Capítulo 18 de 40
Las llaves de la viuda
Después de que las autoridades autorizaran la entrega del cuerpo, pudieron celebrar el entierro. La última palada de tierra cayó cuando el sol comenzaba a bajar. Candelaria permaneció junto a su madre, con los dedos aferrados a un pañuelo húmedo. Había escuchado las oraciones sin conseguir repetirlas. Cada vez que levantaba los ojos encontraba el nombre de Alejandro entre las flores.
Leonor no lloraba ya.
Miraba la tumba con una quietud que inquietaba a quienes se acercaban para ofrecerle el pésame. Al terminar, el administrador le ofreció el brazo. Ella no lo tomó.
—Quiero quedarme.
Candelaria dio un paso hacia la sepultura. Su suegra volvió el rostro.
—Tú puedes irte.
Mercedes sujetó suavemente a su hija. Candelaria no discutió. Había pasado la noche entera escuchando, entre susurros, lo mucho que Alejandro la quería y lo contento que estaba con el hijo que esperaba. No tenía fuerzas para soportar también la mirada de su madre.
* * *
La hacienda olía a flores marchitas. Al regresar, Candelaria encontró a dos empleadas retirando las tazas del velorio. En el corredor quedaba una silla fuera de lugar y, junto a una columna, una mancha de cera endurecida. Se detuvo frente a la escalera. No quería subir. Mercedes lo comprendió.
—Podemos pedir que preparen otro cuarto.
Candelaria asintió. Petra, que venía del comedor, escuchó la petición y se apresuró a responder:
—El del jardín está limpio.
La muchacha la miró. La criada bajó los ojos. Por primera vez, Candelaria no sintió vergüenza ante ella.
Sintió rabia.
—Mi mamá se quedará conmigo.
—Sí, señora.
Petra se apartó para dejarlas pasar. Candelaria avanzó sin agradecerle.
* * *
Durante los días siguientes hubo visitas, documentos y preguntas que parecían pertenecer a una vida distinta. Las autoridades habían registrado la caída y revisado el camino, el caballo y la montura. El administrador conservaba copias de lo solicitado. Todavía faltaban conclusiones. Cuando Candelaria preguntó, él respondió con cautela:
—Hay piezas dañadas. Tienen que determinar qué ocurrió y cuándo.
Ella lo escuchó desde una silla del despacho.
—¿Pudo evitarse?
El administrador bajó la mirada.
—Aún no lo sabemos.
Eusebio no estaba presente. Desde el entierro procuraba trabajar lejos de la casa. Candelaria recordó al capataz aquella mañana, inmóvil junto al caballo, mirando a Leonor antes de responder. El recuerdo le produjo una inquietud que no consiguió ordenar.
* * *
El doctor Salcedo volvió a verla cinco días después. Mercedes permaneció con ella por elección de Candelaria. La consulta confirmó que el embarazo seguía adelante. Hacían falta estudios y vigilancia, especialmente después de los días que había pasado sin comer ni dormir bien.
Esta vez Candelaria entregó el almanaque. Mostró la fecha que había señalado y respondió sin modificar nada.
Su madre le sostuvo una mano. El médico revisó sus notas.
—Con estos datos podremos estimar mejor el tiempo.
Ya no había nadie allí a quien necesitara convencer de que Alejandro era el padre. Sin embargo, al salir al corredor encontró a Leonor. La mujer miró el maletín del médico.
—¿Cómo está mi nieto?
Candelaria sintió que su madre tensaba la mano alrededor de la suya. Salcedo respondió únicamente sobre el estado de su paciente. Leonor lo escuchó. Después se volvió hacia Candelaria.
—Tenemos que hablar.
Mercedes dio un paso.
—Ahora va a descansar.
La mujer sostuvo su mirada. No estaba acostumbrada a que alguien le negara una conversación dentro de su propia casa. Pero el médico seguía allí. Leonor se apartó.
* * *
El abogado llegó dos semanas después del entierro. Se llamaba Ignacio Valdés y llevaba años ocupándose de algunos asuntos de los De la Serna. No reunió a la familia para una ceremonia.
Pidió hablar en el despacho, explicó que la sucesión debía tramitarse y colocó sobre la mesa una copia del testamento más reciente de Alejandro. Leonor se sentó frente a él.
Candelaria ocupó una silla junto a Mercedes. El administrador quedó cerca de la puerta. Valdés se acomodó los lentes.
—Alejandro otorgó este testamento poco después de saber del embarazo.
Candelaria levantó la cabeza. No lo sabía. Recordó haberlo visto salir una mañana con el administrador. Él le había dicho que necesitaba dejar unos asuntos en orden. Ella apenas había prestado atención. El abogado continuó:
—Instituyó como beneficiarios, por mitades una vez atendidas las obligaciones, a su esposa y al hijo o hija que ella llevaba en el vientre. Habrá que cumplir las disposiciones y determinar lo que corresponde conforme avance el procedimiento.
Leonor no se movió.
—¿Y la hacienda?
Valdés miró el documento.
—Forma parte principal del patrimonio.
—¿A nombre de ella?
—Su nuera tiene derechos como heredera. También hay disposiciones para el menor por nacer.
La mujer volvió lentamente el rostro hacia Candelaria. La muchacha seguía mirando al abogado. No sentía alegría. Sentía el peso de otra confianza que Alejandro había depositado en ella sin que supiera merecerla.
Valdés explicó que nada cambiaría de dueño por una simple conversación aquella tarde. Había inventarios, obligaciones y trámites pendientes. También debían atenderse los intereses del niño.
Pero el testamento expresaba con claridad la voluntad de Alejandro: proteger a su esposa y a quien él había reconocido como su futuro hijo. Leonor apretó las manos.
—Mi hijo estaba engañado.
El abogado se detuvo. Mercedes miró a Candelaria. La joven sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza. Leonor inclinó el cuerpo hacia delante.
—No sabía con quién se había casado.
Valdés cerró parcialmente la carpeta.
—Si existe alguna cuestión que deba comunicarse al procedimiento, tendrá que plantearse con pruebas y por las vías correspondientes.
La mujer abrió la boca. Luego miró al administrador. A Mercedes. Al hombre que esperaba una explicación concreta. No pronunció el nombre de Julián. Había pasado semanas intentando evitar que el pueblo conociera el engaño. Ahora la verdad podía servirle para disputar una herencia, pero al precio de hacer pública la misma humillación que había querido esconder. Candelaria vio aquella lucha en su rostro.
* * *
Cuando el abogado se marchó, el silencio duró apenas unos segundos. Leonor se puso de pie.
—Déjenos solas.
Mercedes no se movió.
—Lo que tenga que decirle puede decirlo delante de mí.
La mujer la miró con desprecio.
—Esto es un asunto de familia.
—Es mi hija.
Candelaria levantó una mano.
—Quédate, mamá.
Leonor soltó una risa breve. No tenía alegría.
—Ahora sí necesitas testigos.
La muchacha se puso de pie con cuidado.
—Los necesito desde hace tiempo.
La respuesta pareció golpear a su suegra. Leonor avanzó hacia ella.
—Mi hijo está bajo tierra y tú vas a quedarte con su casa.
Candelaria no retrocedió.
—Yo no sabía lo del testamento.
—Pero lo vas a aceptar.
La joven miró el escritorio de Alejandro. Había una pluma junto al secante, una cuenta sin terminar y una pequeña llave sobre una bandeja. Todo seguía esperando a un hombre que no volvería.
—No voy a decidirlo mientras usted me grita —respondió.
Leonor levantó la mano. Mercedes se interpuso. Esta vez el golpe no llegó.
Las tres permanecieron inmóviles. Leonor tenía el brazo a medio levantar. Mercedes la miró sin apartarse.
—A mi hija no vuelve a tocarla.
La mujer dejó caer la mano. Candelaria sintió un temblor que no pudo controlar, pero permaneció de pie.
—Mi mamá ya lo sabe todo —dijo.
Leonor volvió los ojos hacia ella.
—¿Todo?
La muchacha asintió.
—Las amenazas. La madrugada. Lo que me ordenó hacer cuando supo del embarazo.
Su suegra miró hacia la puerta. El administrador seguía al otro lado del corredor. Candelaria bajó la voz.
—Si vuelve a amenazar a Julián, voy a contarlo también fuera de esta casa.
Leonor la observó con una expresión desconocida. Hasta entonces había tratado con una muchacha avergonzada, deseosa de conservar la posición que acababa de conseguir. Ahora tenía delante a una viuda cuya madre conocía la verdad y cuyo nombre aparecía en un testamento.
—No sabes lo que estás haciendo —murmuró.
Candelaria sintió la mano de Mercedes junto a la suya.
—Estoy aprendiendo.
* * *
Esa noche, Leonor entró en el dormitorio de Alejandro. Nadie había retirado todavía toda su ropa. Abrió el armario y encontró una camisa doblada sobre una repisa.
La acercó al rostro. El olor conocido la hizo sentarse en la cama. Durante el velorio había llorado ante todos. Allí, sola, comenzó a hablarle. Primero le pidió perdón por no haberlo detenido.
Después por no haber despertado cuando salió. Al final dejó de encontrar frases que no la llevaran al caballo. Se cubrió los oídos. En el corredor, Petra escuchó un golpe. Entró y encontró una lámpara rota junto a la pared. Leonor estaba de pie.
—¡Sáquenlo de allí!
La criada miró hacia la cama. No había nadie.
—Señora…
—¡Te estoy diciendo que lo bajen del caballo!
Petra se acercó, asustada. Leonor la sujetó de los hombros. Luego pareció reconocerla. La soltó. Por unos segundos miró el cuarto como si acabara de llegar. Después ordenó:
—Recoge eso.
* * *
Los episodios se repitieron. Una madrugada, Leonor bajó descalza hasta las caballerizas y exigió que ensillaran para ir a buscar a su hijo.
Otra tarde arrojó una bandeja cuando escuchó a alguien mencionar el embarazo. Candelaria comenzó a evitar los pasillos donde podían encontrarse. No por obediencia. Por miedo a lo que pudiera ocurrir antes de que consiguiera detenerla. Salcedo recomendó una evaluación especializada.
Mercedes estuvo presente cuando explicó que el duelo, la falta de sueño y la agitación requerían atención. Candelaria escuchó sin interrumpir. Luego preguntó:
—¿Hay un lugar donde puedan cuidarla sin que siga lastimando a los demás?
El médico la miró.
—Primero tiene que valorarla el especialista. No se decide un ingreso solo porque una familia lo pida.
Ella asintió.
—Entonces tráigalo.
No había compasión en su voz. Había cansancio. Y una dureza nueva que su madre advirtió con preocupación.
* * *
El especialista acudió a La Encina dos días después. Habló con Leonor, con el médico y con las personas que habían presenciado los episodios. La mujer llevaba varias noches casi sin dormir y pasó de exigir que se retiraran a preguntar cuándo volvería Alejandro. La valoración terminó con la recomendación de tratamiento hospitalario. El traslado no fue silencioso. Leonor vio el vehículo y comprendió.
Buscó a Candelaria entre quienes esperaban en el patio.
—¡Esto era lo que querías!
La joven permaneció junto a una columna.
Su suegra intentó acercarse, pero el personal la detuvo con cuidado.
—¡Quedarte con todo!
Candelaria no respondió. Petra lloraba cerca de la puerta. Mercedes miró a su hija. Esperaba verla conmovida, asustada, quizá arrepentida de aquella escena. Candelaria solo observaba el vehículo. Cuando finalmente cerraron la puerta y comenzaron a alejarse, soltó una respiración larga.
* * *
El administrador la encontró al pie de la escalera. Llevaba una carpeta y un manojo de llaves.
—Habrá que decidir algunas cosas del funcionamiento de la casa —dijo—. Dentro de lo que permite el trámite de la sucesión.
Candelaria miró las llaves. Reconoció una de ellas. Alejandro la había tomado el día de la boda, delante de todos, antes de decirle que también era su casa. La recibió. El metal estaba frío.
—Mañana revisamos las cuentas —respondió.
El administrador asintió y se retiró. Candelaria permaneció sola en el corredor. Tenía la hacienda, la protección de un testamento y un hijo creciendo dentro de ella. Leonor ya no podía detenerla en la escalera. Alejandro ya no podía preguntarle por qué estaba triste.
Julián seguía sin saber que aquella madrugada ella sí había salido de su habitación.
Candelaria cerró los dedos alrededor de las llaves. Por primera vez desde el entierro supo qué quería hacer con el poder que acababa de recibir. Encontrarlo.