababa de recibir de su hija. No soportó imaginarla dirigida hacia ella.

—¿Cuánto falta para el resultado? —preguntó.

Julián se pasó una mano por el rostro.

—Nos avisarán.

Elena asintió. En el cuarto de al lado, Lucía lloraba en silencio.

Su madre la escuchó.