Capítulo 23 de 40
La cerca que pusieron entre los dos
La primera queja llegó por escrito. Dos reses de La Encina habían pasado a los terrenos de El Sauz durante la noche. El administrador de Julián solicitaba que las recogieran y repararan el tramo de cerca por donde habían entrado. Candelaria leyó la hoja de pie, junto al escritorio.
—Ese tramo se mantiene entre las dos propiedades —dijo.
Su administrador asintió.
—Así consta en el acuerdo anterior.
—Entonces envíele una copia.
El hombre recibió el papel. Candelaria lo retuvo un momento antes de soltarlo.
—¿Él estaba allí cuando dejaron el recado?
—El señor Robles, sí.
El apellido todavía le resultaba extraño acompañado de aquel tratamiento.
Recordaba otra voz diciendo «patrón» dentro de las caballerizas. Ahora los empleados de ambas haciendas hablaban de Julián como de un hombre al que convenía consultar antes de tomar una decisión. Ella lo había visto regresar distinto. No sabía todavía cuánto de aquella distancia era dolor y cuánto había decidido convertir en castigo.
* * *
Julián revisó el acuerdo del lindero al terminar el día. Su administrador, un hombre llamado Cárdenas, señaló la cláusula correspondiente.
—La señora tiene razón en esto. La reparación se comparte.
Julián volvió a leer.
—Entonces se comparte.
Cárdenas lo observó.
—Mañana puedo reunirme con el encargado de La Encina.
—Hazlo.
El hombre guardó los papeles. Antes de salir, dejó otra carpeta sobre la mesa. Eran los costos de restaurar una bodega. Julián la abrió y encontró cifras más altas de las previstas. El Sauz no era todavía la hacienda próspera que había imaginado al comprarla. Tenía deudas manejables, instalaciones viejas y trabajadores a los que debía pagar antes de pensar en cualquier lujo.
Aquella realidad lo ayudaba. Las cuentas exigían atención. No preguntaban por qué había evitado mirar demasiado tiempo al niño de Candelaria.
* * *
Rosa fue la primera persona del pueblo que lo dijo sin rodeos.
Julián había ido a comer con ella un domingo. Al terminar, su madre le sirvió café y permaneció de pie.
—Ahora que estás aquí, podrías resolver lo de Darío.
Él dejó la taza.
—Mamá…
—No te estoy pidiendo que vuelvas con ella.
Julián miró hacia la puerta. La casa estaba abierta al aire de la tarde. Afuera, unos niños perseguían una pelota.
—No es asunto para hablarlo así.
Rosa se sentó.
—Llevas años diciendo que no es el momento.
Él apretó la mandíbula. Su madre lo miró con tristeza.
—Ese niño ya va a la escuela.
Julián se levantó para llevar la taza al fregadero.
—Lo sé.
—Entonces sabes que el tiempo no se quedó esperándote.
Él apoyó ambas manos en el borde de la pileta. Podía responder que Candelaria había mentido primero. Que había elegido otra vida. Que él necesitaba certezas. Todas aquellas razones le servían mejor mientras no tenía que decirlas delante de Rosa.
—Voy a ocuparme —murmuró.
Su madre no lo felicitó. Había aprendido a distinguir una decisión de una frase destinada a terminar una conversación.
Candelaria consiguió verlo a solas después de una reunión sobre la acequia. Los administradores revisaban unos planos junto al camino. Ella se acercó mientras Julián guardaba documentos en la camioneta.
—Necesito diez minutos.
Él cerró la carpeta.
—Podías hablar durante la reunión.
—De Darío.
Julián levantó los ojos. Candelaria mantuvo las manos quietas para que no notara cuánto le temblaban.
—Has tenido tiempo para organizar el trabajo, comprar tierras y volver. También puedes encontrar tiempo para aclarar si es tu hijo.
Él miró hacia los hombres reunidos unos metros más allá.
—Baja la voz.
La respuesta la hizo endurecerse.
—No voy a gritar. Tampoco voy a seguir fingiendo que no existe.
Julián apoyó la carpeta sobre el asiento.
—¿Qué le has dicho?
Candelaria tardó un segundo.
—Que Alejandro se puso feliz cuando supo que yo lo esperaba.
Él la observó.
—¿Eso es todo?
Ella sintió vergüenza, pero no desvió los ojos.
—No. Cree que era su padre.
Julián soltó una respiración áspera.
—Entonces has dejado que crezca con una mentira.
Candelaria recibió el reproche sin retroceder.
—Sí. Y tú has dejado que crezca sin una respuesta.
Julián apartó la mirada.
La frase había llegado al lugar que más evitaba. Candelaria continuó:
—No voy a decirle que eres su padre sin una prueba. Pero necesito poder explicarle por qué estamos averiguándolo.
—¿Ahora?
Ella miró su rostro.
—Ahora que estás aquí.
Julián cerró la puerta de la camioneta.
—Mándame por escrito lo que proponga tu abogado.
Candelaria lo sostuvo con los ojos.
—Ya lo tiene.
Él se quedó inmóvil. La propuesta había llegado a El Sauz días atrás. Cárdenas se la había entregado con el resto de la correspondencia. Julián la guardó en un cajón sin contestar.
—Voy a revisarla —dijo.
Candelaria asintió despacio. No discutió más. La falta de una nueva súplica lo sorprendió. Ella se volvió hacia el camino.
—Darío no va a tener cinco años siempre.
Julián la vio alejarse. Después permaneció junto a la camioneta hasta que Cárdenas fue a buscarlo.
* * *
Conoció a Elena en la casa de su madre.
O, más exactamente, volvió a conocerla. Habían ido a la misma escuela durante algunos años, pero él la recordaba con trenzas y un cuaderno apretado contra el pecho.
Ahora tenía veintisiete años y había regresado al pueblo después de trabajar una temporada fuera. Julián, que tenía veintiocho años, la reconoció por la voz antes que por el cabello castaño que ya no llevaba trenzado. Ayudaba a Rosa con unas gestiones. Cuando Julián entró, ella levantó la vista de los papeles.
—Por fin te encuentro sin que sea de paso.
Él tardó un instante en reconocerla. Después sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero su madre la advirtió. Elena no preguntó por la hacienda ni por el dinero. Le recordó una ocasión en que ambos tuvieron que limpiar el salón por llegar tarde. Julián se rio.
Durante unos minutos fue un hombre sentado en una cocina, hablando con alguien que no le pedía una explicación sobre su pasado.
* * *
Elena comenzó a visitar El Sauz algunas tardes. Llevaba documentos para Rosa o libros que había encontrado al ordenar su casa. Otras veces no llevaba ningún pretexto y Julián se lo agradecía. Caminaban por los corredores aún sin terminar. Él le mostraba las reparaciones.
Ella escuchaba, pero también se detenía ante cosas que él apenas miraba: un árbol viejo junto al pozo, unas baldosas rotas que podían recuperarse, la vista del campo desde una ventana.
—Todo lo cuentas como si fuera una lista de trabajos pendientes —le dijo.
Julián apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Ahora mismo lo es.
Elena miró la habitación vacía.
—También podría ser tu casa.
Él no respondió. La palabra le había significado demasiadas cosas distintas.
* * *
La noticia de aquellas visitas llegó a La Encina durante una conversación sobre compras. Petra acomodaba unas telas cuando una empleada comentó que Elena había ido a la cabecera con el nuevo dueño de El Sauz. Candelaria estaba en el cuarto. La mujer se calló al advertirlo.
—Puedes seguir —dijo ella.
Nadie siguió. Candelaria tomó una tela y la extendió sobre la mesa. No recordaba haberla elegido. Esa noche abrió la caja de las cartas. Buscó una que había escrito y nunca enviado, llena de cosas que le habría gustado contarle al regresar. La leyó sentada junto al tocador. Después volvió a guardarla. Darío llamó desde su habitación. Ella acudió enseguida.
Su hijo había tenido una pesadilla y necesitaba que se sentara a su lado. Candelaria permaneció allí hasta que volvió a dormirse. Al levantarse, comprendió que podía perder otra vez a Julián. Lo que ya no podía permitirse era desaparecer dentro de esa pérdida mientras el niño la esperaba al otro lado del corredor.
* * *
Elena escuchó por primera vez el nombre de Candelaria en boca de otra persona.
Fue una vecina, con la confianza de quien cree estar prestando un servicio. Le contó una versión llena de certezas sobre hechos que no había presenciado. El amor de juventud. La boda. El abandono. Después bajó la voz para mencionar al niño. Elena la dejó terminar. No preguntó nada.
Aquella tarde fue a El Sauz. Encontró a Julián revisando unas cuentas y esperó a que cerrara el cuaderno.
—Quiero saber si todavía estás esperando a alguien.
Él levantó la mirada. Elena no parecía enojada. Eso hizo más difícil evadirla.
—No.
Ella lo observó unos segundos.
—No te pregunté si quieres volver con ella.
Julián dejó la pluma. Elena continuó:
—Te pregunté si lo que hagamos tú y yo va a depender de lo que sientas cuando la veas.
Él miró hacia la ventana. Al fondo se distinguían los árboles de La Encina.
—Estoy intentando empezar otra vida.
Elena asintió. Pero no sonrió.
—Entonces no me uses para demostrarlo.
Julián la acompañó hasta la puerta.
Podía dejarla ir. Podía reconocer que todavía reaccionaba ante Candelaria con una intensidad que no sabía gobernar. En cambio, tomó la mano de Elena.
—Quiero seguir viéndote.
Ella bajó los ojos hacia sus dedos.
—Despacio.
Julián asintió. Durante unas semanas intentó cumplirlo. La invitó a comer con Rosa. La acompañó a resolver asuntos del pueblo. Aprendió qué le gustaba y qué cosas la hacían quedarse callada. Había momentos de afecto verdadero. También otros en que, al pasar junto al lindero de La Encina, miraba hacia la casa grande antes de darse cuenta. Elena comenzó a reconocer ese movimiento.
No siempre decía algo. Pero lo veía.
* * *
La siguiente disputa ocurrió por el paso del agua. Un trabajador de El Sauz cerró una compuerta creyendo que el turno de La Encina había terminado. Candelaria llegó al canal antes que su administrador. Julián apareció poco después. Revisaron los horarios con los encargados. El error quedó claro enseguida. No había motivo para seguir discutiendo.
Sin embargo, cuando los demás se apartaron, Candelaria preguntó:
—¿Ya revisaste los documentos de la prueba?
Él se tensó.
—No mezcles las cosas.
—No las estoy mezclando. Estoy aprovechando que te tengo delante.
Julián miró hacia su camioneta. Elena esperaba junto a ella. Candelaria la vio entonces. La mujer no se acercó. Julián advirtió el cambio en el rostro de su antigua novia y sintió una satisfacción inmediata. Duró apenas un segundo. Fue suficiente para avergonzarlo después. Pero no en ese momento.
—Tengo otros asuntos que atender —respondió.
Candelaria apretó los labios. Lo miró largamente. Después dio un paso atrás.
—Pues atiéndelos.
* * *
Julián regresó junto a Elena. Ella había visto lo necesario. No le preguntó qué había ocurrido con la compuerta. Mientras él guardaba los planos, dijo:
—Te alegró que me viera aquí.
Julián se quedó quieto.
—Elena… —No me digas que lo imaginé.
Él miró sus propias manos. La mujer sostuvo el bolso contra el cuerpo.
—Yo puedo escuchar cosas difíciles. Lo que no quiero es tener que descubrirlas siempre por tu cara.
Julián levantó la mirada. Podía perderla allí mismo. Y, debajo de ese temor, encontró otro más oscuro: no quería que Candelaria supiera que también esta vez se había quedado solo. Tomó aire.
—Quédate a cenar.
Elena no respondió enseguida. Al otro lado del canal, Candelaria montó en su caballo y volvió hacia La Encina. Julián siguió mirándola hasta que desapareció detrás de los árboles. Cuando volvió el rostro, Elena todavía estaba esperando una respuesta distinta.