Capítulo 16 de 40
El nombre que rompió la noche
Leonor insistió hasta conseguir que Alejandro se retirara.
—No puedes pasar la noche sentado aquí —le dijo—. El médico ya me revisó.
Su hijo observó el vaso de agua, las medicinas y la lámpara encendida junto a la cama.
—Si te sientes mal, llama.
—Petra estará pendiente.
La criada, inmóvil cerca del armario, asintió. Alejandro se inclinó para besar a su madre en la frente. Luego recogió el saco que había dejado sobre una silla y salió. Leonor esperó a escuchar sus pasos en la escalera. Después se incorporó.
—Busca a Eusebio.
Petra se acercó.
—La cocinera dijo que salió a revisar una res que no podía levantarse.
—Pues que venga en cuanto regrese.
La criada asintió. Esta vez escribió el recado en un papel y se lo entregó a uno de los mozos que todavía estaba en el patio. No mencionó el caballo. No sabía cuánto conocía aquel hombre ni cuánto podía preguntar. Solo dijo que doña Leonor necesitaba hablar con el capataz.
* * *
Candelaria encontró a su marido junto a la puerta del dormitorio. Alejandro se había quedado mirando el jardín.
—¿Cómo sigue? —preguntó ella.
Él volvió el rostro.
—Mejor. Quiere que dejemos de preocuparnos.
Candelaria asintió. Entraron juntos.
Sobre el tocador estaba el papel de la consulta del día siguiente. Alejandro lo vio y se acercó.
—No vamos a cancelarla.
Ella levantó la mirada.
—Pensé que quizá querrías quedarte con tu mamá.
—El doctor dice que puede descansar. Además, Petra estará aquí y el administrador puede avisarnos si pasa algo.
Candelaria se sentó frente al espejo. Alejandro dejó el papel junto al prendedor de plata.
—Pasamos primero por tu madre.
Ella sintió un alivio tan repentino que tuvo que apoyar ambas manos sobre el regazo.
—Gracias.
Él la observó por el cristal.
—No tienes que agradecerme cada vez que hacemos algo que necesitas.
Candelaria bajó los ojos. Había pasado todo el día esperando aquella oportunidad. Ahora le faltaban apenas unas horas.
* * *
Cenaron en la habitación. Alejandro habló del susto que había pasado en las caballerizas. Todavía recordaba el peso de su madre al caer sobre sus brazos.
—Nunca la había visto así.
Candelaria dejó la cuchara. Había algo en aquel desmayo que continuaba inquietándola, pero no tenía manera de explicarlo sin parecer cruel.
—Por fortuna estabas cerca.
Él asintió. Después la miró.
—También tú estabas muy pálida.
—Me asusté.
Alejandro tomó su mano sobre la mesa.
—Llevamos días de sobresaltos.
Candelaria sintió los dedos de él cerrarse alrededor de los suyos. Era una mano joven. Una mano que aún tenía pequeñas marcas de aprender un trabajo para el que lo habían preparado con libros y cuentas, pero no con experiencia. Pensó en las manos de Julián. Las apartó de su memoria con una fuerza inútil. Alejandro le acarició los nudillos.
—Mañana sabremos más del niño.
Ella dejó de respirar por un instante. Él sonrió, interpretando su silencio como emoción.
—Todavía no me acostumbro a decirlo.
Candelaria retiró la mano para recoger los platos.
* * *
Más tarde, Alejandro apagó dos de las lámparas y dejó encendida la del tocador. Candelaria se había soltado el cabello. Los rizos le caían por la espalda mientras buscaba una cinta dentro del cajón. Él se acercó despacio.
—Déjalo así.
Ella volvió la cabeza. Alejandro le apartó un mechón del hombro y la besó en la frente. Candelaria cerró los ojos. No quería seguir huyendo de cada gesto suyo. Tampoco sabía cómo corresponder sin convertir la cercanía en otra forma de engaño. Se dejó abrazar.
Durante unos momentos permanecieron así, junto al tocador, escuchando los ruidos lejanos de la casa.
Cuando él la besó, ella intentó quedarse en aquel instante. En el hombre que tenía delante. En la decisión que tendría que tomar por la mañana. Pero la memoria se abrió sin permiso. Un cuarto pequeño. Una promesa de irse. Un morral esperando junto a la puerta de las caballerizas. Candelaria apretó los ojos.
—Julián…
El nombre salió apenas. Fue suficiente.
* * *
Alejandro se apartó. Candelaria abrió los ojos. Su marido la miraba sin comprender.
—¿Qué dijiste?
Ella sintió que el cuerpo se le enfriaba. Podía decir que había pronunciado otra palabra. Podía fingir que él había escuchado mal. Pero ya no soportaba la idea de pasar la noche ensayando una mentira más. Alejandro dio un paso atrás.
—Dijiste Julián.
Candelaria se llevó una mano a la boca. Él miró hacia la puerta, como si el peón pudiera aparecer allí y explicar por qué su nombre estaba entre ellos.
Después volvió a mirarla.
—¿Julián Robles?
Ella comenzó a llorar. La respuesta quedó en su rostro. Alejandro se sentó en el borde de la cama. Durante unos segundos no hizo ningún movimiento. Luego preguntó:
—¿Desde cuándo?
Candelaria quiso acercarse. Él levantó una mano.
—Contéstame desde ahí.
La muchacha se quedó junto al tocador.
—Desde antes de conocerte.
Alejandro bajó los ojos. Se quedó mirando su alianza.
—Era tu novio.
Ella asintió. Él soltó una respiración breve.
—Y tú me dejaste entrar en tu casa.
Candelaria se cubrió el rostro. Alejandro levantó la cabeza.
—Mírame cuando me hables.
Ella obedeció.
* * *
Las palabras comenzaron a salir desordenadas. La coronación. Los dos ramos. La vergüenza de admitir cuánto la había deslumbrado la posibilidad de otra vida.
Alejandro escuchaba con una inmovilidad que la asustaba más que los gritos.
—Terminé con él —dijo Candelaria—. Pero no dejé de quererlo.
Su marido cerró los ojos. Ella continuó antes de perder el valor. Le contó que había buscado a Julián después de la boda. Que él la había rechazado al principio. Que le prometió marcharse con él y luego aplazó la decisión una y otra vez. Alejandro se puso de pie.
—¿Aquí?
Candelaria no respondió enseguida. Él miró alrededor. El tocador. La puerta. La cama.
—¿Lo trajiste aquí?
—No entró.
La respuesta lo golpeó de otra manera. Alejandro comprendió que ella había querido hacerlo. Caminó hasta la ventana y volvió. Candelaria tenía las manos temblorosas.
—Yo iba a decírtelo.
Él la miró con una incredulidad dolorosa.
—¿Cuántas veces has pensado esa frase mientras yo estaba delante?
Ella bajó la cabeza. No tenía cómo defenderse.
* * *
Alejandro tomó del tocador el papel de la consulta. Lo sostuvo un momento. Luego miró el vientre de su esposa. Candelaria sintió que había llegado a la pregunta antes de que él la pronunciara.
—¿El niño?
Ella cerró los ojos.
—No creo que sea tuyo.
El papel se arrugó entre los dedos de Alejandro.
—¿No crees?
Candelaria respiró con dificultad.
—Las fechas… Las veces que estuve con él…
—Basta.
Alejandro dejó el papel sobre la mesa con tanta fuerza que cayó el prendedor de plata. El ruido los hizo callar. Candelaria miró la pequeña hoja en el suelo. Después alzó el rostro.
—Tengo que contarte lo de tu madre.
Él la observó.
—No la metas en esto.
—Ella nos descubrió. La noche que Julián se fue, yo también iba a marcharme.
Alejandro permaneció inmóvil. Candelaria habló más deprisa. Le contó del bolso, de la carta dejada sobre la almohada y de Leonor esperándola junto a la escalera.
—Me dijo que lo mandaría matar si yo salía o si te contaba la verdad.
Su marido dio un paso hacia ella.
—¿Quieres que crea que mi madre sabía todo esto?
Candelaria asintió entre lágrimas.
—También sabe lo del embarazo. Me obligó a acercarme a ti para que…
La bofetada la interrumpió. Candelaria se llevó una mano al rostro.
Alejandro quedó inmóvil frente a ella. Miró su propia mano como si acabara de reconocerla. La muchacha retrocedió hasta el tocador. Al buscar apoyo volcó un frasco de perfume. El olor la obligó a respirar por la boca. Miró la puerta, calculando si podría llegar antes que él. Él no volvió a acercarse.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
* * *
Alejandro tomó el saco de la silla. Candelaria se enderezó.
—No salgas así.
Él se dirigió a la puerta.
—Necesito estar lejos de ti.
La frase la hizo detenerse. Alejandro abrió, pero no salió enseguida. Tenía una mano apoyada en el marco.
—Yo estaba contento —dijo, sin mirarla—. Todo este tiempo.
Candelaria sintió que aquellas palabras le dolían más que su enojo.
—Lo sé.
Él volvió apenas el rostro. Parecía agotado.
—No. No creo que lo sepas.
Salió y cerró la puerta. Candelaria permaneció junto al tocador hasta escuchar sus pasos perderse en la escalera. Después se dejó caer al suelo. El prendedor de plata estaba junto a su rodilla. Lo recogió sin saber qué hacer con él.
La casa estaba casi a oscuras. Alejandro bajó por la escalera principal y cruzó el corredor sin encender ninguna lámpara.
Al pasar frente a la habitación de su madre se detuvo. Había una línea de luz bajo la puerta. Levantó la mano. Podía llamar. Podía exigirle que saliera y respondiera. Pero todavía escuchaba la voz de Candelaria, el nombre de Julián, la confesión sobre el hijo. No sabía cuál pregunta hacer primero. Bajó la mano y siguió andando.
En el patio, el aire frío no consiguió serenarlo. Pensó en caminar hasta la cantina. Necesitaba otro ruido, otra voz, algo que le permitiera dejar de escuchar lo que acababa de saber. Entró en las caballerizas.
* * *
El alazán levantó la cabeza cuando lo vio. Alejandro reconoció al animal que había estado preparado por la mañana. La montura seguía allí. No se preguntó por qué. Tenía el rostro encendido y las manos torpes mientras terminaba de disponer lo necesario para salir. Nadie apareció para ofrecer ayuda.
El mozo que dormía cerca del cobertizo no oyó el portón. Eusebio todavía regresaba del potrero distante, acompañado por dos trabajadores. Petra se había quedado dormida en una silla después de llevarle agua a Leonor. Alejandro condujo al caballo hasta el patio. Antes de montar, miró hacia el balcón de su habitación.
Las cortinas estaban cerradas.
Se quedó un momento con las riendas en la mano. Después subió.
* * *
Candelaria oyó cascos desde el dormitorio. Se levantó de golpe y llegó al balcón. Al abrir las cortinas vio a Alejandro cruzar el portón.
—¡Alejandro!
El llamado no alcanzó a detenerlo. Ella permaneció allí, sujetando la tela. Pensó en bajar. Pensó en despertar a alguien para que lo acompañara. Luego miró hacia la puerta del corredor. Leonor estaba al otro lado de aquella casa. La mujer que había amenazado a Julián. Candelaria retrocedió del balcón. Antes de buscar ayuda tendría que decir que Alejandro ya lo sabía todo.
Aun así, tomó una bata y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte. Desde abajo llegó el golpe seco del portón al cerrarse. Después, nada.
* * *
El camino hacia el pueblo bordeaba una hondonada antes de alcanzar la vereda del molino. Alejandro lo había recorrido pocas veces de noche. La luna iluminaba partes del sendero y dejaba otras hundidas en sombra. Al principio llevó al caballo despacio. Después, mientras las palabras regresaban, apretó el paso. «No creo que sea tuyo».
«Mi madre sabía».
«Yo también iba a marcharme».
El alazán comenzó a inquietarse. Alejandro sujetó las riendas. Algo se desplazó bajo él. Intentó corregir la postura, pero el siguiente movimiento lo dejó sin apoyo. Todo ocurrió en unos segundos. El caballo se sacudió. Alejandro perdió el equilibrio y cayó hacia el borde del camino. El golpe apagó de pronto los pensamientos que lo habían perseguido desde la habitación.
El alazán se apartó unos metros. Se quedó quieto, respirando con fuerza. Después giró hacia el sendero conocido.
* * *
Eusebio llegó a las caballerizas cuando faltaba poco para amanecer. Lo primero que vio fue el pesebre vacío. Se detuvo. Luego miró el lugar donde había dejado la montura. También estaba vacío. Durante unos segundos no pudo moverse. Salió al patio y buscó al mozo.
—¿Quién sacó al alazán?
El muchacho, todavía adormilado, negó.
—Yo no fui.
Eusebio le sujetó el hombro.
—¿Quién lo montó?
Antes de que pudiera responder, oyeron cascos junto al portón.
Ambos volvieron la cabeza. El caballo apareció solo. Venía al paso, con las riendas sueltas y parte del equipo fuera de su sitio. Eusebio sintió que las piernas dejaban de sostenerlo. El animal se detuvo frente a ellos. Sobre el cuero, donde el amanecer apenas comenzaba a dar luz, había una mancha oscura.