Capítulo 32 de 40
El resultado
Lucía llegó a la plaza antes que Darío. Había elegido una banca lejos del quiosco, donde la sombra todavía no alcanzaba a cubrir el asiento completo. Sostenía el teléfono con ambas manos, aunque no miraba la pantalla. Cuando él apareció, se puso de pie. Ninguno sonrió. Darío se detuvo a unos pasos. La tarde junto al río parecía pertenecer a otras personas.
—Hola —dijo.
Lucía asintió. Quiso acercarse. Él también dio un pequeño paso antes de detenerse. Aquella vacilación los lastimó más que un rechazo. Se sentaron dejando un espacio entre ambos. Durante un rato escucharon los ruidos del pueblo. Un vendedor acomodaba cajas junto a una tienda. Dos niños cruzaron corriendo detrás de una pelota. La vida continuaba con una normalidad que a Lucía le resultaba ofensiva.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.
—Mi mamá me lo contó esta semana.
Ella miró hacia la iglesia.
—La mía no me ha contado nada.
Darío volvió el rostro.
—Tu papá me dijo que tampoco tenía certeza.
Lucía soltó una respiración temblorosa.
—Pero tenían la pregunta.
Él asintió.
Eso era lo que ninguno podía dejar de pensar.
* * *
Darío apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Ya hicimos la prueba.
Lucía lo miró. Aunque su padre había hablado de ella, escucharlo en voz de Darío volvió todo más concreto. Había una muestra. Un análisis. Una respuesta que iba a existir por escrito.
—¿Cuándo sale?
—Todavía no me han avisado.
Ella bajó los ojos hacia sus manos.
—Anoche pensé que podía convencerme de que no había pasado nada entre nosotros.
Darío permaneció callado. Lucía se secó una lágrima con rapidez, molesta consigo misma.
—Luego me acordé del río.
Él cerró los ojos un instante.
—Yo también.
La joven respiró hondo.
—No hicimos nada sabiendo esto.
Darío volvió hacia ella. Necesitaba escuchar aquella frase.
—No —respondió—. No sabíamos.
Lucía asintió varias veces, como si intentara que el cuerpo aceptara lo que su razón comprendía. Después se levantó.
—Voy a esperar el resultado.
Darío se puso de pie. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Pero no sé cómo dejar de quererte mientras tanto.
Él tuvo que cerrar las manos para no abrazarla.
* * *
En La Encina, Candelaria encontró la puerta del cuarto de Darío cerrada. Antes entraba después de llamar una vez. Ahora esperaba una respuesta. Aquella tarde no la hubo. Dejó una taza de café sobre una mesa del corredor y volvió al despacho. Mercedes estaba allí. Tenía sobre el regazo el cuaderno donde Candelaria había anotado los primeros años del niño. No lo había abierto.
—¿Se lo vas a dar? —preguntó.
Su hija miró la cubierta gastada.
—Cuando quiera recibirlo.
Candelaria se sentó.
—Anoche soñé que me preguntaba por qué nunca lo llevé a conocer a su padre.
La mujer bajó los ojos.
—Puede preguntártelo despierto.
Candelaria se cubrió el rostro. Su madre dejó el cuaderno sobre la mesa.
—No te lo digo para hacerte daño.
—Ya sé.
Mercedes se acercó.
—Esta vez vas a tener que quedarte a escuchar la respuesta, aunque no te guste.
Candelaria levantó la cabeza. Había dedicado gran parte de su vida a intentar evitar un momento difícil.
* * *
Julián no fue a buscar a Darío durante los días siguientes. Quería hacerlo. Se detenía al recordar lo que el joven le había pedido. Por las tardes entraba en el despacho, abría la libreta y leía la fecha de la toma de muestras como si pudiera cambiar. Después miraba hacia el patio. Lucía había dejado de acompañarlo a los corrales.
Comía poco y respondía con frases breves. Una mañana encontró el papalote reparado sobre el escritorio de su hija. Lo reconoció. Recordó haberlo visto años atrás, cuando ella volvió con los zapatos llenos de polvo y una alegría que no quiso explicar demasiado. Darío lo había bajado del árbol. Julián apoyó una mano en el respaldo de la silla.
Había estado presente en tantos recuerdos sin entender lo que tenía delante. Salió antes de que Lucía regresara. No quería que creyera que estaba revisando sus cosas.
* * *
Elena dormía cada vez menos. Miraba a su hija durante el desayuno y luego apartaba los ojos. No había una certeza nueva que descubrir sobre Lucía.
La conocía desde antes de la boda. También conocía la historia que había permitido creer a Julián. Durante años se dijo que callaba para proteger a la niña.
Ahora la veía sufrir por una consanguinidad que no existía por parte de él. Aquella justificación ya no podía sostenerse. Una noche se sentó en la orilla de su cama. Lucía estaba despierta.
—¿Quieres hablar?
Su hija tardó en responder.
—¿Qué me vas a decir?
Elena acarició una arruga de la colcha.
—Que siento mucho lo que está pasando.
Lucía volvió el rostro hacia ella.
—¿Por qué nadie hizo nada antes?
La mujer se quedó inmóvil. Su hija continuó:
—Si papá pensaba que Darío podía ser suyo, ¿por qué esperaron a que nosotros…?
No terminó. Elena extendió una mano. Lucía permitió que se la tomara. Aquel contacto casi la hizo hablar.
—Hay cosas que los adultos hacen por miedo —murmuró.
Su hija retiró lentamente la mano.
—Siempre acaba pagándolo alguien más.
Elena permaneció sentada hasta que Lucía le pidió que la dejara sola.
El aviso del laboratorio llegó a Darío por la mañana. Estaba en una bodega revisando una entrega. Leyó el mensaje una vez. Después volvió al principio. El informe estaba disponible. No lo abrió allí. Terminó de escuchar al trabajador, firmó la recepción y pidió que lo dejaran solo unos minutos.
Se sentó sobre una caja. Sacó el teléfono. El documento tardó unos segundos en cargar. Vio los nombres. Los datos de identificación. Las tablas que no sabía interpretar. Buscó la conclusión. La leyó. Después volvió a leerla más despacio. El informe era compatible con que Julián Robles fuera su padre biológico, con una probabilidad de paternidad superior al 99.99 %.
Darío dejó el teléfono sobre la caja. Durante unos segundos no sintió nada. Después pensó en Lucía. Se inclinó hacia delante y se cubrió la boca.
* * *
Julián recibió su copia mientras Cárdenas le explicaba un problema con un proveedor. Dejó de escuchar. El administrador advirtió el cambio en su rostro.
—¿Quiere que vuelva después?
Él asintió. Cuando quedó solo, abrió el informe. No necesitó buscar demasiado. La conclusión estaba allí. Darío era su hijo. No una posibilidad. No una versión de Candelaria. Su hijo. Julián apoyó ambas manos sobre la mesa. Había imaginado que la certeza pondría algo en orden. En cambio, abrió de golpe veinticuatro años de ausencia. El recién nacido de la fotografía.
El niño junto a la cerca. El muchacho que esperaba explicaciones en el despacho. Todos habían sido la misma persona. Él había tenido tiempo de conocerla. Y lo había dejado pasar.
* * *
Candelaria se enteró por Valdés, después de que Darío autorizara que compartieran el resultado con ella. El abogado se lo explicó sin rodeos. Ella permaneció sentada. No sintió la satisfacción que alguna vez había imaginado. Había deseado durante años poder mirar a Julián y decirle que tenía razón. Ahora esa frase le resultaba pequeña y cruel.
—¿Darío ya lo leyó? —preguntó.
—Sí.
Candelaria miró hacia la puerta.
—¿Quiere verme?
Valdés tardó un momento.
—Dijo que necesita estar solo.
Ella asintió. Al terminar la llamada, no buscó a Julián. Fue hasta la habitación de su hijo. La puerta estaba abierta. Darío no estaba. Sobre el escritorio vio una fotografía antigua de Alejandro que él había retirado de una repisa. No estaba rota ni guardada. Solo colocada aparte, como algo cuyo lugar había dejado de ser evidente.
Candelaria se quedó en la entrada sin tocar nada.
* * *
Lucía supo que el resultado había llegado al ver a su padre cruzar el jardín. Julián caminaba hacia ella sin la prisa de otras veces. Se detuvo frente al banco. La joven se levantó.
—Ya sabes.
No preguntó enseguida. Su padre tenía los ojos enrojecidos.
—Darío es mi hijo —dijo.
La muchacha retrocedió un paso.
Después buscó el banco con la mano y volvió a sentarse. Julián se agachó frente a ella.
—Lucía…
Ella levantó una mano. Necesitaba que se callara. Elena apareció en el corredor y vio a su marido de rodillas junto a su hija. Comprendió antes de que alguien la mirara. Lucía se dobló sobre sí misma. No lloró al principio. El llanto llegó cuando intentó decir el nombre de Darío.
* * *
Esa noche, Darío fue al río. No había quedado con nadie. Necesitaba estar fuera de la casa, lejos de las puertas detrás de las que los adultos esperaban una conversación. Desmontó y caminó hasta el árbol. Reconoció la piedra donde Lucía había dejado su sombrero. Todo conservaba el mismo tamaño. La misma forma. Solo él parecía no encontrar un lugar dentro del recuerdo. Se sentó.
No iba a odiarse por haber amado sin saber. Se lo repitió varias veces. Aun así, al recordar el beso tuvo que apretar los ojos. Sacó el teléfono. Había un mensaje de Lucía.
«Ya me lo dijo».
Darío escribió:
«Lo siento».
Borró la frase. No sabía por qué estaba pidiendo perdón. Finalmente respondió:
«No voy a dejarte sola con esto. Aunque tengamos que aprender de otra manera».
Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, fueron pocas palabras.
«Hoy no sé cómo».
Darío apoyó el teléfono sobre la pierna. Se quedó hasta que el aire comenzó a enfriarse.
* * *
Elena encontró a Julián en el despacho pasada la medianoche. El informe estaba abierto sobre la mesa. Él no levantó la cabeza cuando ella entró.
—Le hice esto a mis dos hijos —dijo.
Su esposa se detuvo. La frase la golpeó con una precisión insoportable. Julián continuó:
—A uno lo dejé crecer sin mí. A la otra la dejé acercarse sin decirle lo que debía saber.
Elena tomó aire. Esta vez no podía consolarlo sin añadir otra mentira. Se acercó al escritorio.
—Julián, necesito contarte algo.
Él levantó el rostro. La mujer apoyó una mano sobre la silla.
Temblaba.
—Es sobre Lucía.
Julián se quedó inmóvil. Al otro lado del corredor, su hija lloraba con la puerta cerrada. Elena miró hacia allí. Luego volvió hacia su marido.