Capítulo 26 de 40

Los hijos del lindero

Lucía nació en noviembre, seis años y tres meses después que Darío. Los cumpleaños de él se celebraban en agosto. Aprendió a caminar siguiendo a su padre por el corredor. Julián avanzaba despacio, con los brazos abiertos, mientras la niña se soltaba de una silla y daba dos pasos antes de sentarse en el suelo. Él se agachaba de inmediato.

Lucía levantaba los ojos, comprobaba que seguía allí y volvía a intentarlo. Elena los observaba desde la puerta. Había momentos en que conseguía olvidar. La casa llena de voces, las pequeñas prendas tendidas junto al jardín y la manera en que Julián pronunciaba el nombre de la niña le permitían vivir varias horas sin recordar lo que había callado. Después llegaba alguna pregunta.

La fecha de una consulta. Un comentario de Rosa sobre a quién se parecía Lucía. Una conversación sobre los meses anteriores a la boda. Entonces Elena sentía que todo lo construido descansaba sobre una tabla que podía romperse.

* * *

Darío tenía siete años cuando vio por primera vez a Julián con la niña en brazos. Había ido con Tomás a entregar unos documentos al administrador de El Sauz. Esperaban junto al vehículo cuando Lucía comenzó a llorar dentro de la casa. Julián salió al corredor, acomodándola contra su hombro. No parecía el hombre serio que Darío conocía de las reuniones junto al canal.

Le hablaba en voz baja. Caminaba de un lado a otro.

La niña se aferraba a su camisa. Darío lo observó con tanta atención que Tomás tuvo que llamarlo dos veces.

—Vamos.

El niño subió a la camioneta. Durante el regreso permaneció callado. Esa noche, mientras Candelaria le ayudaba a quitarse una bota, preguntó:

—¿Mi papá me habría cargado así?

Ella levantó la cabeza.

—¿Así cómo?

—Como el señor Julián carga a su niña.

Candelaria sostuvo la bota entre las manos. Tardó en encontrar una respuesta.

—Creo que le habría gustado mucho cargarte.

Darío asintió. Ella bajó los ojos antes de que él pudiera ver cuánto le había costado decirlo.

* * *

Las cartas dejaron de cruzar entre ambas haciendas. Los asuntos del lindero continuaron por medio de los administradores. Hubo reparaciones compartidas, errores en los turnos del agua y reses que aparecían donde no debían. Candelaria pagaba lo que correspondía. Julián también. Sin embargo, cualquier desacuerdo pequeño parecía encontrar debajo otro más antiguo. Si él pedía revisar una medida, ella escuchaba una acusación.

Si ella solicitaba una explicación, él respondía como si estuviera intentando quitarle algo. Los trabajadores aprendieron a llevar documentos completos. Nadie quería regresar por una firma y encontrarse en medio de una discusión. Darío creció escuchando frases sueltas. «Los de El Sauz».

«Otra vez cerraron».

«Dile a Robles que revise sus animales».

No conocía el origen del enojo. Solo sabía que, cuando su madre pronunciaba aquel apellido, cambiaba la manera de respirar.

* * *

Lucía cumplió tres años durante una temporada de calor. Elena organizó una comida pequeña. La niña recibió una muñeca, una caja de colores y unas botas que Julián había mandado hacer demasiado grandes.

—Para que le duren —se defendió él.

Lucía se las puso de inmediato y caminó arrastrando los pies. Rosa rio hasta tener que sentarse. Elena se permitió reír también. Aquella tarde, al recoger los regalos, encontró a su marido mirando hacia los terrenos vecinos.

—¿Qué pasa?

Julián tardó en responder.

—Nada.

Al otro lado de la cerca, un niño montaba bajo la vigilancia de Tomás. Darío ya tenía nueve años. Llevaba la espalda derecha y sujetaba las riendas con una concentración que Julián reconoció antes de querer reconocerla. Elena siguió su mirada. Después tomó las botas de Lucía y las guardó en una caja.

Ninguno dijo nada.

La primera pelea entre los niños ocurrió dos años después. Lucía tenía cinco años y estaba convencida de que todo animal pequeño necesitaba su ayuda. Encontró un cachorro junto a la cerca del canal y lo siguió por un hueco entre los alambres. Del otro lado, Darío escuchó los ladridos. Se acercó y vio a la niña agachada junto al agua.

—No te metas ahí.

Lucía levantó el rostro.

—Se cayó.

El cachorro estaba sobre una franja de tierra húmeda, a poca distancia. Darío bajó con cuidado, lo tomó y regresó antes de que la niña intentara seguirlo. Ella extendió los brazos.

—Dámelo.

Él sostuvo al animal contra su camisa.

—Te vas a caer.

Lucía frunció el ceño.

—No soy chiquita.

Darío la miró. Tenía barro hasta las rodillas y una trenza medio deshecha.

—Pues compórtate.

La niña le dio un golpe en el brazo. No fue fuerte. Lo sorprendió.

—¡Dámelo!

Darío apartó el cachorro.

—¡No pegues!

El llanto comenzó justo cuando Julián apareció al otro lado de la cerca.

Julián se acercó con rapidez.

—¿Qué pasó?

Lucía levantó los brazos hacia él. Darío permaneció inmóvil. Por un instante tuvo la impresión de que debía explicar algo antes de que lo acusaran.

—Fue al canal por el perro.

Julián miró el barro, al cachorro y el lugar por donde había pasado su hija. La tomó en brazos.

—Te dije que no cruzaras sola.

Lucía escondió el rostro en su cuello. Darío extendió al animal. Julián no pudo recibirlo de inmediato. Tenía las manos ocupadas.

—Déjalo en el suelo. Ya está bien.

El niño obedeció. El cachorro corrió hacia un árbol. En ese momento llegó Tomás, seguido por Candelaria. Ella vio a Darío junto a Julián y se detuvo.

—¿Qué ocurrió?

Todos comenzaron a hablar a la vez. Lucía dijo que Darío no quería devolverle el perro. Darío respondió que ella le había pegado. Julián intentó explicar lo del canal. Candelaria solo había visto la cara encendida de su hijo.

—Darío, ven.

Él volvió el rostro hacia ella.

—Pero yo…

—Ven.

El niño caminó hasta su lado con los puños cerrados. Julián los miró.

—Él la ayudó —dijo.

Candelaria se detuvo. Durante un segundo pareció que iba a responder. Después apoyó una mano en la espalda de Darío.

—Entonces no hay nada más que discutir.

Regresaron hacia La Encina. Lucía los observó desde los brazos de su padre. Darío no volvió la cabeza.

* * *

Aquella noche, Candelaria encontró a su hijo lavándose un rasguño. Se acercó con un paño limpio.

—Déjame ver.

Darío retiró el brazo.

—No me pasó nada.

Ella se quedó quieta. El niño continuó frotándose con demasiada fuerza.

—No le hice nada a la niña.

—Lo sé.

Él la miró entonces.

—No me dejaste contártelo.

Candelaria bajó el paño.

La frase la obligó a reconocer lo ocurrido. Había visto a Julián y reaccionado antes de escuchar a su hijo.

—Tienes razón.

Darío pareció sorprendido. Ella acercó una silla.

—Cuéntame ahora.

El niño tardó en empezar. Le explicó lo del cachorro, el agua y el golpe. Candelaria escuchó hasta el final. Después le limpió el rasguño con cuidado.

—Gracias por ayudarla.

Darío bajó los ojos. No era la primera vez que su madre le agradecía algo.

* * *

En El Sauz, Julián sentó a Lucía sobre la cama. La niña ya había dejado de llorar. Tenía una muñeca en el regazo y miraba hacia la puerta, buscando a Elena.

—Darío te ayudó —dijo él.

Lucía apretó a la muñeca.

—No me daba al perrito.

—Porque primero quería que salieras del agua.

La niña permaneció callada. Julián esperó.

—Mañana vas a pedirle disculpas por pegarle.

Lucía arrugó la nariz.

—Él me habló feo.

Su padre suspiró.

—Pueden hablar de eso también.

Elena entró con un vaso de leche. Había escuchado la última parte.

—Podemos ir juntos —propuso.

Julián alzó la mirada hacia ella. Elena sostuvo sus ojos. No estaba hablando solamente de una visita para corregir una pelea infantil. Él lo comprendió. Aun así, al día siguiente encargó a un trabajador que llevara el recado a La Encina.

* * *

Lucía no olvidó a Darío. Lo recordaba como el muchacho que sabía bajar al canal sin caerse y que le había negado un cachorro que ella consideraba suyo. Cuando lo veía a distancia, levantaba la barbilla. Darío respondía mirando hacia otro lado. Había entre ellos seis años de diferencia, demasiados para compartir juegos o conversaciones. Para él, Lucía era una niña mandona.

Para ella, Darío era un muchacho orgulloso que siempre parecía saber más. Volvieron a encontrarse en fiestas del pueblo, en caminos y junto al lindero. Nunca faltaba una razón para discutir. Una pelota que caía del otro lado. Un perro que seguía al caballo equivocado. Una puerta que alguien dejaba abierta. Los trabajadores comenzaron a reírse.

—Salieron iguales que los grandes —comentó uno.

Tomás no se rio.

* * *

Los años dieron a Julián lo que había buscado. El Sauz recuperó potreros, amplió el manejo del ganado y dejó de depender de las inversiones que aún conservaba fuera. Julián pagó deudas. Compró equipos. Se ganó un lugar entre los productores de la región. Algunas personas dejaron de recordar que había trabajado en las caballerizas de La Encina. Él nunca lo olvidó.

Candelaria también hizo crecer lo suyo. A veces los invitaban a las mismas reuniones y acababan sentados en extremos distintos de la mesa. Podían discutir una compra durante media hora sin pronunciar ninguna palabra personal. Después salían cansados, como si hubieran hablado de todo lo demás. Elena aprendió a reconocer esos días. Julián llegaba a casa y abrazaba a Lucía durante más tiempo.

Su hija no sabía por qué.

* * *

Leonor murió en noviembre, cuando Darío tenía trece años y Lucía acababa de cumplir siete. Había pasado sus últimos meses con un deterioro que le impedía sostener las conversaciones largas. El administrador avisó a Candelaria antes del amanecer. Ella permaneció sentada al borde de la cama mientras escuchaba. Después preguntó qué necesitaban. Se ocupó de los gastos y del entierro.

No llevó a Darío al velorio.

El niño sabía que aquella mujer había sido su abuela según la historia que le habían contado, pero apenas la recordaba. Cuando preguntó por qué no habían sido cercanos, Candelaria respondió:

—Entre ella y yo hubo cosas muy difíciles.

Darío la observó. Ya no tenía edad para aceptar todas las respuestas sin advertir lo que faltaba.

—¿Y conmigo?

Candelaria sintió que se le cerraba la garganta.

—Tú no hiciste nada malo.

Su hijo asintió despacio.

* * *

Petra pidió permiso para asistir al entierro. Candelaria lo concedió. Al volver, la criada encontró a su señora en el despacho. Llevaba tiempo esperando alguna orden. En cambio, recibió una pregunta.

—¿Leonor habló alguna vez de aquella carta?

Petra se quedó inmóvil. Candelaria levantó los ojos.

—La que le llevaste a Julián.

El silencio se hizo tan largo que Candelaria dejó la pluma. Petra tenía las manos entrelazadas frente al cuerpo. Había pasado años haciéndolo por omisión.

Pero Leonor ya no estaba. Y la mujer que tenía delante no parecía dispuesta a aceptar otro «no sé».

—Ella la escribió —respondió al fin.

Candelaria cerró los ojos. Conocía la posibilidad desde el regreso del investigador. Aun así, escucharla allí, dentro de su casa, tuvo el efecto de una puerta cerrándose con fuerza.

—¿Tú lo sabías cuando se la entregaste?

Petra comenzó a llorar.

—Sí, señora.

Candelaria permaneció sentada. No gritó. Aquella serenidad asustó a la criada.

—Vete a tu cuarto —dijo—. Mañana hablaremos.

* * *

Esa noche, Candelaria abrió la caja de las cartas. Ya no necesitaba imaginar quién había escrito la despedida. Tenía una testigo dispuesta, al menos por primera vez, a reconocerlo. Pensó en Julián. En todas las conversaciones que podían comenzar con aquella verdad. Después escuchó a Darío cruzar el corredor. Su hijo se detuvo en la puerta.

—¿Todavía estás trabajando?

Candelaria lo miró. Había crecido tanto que, por un instante, reconoció en su rostro un gesto de Julián, aquel modo de inclinar la cabeza antes de hacer una pregunta.

—Ven —dijo.

Darío entró.

Ella apartó las cartas para dejarle espacio junto al escritorio. Tenía que empezar a hablar. La muerte de Leonor no había borrado los años.