Capítulo 15 de 40

El caballo que nadie debía montar

Eusebio no tomó asiento. Permaneció frente al escritorio, con el sombrero apretado entre las manos.

—¿Qué quiere que haga con la yegua, señora?

Leonor miró hacia la puerta. Petra la había cerrado, pero aun así bajó la voz.

—Mi nuera necesita sufrir un percance.

El capataz tardó unos segundos en responder.

—Está esperando un hijo.

—Lo sé.

Eusebio volvió a mirar la cuenta que había sobre la mesa. Años atrás, don Ernesto le prestó dinero para pagar una operación de su esposa. Después vinieron otros adelantos, una mala temporada y gastos que no consiguió cubrir. La deuda había crecido hasta convertirse en algo que prefería no calcular. Leonor deslizó el papel hacia él.

—Podemos terminar con esto.

El hombre no lo tocó.

—¿Qué clase de percance?

La mujer retiró la mano de la cuenta.

—Uno que parezca un accidente.

Petra bajó la mirada. Eusebio sintió que la habitación se había quedado sin aire.

—Un caballo puede matar a una persona.

Leonor apretó la mandíbula. No podía decirle que quería perder al niño sin arriesgar también a la madre. Sabía tan poco como él de lo que ocurriría después de una caída. Durante un momento pareció que iba a retirar la orden. En cambio, preguntó:

—¿Puedes hacerlo o no?

* * *

El capataz salió con la cuenta doblada dentro del bolsillo. Petra permaneció en el cuarto. Leonor recogió los demás papeles del escritorio y los acomodó sin necesidad.

—No me mires así —dijo.

La criada apartó los ojos.

—No he dicho nada, señora.

—Y no vas a decirlo.

Petra asintió. Al llegar a la puerta, se detuvo.

—¿Y si le pasa algo a ella?

Leonor dejó de ordenar. Por unos segundos miró sus propias manos. Después volvió a colocar una carpeta sobre otra.

—Por eso Eusebio tiene que hacerlo bien.

Petra salió sin responder. En el corredor escuchó a Alejandro reír en el piso de arriba. El sonido la obligó a detenerse.

* * *

Al día siguiente, Candelaria fue a buscar a su yegua. No había decidido montar. Quería verla, acariciarle el hocico y permanecer un rato fuera de la casa. Tomás estaba limpiando un pesebre.

—La mora está en el potrero chico —le dijo—. Anoche vino el veterinario por la rozadura del lomo. Recomendó dejarla descansar.

Candelaria asintió. Se acercó a la cerca y llamó al animal. La yegua levantó la cabeza, pero siguió pastando. Durante unos minutos, la muchacha esperó apoyada en los tablones. Recordó la primera vez que Julián le había enseñado a acercarle una mano abierta.

«Que te huela antes».

Había olvidado tantas instrucciones de otras personas. Las suyas regresaban completas.

—¿Quiere que se la traiga? —preguntó Tomás.

Candelaria negó.

—Déjala tranquila.

Al volverse vio a Eusebio junto al cobertizo. El hombre apartó la mirada enseguida.

* * *

La ausencia de la yegua cambió los planes de Leonor. Eusebio se lo dijo aquella tarde, manteniendo una distancia que antes no necesitaba.

—No se puede sacar a la mora. El patrón ya sabe que está lastimada.

Leonor permaneció sentada.

—Hay más caballos.

—No todos sirven para una señora que…

Él interrumpió la frase. Leonor lo miró.

—Mi nuera sabe montar.

Eusebio pasó el pulgar por el ala del sombrero. Al final señaló al alazán oscuro, uno de los caballos de paseo que los trabajadores ensillaban con frecuencia. Candelaria lo conocía y Alejandro también lo había montado. Leonor escuchó. No quiso saber cómo pensaba preparar el accidente. Prefería conservar aquella distancia, como si no escuchar los detalles pudiera disminuir su responsabilidad.

—Tiene que ser antes de la consulta —dijo.

Eusebio levantó el rostro. Ahora comprendía la urgencia. Petra, junto a la ventana, también.

* * *

Candelaria comenzó a percibir algo distinto en la casa. Su suegra ya no le reprochaba las comidas intactas ni las horas junto al balcón. Preguntaba si había descansado y mandaba subir fruta a su habitación. Una mañana incluso comentó:

—Un poco de aire te vendría bien.

Candelaria dejó de peinarse. Leonor estaba detrás de ella, reflejada en el espejo.

—Ahora resulta que sí puedo salir.

La mujer no respondió al tono.

—No quiero que luego digas que te tenemos encerrada.

Candelaria sostuvo sus ojos en el cristal. No confiaba en aquella amabilidad. Pero llevaba días deseando llegar hasta el río. Sabía que Julián no estaría allí. Aun así, necesitaba comprobar que el lugar seguía existiendo.

—La mora está lastimada —dijo.

—Eusebio puede prepararte otro caballo.

Candelaria dejó el peine. La facilidad con que llegó la respuesta le produjo una incomodidad que no supo explicar.

* * *

Esa noche, Alejandro encontró a su esposa mirando el papel de la cita médica. Se sentó a su lado.

—Pasado mañana.

Ella asintió. Él rozó la fecha con un dedo.

—¿Quieres que tu mamá vaya también?

Candelaria lo miró, sorprendida.

—¿Podría?

—Claro.

La joven sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. No había conseguido contarle a Mercedes lo que ocurría. Pero quizá pudiera hacerlo allí, lejos de Leonor, mientras esperaban la consulta.

—Me gustaría.

Alejandro sonrió. Después se quedó observándola.

—Desde que hablamos de esto, parece que estás esperando una mala noticia.

Candelaria bajó los ojos.

Él retiró la mano del papel.

—Puedes decirme si tienes miedo de ser madre.

La muchacha apretó los labios. Alejandro aguardó. Candelaria estuvo a punto de hablar. La amenaza regresó con la misma precisión de aquella madrugada.

«Otros podrían averiguarlo».

Se llevó una mano al vientre.

—Tengo miedo de muchas cosas.

Alejandro se acercó y le besó la frente.

—Vamos a ir una por una.

Ella cerró los ojos. Quiso creerlo.

* * *

El día anterior a la consulta amaneció despejado. Eusebio entró temprano en las caballerizas y envió a Tomás a revisar una cerca distante. Le dio también un recado para otro trabajador, asegurándose de que ambos tardaran en regresar. Cuando se quedó solo, permaneció un rato frente al alazán. El caballo lo reconoció y acercó el hocico. Eusebio lo acarició casi por costumbre.

Después retiró la mano. Cumplió lo que había aceptado hacer sin detenerse a mirar demasiado tiempo el resultado. Al terminar, dejó al animal preparado en el pesebre cercano a la salida. No había manera de asegurar que todo ocurriera como Leonor quería. Eso lo sabía.

Se quedó unos segundos junto a la puerta, escuchando el movimiento del caballo. Luego salió a buscar a Petra.

* * *

Candelaria bajó después del desayuno. Llevaba ropa de montar y un sombrero sencillo. Se había recogido el cabello para que el viento no se lo enredara. Leonor la esperaba junto al corredor.

—Eusebio tiene listo el caballo.

Candelaria se detuvo.

—Todavía no le había pedido que lo preparara.

—Le dije que quizá saldrías.

La muchacha miró hacia el patio. El sol iluminaba las macetas, los arcos y el borde de la fuente. Todo parecía tranquilo. Antes de que pudiera responder, Alejandro apareció con las mangas remangadas.

—¿Vas a montar?

Él sonrió.

—Voy contigo.

Leonor se volvió de inmediato.

—Tienes que revisar los documentos del administrador.

—Ya los revisé.

—Faltan las cuentas del molino.

—Pueden esperar una hora.

Alejandro se acercó a su esposa.

—Vamos despacio. Si te cansas, volvemos.

Candelaria dudó. El paseo que había imaginado era solitario.

Pero rechazarlo delante de Leonor habría requerido otra explicación.

—Está bien —respondió.

Su suegra permaneció inmóvil.

* * *

Eusebio los vio acercarse juntos. Por un instante no comprendió. Después miró a Leonor, que venía unos pasos detrás. La expresión de la mujer le hizo sentir un frío inmediato.

—Prepara otro caballo —pidió Alejandro.

El capataz se humedeció los labios.

—Sí, patrón.

Candelaria se acercó al alazán. El animal movió una oreja y golpeó suavemente el suelo. Ella le acarició el cuello. Alejandro miró hacia el interior.

—A mí puedes traerme cualquiera de los de paseo.

Eusebio no respondió enseguida. Tenía los ojos fijos en Leonor.

—¿Pasa algo? —preguntó Alejandro.

—No, señor.

El capataz se volvió hacia los pesebres. Leonor dio un paso.

—Tal vez no sea buena idea salir con este calor.

Alejandro levantó el rostro hacia el cielo.

—Apenas está empezando la mañana.

Su madre apretó los dedos sobre el borde de su chal.

Candelaria la observaba. Había algo extraño en aquella insistencia.

* * *

Alejandro sujetó las riendas del alazán mientras su esposa se acomodaba el sombrero.

—Este es tranquilo —comentó—. Lo monté cuando regresé.

Él bajó la mano hasta el estribo para ayudarla. Leonor sintió que el pecho se le cerraba. Su hijo estaba demasiado cerca. Podía revisar la montura, cambiar de caballo con su esposa por cualquier motivo o decidir que ella necesitaba ayuda durante el trayecto. No había previsto que Alejandro estuviera allí. No había previsto casi nada.

—Hijo…

Él volvió la cabeza. Leonor abrió la boca. No podía decirle que se apartara de aquel caballo sin explicar por qué. Candelaria puso una mano sobre la silla. La mujer miró a Eusebio. El capataz se había detenido a unos metros, con otro animal sujeto por las riendas. Ninguno supo qué hacer. Entonces Leonor se llevó una mano al pecho.

—Alejandro…

Su hijo soltó el estribo. Ella dejó caer el chal y se apoyó contra el marco de la puerta. Las rodillas cedieron.

Alejandro llegó antes de que golpeara por completo el suelo.

—¡Mamá!

Candelaria retrocedió, asustada. Eusebio entregó las riendas a un mozo y corrió hacia ellos. Leonor mantuvo los ojos cerrados mientras su hijo le sujetaba el rostro.

—¡Traigan agua! ¡Llamen al doctor!

Petra apareció desde el patio. Se detuvo al ver a su señora en el suelo. Después miró el caballo preparado.

* * *

Entre Alejandro y Eusebio llevaron a Leonor hasta su habitación. Candelaria quiso quedarse en el corredor para no estorbar. Su marido la llamó.

—Ven con nosotros.

Ella entró. La mujer permanecía tendida sobre la cama, pálida por una mezcla de fingimiento y miedo verdadero. Alejandro le humedeció la frente.

—No vamos a salir —le dijo a Candelaria—. Quédate aquí mientras voy a llamar al médico.

Leonor abrió apenas los ojos. Había logrado detener el paseo. La habitación se llenó de pasos, preguntas y recipientes con agua. El conductor salió a toda prisa. Una cocinera llevó un frasco de sales que nadie utilizó. Eusebio recibió orden de ir a buscar al administrador. Antes de marcharse miró a Petra.

La criada seguía junto a la puerta. No pudieron hablar.

* * *

Abajo, el mozo esperó un rato con los dos caballos. Nadie regresó. Al final condujo al que debía montar Alejandro hasta su pesebre. Después llevó el alazán al lugar donde lo había encontrado. Le aflojó lo necesario para dejarlo más cómodo, sin examinar nada más, y cerró la puerta. Pensó que Eusebio terminaría el trabajo cuando bajara. Eusebio pensó que el mozo habría retirado todo.

Petra creyó que el capataz se encargaría. Y Leonor, rodeada de atenciones, dejó de pensar en el caballo en cuanto tuvo a su hijo sentado junto a la cama.

* * *

El médico llegó cerca del mediodía. Encontró a Leonor despierta y orientada. Le hizo preguntas, la examinó y recomendó reposo mientras aclaraban el episodio. Alejandro no se apartó. Candelaria permaneció junto a la ventana hasta que su suegra le pidió que fuera a descansar. Lo hizo sin discutir. En el corredor se cruzó con Petra.

—¿Fue muy grave? —preguntó la criada.

—El doctor dice que está estable.

Candelaria la observó. Había miedo en su rostro. Lo atribuyó al desmayo y siguió hacia su habitación.

Necesitaba que llegara la consulta del día siguiente. Necesitaba salir de aquella casa acompañada por alguien que no le exigiera guardar otro secreto.

* * *

Al anochecer, Leonor pidió quedarse sola. Cuando Alejandro salió, Petra entró para retirar una bandeja. La mujer se incorporó sobre las almohadas.

—¿Dónde está Eusebio?

—Con los trabajadores, señora.

Leonor sostuvo su mirada.

—Dile que venga cuando termine.

Antes de que llegara a la puerta, Alejandro regresó. Traía una manta.

—Esta noche voy a estar pendiente de ti —le dijo a su madre.

Leonor cambió de expresión.

—No hace falta, hijo. Descansa con tu esposa.

Él dejó la manta a los pies de la cama. Petra salió en silencio. En el corredor encontró a la cocinera, que necesitaba ayuda para repartir la cena de los peones. Después tuvo que subir agua caliente y buscar una medicina. El recado fue quedando atrás entre una tarea y otra. Cuando por fin recordó a Eusebio, el patio estaba oscuro.

En las caballerizas, el alazán esperaba detrás de su puerta. Y nadie había vuelto a revisar la montura.