Capítulo 25 de 40
La niña de El Sauz
Julián llegó al consultorio antes de que abrieran. Había dejado a Elena sentada dentro de la camioneta, con una botella de agua entre las manos, y caminaba de un lado a otro frente a la puerta. Ella lo observaba por el parabrisas. No recordaba haberlo visto tan inquieto.
Durante la noche había preguntado si tenía frío, si necesitaba otra almohada y si quería que fueran al hospital en lugar de esperar la cita. Elena dijo que podía descansar. No descansó.
Cuando apareció la enfermera, Julián regresó al vehículo para ayudarla a bajar.
—Despacio —le pidió.
Su esposa aceptó la mano. Aquel cuidado le hizo más difícil lo que llevaba días intentando decir.
* * *
La médica habló primero con Elena a solas. Le preguntó por los síntomas y por las fechas. La joven respondió sin mirar el calendario de la pared. Sabía cuándo había sido su última menstruación. Sabía también qué significaba. La médica tomó nota y explicó que necesitaban completar la valoración para estimar el tiempo del embarazo. Elena apretó los dedos sobre el bolso.
—¿Puede haber una diferencia grande?
—Las fechas pueden necesitar ajustes. Por eso no conviene adivinar.
La mujer levantó la mirada.
—¿Hay algo que te preocupe especialmente?
Elena permaneció callada. Luego negó. La médica no insistió. Antes de dejar entrar a Julián, preguntó si quería que estuviera presente. Ella asintió.
* * *
Julián recibió la confirmación con una sonrisa que Elena tardaría años en olvidar. No era la expresión satisfecha de un hombre que había comprado tierras o cerrado una buena venta. Era una alegría sin defensa.
Le tomó la mano y se quedó escuchando indicaciones que después pidió por escrito. Al salir compró fruta, galletas y una manta que no necesitaban.
Elena lo vio poner todo en la camioneta.
—Todavía falta mucho —murmuró.
Él se volvió.
—Por eso tenemos tiempo de prepararnos.
Ella bajó los ojos. Bastaba con decirle que algunas fechas no podían corresponderle. Pero Julián estaba feliz. Y ella acababa de encontrar una forma de sentirse elegida sin la sombra de Candelaria entre ambos. No habló.
* * *
La carta de Valdés llegó aquella misma semana. Julián la reconoció antes de abrirla. Dentro había una propuesta concreta para iniciar la aclaración de la filiación de Darío y coordinar las actuaciones necesarias con asesoría de ambas partes. No era una amenaza. Tampoco una súplica.
La leyó en el despacho mientras, al otro lado de la puerta, Elena hablaba con Rosa sobre el cuarto del bebé. Oyó una risa. Miró de nuevo el documento. Ahora iba a ser padre. Aquella certeza, que todavía no había sometido a ninguna pregunta, le parecía sencilla. Darío, en cambio, seguía unido a una historia donde todo había sido doloroso y confuso.
Guardó la carta en el cajón.
Esa tarde llamó a un abogado para que revisara los papeles. No le dijo a Elena.
* * *
Candelaria recibió la respuesta a través de Valdés. El abogado de Julián pedía revisar antecedentes, documentos y alcances antes de acordar cualquier diligencia. Ella escuchó sin interrumpir.
—¿Eso significa que va a hacerlo?
—Significa que ha buscado representación —respondió Valdés—. Todavía no hay un acuerdo.
Candelaria miró hacia el jardín. Darío corría detrás de un perro que los trabajadores habían recogido meses antes.
—No quiero pasarme la vida en esto.
El abogado cerró la carpeta.
—Entonces conviene que decida qué está dispuesta a promover y sostener. Las respuestas pueden tardar, pero necesitamos instrucciones claras.
Sin embargo, esa noche abrió los papeles y encontró, junto a cada posibilidad, una pregunta que todavía no sabía responder. ¿Qué le diría a Darío? ¿Qué ocurriría si Julián lo aceptaba por obligación y lo rechazaba después? ¿Cuánto de su insistencia estaba dirigido al derecho del niño y cuánto al deseo de volver a tener cerca a su padre?
Dejó el expediente abierto hasta que Mercedes entró. Su madre leyó el cansancio de su rostro.
—No resolverlo también es una decisión, hija.
Candelaria se cubrió los ojos. Lo sabía. Eso era lo que más le dolía.
En El Sauz, Julián comenzó a llegar temprano. Elena lo esperaba en el corredor y le contaba cómo se había sentido durante el día. Él escuchaba con una atención que al principio le daba alivio. Después comenzó a asustarla. Preguntaba por cada consulta. Guardaba los resultados.
Comparaba las fechas de las próximas revisiones con sus compromisos de trabajo. Una tarde Elena retiró suavemente los papeles de sus manos.
—No hace falta que controles todo.
Julián levantó la mirada.
—Quiero estar pendiente.
Ella sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Lo sé.
Él advirtió algo extraño en su expresión. Pensó que era cansancio. Le pidió perdón y fue a buscarle agua. Elena permaneció sentada hasta que escuchó cerrarse la puerta de la cocina. Entonces abrió el informe y volvió a mirar la estimación de las semanas.
* * *
Elena conoció a Darío una mañana junto a la cerca del canal. Había salido a caminar acompañada por una empleada cuando escuchó voces al otro lado. El niño estaba con Tomás, observando unas ranas entre las piedras. Al verla, se enderezó.
—Buenos días.
Elena sonrió.
—Buenos días.
Darío miró su vientre. No preguntó enseguida. Después señaló con curiosidad.
—¿Ahí está el bebé?
La empleada soltó una risa. Elena asintió.
—Sí.
El niño se acercó a la cerca, sin cruzarla.
—¿Ya sabe cómo se llama?
—Todavía no.
Darío pareció decepcionado.
—Yo me llamo Darío.
—Lo sé.
La respuesta salió antes de que pudiera pensarla. Tomás levantó la mirada. Elena acarició su propio vientre. Había escuchado muchas versiones sobre aquel niño. Ninguna la había preparado para su voz.
* * *
Candelaria apareció minutos después. Se detuvo al reconocer a Elena. Las dos mujeres se miraron a través del lindero. No había ocurrido nada que justificara la tensión. Aun así, Tomás llamó al niño para que se apartara del agua.
—Buenos días —dijo Candelaria.
Elena respondió.
Darío corrió hacia su madre.
—Le estaba preguntando por el bebé.
Candelaria apoyó una mano sobre su cabello.
—Ya escuché.
Volvió los ojos hacia Elena. La muchacha estaba pálida por el calor.
—¿Necesitas sentarte? —preguntó.
Elena tardó en responder.
—No. Gracias.
Hubo un silencio breve. Candelaria miró el vientre, luego su rostro. Había querido odiarla sin conocerla. Ahora tenía delante a una mujer incómoda, cansada, que parecía no saber dónde colocar las manos.
—Que todo salga bien —dijo.
Elena recibió aquellas palabras con una sorpresa que no consiguió esconder.
—Gracias.
Candelaria tomó la mano de Darío y regresó hacia La Encina.
* * *
Esa noche, Julián preguntó por el paseo. Elena le contó que había llegado al canal. También que había hablado con el niño. Él dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Con Darío?
Julián miró hacia la ventana.
—¿Qué te dijo?
—Preguntó por el bebé.
Él permaneció callado. Elena lo observó.
—Es un niño amable.
Julián rozó el borde del vaso con el pulgar.
—Sí.
Su esposa esperó. Había preguntas que nunca se había atrevido a hacer con claridad. Aquella noche encontró la más sencilla.
—¿De verdad no quieres saber si es tuyo?
Julián alzó los ojos. Elena sintió que había cruzado una puerta. Él tardó en responder.
—No sabes todo lo que pasó.
Ella sostuvo su mirada.
—Eso no responde a lo que te pregunté.
Por primera vez, Julián reconoció en su voz algo que no era paciencia.
* * *
La discusión no llegó a ser un enfrentamiento. Julián se levantó y dijo que necesitaba terminar unas cuentas. Elena lo dejó ir. En el despacho, él abrió el cajón. Sacó la fotografía de Darío recién nacido. Después la carta del abogado.
No había una razón nueva para seguir aplazando. Tomó una hoja para escribir una respuesta.
Se quedó mirando el papel hasta que escuchó a Elena llamarlo desde el corredor. Tenía náuseas. Julián dejó la pluma y salió. La hoja permaneció vacía.
* * *
El parto comenzó antes de la fecha que Julián había imaginado. No antes de la que figuraba en los controles. Elena había dicho que las estimaciones podían cambiar, que prefería no aferrarse a un día. Él aceptó la explicación sin revisarla demasiado. Cuando llegaron al hospital, la ansiedad no le permitió pensar en calendarios. Esperó caminando por un corredor.
Rosa acudió poco después y le pidió que se sentara. Julián lo intentó. Volvió a levantarse en cuanto oyó pasos. La niña nació al final de la madrugada. Cuando le permitieron entrar, Elena estaba agotada y tenía los ojos húmedos. Una enfermera acomodó a la bebé entre los brazos de su madre. Julián se acercó despacio. No se parecía a lo que había imaginado.
Era más pequeña. Más frágil. Sintió miedo de tocarla. Elena lo miró.
—Acércate.
Él apoyó un dedo sobre la mano de la niña. Ella lo sujetó.
* * *
La llamaron Lucía. Julián repitió el nombre en voz baja mientras aprendía a sostenerla. La niña tenía el rostro arrugado, el cabello oscuro y una manera decidida de protestar cuando la movían. Él sonrió. Después comenzó a llorar sin esperarlo. Elena volvió el rostro hacia la ventana. Había deseado verlo así. Había construido su silencio alrededor de aquella posibilidad.
Ahora que lo tenía delante, la culpa encontró un peso que ya no podía apartar con explicaciones. Julián le besó la frente.
—Gracias —murmuró.
Elena cerró los ojos. No respondió.
* * *
La noticia llegó a La Encina durante el desayuno. Mercedes la contó con cuidado. Candelaria asintió y continuó sirviendo leche en el vaso de Darío. El niño levantó la cabeza.
—¿Ya nació?
—Sí.
—¿Es niña?
Candelaria volvió a asentir.
Darío sonrió.
—Entonces ya pueden ponerle nombre.
Ella dejó la jarra. Su hijo siguió comiendo, satisfecho con aquella conclusión. Candelaria miró hacia el despacho. Los documentos de Valdés continuaban esperando en una carpeta. Esa mañana pidió que los guardaran bajo llave. Se dijo que no era momento de alterar la llegada de una recién nacida. Que podía esperar unas semanas. Mercedes la escuchó sin contradecirla.
Solo miró a Darío, que intentaba recoger con una cuchara la espuma de su leche.
* * *
Julián regresó a El Sauz para buscar ropa limpia. Antes de volver al hospital entró en el despacho. Sobre la mesa encontró la hoja que había dejado en blanco. La tomó. Durante unos segundos pensó en terminarla. Después vio, debajo de la carpeta, la fotografía antigua. Darío dormía entre los brazos de Candelaria.
Julián acababa de conocer el peso de un recién nacido sobre el pecho. Ahora podía imaginar con exactitud lo que aquella imagen había significado el día en que se tomó. Se sentó. Miró el rostro diminuto de la fotografía y luego sus propias manos. En el hospital lo esperaba Lucía.
Al otro lado de la cerca, Darío llevaba años creciendo.
Julián guardó la fotografía en el cajón. No rompió la hoja. Pero volvió a dejarla sin una sola palabra.