Capítulo 17 de 40
El regreso sin jinete
Eusebio no tocó al caballo. Se quedó frente a él, mirando la montura desplazada y aquella mancha que la luz del amanecer comenzaba a volver roja. El mozo se acercó con una mano extendida.
—¿De quién será?
El capataz lo sujetó del brazo.
—Busca a Tomás. Que prepare hombres para salir.
—¿Adónde?
—Por el camino del pueblo. Hasta el molino y la hondonada.
El muchacho miró de nuevo al animal. Comprendió que no era momento de seguir preguntando. Eusebio se quedó solo unos segundos. El alazán bajó la cabeza y rozó con el hocico la manga de su camisa. El capataz retrocedió. Después cruzó el patio hacia la casa.
* * *
Petra abrió al segundo golpe. Todavía tenía el chal torcido sobre los hombros.
Al ver el rostro de Eusebio, terminó de despertarse.
—¿Qué pasó?
Él miró por encima de ella, hacia la escalera.
—El caballo volvió solo.
La criada soltó la puerta.
—¿Quién lo montó?
Eusebio no respondió. Petra se llevó una mano a la boca. No necesitaba saberlo todavía para comprender que habían dejado algo pendiente. El recado. La montura. La certeza de que otra persona se encargaría.
—Ve por la señora —dijo él.
La criada tardó un instante en moverse. Luego comenzó a subir.
* * *
Leonor estaba dormida cuando Petra entró. Se incorporó con fastidio, buscando la bata.
—¿Qué ocurre ahora?
La criada no consiguió decirlo de una vez.
—El caballo…
Leonor se quedó inmóvil.
—¿Qué caballo?
Petra bajó los ojos. Aquella vacilación fue suficiente. La mujer apartó las mantas.
—¿Qué pasó?
—Volvió sin jinete.
Leonor se levantó tan deprisa que tuvo que apoyarse en la cama.
—¿Lo habían dejado preparado?
Petra comenzó a llorar.
—Yo mandé buscar a Eusebio. Pensé que…
Leonor salió antes de escuchar el final. Cruzó el corredor y golpeó la puerta del dormitorio de su hijo. Nadie respondió. Volvió a llamar. Esta vez abrió.
* * *
Candelaria estaba sentada junto a la ventana. No se había acostado. Conservaba la bata sobre la ropa y tenía el rostro hinchado de llorar. Leonor miró la cama vacía.
—¿Dónde está Alejandro?
La muchacha se puso de pie.
—Salió.
—¿A qué hora?
—No sé. Era de madrugada.
Leonor avanzó.
—¿Adónde fue?
Candelaria la miró con desconfianza.
—Dijo que necesitaba irse. Lo vi salir a caballo.
La mujer se detuvo como si hubiera encontrado un obstáculo.
—¿A caballo?
Candelaria asintió.
—¿Cuál?
—No lo sé. Estaba oscuro.
Leonor la sujetó de los hombros.
—¡Cuál!
La joven intentó apartarse.
—No lo sé.
Leonor miró la marca reciente en su mejilla. Después los anillos, la cama, el papel arrugado sobre el tocador. Algo había ocurrido allí.
—¿Qué le dijiste?
Candelaria sintió miedo, pero ya no tenía sentido proteger el secreto.
—La verdad.
La mano de Leonor cayó sobre su rostro antes de que terminara de respirar. Candelaria retrocedió contra la silla.
—¡Se lo contaste!
La muchacha se llevó una mano a la mejilla. Luego miró hacia la puerta, donde Petra había aparecido sin atreverse a entrar.
—¿Por qué preguntan por él?
Ninguna respondió. Candelaria apartó la silla.
—¿Qué pasó?
Leonor ya estaba saliendo. La joven la siguió hasta el corredor.
—¡Dígame qué pasó!
La respuesta llegó desde abajo. Eusebio esperaba al pie de la escalera.
—Estamos buscándolo.
* * *
Alejandro estaba junto a una piedra, a pocos pasos del borde del camino.
Tomás lo vio primero. Detuvo el caballo y bajó con torpeza.
—Patrón.
Se arrodilló a su lado. Durante un segundo quiso creer que estaba inconsciente. Tenía un brazo doblado bajo el cuerpo y tierra prendida en la manga. Tomás le tocó el hombro.
—Patrón.
Uno de los hombres llegó detrás. No hizo preguntas. Se inclinó y buscó señales de vida. Después levantó la mirada. Tomás retiró la mano lentamente. El sol comenzaba a iluminar la hondonada. Más abajo se escuchaba el agua de un arroyo pequeño, el mismo que Alejandro apenas habría distinguido al pasar. El trabajador se quitó el sombrero.
—Hay que avisar.
Tomás miró el sendero. Reconoció huellas desordenadas cerca del lugar de la caída. A unos metros había una pieza de cuero desprendida. La recogió sin entender todavía qué podía significar.
* * *
El médico llegó antes que el cuerpo. El conductor lo había encontrado saliendo de su casa para la consulta de Candelaria. Salcedo escuchó al hombre sin interrumpir y regresó por otro maletín. Al llegar a La Encina, encontró a Alejandro cubierto sobre una camilla improvisada. Los trabajadores acababan de traerlo.
Leonor se abrió paso entre ellos. Alguien intentó detenerla. No lo consiguió. Apartó la manta.
—Hijo.
La palabra apenas se oyó. Le tocó el rostro. Después el cuello, las manos.
—Alejandro.
El médico se acercó y pidió espacio. Leonor no quiso moverse. Tuvo que hablarle dos veces antes de que Petra lograra llevarla unos pasos atrás. Candelaria permanecía junto a una columna. Había visto la manga del saco antes de ver el rostro. El mismo saco que él había tomado de la silla. Salcedo terminó la revisión. No pudo ofrecerles ninguna esperanza.
* * *
Leonor gritó entonces. El sonido atravesó el patio y llegó hasta las cocinas. Se arrodilló junto a la camilla, apartando las manos que intentaban sostenerla.
—¡No! ¡No, hijo!
Candelaria dio un paso. Su suegra levantó la cabeza. Al verla, algo violento cruzó su dolor.
—¡Tú!
La muchacha se detuvo.
Leonor intentó ponerse de pie.
—¡Tú lo hiciste salir!
Alejandro yacía entre ambas. Candelaria miró su rostro inmóvil. Las últimas palabras que le había escuchado volvieron completas.
«Yo estaba contento».
Se acercó pese a los gritos. Quiso tocarle la mano. Leonor la empujó.
—¡No lo toques!
El médico intervino.
—Basta.
Su voz fue tan firme que todos callaron. Salcedo miró a Candelaria, después a Leonor.
—Ahora necesitan separarse.
Petra sostuvo a su señora. Tomás acompañó a Candelaria hasta una silla. Ella se dejó sentar sin apartar la mirada de la manta.
* * *
No llevaron el cuerpo inmediatamente al interior. El médico indicó que debían avisar a las autoridades y conservar lo que pudiera ayudar a establecer cómo había ocurrido la caída. El administrador se hizo cargo de las llamadas. Eusebio permaneció junto al portón, esperando una orden que no llegaba. Tomás se acercó. Llevaba la pieza de cuero en la mano.
—Estaba en el camino.
El capataz la miró. Su rostro perdió el poco color que conservaba.
—Dásela al administrador —respondió.
Tomás lo observó.
—¿No es de la montura que dejamos preparada ayer?
Eusebio tardó en asentir.
—Parece.
El otro hombre miró hacia las caballerizas.
—Habrá que revisar todo.
El capataz bajó los ojos.
—Sí.
* * *
Mercedes llegó poco después del mediodía. Había esperado vestida, con el bolso listo para acompañar a su hija a la consulta. Cuando el conductor apareció solo, supo que algo iba mal antes de que él hablara. Encontró a Candelaria en una habitación pequeña junto al jardín. La muchacha se levantó al verla. No dijo nada. Se abrazó a ella con una fuerza desesperada.
Mercedes la sostuvo. Sintió el temblor de su cuerpo, el llanto sin aire. Después vio su mejilla. La apartó apenas para mirarla.
—¿Quién te hizo esto?
Candelaria negó, incapaz de responder.
Su madre miró hacia la puerta. Salcedo estaba allí.
—Necesita descansar —dijo—. Y que alguien permanezca con ella.
Mercedes lo miró con una firmeza que él no había visto antes.
—Yo me quedo.
* * *
Por la tarde, la noticia ya había recorrido el ejido. Alejandro de la Serna había muerto al caer de un caballo durante la madrugada. Algunos recordaban haberlo visto días antes en la plaza. Otros repetían lo joven que era, la boda tan reciente, el hijo que esperaba. La hacienda volvió a llenarse de vehículos. Pero esta vez nadie colgaba flores de los arcos. Traían coronas.
Candelaria escuchaba los motores desde el cuarto. Tenía una mano sobre el vientre. Mercedes se sentó a su lado.
—Voy a buscarte algo de comer.
Ella la sujetó de la manga.
—No te vayas.
Su madre volvió a sentarse. Candelaria respiró con dificultad.
—Le dije todo.
Mercedes esperó.
—Antes de que saliera. Le dije todo lo que hice.
La mujer cerró los ojos un momento. Después tomó la mano de su hija.
No le dijo que nada de aquello importaba. No le dijo que debía dejar de sentir culpa.
—Te escucho —respondió. Al saber que Alejandro también la había golpeado, Mercedes apartó con cuidado el cabello de su mejilla.
—Nada de lo que le contaste le daba derecho a hacerte esto.
Candelaria mantuvo los ojos en la manta de la cama. Su madre esperó a que pudiera continuar. Y Candelaria empezó por la noche de la coronación.
* * *
Leonor bajó al despacho cuando ya habían encendido las primeras veladoras. Encontró a Eusebio esperando junto al escritorio. Petra cerró la puerta. Durante unos segundos, la mujer no pudo hablar. Lo miraba como si él llevara todavía en las manos el cuerpo de su hijo.
—¿Por qué no lo quitaste? —preguntó al fin.
Eusebio apretó el sombrero.
—Pensé que el mozo había terminado de guardar todo.
Leonor avanzó.
—¡Pensaste!
Petra se estremeció. El capataz levantó la mirada. Había miedo en sus ojos. También algo parecido al agotamiento.
—Usted me llamó para pedirlo, señora.
La frase la detuvo. Leonor lo miró con incredulidad. Él continuó, apenas audible:
—Yo le dije que un caballo podía matar a una persona.
Petra se llevó una mano a la boca. La mujer retrocedió hasta el escritorio.
Se apoyó en él. Por primera vez desde el amanecer no encontró a quién señalar sin que el gesto la devolviera hacia sí misma. Al otro lado de la puerta, alguien preguntó dónde colocar una corona para Alejandro. Leonor cerró los ojos. Había querido impedir que su hijo conociera una humillación.
Ahora la casa estaba llena de gente que venía a despedirse de él.
* * *
Cuando comenzó el velorio, Candelaria bajó acompañada por Mercedes. El ataúd estaba en la sala principal. Alejandro llevaba una camisa clara. La misma clase de ropa con la que había llegado a la puerta verde, llevando una caja de pan y preguntando si podía pasar. Candelaria se detuvo junto a él. No había palabras que pudieran devolverle lo que le había quitado.
Aun así, se inclinó.
—Perdóname.
Leonor, sentada al otro lado de la sala, la escuchó. Miró la mano de su nuera sobre el vientre. Después volvió los ojos hacia el rostro de su hijo. Y comprendió que el niño seguía vivo.