Capítulo 19 de 40
La verdad que llegó demasiado tarde
Candelaria pidió que abrieran las cortinas del despacho. Desde que ella conocía aquella habitación, las cortinas permanecían recogidas a la mitad y dejaban entrar una luz amarillenta que apenas alcanzaba el escritorio. Aquella mañana quiso ver el jardín completo. El administrador llegó con dos carpetas. Ella le indicó la silla.
—Necesito contratar a alguien para encontrar a una persona.
El hombre dejó los documentos sobre la mesa.
—¿Qué persona?
Candelaria tardó un momento.
—Julián Robles.
El administrador bajó los ojos. Conocía el nombre. También había escuchado suficientes conversaciones para comprender que la petición no tenía relación con una liquidación pendiente.
—Tomás podría saber dónde está.
—Quiero hablar con él.
El hombre asintió. Antes de retirarse, señaló una de las carpetas.
—Los gastos personales conviene mantenerlos separados de las cuentas de la hacienda.
Candelaria lo miró. Había recibido tantas órdenes disfrazadas de consejos que estuvo a punto de ponerse a la defensiva. Pero el administrador añadió:
—Eso la protege a usted. Y al patrimonio que se está tramitando.
Ella respiró despacio.
—Hágalo así.
Cuando quedó sola, apoyó una mano sobre su vientre. Todavía no se notaba demasiado. Pero ya no podía olvidar que allí había alguien cuyo futuro dependía de sus decisiones.
* * *
Tomás llegó al despacho con el sombrero entre las manos. No había entrado nunca para sentarse frente al escritorio. Candelaria lo advirtió.
—Puedes tomar asiento.
Él prefirió quedarse de pie.
—Me dijeron que quería verme.
La muchacha asintió.
—Necesito saber dónde está Julián.
Tomás no respondió enseguida. Candelaria sostuvo su mirada.
—No voy a hacerle daño.
El hombre bajó los ojos hacia la alfombra.
—Eso mismo habrá pensado él antes de irse.
La frase le dolió. No intentó defenderse.
—Lo sé.
Tomás levantó la vista, sorprendido por la respuesta. Ella continuó:
—Tengo que explicarle algo que no sabe.
—Julián me pidió que no hablara de él aquí.
Candelaria apretó los dedos sobre el borde del escritorio.
Podía recordarle que ahora trabajaba para ella. Podía convertir una vez más su posición en una orden. En lugar de hacerlo, se recostó en la silla.
—Entonces no te voy a obligar.
Tomás permaneció inmóvil. Candelaria tomó una hoja.
—¿Puedes hacerle llegar una carta?
El hombre la observó durante unos segundos.
—Puedo intentarlo.
Ella asintió.
* * *
La carta le llevó casi toda la tarde. No buscó palabras hermosas. Había usado demasiadas frases incompletas para aplazar la verdad.
«Julián:
Sí salí de mi habitación aquella madrugada. Llevaba la ropa preparada y una carta para Alejandro. Su madre me detuvo en la escalera. Me golpeó y me amenazó con mandarte matar si intentaba irme o avisarte. No sé qué te dijeron después. Solo sé que esperaste y yo no llegué.
Alejandro murió. Se cayó de un caballo después de que le confesé lo nuestro. No voy a ocultarte eso ni la culpa que siento por todo lo que le hice. Estoy embarazada. Por las fechas y por lo que ocurrió entre nosotros, creo que tú eres el padre. No te pido que aceptes únicamente mi palabra. Podemos aclararlo de la manera adecuada.
Quiero verte. Esta vez no para pedirte que esperes. Candelaria».
La leyó en voz alta, muy despacio. No decía que era rica. No prometía que todo podía ser fácil. Antes de doblarla añadió una línea:
«Si no quieres volver, al menos dime que recibiste esto».
* * *
Tomás entregó la carta a través de su primo. La respuesta no llegó. Pasaron doce días. Después, quince. Candelaria preguntaba por el correo con una cautela que acabó perdiendo. Un jueves, Tomás pidió verla. Entró solo.
—Ya no está en la finca.
Ella dejó la pluma.
—¿Adónde se fue?
—Mi primo dice que salió hacia el norte. Estaba arreglando un trabajo en Estados Unidos.
Candelaria sintió que la distancia adquiría de pronto una forma inmensa.
—¿La carta llegó?
Tomás negó.
—La devolvieron antes de entregársela.
La dejó sobre el escritorio. El sobre conservaba su nombre. Candelaria pasó un dedo por la esquina doblada. No había sido rechazada. Ni siquiera había encontrado al hombre para quien la escribió.
El investigador se llamaba Andrés Luján. Era un hombre de voz serena, con un cuaderno pequeño y la costumbre de dejar terminar las respuestas.
La primera vez que se sentó frente a Candelaria, preguntó:
—¿Él sabe que usted quiere localizarlo?
—No.
—Cuando lo encuentre, puedo ofrecerle sus datos y entregarle un mensaje. Pero no puedo obligarlo a responder ni darle a usted información que él no quiera compartir.
Candelaria miró el sobre devuelto.
—Entiendo.
Luján tomó nota del nombre completo, la edad y los trabajos que había realizado. Después preguntó por su familia.
—Su madre vive aquí.
—¿Puedo hablar con ella?
Candelaria vaciló. Había evitado la casa de Rosa desde la partida de Julián. Le avergonzaba imaginar qué sabía de ella.
—Sí —respondió—. Pero iré primero.
* * *
Rosa estaba barriendo cuando Candelaria llegó. La reconoció antes de que cruzara el portón. Dejó la escoba junto a la pared.
—Buenos días.
Candelaria se detuvo con ambas manos sobre el bolso.
—Vengo a preguntar por Julián.
El rostro de la mujer se cerró.
—No está.
—Lo sé.
Rosa miró hacia la calle. No la invitó a pasar. Candelaria respiró hondo.
—Necesito hacerle llegar una carta.
La mujer tardó en contestar.
—Mi hijo se fue muy lastimado de aquí.
Candelaria bajó la cabeza.
—Sí.
—Yo lo vi sentarse en esa mesa sin poder comer. Lo vi mirar la puerta cada vez que alguien pasaba.
La muchacha sintió que se le llenaban los ojos. Rosa apretó los labios.
—No sé qué más puede querer decirle ahora.
Candelaria alzó el rostro.
—Que intenté irme con él.
La mujer permaneció inmóvil. Candelaria le contó lo de la escalera. No toda la historia. Solo aquella madrugada, la amenaza y el silencio que vino después. Rosa la escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, miró el bolso que Candelaria sostenía frente al vientre. La muchacha lo bajó despacio. No hizo falta que dijera nada. Rosa se sentó en el escalón.
—Ay, muchacha.
Aquellas palabras tenían más tristeza que reproche.
* * *
El contacto con Julián no se consiguió de inmediato. Hubo cartas que tardaron, teléfonos donde nadie respondía y direcciones laborales que ya habían cambiado. Luján comprobó lo que pudo sin prometer plazos. Candelaria siguió con la hacienda. Aprendió a distinguir una cuenta pendiente de un gasto repetido, preguntó por las cosechas y escuchó a los trabajadores sin fingir que entendía todo. El embarazo avanzó.
Una tarde sintió un movimiento leve mientras revisaba una factura. Dejó la hoja. Esperó. La sensación volvió, apenas un roce dentro del cuerpo. Candelaria apoyó la mano sobre el vientre y comenzó a llorar. Esa noche escribió otra carta. Más breve.
«Hoy se movió por primera vez. No sé si te gustaría saberlo. Yo quise contártelo».
La guardó junto a la anterior.
* * *
Luján encontró finalmente a Julián a través de un contacto que este había autorizado a su madre a utilizar. Trabajaba en un rancho ganadero en Estados Unidos. Había comenzado en labores duras y poco vistosas. Su experiencia con los animales le permitió asumir responsabilidades, pero compartía alojamiento y todavía contaba cada gasto. Cuando Luján se presentó, Julián pensó que había ocurrido algo con Rosa.
Se levantó de inmediato.
—¿Mi madre está bien?
—Sí. He hablado con ella. Estoy aquí porque Candelaria quiere entregarle un mensaje.
Julián dejó de moverse. Después miró hacia el lugar donde había dejado sus guantes.
—No tengo nada que hablar con ella.
Luján no intentó acercarse más.
—Eso puede decidirlo usted. Solo necesito saber si acepta recibir una carta.
Julián tardó en responder. La tomó. No la abrió.
—¿Ella pagó para que viniera hasta aquí?
—Pagó para que intentara localizarlo y le ofreciera el mensaje.
Julián miró el sobre. El nombre estaba escrito con una letra que reconoció de inmediato. Aun así, ya había aprendido a desconfiar de lo que una carta podía prometer.
* * *
Leyó sentado en una banca junto a la vivienda de los trabajadores. Luján esperó a cierta distancia. Cuando Julián llegó a la noticia de la muerte, levantó la cabeza.
—¿Alejandro murió?
El investigador asintió.
—Hubo una caída de caballo.
Julián permaneció callado. Recordó al patrón entregándole un cuaderno para anotar lo que hacía falta reparar. La confianza con que le había pedido cuidar a Candelaria. Apretó la carta. Después siguió leyendo.
El embarazo lo obligó a detenerse otra vez. Durante unos segundos miró el papel sin comprender las palabras.
—No —murmuró.
Luján esperó. Julián se puso de pie.
—Primero me manda decir que me vaya. Ahora está sola y resulta que siempre quiso venir conmigo.
El investigador abrió su cuaderno.
—¿Le mandó decir que se fuera?
Julián buscó dentro de la cartera. Había llevado la carta de Leonor durante todo el viaje. La extendió sin soltarla del todo. Luján la leyó. Después volvió los ojos hacia la nueva. No era perito en escritura. No podía convertir una impresión en una conclusión.
—Esto habría que aclararlo directamente —dijo—. Ella afirma que no escribió ese mensaje.
Julián soltó una risa amarga.
—Ahora.
* * *
Luján le entregó también la segunda carta. Julián leyó la primera línea.
«Hoy se movió por primera vez».
Se quedó inmóvil. Por un momento imaginó la mano de Candelaria sobre el vientre. Después vio el anillo regresando a su dedo. La riqueza que no había querido dejar. La madrugada esperando solo.
Guardó ambas cartas.
—¿Quiere responder? —preguntó Luján.
Julián miró hacia los corrales. El sol estaba bajando y todavía quedaba trabajo.
—Dígale que recibí el mensaje.
El investigador esperó. Julián tragó saliva.
—Nada más.
* * *
Candelaria escuchó la respuesta en el despacho. Luján no adornó lo ocurrido. Le contó que Julián estaba bien, que trabajaba y que había aceptado las cartas. También le habló de la otra. La que supuestamente ella le había enviado para despedirlo. Candelaria dejó de respirar.
—Yo no escribí eso.
Luján asintió.
—Él la conserva.
La joven apoyó ambas manos sobre el escritorio. La madrugada adquirió una crueldad que hasta entonces desconocía. No solo lo habían dejado esperando. Le habían dado palabras para odiarla.
—¿Me cree? —preguntó.
El investigador guardó silencio un instante.
—No quiso decidirlo conmigo.
Candelaria se recostó lentamente en la silla.
—¿Va a volver?
—No lo dijo.
* * *
Aquella noche, al otro lado de la frontera, Julián abrió las dos cartas nuevas. Después colocó junto a ellas la antigua. Las leyó varias veces. No consiguió sentirse seguro de ninguna explicación. Si Candelaria decía la verdad, la había dejado sola creyendo lo peor. Si mentía, estaba intentando encontrar otra vez la manera de tenerlo cerca cuando le convenía.
Miró sus manos, ásperas por el trabajo. Todavía no tenía una hacienda. Ni una casa. Solo un empleo mejor, ahorros pequeños y la certeza de que podía aprender más de lo que había imaginado. Guardó las cartas. Luego tomó el cuaderno donde llevaba sus cuentas. Anotó el jornal, los gastos y lo que podría ahorrar aquel mes. No pensaba regresar todavía.
Pero, por primera vez desde que había cruzado la frontera, comenzó a calcular cuánto le faltaba para hacerlo sin tener que volver a pedir trabajo en La Encina.