Capítulo 24 de 40
La boda al otro lado de la cerca
Elena no se quedó a cenar aquella tarde. Esperó hasta que Julián apartó los ojos del camino por donde Candelaria había desaparecido. Después retiró la mano del techo de la camioneta.
—Llévame a mi casa.
Él guardó los planos.
—Podemos hablar.
—Te estoy esperando desde hace rato.
La frase lo dejó inmóvil. Elena abrió la puerta y subió sin añadir nada.
Durante el trayecto, Julián intentó ordenar una explicación. Cada una de las que encontraba comenzaba con Candelaria, y eso bastaba para demostrarle lo que Elena acababa de señalar. Al detenerse frente a la casa, apagó el motor.
—Tienes razón —dijo.
Ella permaneció mirando al frente.
—Eso no arregla nada.
—Lo sé.
Elena volvió el rostro.
—¿Qué estás haciendo conmigo, Julián?
Él tenía una respuesta sencilla y otra que no quería pronunciar. Le gustaba su compañía. Le gustaba conversar sin tener que defenderse, encontrarla al terminar una jornada y escuchar una risa que no perteneciera a sus recuerdos. También quería que Candelaria los viera. Las dos cosas convivían dentro de él.
—Quiero una oportunidad —respondió.
Elena bajó los ojos hacia el bolso.
—Entonces tendrás que aprender a darme una.
* * *
No se vieron durante diez días. Julián trabajó más de lo necesario y evitó pasar por la calle de Elena. Rosa no preguntó por ella hasta el domingo.
—¿La vas a dejar marcharse sin hablar claro?
Él apartó el plato.
—Ya hablamos.
—No siempre es lo mismo que decir algo.
Julián miró hacia la puerta. Su madre se levantó para traer café.
No insistió. Esa falta de presión terminó por incomodarlo más. Al salir, Julián condujo hasta la casa de Elena. La encontró acomodando una maceta en el corredor. Ella se enderezó al verlo.
—Vine a pedirte perdón —dijo él.
Elena se limpió las manos en un paño.
—¿Por qué parte?
Julián sostuvo la mirada.
—Por disfrutar que ella nos viera juntos.
La mujer bajó lentamente el paño. Era la primera respuesta que no intentaba suavizar lo ocurrido.
—¿Y ahora?
Él respiró hondo.
—Ahora quisiera empezar de nuevo contigo. Sin pedirte que olvides lo que viste.
Elena tardó en responder. Después señaló una silla.
—Siéntate.
* * *
Aquel día hablaron hasta que oscureció. Elena le contó de los trabajos que había tenido fuera del pueblo, de habitaciones alquiladas y de los años que pasó ayudando a una tía enferma. Habló también de una relación que había terminado antes de volver. No dio demasiados detalles.
Julián, acostumbrado a sentir preguntas detrás de cada silencio, agradeció que ella no le exigiera contar más de lo que podía. Él habló de Estados Unidos, de los primeros meses, de lo que había perdido al confiar dinero a un socio.
Después llegaron al nombre que ambos habían evitado.
—La quise mucho —dijo.
Elena lo escuchó sin moverse. Julián se quedó mirando sus manos.
—Todavía me importa lo que piense de mí. No me gusta admitirlo.
Ella asintió.
—Eso puedo entenderlo. Lo que no puedo hacer es competir con una historia en la que siempre llegué tarde.
—No quiero que compitas.
—Entonces deja de ponerme enfrente.
Él no prometió que dejaría de sentir. Prometió cuidar lo que hacía con aquello. Elena decidió creerle.
* * *
Candelaria recibió la propuesta para reparar el lindero una mañana de junio. El documento venía firmado por Cárdenas. No había ninguna respuesta sobre Darío. Lo dejó sobre el escritorio y llamó a Valdés. El abogado acudió dos días después. Revisaron la correspondencia, las alternativas y lo que implicaría avanzar sin esperar a que Julián tomara la iniciativa.
—Si su propósito es resolver la filiación del niño, tendremos que decidir cómo proceder —dijo.
Candelaria miró hacia el jardín. Darío estaba aprendiendo a lanzar una pelota con Tomás. Había querido resolverlo de manera privada, sin exponer al niño ni volver a su pasado un asunto del pueblo.
Pero la espera también estaba decidiendo por él.
—Prepare lo necesario para que yo lo revise —respondió.
Valdés anotó la instrucción.
—Y piense cómo hablar con Darío.
Candelaria se volvió.
—Es muy pequeño.
—Precisamente por eso necesita palabras que pueda comprender. No todos los detalles de los adultos, pero sí un relato que no tengamos que deshacer por completo después.
Cuando el abogado se marchó, guardó la propuesta en un cajón. No volvió a abrirla aquella semana.
* * *
Elena comenzó a participar en la vida de El Sauz. No llevaba las cuentas, pero distinguía cuando Julián pasaba demasiadas horas sobre ellas. Lo hacía salir al corredor y le preguntaba si ya había comido. Propuso recuperar el jardín de la entrada. Él dudó al conocer el presupuesto. Ella consiguió plantas más pequeñas y pidió ayuda a un vecino que sabía cuidarlas.
Trabajaron juntos una tarde. Julián terminó con tierra en las mangas y una ampolla en la mano. Elena se rio.
—Para trabajar tanto en el campo, hay cosas que todavía te cuestan.
Él le mostró la mano.
—Esto no sale en los contratos.
Ella le tomó los dedos para mirar la herida. Julián la observó inclinada sobre él. Sintió afecto.
Una gratitud tranquila. Quiso convencerse de que, con tiempo, aquello podía bastar para construir lo demás.
* * *
Pasaron el otoño juntos. La propuesta de matrimonio llegó al final del invierno siguiente. No hubo música ni testigos. Estaban sentados junto a las plantas nuevas cuando Julián sacó una caja del bolsillo. Elena miró el anillo sin tocarlo. Después lo miró a él.
—¿Estás seguro?
La pregunta lo devolvió por un instante a otra mujer, otro anillo y una respuesta dada demasiado deprisa. Se obligó a permanecer allí.
—Quiero que esta sea nuestra casa.
Elena bajó los ojos. Había esperado aquellas palabras. También había temido escucharlas antes de saber si podía confiar en ellas.
—No quiero que me pidas matrimonio para terminar una conversación con alguien más.
Julián sintió vergüenza. Parte de él imaginó inmediatamente a Candelaria enterándose. No pudo impedirlo. Tampoco quiso perder lo que tenía delante.
—Te lo estoy pidiendo a ti —dijo.
Elena lo observó durante unos segundos. Después extendió la mano.
* * *
Rosa recibió la noticia con un abrazo. Luego pidió hablar a solas con su hijo.
Se quedaron en la cocina mientras Elena salía a buscar un paquete que había dejado en el vehículo.
—Es buena mujer —dijo Rosa.
Julián asintió. Su madre sostuvo su mirada.
—Trátala como si eso importara.
—Importa.
Rosa no añadió nada. Al despedirse, abrazó a Elena un poco más de lo habitual. La joven recibió aquel afecto con los ojos húmedos. Llevaba tiempo deseando pertenecer a un lugar sin tener que demostrar cada día que merecía quedarse.
* * *
La noticia llegó a Candelaria por boca de Mercedes. Su madre prefirió decírselo antes de que lo escuchara entre los empleados. Candelaria estaba remendando un botón de la camisa de Darío. La aguja quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Todavía no sé.
Ella bajó la mirada. Intentó pasar el hilo de nuevo y se pinchó un dedo. Una gota cayó sobre la tela. Mercedes le quitó suavemente la camisa.
—Déjame.
Candelaria permaneció sentada. No lloró enseguida.
Se quedó mirando el punto rojo en la yema del dedo. Durante años había imaginado que la viudez abriría un camino de regreso. Después creyó que bastaría con que Julián conociera la amenaza. Luego pensó en Darío. Había puesto esperanza en cada cosa que podía acercarlo. Ahora él estaba eligiendo a otra mujer.
—Voy a estar bien —dijo.
Mercedes tomó su mano.
—No tienes que estarlo esta tarde.
* * *
La invitación llegó tres semanas después. La boda se celebraría en marzo, casi un año después del regreso de Julián. El nombre de Candelaria aparecía junto al de Darío. Candelaria sostuvo el sobre largo rato antes de abrirlo. La ceremonia sería sencilla, con una comida en El Sauz. Miró la firma de Julián. No sabía si había querido herirla o si Elena había insistido en invitar a los vecinos. La diferencia no conseguía disminuir el dolor.
Darío entró corriendo desde el patio.
—¿Qué es?
Candelaria dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Una invitación.
Él se acercó y reconoció el nombre.
—¿Se casa el señor de los caballos?
Darío recordó que, semanas antes, Julián había detenido a uno de sus trabajadores para ayudar a sacar del lodo a un becerro. Lo había observado desde la cerca con admiración.
—¿Podemos ir?
Candelaria miró a su hijo. El niño no estaba pidiendo permiso para entrar en una historia que pudiera lastimarlo. Solo quería ir a una fiesta.
—Lo voy a pensar —respondió.
* * *
No asistieron. Candelaria envió un regalo elegido por su administrador y una tarjeta con pocas palabras. El día de la boda llevó a Darío a visitar a unos parientes de Mercedes, lejos del pueblo. Durante el camino, el niño se quedó dormido. Ella miró los campos pasar por la ventana. Había querido evitar las campanas.
Aun así, a la hora en que imaginó que Julián estaría frente al altar, sintió una presión en el pecho que la obligó a abrir el vidrio. Mercedes le tomó la mano sin hablar. Candelaria dejó que se la sostuviera.
* * *
Julián vio el lugar vacío durante la comida. No esperaba admitir que la había buscado entre los invitados. Elena lo advirtió. Siguió la dirección de sus ojos y encontró una mesa ocupada por vecinos de La Encina. Candelaria no estaba. La joven acomodó una servilleta sobre su regazo.
—Mandó un regalo —dijo.
Julián volvió el rostro.
—Lo vi.
Elena esperó.
Él tomó su mano sobre la mesa.
—¿Quieres bailar?
Se levantaron entre aplausos. Julián la abrazó con cuidado. Su esposa apoyó una mano en su hombro y sonrió para la fotografía. Durante aquella canción, él hizo un esfuerzo sincero por mirar solamente a la mujer con la que acababa de casarse.
* * *
Elena comenzó a sentirse enferma poco después de la boda. Primero dijo que había comido algo que le cayó mal. Luego dejó intacto el desayuno dos mañanas seguidas. Julián la encontró sentada en el borde de la cama, pálida.
—Voy a llamar al médico.
Ella levantó la cabeza con rapidez.
—Puedo ir yo al consultorio.
Él se agachó frente a ella.
—Te acompaño.
Elena le acarició el cabello. Por unos segundos pareció a punto de hablar. Después dijo:
—Quizá sea mejor esperar un poco.
Julián sonrió antes de poder evitarlo. Había comprendido una posibilidad. Elena vio la alegría aparecer en su rostro. Y dejó pasar el momento en que todavía podía corregir lo que él estaba empezando a creer.
La noticia de que El Sauz esperaba un hijo cruzó el lindero al comenzar las lluvias. Candelaria la escuchó en el despacho. Esta vez pidió quedarse sola.
No abrió la caja de las cartas. No buscó las flores secas. Fue hasta la habitación de Darío y lo encontró sentado en el suelo, intentando construir un corral con piezas de madera. Él levantó la cabeza.
—Se me cae esta parte.
Candelaria se sentó a su lado. Sostuvo la cerca mientras el niño acomodaba otra pieza.
—Así —dijo.
Darío sonrió al ver que permanecía en pie. Ella mantuvo la mano allí unos segundos más. Al otro lado de las tierras, Julián estaba haciendo planes para el hijo que creía esperar. Entre ambas haciendas, la cerca recién reparada seguía el mismo recorrido de siempre.