Capítulo 20 de 40
El niño que llevaba sus ojos
La primera vez que Candelaria escuchó el corazón de su hijo, pidió al médico que no retirara todavía el aparato. El sonido llenaba el pequeño consultorio con una velocidad que le parecía imposible. Mercedes, sentada junto a ella, se secó los ojos con la punta del pañuelo.
—Está ahí —murmuró.
Candelaria sonrió sin apartar la mirada del techo.
Hasta entonces había sentido movimientos, cambios en el cuerpo, el peso creciente del vientre. Pero aquel latido le dio una certeza distinta. Su hijo estaba viviendo mientras ella esperaba. Mientras revisaba cartas. Mientras se preguntaba si Julián volvería a escribirle alguna vez. El niño seguía creciendo sin saber nada de aquello.
Al terminar la consulta, Salcedo le entregó las indicaciones.
—Necesitas seguir cuidándote. Y descansar.
Candelaria asintió. En el camino de regreso no preguntó por el correo. Mercedes lo advirtió, aunque no dijo nada.
* * *
La carta de Julián llegó dos semanas después. El sobre venía dentro de otro, enviado a través de Luján. Candelaria reconoció la letra y tuvo que sentarse antes de abrirlo. Esperaba una explicación. Una pregunta sobre el embarazo. Tal vez una frase que le permitiera imaginarlo acercándose. El mensaje ocupaba menos de una página.
«Candelaria:
Recibí tus cartas. No sé qué parte de lo que cuentas puedo creer. Aquí estoy trabajando y voy a seguir haciéndolo. No puedo darte una respuesta sobre ese niño solamente porque tú dices que es mío. Cuando nazca, si todavía quieres aclararlo, habrá maneras de hacerlo. Por ahora no mandes a nadie más a buscarme. Julián».
Candelaria leyó la última línea varias veces.
No era un regreso. Tampoco una negativa definitiva. Se aferró a aquella pequeña diferencia con una esperanza que le produjo vergüenza en cuanto la reconoció. Después dejó la carta sobre el escritorio y apoyó ambas manos en el vientre.
—Por lo menos preguntará —susurró.
No sabía si intentaba tranquilizar al niño o a sí misma.
* * *
Mercedes la encontró escribiendo una respuesta.
—¿Qué vas a decirle?
Candelaria se detuvo.
—Que sí. Que podemos hacer lo que haga falta cuando nazca.
Su madre acercó una silla.
—Entonces dile eso.
La muchacha miró la página. Había escrito también que lo extrañaba, que la casa seguía pareciéndole demasiado grande y que conservaba las flores del arroyo. Mercedes no necesitó leerlas para reconocer el esfuerzo de su hija.
—Puedes quererlo sin pedirle que te salve de todo esto.
Candelaria dejó la pluma.
—No quiero que me salve.
Su madre esperó. La joven bajó los ojos.
—Quiero que venga.
Mercedes le acarició el hombro.
—Lo sé.
Candelaria comenzó de nuevo.
Esta vez la carta fue breve. Aceptaba aclarar la paternidad cuando fuera posible y le ofrecía enviarle noticias del embarazo, si él quería recibirlas. Antes de cerrar el sobre añadió:
«No voy a volver a pedirte que esperes por mí».
* * *
En el hospital, Leonor recibía visitas una vez por semana. El tratamiento había conseguido que durmiera mejor. Habían disminuido las crisis de confusión, pero no el enojo que sentía al escuchar el nombre de su nuera. Candelaria no había ido a verla. Pagaba los gastos que correspondían, recibía los informes autorizados y dejaba que el administrador atendiera los asuntos prácticos.
Petra acudió una tarde por encargo de la casa. Llevaba ropa limpia y un rosario. Leonor la recibió sentada junto a una ventana. Parecía más delgada.
—¿Cómo está Alejandro? —preguntó al verla.
Petra sintió un golpe de miedo. La mujer cerró los ojos antes de que respondiera.
—No. Ya sé.
Se cubrió el rostro un momento. Después miró el paquete.
—¿Qué mandó ella?
—Su ropa, señora.
Leonor soltó una risa sin alegría.
—Qué considerada.
Petra comenzó a doblar una blusa dentro del armario.
—¿Ya nació? —preguntó la mujer. La criada negó.
—Falta poco.
Leonor miró hacia el jardín del hospital. Durante unos segundos no dijo nada. Luego preguntó:
—¿Eusebio sigue trabajando allí?
Petra dejó de acomodar la ropa.
—Sí.
—Que no se vaya.
La criada se volvió. Leonor sostuvo su mirada.
—Díselo.
* * *
Eusebio escuchó el recado junto al cobertizo. Había envejecido en pocos meses. Dormía mal, discutía por cosas pequeñas y se sobresaltaba cuando alguien lo llamaba desde atrás. Petra terminó de hablar. Él se quedó mirando el suelo.
—¿Qué quiere ahora?
—No me dijo.
El capataz se quitó el sombrero. Desde la muerte de Alejandro esperaba que alguien llegara a preguntarle por aquella montura. Habían revisado el equipo y tomado declaraciones, pero el desgaste y las alteraciones no habían bastado para establecer quién había hecho qué. El expediente seguía sin darle la tranquilidad que necesitaba.
—No voy a verla —dijo.
Petra miró hacia la casa.
—Ella sabe dónde encontrarlo.
Eusebio levantó los ojos.
—También sabe lo que hizo.
La criada se estremeció. Él comprendió que había hablado demasiado alto y bajó la voz.
—No vuelvas a traerme recados.
Petra recogió su falda para alejarse del lodo. Antes de marcharse, miró al hombre que había preparado el caballo. Ya no parecían personas que compartían un secreto. Parecían personas esperando a que el otro lo rompiera.
* * *
El parto comenzó antes del amanecer, durante una lluvia que golpeaba las ventanas del cuarto del jardín. Candelaria despertó con un dolor distinto de los que había sentido las semanas anteriores. Permaneció inmóvil hasta que pasó. Cuando regresó, llamó a su madre. Mercedes dormía en la habitación contigua desde hacía varios días. Entró con el cabello deshecho y una bata sobre el camisón.
Le bastó mirar a su hija para comenzar a dar instrucciones. El conductor llevó el vehículo hasta el corredor cubierto. Petra apareció con una bolsa que ya tenían preparada. Candelaria tuvo que detenerse dos veces antes de llegar a la puerta. Durante una de las contracciones apretó el brazo de su madre.
—Tengo miedo.
Mercedes la sostuvo.
—Estoy aquí.
La muchacha cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, decidió creer que aquellas palabras podían bastarle por unos minutos.
* * *
El hospital no olía a la hacienda. Esa fue la primera cosa en la que pensó al llegar. No había flores húmedas, madera antigua ni café recién servido. Había luces blancas, pasos rápidos y personas que preguntaban cosas concretas. Su nombre. Las semanas del embarazo. Cuándo habían comenzado los dolores. Candelaria respondió mientras Mercedes permanecía cerca. Las horas siguientes perdieron orden.
Hubo momentos de calma y otros en los que creyó que no podría continuar. Le ofrecieron atención, le explicaron lo que ocurría y la ayudaron a cambiar de postura cuando el cansancio comenzó a vencerla. Buscó varias veces a su madre. Mercedes siempre estaba allí. En uno de los intervalos de descanso, Candelaria miró hacia la puerta. No esperaba que Julián entrara.
Pero el cuerpo conservaba costumbres que la razón no conseguía borrar. Su madre le secó la frente.
—Mírame a mí, hija.
Ella obedeció.
* * *
El niño nació por la tarde. El llanto llegó antes de que Candelaria pudiera comprender que el esfuerzo había terminado. Abrió los ojos. Preguntó si estaba bien.
Se lo dijeron más de una vez antes de que lograra escucharlo de verdad. Cuando lo colocaron sobre su pecho, tuvo miedo de mover los brazos. Era tibio, pequeño y sorprendentemente real. Su hijo.
No una fecha en un almanaque. No la prueba de una mentira. Un niño que respiraba contra su piel. Candelaria le rozó la espalda con la punta de los dedos. Comenzó a llorar sin el dolor que había acompañado tantas otras lágrimas.
—Hola —susurró.
El niño movió la boca. Mercedes se inclinó junto a ellos, llorando también. Candelaria miró a su madre. Después volvió a mirar a su hijo. Durante aquel instante no pensó en la hacienda. Ni en Leonor. Ni siquiera en Julián. Solo quiso aprender a sostenerlo.
* * *
Eligió el nombre al día siguiente. Había pasado la noche observándolo, sorprendida por los sonidos que hacía dormido. Cuando Mercedes le preguntó si ya estaba segura, Candelaria asintió.
—Darío.
Su madre lo repitió despacio.
—Darío.
El niño se removió dentro de la manta.
Candelaria sonrió. Alejandro había leído aquel nombre una noche, sentado junto a ella, entre muchas otras posibilidades. Ella no había respondido entonces. No lo elegía para fingir que él era el padre. Lo elegía porque no quería seguir tratando su recuerdo como algo que debía esconder cada vez que pensaba en Julián.
Podía reconocer el daño que le había hecho. Podía también recordar que había sido bueno con ella. Acarició la mejilla del niño.
—Darío —volvió a decir.
Esta vez el nombre le perteneció a él.
* * *
La noticia llegó a Julián en una carta de Rosa. Su madre había recibido permiso de Candelaria para contarle.
«Nació un niño. Los dos están bien».
Debajo venía una fotografía. Julián la dejó sobre la mesa sin tocarla durante varios segundos. Trabajaba entonces con un encargado que comenzaba a confiarle compras pequeñas y traslados de ganado. Ganaba mejor que al llegar, pero seguía viviendo en una habitación compartida y enviando dinero a su madre cada mes. Tomó la fotografía.
Candelaria estaba sentada junto a una ventana, con el niño dormido entre los brazos. Se veía cansada. No había joyas. No había jardín de hacienda. La imagen podía haber pertenecido a la vida que él había imaginado en una casa con ventanas azules. Julián sintió una punzada tan intensa que tuvo que dejar la foto.
Volvió a leer la carta. Rosa había añadido:
«No sé qué vas a decidir. Solo quiero que lo hagas después de saber, no antes».
Él apoyó los codos en la mesa. Durante meses había repetido que necesitaba pruebas. Ahora el niño había nacido. La posibilidad de obtenerlas dejaba de ser una conversación lejana.
* * *
Candelaria recibió una respuesta tres semanas después. No era la que esperaba. Julián pedía tiempo para informarse sobre cómo realizar una prueba con garantías desde donde se encontraba. No autorizaba que anunciaran nada en su nombre y dejaba claro que saber la verdad sobre Darío no significaba reanudar la relación. Ella leyó sin llorar. Después dobló la carta. Mercedes estaba junto a la cuna.
—¿Qué dice?
Candelaria miró a su hijo.
—Que quiere saber.
Su madre asintió lentamente. Era un comienzo más pequeño de lo que ambas habrían deseado.
* * *
Aquella tarde, Candelaria llevó a Darío al corredor. El aire estaba fresco y el jardín olía a tierra recién regada. Desde allí podían verse las caballerizas. Se detuvo frente al arco donde tantas veces había buscado una camisa blanca entre los trabajadores.
El niño abrió los ojos.
Todavía era demasiado pronto para saber de qué color quedarían. Aun así, hubo una manera de fruncir el ceño, de apretar la boca antes de volver a dormirse, que le recordó dolorosamente a Julián. Candelaria lo acercó a su pecho. Había fantaseado con aquel momento. Julián regresando, tomando al niño y reconociéndolo sin preguntas.
La realidad llegaba por cartas y exigía una paciencia que ella nunca había sabido tener. Miró los ojos entreabiertos de Darío. No le prometió que su padre volvería. Le besó la frente.
—Voy a decirte la verdad —susurró—. Aunque a mí me cueste.