Capítulo 21 de 40
La distancia que eligieron
Candelaria dejó pasar tres días antes de responder. Quería hacerlo sin reproches. Cada vez que tomaba la pluma, sin embargo, acababa escribiendo alguna frase que parecía reclamarle a Julián todos los meses de ausencia. Darío dormía en una cesta junto al escritorio. A veces interrumpía la carta para mirarlo respirar. No comprendía cómo podía sentir tanta ternura y tanta rabia durante una misma mañana.
En la cuarta hoja consiguió escribir solamente lo necesario.
«Julián:
Estoy de acuerdo en hacer la prueba con las garantías que correspondan. Podemos buscar una institución que nos indique cómo proceder y cubrir cada uno lo que pueda. Entiendo que esto no significa volver a estar juntos. Cuando tengas la información, házmela llegar. Yo también voy a averiguar. Darío está bien. Candelaria».
La leyó una vez. Después firmó.
Mercedes, que había llegado con un plato de fruta, observó las hojas rotas junto al escritorio.
—¿Ya quedó?
Su hija asintió.
—No le pedí que volviera.
La mujer dejó el plato.
—Ahora estás preguntando por algo que también le pertenece al niño.
Candelaria miró la cesta. Darío movió los labios dormido. Ella dobló la carta antes de arrepentirse.
* * *
Julián recibió el sobre al terminar una jornada de lluvia. Tenía las botas cubiertas de lodo y un dolor persistente en el hombro por haber ayudado a levantar una puerta vencida. Lo abrió sentado en el borde de su cama. Leyó despacio. La disposición de Candelaria a hacer la prueba no le produjo el alivio que esperaba. Le produjo miedo.
Si el resultado era negativo, tendría que aceptar que había construido una esperanza alrededor de un hijo ajeno. Si era positivo, debía mirar de otra manera todos aquellos meses. Habría dejado a su hijo nacer mientras él guardaba una carta falsa o verdadera dentro de una cartera. Tendría que regresar. O explicar por qué no regresaba.
Se levantó y abrió el cajón donde conservaba la fotografía.
Durante un momento miró el rostro de Darío. No encontraba un parecido que pudiera sostener sin engañarse. El niño era demasiado pequeño. Él sabía demasiado poco. Guardó la foto de nuevo. A la mañana siguiente pidió hablar con el encargado sobre un trabajo adicional.
* * *
En La Encina, Darío comenzó a reconocer las voces. Se tranquilizaba cuando Mercedes le hablaba cerca y seguía con los ojos el movimiento del rostro de Candelaria. Una tarde soltó una sonrisa que la dejó inmóvil. Ella llamó a su madre con tanta urgencia que Mercedes entró pensando que ocurría algo malo.
—Otra vez —pidió Candelaria, inclinándose sobre la cuna—. Hazlo otra vez.
Darío agitó una mano. Su abuela se sentó junto a ellas y comenzó a hablarle. La sonrisa regresó. Candelaria rio y después se le llenaron los ojos de lágrimas. Quiso escribirle a Julián. Quiso contarle que su hijo sonreía, que estornudaba dos veces seguidas y que una de sus manos se aferraba a la tela de su vestido mientras comía.
Se quedó con el papel delante. Al final anotó la fecha en un cuaderno. No sabía si Julián querría leerlo alguna vez. Pero no quería que aquellos días desaparecieran mientras los adultos seguían sin ponerse de acuerdo.
* * *
El abogado Valdés regresó cuando Darío tenía dos meses.
Pidió hablar con Candelaria sin empleados presentes. Ella llamó a Mercedes. Después se sentó con el niño en brazos. Sobre el escritorio dejó un documento que había recibido de la oficina donde se tramitaba la sucesión.
—Necesito decirle algo antes de firmar más papeles.
Valdés guardó su pluma. Candelaria le contó que Alejandro conoció la relación con Julián la noche de su muerte. También le explicó las dudas sobre la paternidad. No omitió que el testamento se había hecho bajo una creencia distinta. El abogado escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, ella tenía la espalda rígida.
—No quiero seguir ocultándoselo a usted.
Valdés miró a Darío. Después volvió a ella.
—Esto puede afectar distintas cuestiones. Tendremos que revisar el estado civil del menor, lo que consta en los registros y el alcance de las disposiciones de Alejandro. No conviene suponer que una sola respuesta resolverá todo.
Candelaria asintió.
—Haga lo que corresponda.
Lo dijo con firmeza. Pero al mirar las llaves sobre la mesa, sintió un miedo conocido. La hacienda seguía siendo su casa. Había aprendido a necesitarla.
* * *
Las semanas siguientes estuvieron llenas de explicaciones que no ofrecían una solución inmediata.
Candelaria podía aportar información, promover las aclaraciones correspondientes y buscar pruebas. No podía convertir una sospecha biológica en una certeza firmada por voluntad propia. Tampoco podía decidir por Julián. Valdés le pidió que conservara las cartas y que cada paso se hiciera con asesoría. Ella aceptó.
Sin embargo, fuera del despacho permitió que continuara una versión más sencilla. Los trabajadores llamaban a Darío el hijo del patrón Alejandro. Las visitas decían que habría estado orgulloso. Candelaria guardaba silencio. Al principio se dijo que no tenía sentido explicar algo que aún no podía demostrar.
Después descubrió que callar le evitaba preguntas sobre la noche de la muerte, sobre Julián y sobre su matrimonio. Cada vez que alguien felicitaba a Mercedes por el nieto, la mujer miraba a su hija. Ninguna discutía delante de los demás. Pero aquel silencio comenzaba a hacerse costumbre.
* * *
Petra sostuvo al niño por primera vez una mañana en que Candelaria necesitó lavarse las manos. Darío estaba inquieto. La criada lo recibió con una torpeza que sorprendió a ambas.
—Sujétale la cabeza —indicó Candelaria.
Petra obedeció. El niño se acomodó contra su pecho. Ella bajó la mirada. Hasta entonces el embarazo había sido una noticia peligrosa, un secreto que trasladar entre habitaciones. Ahora tenía peso. Respiración.
Una mano diminuta que se cerró sobre su delantal. Candelaria regresó y extendió los brazos. Petra tardó un segundo en devolvérselo.
—Es bonito —murmuró.
La joven acomodó a su hijo.
—Sí.
La criada permaneció de pie. Parecía querer añadir algo. Candelaria la miró.
—¿Qué pasa?
Petra bajó los ojos.
—Nada, señora.
Salió con el cesto de ropa. En el corredor se apoyó un momento contra la pared. La carta de aquella madrugada seguía intacta dentro de su memoria.
* * *
La respuesta llegó cuando Darío tenía tres meses. Candelaria la leyó mientras Mercedes cambiaba las sábanas de la cuna.
«No estoy dispuesto a volver ni a reconocer al niño sin una prueba. Tampoco quiero iniciar ahora ese procedimiento. Si quieres promoverlo por otra vía, tendrás que hacerlo con tu abogado. No me escribas para que regresemos a lo de antes».
Candelaria dejó la hoja sobre la mesa.
—No quiere hacerlo —dijo.
Mercedes tomó la carta y la leyó.
—Entonces habla con Valdés.
—¿Para que venga obligado? ¿Para que mire a mi hijo como una deuda?
—Para que tú sepas qué puedes hacer. Después decidirás.
El niño protestó desde la cuna. Candelaria se inclinó a levantarlo y la carta quedó bajo el borde de la manta.
* * *
Esteban encontró a Julián preparando un envío de dinero para Rosa.
—¿Ya coordinaste la prueba?
—Le dije que no.
Su amigo dejó la puerta abierta.
—¿Por qué?
Julián siguió contando los billetes. Había recibido información del laboratorio: podía identificarse, acordar la toma de muestras y obtener un resultado sin abandonar el trabajo durante semanas. Guardó aquel papel en el mismo cajón donde conservaba la fotografía del niño.
—No estoy preparado.
Esteban miró el dinero.
—Eso puedes decírselo a ella. Al niño no le va a servir.
Julián cerró el sobre con demasiada fuerza y tuvo que volver a pegar una esquina.
* * *
Cuando Darío cumplió cuatro meses, Candelaria dejó de consultar el correo todos los días. Tenía demasiado trabajo. Una parte de la cosecha se había vendido mal. Había que reparar un depósito y un proveedor intentó cobrar dos veces la misma entrega. El administrador le mostró las cuentas. Esta vez ella encontró el error antes de que él lo señalara.
—Aquí —dijo, apoyando un dedo sobre la factura.
El hombre revisó la cifra. Luego asintió. Candelaria sintió una satisfacción pequeña, limpia. No provenía de un vestido ni de la mirada de un hombre. Había aprendido algo. Aquella tarde recorrió el patio con su hijo en brazos y dio instrucciones para que despejaran un corredor lleno de herramientas.
Darío comenzaría a moverse pronto. La casa necesitaba prepararse para él.
* * *
Leonor supo del nacimiento por el administrador. Recibió la noticia sentada junto a la ventana del hospital.
—Varón —repitió.
El hombre asintió.
—Se llama Darío.
Ella miró hacia el jardín. El tratamiento le permitía conversaciones más largas y días sin las crisis del principio. El dolor permanecía, pero ya no siempre borraba el lugar donde estaba.
—¿Está bien?
—Sí.
Leonor cerró los ojos. Por unos segundos, el administrador creyó ver alivio. Después la mujer preguntó:
—¿Ella sigue en mi casa?
Él tardó en responder.
—Vive en La Encina, sí.
Leonor volvió la cabeza.
—No te pregunté cómo se llama.
El hombre guardó los papeles que llevaba. Comprendió que la visita había terminado.
* * *
Candelaria visitó a Valdés al final del verano. Llevó las cartas y pidió que le explicara cómo seguir sin la colaboración voluntaria de Julián. El abogado extendió una hoja para anotar los pasos y los gastos previsibles. Ella preguntó quién conocería la historia del matrimonio y qué información tendría que aportar. Al terminar, no le permitió preparar la solicitud.
—Todavía no —dijo.
—La posibilidad seguirá abierta. Pero necesito que comprenda lo que está decidiendo.
Candelaria guardó la hoja. Esa tarde envió a Julián una carta breve. Le comunicaba que las noticias sobre Darío podrían solicitarse a través de Valdés y que no volvería a pedirle que regresara. Después abrió el cuaderno de su hijo y anotó que había aprendido a darse vuelta. Debajo de la fecha escribió: «Hoy empecé a esperarte menos».
* * *
En Estados Unidos, Julián leyó la carta durante una pausa del trabajo. Reconoció el nombre de Valdés y copió su dirección detrás de una fotografía. Al terminar la jornada le ofrecieron encargarse de un lote de ganado que necesitaba atención adicional. Preguntó por el pago y pidió que las condiciones quedaran por escrito.
Aquella noche abrió el cuaderno de los ahorros. Hizo cuentas hasta que apagaron las luces de la habitación compartida. En la página siguiente había empezado una respuesta a Candelaria. La cifra de lo ganado ese mes quedó impresa sobre el nombre de ella.
* * *
Darío se durmió aquella noche con una mano cerrada alrededor del dedo de su madre. Candelaria esperó antes de apartarse. En el tocador conservaba una fotografía de Alejandro. En un cajón guardaba las cartas de Julián. Ninguna de las dos historias cabía por completo en el relato que el pueblo repetía sobre ella. Miró a su hijo. Algún día tendría que explicárselo.
Podía imaginar las preguntas. Lo que todavía no conseguía imaginar era cuánto tiempo podía pasar antes de atreverse a responderlas.